Capítulo 39
Rina
N o me había puesto alarma para despertarme por motivos obvios: el temible vampiro que estaba acostado a mi derecha.
Velkan me había asegurado que podía encender la lamparita de noche sin preocupación, cosa que agradecí, teniendo en cuenta que en aquella habitación subterránea no entraba ni un rayo de luz. La oscuridad era total.
Instantes antes de pulsar el interruptor temí encontrarme con el rostro de Velkan cerca de mí al encender la lámpara sobre mi mesita. Con los colmillos al descubierto, una mirada feroz y una sed incontrolable de alimentarse de mí.
Contra cualquier pensamiento intrusivo, lo que me encontré al mirar hacia su lado fue la espalda de un hombre que dormía encogido.
Me quedé unos instantes observándolo fascinada por cómo se movía ligeramente su torso con cada respiración.
No porque lo hiciera de manera exagerada o inusual, sino porque lo hacía ver humano y, en cierta forma, vulnerable.
Durante las noches, cuando estaba despierto, eran pocas las veces que había podido ver en él resquicios de vida en su interior, más allá de cuando me miraba.
Sus ojos eran a lo que me aferraba para sentir que Velkan estaba tan vivo como yo.
Pero sus respiraciones siempre eran justas y precisas, demasiado sutiles para poder observarlas en su pecho, igual que sus latidos.
Sabía que los vampiros tenían corazón, pero, igual que sus respiraciones, su pulso solía ser lento y suave.
Tan solo trabajaba para repartir por su cuerpo la sangre robada de otros, no solía regirse por el estado físico o emocional.
Pero yo había sentido el suyo acelerarse.
Habían sido pocas veces y de una manera tan discreta que me costaba distinguirlo, despegarlo del mío, que iba igual de rápido. Y, aun así, lo había notado, lo había percibido a través de la palma de mi mano aquel día en el sótano, cuando me instó a clavarle una estaca en el pecho.
El corazón de Velkan, igual que sus ojos, escondía más vida de la que él mismo quería mostrar.
Cuando el mío empezó a latir con más fuerza, temí que él pudiera escucharlo aun dormido, así que dejé la lamparita lo más débil posible y salí de la habitación con pasos lentos y silenciosos.
Cerré la trampilla a mi espalda y anduve por la cabaña con la misma precaución con la que había subido las escaleras.
Aunque sabía que ya estaba a salvo de cualquiera de ellos bajo la luz del sol que entraba por la ventana, no quería ser ruidosa de más y molestarlos. Interrumpir su sueño.
Negué y resoplé, como si aquella absurda empatía me hiciera sentir estúpida.
Pero hacía días que aquella sensación había ido menguando hasta convertirse tan solo en una molesta piedra en el zapato.
Y en esos momentos iba descalza, así que ninguno de mis propios reproches podía afectarme mientras me desperezaba camino al baño y me lavaba la cara.
Al escupir el enjuague bucal me miré unos instantes al espejo y saqué los dientes. Como si fuera un pequeño animal que intenta parecer feroz. Me pasé la lengua por los colmillos, imaginándome cómo me sentiría al tenerlos más afilados y todo lo que aquello conllevaría.
La idea dejó de resultarme divertida en cuanto los colmillos le pertenecieron a mamá. Cerré la boca cuando volví a pensar en ella, reflejándola en el espejo de nuevo. Los colmillos le sobresalían al sonreír y quise vomitar.
«¿Dónde estás?», era la pregunta que carcomía mis pensamientos a cada instante desde que había desaparecido.
La imagen de mi madre no dejaba de sonreír y unas gruesas lágrimas se le colaban en la boca. Ella lloraba, pero yo, esta vez, no podía ni quería.
—Estás muerta, ¿verdad? —susurré a la nada.
Ella no podía responderme, así que solo me mantuve firme observándola llorar tanto ante mi pregunta que sus pupilas se emborronaron.
Me aparté unos pasos del espejo, con la ansiedad trepando por la garganta. Sacudí la cabeza y salí del baño directa hacia la puerta de la cabaña, que abrí como si aquella madera pesara más de lo que lo hacía. Como si algo pesado sobre mí volviera mis movimientos más lentos y torpes.
En cuanto salí al porche y los rayos del sol del mediodía me bañaron la cara, respiré hondo.
No podría volver a hacer esto si fuera uno de ellos.
No quería ser uno de ellos por nada del mundo, ni siquiera por Velkan.
Era un vampiro que llevaba milenios sobre su espalda. ¿Cuántas mujeres antes que yo habrían caído rendidas a sus encantos? Odié reír al pensar en la absurda respuesta que me daría él mismo a aquella pregunta.
—¡Buenos días, Rina! ¿Todo bien? —Una voz dulce con acento polaco me abordó desde la lejanía.
Inspiré con profundidad sin abrir los ojos, dejando que el sol siguiera bañando mis párpados.
—No, creo que tengo el síndrome de Estocolmo.
Abrí los ojos cuando los pasos de Iryna, la humana encargada de los suministros, se acercaron a mí y se sentó a mi lado en las escaleras del porche. La observé cerrar los ojos y elevar el mentón hacia el sol. Ella también parecía disfrutar de su luz, las comisuras de sus labios estaban levantadas.
—¿Por qué crees eso? —me preguntó con una risa tierna.
Reí por la nariz junto a ella, encogiendo las rodillas entre mis brazos.
—Es una larga historia.
Que no iba a contarle a una desconocida.
—¿Uno de ellos te ha obligado a estar junto a él y hacer cosas en su beneficio y ahora las haces por voluntad propia porque habéis creado un vínculo emocional?
—Bueno, tal vez la historia es menos larga de lo que pensaba.
Ella también rio por la nariz.
Su perfil era tan dulce como sus facciones, y me pregunté por qué una chica como ella escogería una vida tan peculiar pudiendo tener algo más normal, seguro y estable. Entreabrió un ojo al mirarme y preguntó:
—¿Te obligan a estar aquí?
Negué y una sonrisa apenada se instauró en mis labios.
—Más bien los he obligado a que me traigan con ellos. Es como si la idea de volver a mi vida normal me resultara… triste e insípida. Me siento más libre cerca de ellos. —Negué, chasqueando la lengua—. No tiene sentido nada de lo que hago últimamente.
—Claro que lo tiene. —Iryna no perdió la sonrisa al fruncir el ceño y recogerse también las piernas—.
Las relaciones con los vampiros son complicadas.
Es evidente que son una figura de poder sobre nosotros y dejar nuestro ego de lado para aceptarlo es difícil, puede resultar conflictivo con nosotros mismos.
Sobre todo, si eres alguien que siempre se ha negado a sucumbir a lo que las relaciones románticas con un vampiro te pueden ofrecer.
—No tengo ninguna relación romántica con Velkan ni pretendo tenerla —me adelanté a aclarar.
Iryna elevó las cejas con susceptibilidad. Su sonrisa volvió a suavizarse y me tensé cuando me posó una mano sobre el muslo. Se inclinó hacia mí para susurrarme:
—Está bien, pero en caso de que llegaras a sentir algo por él, que no digo que lo hagas —le asomó un hoyuelo al sonreír con más intención—, lo mejor para ti es respetar lo que te sucede, sin culparte ni juzgarte.
Pareces una chica buena, Rina. Aunque a veces está bien dejar de serlo un poquito y sucumbir a nuestro lado más gris.
—Me guiñó un ojo y habría jurado que aquella sonrisa dulce se afiló como una pequeña navaja.
Resoplé como un caballo y me puse de pie para poner distancia con Iryna, que se levantó y me siguió, frotándose el trasero de los pantalones para sacudirlos.
—¿No te da miedo acabar mal? —mascullé.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Qué consideras «acabar mal»?
—Convertida al vampirismo sin tu consentimiento, esclavizada, torturada o… muerta.
No rio y me miró con la misma seriedad con la que yo pretendía formular la pregunta.
—Por supuesto que sí. Pero temo acabar mal por cualquier otro vampiro que no sea mi mujer, Romina, o por cualquier humano. Siento que tenerla a ella cogida de la mano es más seguro que soltarla.
Sus palabras fueron como abrir una puerta que hasta ahora desconocía, de la que ni siquiera había encontrado el pomo.
Iryna no había dejado de temer a los vampiros por mucho que hubiera decidido compartir su vida con uno de ellos.
Pero ella había escogido con quién hacerlo y confiaba en esa tal Romina lo suficiente como para alimentar su cuerpo y alma de forma recíproca.
Al pensar en ello reí con ironía y pensé en el rostro de Velkan y en la absurda posibilidad de… intentarlo. Aceptarlo, ceder, sucumbir al deseo de la bestia.
No la que me aceleraba el corazón con sonrisas ladeadas y ojos de hielo.
La bestia que llevaba tanto tiempo intentando mantener dormida entre mis costillas.
«Velkan».
Lo que más me preocupaba a estas alturas no era lo que pudiera suponer yo para él en su vida, sino lo que él provocaría en la mía si dejaba a mi propia bestia decidir, arrastrar a mi corazón consigo.
Si caía, temía no volver a ser la de siempre.
Temía que dejarme llevar con Velkan fuese el punto final, la última línea cruzada con la que convertirme en mi madre y no poder volver atrás.
Vivir buscando esa adrenalina después de él, anhelando sentir de nuevo esa sensación de libertad, de pecado, que llevó a Aleshka a perder completamente la cordura.
Tal vez mi madre no solo ansiaba la parte más física de la oscuridad, sino que necesitaba sentir que su alma era suficiente para alimentarla.
—¿Te ha dado su krew?
La pregunta de Iryna me tensó.
—¿Su sangre? ¿Velkan? No, claro que no. Qué asco.
Iryna rio.
—Cuando vuestra dinámica deje de estar regida por el poder que sigue ejerciendo sobre ti a pesar de que ya seas libre de marcharte, cuando él esté dispuesto a alimentar también tu cuerpo y alma, podrás pensar con mayor claridad —murmuró acariciándome el brazo—.
Es difícil que puedas hacerlo en tu situación actual, así que no te martirices y simplemente… disfruta.
Asentí y dejé que se fuera. Contemplé su espalda alejarse. Había más humanos rondando el pueblo, como si en cada una de aquellas cabañitas no hubiera vampiros enterrados esperando al anochecer.
Los observé fascinada y, pese a que me pareció envidiable la forma que tenían de vivir, supe que yo no era como Iryna, que aquella no era una vida que anhelara, no en aquellos momentos.
Me miré los pies descalzos sobre el porche.
La madera estaba ligeramente mojada por la humedad que se acumulaba en las montañas por la noche.
Podía irme. Ni siquiera tenía que huir, cualquiera de aquellos humanos en total libertad estaría dispuesto a llevarme a la ciudad más cercana para coger un taxi. O podía esperar a la noche y pedírselo directamente a Velkan y Milo.
Sabía que no me lo impedirían, que me dejarían libre en cualquier lugar mucho más seguro que continuar el camino junto a ellos.
Y eso fue lo que me enfureció.
Lo que hizo que volviera a meterme en la cabaña con el pulso acelerado y temerosa de lo que yo misma podía provocar.