Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Velkan

H acía media hora que Rina había salido de la ducha.

La había olido desde la habitación, cuya trampilla había dejado abierta, pero ella no se atrevía a cruzarla.

Daba vueltas por la cabaña, como si no pudiera oír cada paso que daba sin rumbo, como si no pudiera oler su piel limpia, el pelo húmedo y la tela del pijama rozando cada parte de su cuerpo con sutileza al andar.

Su nerviosismo incrementaba el mío, haciendo que doblara una y otra vez la camiseta que me había quitado y que quería dejar bien colocada sobre el pequeño armario de la acogedora e íntima habitación que íbamos a compartir.

Subí las escaleras, con el pijama en la mano y mis productos para el pelo.

La encontré asomada a la ventana, observando lo que sucedía bajo los últimos resquicios de la noche.

Las hogueras de la aldea le iluminaban el rostro con una ligera calidez.

Con los labios abiertos, contemplaba a aquellos vampiros y lacayos con fascinación.

Cerró la boca con lentitud al verme aparecer.

Sus ojos bajaron a mi torso desnudo. Frunció el ceño, como si algo la molestara tras este, y volvió la vista a la ventana de nuevo.

—¿Has terminado en el baño? —pregunté. Ella asintió.

El ambiente parecía aún más cargado que cuando hacía apenas minutos la tenía frente a mí incrustada contra el mármol.

Sus latidos estaban tan acelerados, su olor corporal era tan cálido que mi autocontrol había rozado sus límites.

Sabía que, si algo así volvía a pasar, si Rina me tentaba de nuevo, acabaría sobre ella apoderándome de cada centímetro de su cuerpo, aliviando lo que solo ella me provocaba. Como si todos mis órganos la anhelaran.

—Parecen felices —murmuró haciendo que mi mirada dejara de analizar el contorno de su pecho bajo el pijama—. Son muy hospitalarios.

—Sí, cuando les conviene. No te dejes engañar por los Hijos de Octavia, son tan calculadores y sedientos de poder como su madre.

Cuando salí de la ducha, Rina ya no estaba, y en su lugar me encontré con la espalda desnuda de Milo, que miraba por la misma ventana con el pijama en la mano. Bajó la vista a mis pies.

—¿Te llevaste las pantuflas del hotel?

—La verdadera pregunta es quién no se las lleva —respondí guiñándole un ojo y dejándolo pasar.

Milo se adentró en el baño y yo me quedé solo en la estancia. Miré hacia la trampilla de nuestro dormitorio, que Rina había dejado entreabierta. Antes de bajar, ya sabía que estaba rebuscando información en su ordenador por el suave tecleo de sus dedos sobre este.

Me obligué a no quedarme parado en mitad de las escaleras cuando mis ojos se toparon con ella. Su figura, sentada en el borde de la cama, era todo un espectáculo. Sus caderas se ensanchaban ligeramente con la presión de la cama, sus muslos captaron mi atención. Me fui al otro lado del colchón.

—¿Tenemos noticias?

—Nada nuevo. —Suspiró cerrando el portátil y se levantó para dejarlo sobre la cómoda—. Cada vez su rastro es más difuso, no sé si os estoy llevando por el camino correcto.

Cada minuto que pasábamos alejados de la serpiente picaba sobre mi cuerpo.

Cada vez más inquieto, me obligaba a no dejarles ver ni a ella ni a Milo la intranquilidad que me provocaba no haberla alcanzado aún.

Si los Neblíes habían detenido la distribución de sangre corrupta era porque tenían un asunto prioritario del que ocuparse: entregar la serpiente a Nyra.

Así que eso significaba que se movían con mucha más velocidad que antes, que estarían mucho más cerca de lograrlo que antes.

Si es que no lo habían hecho ya.

—Ya está amaneciendo, tienes que descansar —murmuré rodeando la cama y acercándome a ella, que seguía de espaldas frente a la cómoda.

Sin pensarlo mucho le puse las manos sobre los hombros. Esperé un instante para que me rehuyera, para que me escupiera alguna amenaza y alejara su cuerpo de mí.

Pero no lo hizo.

Empecé a masajearla con un estúpido nerviosismo que sabía que ella no podía percibir; sin embargo, yo lo notaba en las yemas de los dedos, con las que la acariciaba por encima de la tela.

Su olor, ese maldito olor, me obligó a inhalar con profundidad.

—¿Estás seguro de que no te molestaré al despertar? No quiero, ya sabes… romper tu ciclo de sueño vampírico o lo que sea que os obliga a dormir desde que sale el sol hasta que se esconde.

—No me molestarás, mientras no seas exageradamente ruidosa —bromeé—. Cuando lo necesites, tan solo sal de la habitación y cierra la puerta. No me enteraré, no es tan fácil despertar a un vampiro.

Se giró con lentitud, frunciendo el ceño con verdadera curiosidad.

—¿Qué ocurre si lo hago? ¿Te lanzarás a mi cuello?

Rio sin dejar de mirarme a los ojos y yo tuve que fingir que la idea de atacar a Rina como un animal no me resultaba jodidamente tentadora.

—Será lo que más desee, no te voy a mentir. Pero no lo haré. En caso de que algo te incomode, solo pídeme que pare.

—¿Y lo harás?

Asentí, ella asintió de vuelta y volvió a la cama. Esta vez apartó la colcha antes de tumbarse y se tapó por completo.

Yo tardé unos segundos. No la miré en ningún momento mientras me tumbaba sin deshacer mi lado. Rina, que hasta ahora había estado dándome la espalda, se giró con una mueca que le arrugaba la nariz, alumbrada por la cálida luz de la mesita de noche.

—¿Vas a dormir sin taparte?

—No necesito hacerlo.

Rina puso los ojos en blanco.

—He accedido a dormir contigo, que nos separen un par de sábanas y una colcha no supone una gran diferencia.

Solo que para mí sí la suponía.

—No lo estoy haciendo por ti, ternura. —Fruncí los labios, fingiendo estar pensativo—. Bueno, sí. Lo hago por ti y por tus muy probablemente uñas largas de los pies. ¿Cuánto hace que no te las cortas? Porque nos has pedido muchas cosas, pero nunca unas tijeras o cortaúñas.

Rina rio intentando poner cara de cabreada mientras me daba un golpe en el brazo.

—Serás idiota. —Entrecerró los ojos—. Espera un momento… ¿A los vampiros os crecen las uñas de los pies?

—¿Quieres saber lo que nos crece a los vampiros?

Me relamí los labios y ella me volvió a propinar otro puñetazo sobre el bíceps antes de darme la espalda de nuevo.

—Haz lo que te dé la gana —refunfuñó, como si realmente le molestara.

Apreté los labios guardando una sonrisa.

—Si lo que quieres es que me meta bajo las sábanas contigo, solo tienes que decirlo.

Escupió un «¡Ja! Más quisieras» con ironía y supe que tenía ganas de jugar cuando volvió a girarse para mirarme a los pocos minutos.

—No tengo el menor interés en que te tapes conmigo, cuanto más alejado estés de mí, mejor.

—Eres la primera mujer que me dedica esas palabras.

Me estiré por completo sobre la colcha, cerré los ojos y crucé los brazos sobre el pecho como si me encontrara en el interior de un ataúd.

—¿Qué narices haces? Por Lilith, no te pongas así.

Entreabrí un ojo para mirarla.

—¿Así cómo?

—Como un muerto, Velkan, es horrible. ¿Tenéis que dormir en esa posición?

Inspiré con profundo dramatismo.

—Pues verás, lo cierto es… que no. Solo quería ver esa cara de horror que has puesto.

El tercer puñetazo fue en la boca del estómago, cortando las carcajadas que se me escaparon mientras me encogía protegiéndome de su ataque. Me balanceé hasta quedar mirando hacia ella.

Rina también estaba sonriendo. Me fijé en sus labios, en los dientes que me enseñaba con diversión. Me la imaginé con colmillos, paseando su lengua por la punta.

Paseando mi lengua por ellos.

Esta vez, el que tragó saliva fui yo. Rina debió de notarlo en mi mandíbula, porque disipó ligeramente su sonrisa, aunque el brillo de sus ojos no dejó de deslumbrarme.

—Si no te importa, dormiré fuera de las sábanas —susurré.

Lilith sabe que estuve a punto de ponerme a rezar para que Rina me pidiera que no lo hiciera, que me metiera bajo estas con ella. Que la abrazara al dormir.

Pero no lo hizo.

Tan solo asintió, apretó los labios en una sonrisa menos divertida que la anterior y volvió a darme la espalda.

—Descansa —murmuró en un tono tan ligero que me hubiera acercado para oírlo de nuevo.

Pero no lo hice.

Me giré hacia el otro lado e inspiré hondo tras apagar la lamparita, recordándome no perder el control que tanto tiempo llevaba manteniendo y con el que Rina parecía juguetear a sus anchas.

—Dulces sueños, ternura.