Capítulo 37
Rina
M i único consuelo a mi patético comportamiento era que nadie estaba allí para verlo, para verme. Nadie podía juzgarme, ni siquiera Milo, quien, por suerte, no volvió a salir de su habitación. Se quedó allí abajo solo y en silencio con su sangre embotellada.
Milo, tan hostil, frío y temible, resultaba un depredador para cualquiera que se atreviera a mirarlo a los ojos. Qué tan importante sería para el alma de Milo aquella mujer sin nombre como para no probar bocado de ninguna otra persona de manera directa durante siglos.
—Me cuesta creerlo —murmuré, terminándome el desayuno antes de que amaneciera, sentada frente a la pequeña mesa del comedor, mientras Velkan, tumbado en el sofá, leía el libro que se había traído consigo. Me miró frunciendo el ceño—. Lo de Milo.
Se encogió de hombros y devolvió los ojos al libro.
—Cada uno tiene su perdición, la de Milo es ella.
Observé cómo dirigía el dedo índice a la punta de su lengua para humedecerse la yema antes de pasar una página. Mis ojos se quedaron pegados al perfil de su boca.
Aproveché que Velkan estaba inmerso en su lectura para repasar su rostro con atención.
Cada una de sus facciones parecía tallada a conciencia, su tez pálida, suave y jugosa era un placer visual, una imagen que no dejas de mirar porque es demasiado gustoso hacerlo.
Pese a la violencia de sus facciones, contemplar a Velkan conseguía calmarme cada vez más.
Como si aquellos ojos de aguas heladas, de espuma en la orilla, consiguieran hacerme sentir que todo iba a estar bien, que todo era posible, que junto a él estaría protegida.
No porque Velkan fuera un salvavidas, sino porque dejaba claro que destruiría a cualquiera que se acercara a lo suyo, a los suyos.
—¿Cuál es tu perdición?
Me miró de reojo ante mi pregunta. Sus fosas nasales se ensancharon al respirar con profundidad.
Bajó los ojos por mi cuerpo con el ceño fruncido y sin ningún tipo de lascivia en ellos, por eso no me incomodó, tan solo me mantuvo intrigada ante el pensamiento que rondaba por su cabeza y que lo obligaba a apretar la mandíbula.
Volvió a mis pupilas y suavizó el rostro con una sonrisa burlona, haciendo que pusiera los ojos en blanco incluso antes de que abriera la boca.
—Mi única perdición somos yo mismo y este gran carisma y belleza con los que tengo que lidiar.
Chasqueé la lengua.
—No sé para qué pregunto.
—¿Y la tuya? —preguntó con la cabeza ligeramente ladeada—. ¿Cuál es tu debilidad?
«Tú».
No tuve que morderme la lengua porque sabía que la palabra no iba a escapar de mis labios. Estaba demasiado enquistada en las profundidades, custodiada por mis costillas, escondida junto al corazón.
Mi perdición era Velkan. Era la oscuridad.
Era esa parte de mí que amenazaba con devorarme, la que sentía aquellas costillas no un refugio, sino una cárcel.
La que arañaba cada barrote con un latido, deseando salir, escapar, dejarse ver.
La parte de mí que él llamaba la más pura.
Yo, sin embargo, no podía sentirme más podrida.
No debía sucumbir a ella, pero cada vez notaba más cada latido, cada arañazo.
Mis costillas se iban a resquebrajar con cada respiración profunda que me provocaba mirarle a los ojos.
Y pronto escaparía de mí misma, dejándome devorar por completo.
—Lo prohibido.
Velkan parpadeó varias veces, elevando las cejas. Sonrió unos segundos y temí que hubiera escuchado los arañazos.
—Es lo más divertido.
Se reclinó en el sofá de nuevo, abstraído con su lectura. Yo volví mi atención al plato que toqueteaba con la punta del tenedor. Donde unos minutos antes había unas tostadas con huevos revueltos, ahora solo quedaban migas que paseaba sobre la cerámica.
Mis ojos se deslizaron sutilmente sobre la puerta del baño, al que quería entrar a ducharme.
Pero cada paso que daba hacía que el momento de bajar al dormitorio se acercase, y por mucho que eso me removiera la parte interior de los muslos e hiciera a la Rina atrapada entre mis costillas ronronear, no podía evitar sentir nervios.
—No voy a entrar. —La voz de Velkan me sobresaltó. Lo miré de reojo. Él no apartó la vista del libro—. Puedes ducharte tranquila, no voy a asomarme mientras tanto, si es lo que te tiene tan nerviosa.
Negué y, poniendo los cubiertos sobre el plato, me atreví a levantar el trasero de la silla y dirigirme a la pequeña cocina abierta frente a mí, donde los dejé en el fregadero.
—Sé que no lo harías. —Fingí que no noté cómo se giró para mirarme mientras yo dejaba el agua correr—. No sin yo pedírtelo.
Tuve que morderme el labio, cabreada conmigo misma.
Estaba dándole la espalda, pero podía apostar a que estaba sonriendo.
Oí cómo cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesa de salón.
Inhalé con profundidad ante la expectación; por suerte, sus pies no se movieron, tan solo los colocó en el suelo para sentarse.
—¿Es esto una proposición indecente? —Su tono era más profundo de lo que esperaba y rápidamente me arrepentí de aquel estúpido juego que yo misma había querido iniciar de nuevo.
—Claro que no. —Me encogí de hombros y focalicé toda mi atención en el chorro de agua que se llevaba las migas hacia el desagüe—. Solo he dicho lo que siempre me repites.
Me tensé cuando esta vez lo oí levantarse. Me lo imaginé apoyándose sobre los puños en el sofá, tensando los brazos al incorporarse. Como siempre que la presencia de Velkan se aproximaba, mi pulso parecía querer acompasarse con sus movimientos.
—¿Entonces no me vas a invitar?
En tan solo un instante se encontraba tan cerca de mí que su susurro me acarició el pelo.
Me agarré con fuerza a la encimera, como si pudiera hacerme caer.
Su pecho no me rozaba, pero lo notaba cerca, muy cerca.
Tanto que, si mis latidos me lo hubieran permitido, habría sido capaz de oír los suyos.
Raudos y sonoros, al compás de los míos.
Tal vez fue la respiración profunda que me ensanchó el pecho, abriendo las costillas, ante lo que hice acopio de toda mi valentía y me giré.
Me mantuve impasible y elevé el mentón para mirarlo a los ojos.
Me sorprendió no toparme con una mirada astuta o una sonrisa traviesa en el rostro de Velkan.
Me contemplaba con verdadero interés, frunciendo ligeramente los labios como si estuviera concentrado en encontrar algo en cada rincón de mi rostro mientras lo analizaba.
Debía evitar balancearme, porque si tan solo me movía unos centímetros, mi pecho rozaría su torso. Sabía que él tenía calculado cada movimiento, la ínfima distancia que nos separaba.
Ante aquel semblante que parecía no esconder nada frente a mí, fui yo la que decidió sonreír para intentar deshacer la profunda connotación que espesaba el aire mientras nos manteníamos estáticos, observándonos.
—Te encantaría que lo hiciera.
Esperé una sonrisa como respuesta. Un tono irónico y juguetón en su mirada. Sin embargo, por primera vez, Velkan parecía tenso ante mí. Me atravesó con su mirada y la bajó a mis labios con una intensidad que me obligó a entreabrirlos para respirar, ahogada ante mi aliento, ahogada ante el suyo.
Se inclinó con una lentitud tortuosa sobre mí.
Su mano me rozó la cintura al alargar el brazo hacia mi costado.
Yo no podía mirar a ningún otro lado que no fueran sus labios, que estaban a punto de acariciar los míos.
Debía cerrar los ojos, pero no quería ni podía.
Todo átomo de mi cuerpo estaba concentrado en él, en su boca y en las inmensas ganas que tenía de que terminara de inclinarse para…
Cerrar el grifo.
Ahogué un gemido que estaba segura de que aun así había oído. Mis ojos volvieron a los suyos y esta vez la rabia se apoderó de mí al ver ese brillo juguetón en ellos.
—No sabes cuánto, ternura.
La sonrisa ladeada de siempre apareció y, en cuanto dio un paso atrás, no dudé en escapar del calor y la agitación del ambiente, metiéndome bajo una buena ducha de agua fría.