Capítulo 36
Velkan
S olo había una cama.
Y ambos lo sabíamos incluso antes de bajar las escaleras.
En cuanto Eloise se retiró de la cabaña, Milo cogió su mochila y, con Ratputín en mano, se lanzó hacia una de las trampillas.
—Esta es la nuestra —sentenció sin dar opción a rebatirle, con semblante turbado y pocas ganas de hablar.
Solía ocurrirle cuando le hablaban de ella.
Rina me miró con los ojos muy abiertos, luego la trampilla de la otra habitación y de nuevo a mí.
—Puedo dormir en el sofá —musitó.
—Sí, soy consciente de tu facilidad por tomar decisiones estúpidas, pero esta no será una de ellas. —Le indiqué la entrada de la habitación con el mentón—. Vamos.
Bajé antes que ella y dejé su maleta en el único rincón que no molestaba al paso, entre un armario alto y la cómoda que abarcaba el lateral izquierdo del cuarto.
Me acerqué a las mesitas de noche y encendí las lámparas para que Rina pudiera ver algo en aquella habitación completamente opaca.
Perfecta para el descanso de un vampiro.
Sin ventanas, sin un resquicio de luz solar.
—Es más grande de lo que pensaba —murmuró al bajar por las escaleras sujeta de la barandilla de madera.
—Suelen decírmelo.
Chasqueó la lengua, puso los ojos en blanco y me lanzó un cojín a la cara para que no viera cómo aguantaba la sonrisa.
—La cama también es bastante amplia —sentenció sin querer mirarme a los ojos—. ¿Dónde vas a dormir tú?
Me encogí de hombros.
—No sé. ¿Se te ocurre algún lugar amplio, mullido y con sábanas de seda rojas en el que pueda descansar cómodamente?
Apartó la vista y decidió dejar el asunto pasar.
Una parte de mí deseaba que se negara a dormir a mi lado porque tan solo de pensar en tumbarme tan cerca de Rina todas mis alarmas se activaban.
Aquella noche iba a ser muy difícil para mí.
Lo peor no era su olor ni el recuerdo de lo suave que era su maldita piel, sino cómo me miraba.
Rina me buscaba en cada rincón aun sin mediar palabra.
Ya no se retiraba ante mi proximidad ni me rehuía cuando me acercaba a su oreja para susurrarle cualquier cosa con la excusa de volver a rozarle la mejilla con los labios.
Lo intentaba. Intentaba fingir que seguía despreciándome de la misma forma que lo hacía al principio.
Pero sus reacciones eran pensadas, calculadas, mucho más lentas e instintivas de lo que acostumbraban.
Esas diferencias eran las que me demostraban que, si decidía acercarme un poco más, unos milímetros más, un susurro más… , puede que Rina no me detuviera.
Y eso me volvía jodidamente loco.
***
—Los Hijos de Alastor que nos perseguían han llegado a Cracovia.
Sentada en el sofá de la estancia principal, con el portátil sobre las piernas cruzadas, la veía deslizar el dedo índice sobre el ratón en busca de las actualizaciones más relevantes de aquella noche.
—He buscado el nombre del tal Markus Novák que nos ha llamado —prosiguió—.
Al no tener un número identificativo en activo, porque se ha deshecho del móvil con el que ha llamado, he tenido que rastrear a unos cuantos Markus Novák, Hijos de Alastor, e ir descartando.
Pero mira esto, justo hace menos de una hora.
—Señaló unas palabras en la pantalla que observé con los ojos entrecerrados, apoyado en la estructura del sofá, detrás de ella—.
Es el expediente de un Hijo de Alastor que casualmente puedo ver porque él es de Praga, pero los últimos registros relacionados con su clan han ido siguiendo el mismo camino que nosotros.
Curiosamente, en el reporte de los rastreadores de las fronteras con Polonia, consta la presencia del clan.
—Me miró con una sonrisa de orgullo—. No puedo asegurarte que ese Markus Novák sea el mismo que me ha llamado antes, aunque tiene todas las papeletas.
—Genial. —Di una palmada, tan aliviado que ni siquiera pensé cuando me acerqué a ella, le cogí la cabeza y le di un beso en la coronilla—. Bien hecho, ternura. Por el momento podemos estar tranquilos, han perdido nuestro rastro, pero nosotros tenemos el suyo.
Me giré para encontrarme a Milo apoyado en la encimera, mirándome con exactamente la cara con la que sabía que estaría observándome. Las cejas enarcadas con escepticismo y un amago de sonrisa que no llegaba a dedicarme, pero que sabía que escondía entre sus labios. Le puse los ojos en blanco.
Me acerqué a la cocina ignorando que Milo me seguía con la mirada; por suerte, sin comentar nada al respecto. Abrí los armarios y la nevera, explorando lo que había en su interior.
—Qué considerados —murmuré sacando de la primera balda de la nevera uno de los frascos de sangre embotellada. Lo dejé sobre la encimera.
Milo se acercó a mí rápidamente.
—¿Cuántos hay?
—Dos. Habrán dejado uno para cada uno, pero puedes quedarte el mío.
—¿Estás seguro? —Miró de soslayo a Rina antes de bajar la voz—. ¿Vas a pedirle a Iryna un humano?
—No, estoy bien.
—¿Seguro?
Asentí, frunciendo los labios para quitarle importancia.
Los ojos de Milo se dirigieron de reojo a Rina de nuevo, quien fingía que no estaba escuchándonos.
Yo también la observé teclear con sus dedos finos.
Había empezado a tener la suficiente confianza en ella como para perder de vista de vez en cuando su pantalla.
Si quería, podía delatarnos, traicionarnos.
Ninguno teníamos la certeza de que no lo fuera a hacer, pero que tuviera aquella posibilidad en sus manos, en momentos como aquel, y, sin embargo, no escogiera tomarla era algo que yo disfrutaba de forma perversa.
—¿Estás seguro? —preguntó Milo una segunda vez en un tono más pausado, más severo.
Cogí la segunda botella con una mano y cerré la nevera con la otra.
—Sí, seguro. —Puse la botella junto a la otra—. Estaré bien. Si me entra hambre, ya buscaré algún tentempié.
Rina se removió sutilmente en el asiento, lo suficiente para poder escuchar el roce de sus pantalones sobre el cojín del sofá. Estaba atenta a cada palabra que salía por mi boca o la de Milo, igual que yo lo estaba de cada uno de sus movimientos, sus respiraciones, sus pulsaciones.
Parecía que cada vez ella era más consciente de su propio cuerpo, logrando controlarlo ligeramente. Podía engañar a Milo o a cualquier otro, pero no a mí.
Conocía cada latido de su corazón como si fuese mío.
—Si vas a morder a otra persona inocente, que sea fuera de nuestra cabaña, por favor.
Me acerqué hasta rodear el sofá y volver a colocarme tras el respaldo. Puse ambas manos cerca de su cabeza y me incliné sobre ella.
—¿No prefieres verlo otra vez?
Aquella pulla la tensó, casi pude sentir la vergüenza treparle por cada una de las vértebras. Estuve a punto de sonreír de nuevo, pero me pilló de sorpresa cómo echó la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre el respaldo, y me miró desde abajo.
Parecía que la sonrisa se había escapado de mis labios para instalarse en los suyos.
—Con una vez tuve más que suficiente para saber que no me interesa lo más mínimo nada que tenga que ver con tu macabra forma de alimentarte.
—¿Qué habíamos hablado sobre decir mentiras, ternura?
Volvió a incorporarse abandonando mi mirada, que terminó de nuevo sobre su coronilla. Si me inclinaba un poco más, tendría visión directa a su escote, las clavículas y el inicio de la suave línea que dividía su pecho y que me obligaría a pasarme la lengua por los dientes.
Me distrajo el pequeño chasquido que hizo la botella de Milo al abrirse cuando este giró el tapón antes de dirigirse a la puerta de su habitación y desaparecer.
—¿Por qué no come aquí? Bueno, bebe —me preguntó Rina.
No tuve que esforzarme mucho para saltar por encima del sofá y terminar sentado a su lado.
Ella chistó molesta cuando le toqué una rodilla con el pie, como si haber notado mi presencia prácticamente sobre ella no hubiera sido tan terrible como haberla aplastado ligeramente contra el cojín. Me guardé una sonrisa.
—Para muchos vampiros, alimentarse es algo íntimo, y Milo es uno de ellos, prefiere hacerlo a solas si tiene la opción.
—¿Íntimo? ¿Por qué? —Rina frunció el ceño, cerró con lentitud la pantalla del ordenador y lo dejó en la mesita frente a nosotros. Volvió a recolocarse cruzándose de piernas y se echó hacia atrás cómodamente—. Es como un acto sexual, ¿verdad?
El tono infantil y juguetón de sus susurros me hizo sonreír e inclinarme más hacia ella para mimetizarme con su actitud. Milo no estaría pendiente de nosotros, ni siquiera nos escucharía desde ahí abajo, pero yo también murmuré como un crío.
—Depende de la situación; no siempre, pero sí, algo así. Para él, alimentarse está menos relacionado con el cuerpo y más con el alma. Como besar a quien amas.
Rina rio entre dientes, con la punta de la lengua asomándose ligeramente. Era tan dulce, preciosa. Tuve que cerrar la boca y dejar de mirar la suya antes de que se diera cuenta.
—Pero si está bebiendo de una botella de plástico. ¿Por qué no sale a por alguna persona de la aldea? Estoy segura de que muchos estarán encantados de dejarse morder por él.
—Precisamente porque es algo íntimo para él, no se alimentará de cualquiera. Ni siquiera recuerdo la última vez que se alimentó de un humano de forma directa.
—¿Qué? ¿Por qué? —Abrió la boca tanto como los ojos—. Me dijo algo de un pacto de sangre. ¿Es por eso? ¿Por… ella?
Asentí.
—¿Quién es ella?
Negué, apretando los labios y desviando la vista unos instantes a la trampilla de la habitación de Milo.
—Es una larga historia que debería contarte él, por mucho que me encante chismorrear contigo.
Ella elevó las cejas con diversión y se le enrojecieron las mejillas. Yo abrí mucho los ojos y aleteé mis pestañas con burla.
Tardó unos segundos de más en volver a hablar, lo hizo mientras se toqueteaba la punta de los dedos.
—¿Y qué es para ti alimentarte? —Lo preguntó sin apartar la mirada de sus uñas, en un tono susurrante menos jovial que el anterior.
Me encogí de hombros.
—Lo mismo que para ti: una necesidad básica.
—¿Nada más? ¿No te… remueve? —Tragó saliva—. ¿Te ha hecho sentir culpable alguna vez?
—Puede que alguna. —Yo también observaba sus dedos, no sabía muy bien por qué—. Pero no pienso mucho en ello. Es mi realidad, es lo que debo hacer.
—Pero te gusta hacerlo. —Sus ojos se atrevieron a mirarme de frente al susurrar—. Lo vi, vi cómo disfrutabas.
—Mucho. Aunque a veces no tanto, depende del sabor de la sangre; hay cada humano peor alimentado que un cerdo de matadero y son bastante desagradables al paladar.
—Por Lilith, qué asco, Velkan. Eso es perverso y repulsivo.
Ladeé una sonrisa ante aquella expresión. Ella también se dio cuenta y apretó los labios, pero no quiso indagar.
—¿No disfrutas tú comiendo animales pese a sentirte culpable?
—No es lo mismo, no somos animales.
—Sí, sí lo sois. Tan solo una especie más en la cadena alimentaria.
Frunció el ceño, la nariz y los labios en una mueca de desagrado e irritación.
—Que esa sea vuestra forma de autocompadeceros para no sentiros culpables no significa que sea verdad. Todos fuisteis humanos en algún momento. En cierto modo lo seguís siendo, solo que… estáis malditos, condenados.
Sacudió la cabeza como si ella misma quisiera quitarse aquellas palabras de encima. Como si no le pertenecieran.
—¿Qué te contaba tu madre de nosotros?
La pregunta la tomó por sorpresa. Pero en aquel sofá, más cerca de lo que acostumbrábamos, más cómodos de lo que pretendíamos, parecía que a ninguno de los dos nos importaba compartir un poco más del otro a sabiendas de que no era una decisión inteligente.
—Que sois criaturas horribles, que perdéis el alma poco a poco si dejáis de alimentarla, convirtiéndoos en monstruos movidos por la sangre, la crueldad, el sexo y todo lo que pueda alimentar vuestro cuerpo, para compensar el vacío que dejó vuestra alma.
—Qué específico. —Silbé—. ¿Y qué piensas ahora que me has conocido?
—Que no estaba equivocada. —Exhaló por la nariz—. Que tu actitud hacia mí haya mejorado… no significa que olvide que apareciste en mi casa todo ensangrentado, me arrinconaste contra la pared y me dominaste para arrastrarme y encerrarme en tu sótano.
— Touché.
—Lo peor de todo es que sé que lo que hiciste conmigo no ha sido nada comparado con lo que podrías llegar a hacerle a cualquier otra persona, pero a mí…
no. —Se mordió el interior de la mejilla con nerviosismo—.
Y eso me hace creer que sigue habiendo cierta empatía en ti, algo que te aproxima a…
un alma. Aunque lleves sin alimentarla siglos, esta no desaparece, solo necesita algo que la despierte, ¿verdad?
Observé cada mueca de su rostro al mirarme, cómo las pestañas le temblaban al atreverse a hacerlo aun cuando mi semblante era hostil en aquellos momentos. No por ira, sino por cómo aquellas palabras atacaban a todo lo que creía ser.
—Tener un alma no me hace bueno, Rina.
—Lo sé, porque yo también la tengo.
Le acaricié la mejilla. Ella se inclinó más hacia mí.
Le rocé la punta de la nariz con la mía, haciendo acopio de todas mis fuerzas para no lanzarme a su boca como un náufrago sediento.
—¿Velkan? —Un susurro agudo y húmedo me alimentó.
—¿Sí? —exhalé, deslizando los dedos entre sus mechones.
—Me pido el lado derecho de la cama.
Solo pude sonreír al poner los ojos en blanco con falso incordio.