Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Rina

N o grité cuando los oí llegar, tampoco cuando volvimos a echar a andar, esta vez custodiados por una serie de cuerpos que no era capaz de contar porque no podía verlos, solo sentirlos a nuestros costados mientras Velkan no me soltaba la mano en ningún momento.

Me obligaba a aferrarme a su cuerpo como si temiera que la oscuridad lograra absorberme si aflojaba los dedos tan solo un poco.

Yo no me solté de su brazo, por si acaso. No quería pensar en la presa tan tentadora que estaba siendo en aquel instante para unos vampiros desconocidos a los que nada les importaría despedazarme y asar mis costillas a la barbacoa si se les antojaba.

Durante unos segundos dudé de que Velkan fuera capaz de luchar contra todos ellos en caso de que decidieran atacar. Aunque la verdadera pregunta que debía hacerme era si era tan estúpida como para creer que Velkan se enfrentaría a todo un nido por mí.

Por mucho que hubiera salido de su propia boca, había aprendido a no bajar la guardia, sobre todo con criaturas como él.

Por mucho que pareciera protegerme cada vez que nos poníamos en peligro o que no me quitara el ojo de encima cuando lo buscaba con la mirada, como si la suya ya hubiera estado puesta sobre mí antes de encontrarnos.

Pese a la violenta imagen de los Dzikie esperándonos, iluminados por las antorchas que alumbraban el camino, no pude evitar abrir los ojos con sorpresa al observar aquella aldea.

Pequeña y recóndita entre las hendiduras de la montaña, decenas de acogedoras cabañas de madera se agrupaban sobre la zona más llana antes de llegar a lo que parecía un lago.

No pude adivinar su tamaño, pero debía ser bastante grande, porque nada parecía atormentar la paz de la infinitud tras las cabañas.

La opacidad de la noche no me permitía analizar mucho de los individuos más lejanos que hacían vida con aparente normalidad.

Nos acercamos a una pared formada por los robustos cuerpos de una decena de ellos.

Mi corazón debía ser en aquel instante como una alarma de incendios; estaba segura de que todos los integrantes de aquella villa podían oír cada uno de mis latidos, y eso solo me ponía más nerviosa, provocando que palpitara más fuerte.

—Velkan.

La voz de Milo apareció tras los vampiros, y dos de ellos se apartaron para dejarlo pasar. Me hizo resoplar, aliviada al descubrir que seguía vivo. Todo lo vivo que podía estar un vampiro tan antiguo como la ciudad de Alejandría.

Ante un asentimiento cómplice de Milo, Velkan aflojó los dedos que me rodeaban arropados por el guante. Instantáneamente me crucé de brazos como si así pudiera esconder las manos, no supe muy bien por qué. Me froté el torso sobre la chaqueta, tratando de recuperar el calor.

Junto a Milo también apareció una mujer.

Algo más alta que Olga, pero con la misma cantidad de arrugas, unos labios finos que parecían no saber qué era una sonrisa, pelo blanco y flequillo demasiado recto para vivir entre la naturaleza.

Vestía un abrigo largo de pelo que le rozaba la punta de las botas.

La mujer tan solo dio los pasos suficientes para que la percibiéramos, antes de señalar con un gesto de mentón una de las cabañas más cercanas.

Me sobresalté al notar de nuevo la mano de Velkan, esta vez cogiéndome de la muñeca para que lo siguiera. Tampoco tuvo que insistirme mucho, no me pensaba quedar sola allí fuera.

—No nos gustan las visitas sorpresa —musitó la mujer sentándose en la cabecera de la mesa de madera que gobernaba aquel salón. Me hubiera gustado poder observarlo con detenimiento. Me sorprendía que fuera tan acogedor para un vampiro.

—Eloise, sabes que no estamos aquí por gusto —se defendió Milo, que todo el rato se posicionaba un paso por delante de Velkan y de mí, como si su figura fuera símbolo de protección.

Eloise no parecía interesada en lo que ninguno de nosotros pudiera contarle.

Sin embargo, sus ojos escrutaban a Milo con una mezcla de pesar y cariño, no podía deducir muy bien el porqué.

Era atractiva, lo suficiente como para intuir que también podría ser Hija de Khaivel, pero tan solo era una suposición.

Era bastante improbable, a menos que los Dzikie fuesen uno de los nidos en los que se mezclaban vampiros de diferentes linajes.

Eran poco comunes, aunque no tan difíciles de encontrar en zonas más apartadas de las ciudades, según lo que me enseñaron en la formación.

Mi hipótesis se desmoronó en cuanto Velkan abrió a boca.

—Sabemos lo mucho que cuidáis vuestros terrenos los Hijos de Octavia. Si hemos pisado suelo bajo vuestra potestad es porque necesitamos cobijo forzoso. No estaríamos aquí si no fuese necesario, créeme.

El cuerpo de Milo se tensó ligeramente, pero no hizo ningún comentario al respecto.

La mujer escrutó a Velkan unos segundos y, para mi sorpresa, me dedicó una mirada sentida, centrando su atención en mí con interés.

—¿Cómo te llamas?

—Rina —susurré.

—Un placer, Rina.

Su educación no era algo que debiera impresionarme, aunque no podía evitar sentirme agradecida al ser, simplemente, vista .

Hasta aquel momento no me había parado a analizar la despersonificación con la que me habían tratado los lacayos y vampiros con los que me había cruzado: Olga, la recepcionista y el botones del hotel, el vampiro que custodiaba la entrada del club…

Tal vez por eso, la figura de Eloise, pese a ser temible, me aportó un atisbo de calma.

Como si ella no solo viera en mí una presa o una esclava, sino el ser humano que siempre había sido y que últimamente hasta yo misma había parecido olvidar.

—¿Y qué relación tienes tú con los vampiros que te acompañan?

—Pues… —Apreté los labios y entrecerré los ojos—. ¿Compañeros de trabajo?

No la hice reír, pero atisbé algo de diversión en su comisura derecha.

—Tu olor ha alertado a toda la aldea. Me pregunto cómo de importante serás para él para que todavía no te haya desvirgado.

Aquellas palabras me revolvieron las tripas.

Sabía que se refería a mi sangre y al hecho de que todavía ni Milo ni Velkan habían hincado un colmillo sobre mi piel.

Me hubiera ofendido el tono de la pregunta, pero ella estaba completamente cómoda hablando de ese tema, que a mí me enrojecía las mejillas, sin pudor.

Sus ojos no se movían de los de Velkan y sonrió al ver cómo este se mantenía callado, algo poco propio en él.

—Velkan respeta mis límites.

No tenía por qué defenderlo si él mismo parecía poco interesado en justificarse. Pero en aquel momento quería hacerlo, sobre todo frente a una criatura como ella, que parecía entenderme mucho más que cualquiera con la que me había topado.

—Pues espero que Velkan —alargó la ele con aspereza— también respete los nuestros y entienda que, por mucho que sintamos vuestra situación, no somos un albergue al que acudir huyendo de lo que sea en lo que estéis implicados.

A madre no le haría ninguna gracia saber que os he dado refugio sin su consentimiento.

«Otra primigenia». Se me revolvieron las tripas. «Con contacto directo con Octavia».

Me removí. No tanto por la idea de tener a otra criatura antigua y peligrosa cerca como eran Velkan, Milo y ahora Eloise, sino por lo arriesgado que era estar refugiándonos en los brazos de alguien que podría informar a su progenitora, la posibilidad de implicar en la búsqueda a una nueva Ancestral.

—Eloise —rebufó Milo poniéndose frente a nosotros para que a la mujer no le quedara más remedio que mirarlo a él—.

Te contaría más si pudiera, pero es una situación complicada y seria; te pido personalmente que nos dejéis refugiarnos, tan solo un día.

No entorpeceremos vuestra convivencia ni seremos una molestia.

Te lo prometo por Lilith y por mi padre.

—¿Y por ella ?

Fruncí el ceño. Pese a no ver el rostro de Milo, incluso yo pude notar cómo se tensaba su espalda ante aquella pregunta. Tardó varios segundos en responder y tan solo lo hizo con un breve asentimiento.

Para Eloise pareció suficiente.

—Tan solo un amanecer, Miloslav. Por ella.

«¿Quién es ella?».

No entendía nada, pero tampoco era momento de preguntar. Únicamente le dirigí una mirada de confusión a Velkan mientras salíamos de la cabaña guiados por Eloise. Él apretó los labios en una fina línea y con un movimiento sutil de cabeza me dio a entender que debía dejarlo pasar.

Tenía demasiadas preguntas sobre lo que acababa de suceder y tuve que tragármelas.

«¿Por qué Eloise y el resto de los Dzikie respetaban tanto a Mi­lo?».

—Los chicos están preparando vuestra cabaña —musitó la matriarca de la aldea mientras paseábamos entre las antorchas que marcaban el camino—. Es pequeña, pero suficiente para vosotros tres.

—Te lo agradezco —murmuró Milo, que la seguía de mucho más cerca que nosotros.

—En la aldea hay ciertos humanos con vínculos liberales.

En caso de que necesitéis alimentaros podéis preguntarle a Iryna.

—Señaló con la mano a una chica rubia sentada en una mesa y enfundada en un grueso abrigo que nos saludó con una sonrisa—.

Ella les comunicará vuestra propuesta y os informará si algún humano quisiera ser vuestro sustento.

Aunque, bueno, no creo que tengáis problema para encontrar a alguien dispuesto.

Miré a mi derecha, a un pequeño grupo de lacayos cuchicheando con sonrisillas dedicadas a Milo y Velkan. Me removí incómoda.

Milo se acercó a Eloise y le susurró algo con discreción que no logré oír.

—Sí, os han dejado en la nevera. En caso de necesitar más puedes pedírselo a Iryna también, ella es la encargada de los suministros —le respondió.

La cabaña era preciosa.

Pequeña y con los tablones de madera húmedos por las frías temperaturas que hacían en aquellas montañas, las esquirlas del agua del lago empapaban el ambiente.

Al entrar, a la izquierda, estaba la cocina, con una encimera en ele.

Si bien toda mi atención se centró en el acogedor comedor, en la calidez de la chimenea que me arropó, igual que los antiguos pero cuidados muebles que lo decoraban.

A la izquierda, un televisor de los que hacía muchos años que no veía se apoyaba sobre un mueble frente al sofá.

En cuanto lo vi, color chocolate y cubierto por una manta a cuadros, solo pude imaginarme recién duchada, con un pijama grueso de algodón, escondida bajo ella y con un tazón de una bebida caliente atemperándome las manos.

¿Habría leche en la nevera? ¿Podría pedirle a Eloise un chocolate?

Mientras Eloise nos mostraba el baño, me di cuenta de que no había más puertas. Con el ceño fruncido, mis ojos pasearon por las cuatro paredes.

Entonces, la mujer se agachó junto a dos alfombras de rayas y las retiró haciendo una pinza con los dedos y revelando dos trampillas. Tuve que parpadear varias veces para comprobar que lo que veía era cierto.

«Pero ¿qué…?».

—Y estas de aquí son vuestras habitaciones.

Al abrir una de ellas desveló unas escaleras empinadas hacia la más completa oscuridad.