Capítulo 34
Velkan
N o era tan iluso como para creer que por desviarnos de nuestro destino los Hijos de Alastor iban a rendirse. Si habían logrado seguirnos hasta aquí era porque habían deducido por nuestra ruta que nos dirigíamos a la capital más cercana, Cracovia.
La mejor estrategia para aquella noche era desviarnos mientras los Hijos de Alastor nos adelantaban en distancia, pero no en objetivo.
—No me gusta esto —murmuró Rina agarrada a mi brazo con tanta fuerza que por un segundo temí que sus uñas fueran a atravesarme la chaqueta.
—Cállate, te pueden oír —le chistó Milo un paso por delante de nosotros.
Me giré para dedicarle una mirada recriminatoria que Rina no podía ver en la oscuridad, pero él sí.
Si bien los Hijos de Alastor podían dirigirse directamente a Cracovia, no quería correr el riesgo de que nos hubieran seguido a cualquier pueblo cercano.
Esta vez, hospedarnos en un hotel u hostal era demasiado arriesgado, no podía fiarme de lo que había a mi alrededor, así que aquella parecía ser la opción más segura.
Aunque nada bueno se escondía en los Montes Tatras.
—Todo va a salir bien, mientras hagas lo que te pida —le había dicho a Rina al bajar del coche, que habíamos dejado oculto entre la maleza.
—¿Por qué me dices eso? —me había preguntado ella abriendo mucho los ojos y tensando el cuerpo—. Tu tono de voz me preocupa, no suele ser tan precavido.
—El tuyo también debería serlo —le bufó Milo con las mismas ganas de andar hacia nuestra nueva parada como de arrancarse los párpados—. O atraerás a los linces.
Rina lo miró de reojo y se encogió de hombros.
—Más peligrosos sois vosotros.
Reí aun sabiendo que estaba en lo cierto, no solo por nosotros dos, sino por los nidos de vampiros que se escondían entre las montañas.
No eran pocos y, por muchos años de vida que tuviera, no era un lugar que hubiera frecuentado lo suficiente como para ganarme la confianza de gran parte de ellos, por no decir de prácticamente ninguno.
—¿Estás seguro de que nos recibirán bien?
Si de alguien dependía nuestra seguridad esa noche era de Milo.
—Ni un poco.
Se encogió de hombros con el rostro impasible, como si la alternativa de que aquel nido al que pretendía dirigirnos fuese el camino directo a nuestra muerte o, al menos, a la de Rina.
Sabía que Milo le tenía la suficiente estima, pero no confiaba tanto en su acto de fe hacia Rina como para hacerme sentir que la estaba llevando a un lugar completamente seguro.
Por eso le había ordenado a Rina que bajo ningún concepto se alejara de mí mientras avanzábamos entre la oscuridad, los árboles y el sonido de los animales que reptaban entre la maleza.
Por mucho que la mano de Rina rodeándome el brazo fuera un contacto bastante estimulante, no permití que se llevara ni un atisbo de mi atención.
Debía ponerla en mi alrededor, todos mis sentidos alerta ante cualquier pequeño ruido, olor o sensación que me avisara de que ya nos habían percibido cerca de su zona.
Milo detuvo sus pasos, yo frené los de Rina, que no era capaz de intuir con tanta precisión nuestros movimientos —con prácticamente ninguna—.
Ahogó un grito, sobresaltada, y decidió que la mejor idea era estamparse contra mi pecho, agarrándome con aún más fuerza y pegando el rostro entre mis pectorales.
Sus latidos me acariciaron desde su mejilla.
Retumbaban tan fuerte, tan ruidosos, que incluso cuando se despegó de mí seguía escuchándolos por todo mi organismo como si fuera mi corazón.
Me puse la mano en el pecho, repentinamente sorprendido.
Rina no vio cómo Milo me dedicaba una mirada fugaz por encima del hombro, como si pudiera escuchar el retumbar de Rina en mi interior.
Milo me pidió que aguardara abriendo la palma de la mano, antes de alejarse y desaparecer entre los árboles.
—¿Se ha ido Milo? —susurró Rina calentándome el pecho con su aliento.
Asentí rozándole el pelo con el mentón.
—¿Estamos solos?
—Eso espero —susurré—. ¿Por qué? ¿Quieres aprovechar la ocasión?
Me dio un suave puñetazo en el pecho antes de chistar.
—Calla, nos van a oír.
—La que está hablando eres tú. —Inspiré sobre su melena. Apreté los ojos al hacerlo—. Aunque no importa, probablemente ya te habrán olido.
Su cuerpo se tensó y admitiré que aproveché su vulnerabilidad para rodearla con los brazos en un gesto protector que no sabía cuánto tenía de refugio y cuánto de posesión. No iba a permitir siquiera que la rozaran.
—No es momento para bromas —masculló.
—Ojalá estuviera quedándome contigo. —Volví a inhalar su aroma.
Tan dulce, suave y cerca. Todos sus matices se apoderaban de mí de una forma cruel—.
Pero a estas horas de la noche el olor de una humana de sangre virgen es igual de reconocible que la luna en un cielo oscuro.
No sé la capacidad olfativa de ese nido, aunque, si estuviera yo entre ellos, te juro que sabría encontrarte en cualquier lugar recóndito entre las montañas.
Si me acerqué a sus labios al hablar fue porque su olor me arrastraba a ella como el canto de una sirena a un marinero.
Si ella entreabrió los suyos al notar mis susurros demasiado cerca supe que era por la misma energía que parecía atraerla hacia mí.
No podía verme entre la oscuridad, pero sí sentirme, así que decidí acercarme un poco más y rozarle la mejilla con los labios de una forma tan ligera que dudara de si había sido tan solo una ilusión.
—No dejaré que nadie tenga la oportunidad de herirte —le susurré contra su pómulo.
Rina tardó unos instantes en tragar saliva, demasiado concentrada en su respiración. Podía ver cada uno de sus gestos, el perfil de su rostro, el contorno de sus muslos, tan cerca de los míos.
Unas pisadas me alertaron.
Separé a Rina de mi pecho para ponerla tras mi espalda, sin dejar de perder el contacto con su cuerpo. Saqué los colmillos con gesto amenazante, aun sabiendo que los seres que se aproximaban tenían unos iguales que los míos.
A la mayoría de los Hijos de Octavia les gustaba afilarse los dientes, sobre todo a los del nido que controlaba gran parte de los Montes Tatras, el que custodiaba el lago Morskie Oko y que pocas veces decidía inmiscuirse en asuntos de otros linajes.
Porque eran violentos, ariscos e independientes.
El nido de los Dzikie.