Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Rina

N o estaba acostumbrada a marearme en los medios de transporte, el único vehículo que prefería evitar era el barco.

No es que me hubiera subido a muchos a lo largo de mi vida, pero recordaba con bastante claridad cómo en unas vacaciones con Aleshka, en la costa de España, en una de esas veces en las que todo parecía empezar a solucionarse y mi madre se esforzaba por recomponer los trocitos que había resquebrajado, cogimos una excursión en lancha para ver delfines.

La oportunidad de verlos me tenía completamente fascinada y me sentía tan feliz por estar recuperando a mi madre —o al menos eso creía— que decidí guardarme el secreto de que la bilis parecía pasearse por mi tráquea a cada sacudida que aquel barco inestable daba.

La vuelta al puerto fue lo peor. Podría haber aguantado hasta pisar tierra si no hubiera sido porque, a escasos metros de llegar, un hombre pidió una bolsa para vomitar y escuché sus arcadas. Acompañé la desagradable serenata con las mías.

Dejando de lado aquel incidente puntual, solía aguantar bien los trayectos en coche incluso en caminos de curvas.

Pero, después de pasarme tres horas y media con los ojos bailando sobre la pantalla del ordenador mientras nos dirigíamos a Cracovia, el dolor de cabeza me obligaba a entrecerrar los párpados, a tensar la espalda contra el respaldo del asiento del copiloto e inspirar con profundidad por la nariz cada vez que atendía una llamada, manteniéndome lo más profesional que era capaz en aquellos momentos.

La noche anterior había logrado derivar mis llamadas a Filip con la excusa de que me habían elevado la dosis de la medicación y me encontraba demasiado somnolienta como para atender a los clientes.

Pero sabía que no era una coartada que pudiera utilizar dos noches seguidas sin que Filip elevara una queja a coordinación.

«Con todo lo que hago siempre por los demás, y ellos, con suerte, hacen lo justo por mí».

Sacudí la cabeza. En aquellos momentos eso no tenía importancia.

—Central de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?

—No tenéis escapatoria.

Una voz ruda y pegajosa inundó el coche opacando cualquier otro sonido, incluso los pequeños ruiditos de los dientes de Ratputín, que me contemplaba tumbada sobre el salpicadero, como si ella también hubiera notado el sabor ácido trepar por mi garganta, mi corazón acelerarse y la mirada de Milo rasparme la mejilla al observar por encima del hombro la pantalla.

Los ojos de Velkan no se desviaron de la carretera, aunque se abrieron con la misma sorpresa que los míos.

Debía responder, pero no podía hablar.

—Sabemos hacia dónde os dirigís, zorra. Es cuestión de tiempo que os alcancemos.

Analicé rápidamente las coordenadas desde las que recibía la llamada. No necesitaba decirlas en alto porque Milo ya escrutaba toda la información que el receptor le otorgaba, incluso el nombre del propietario de aquel teléfono.

Markus Novák, Hijo de Alastor.

—Disculpe, señor, esta es la línea para atender asuntos legales como cacerías, limpiezas, servicios médicos…

—Mírala, qué graciosa es. Tenía la duda de si te habían escogido a ti como rata chivata por pura coincidencia o si tenías algo que ver con esos vampiros, Rina Dankova.

—Pronunció mi nombre como si lo conociera, pero eso era imposible—.

Sin embargo, por la cantidad de estacas que tenías escondidas por casa, no parece que seas muy amiga de los nuestros.

¿Qué haces, entonces, ayudando a criminales de la peor calaña?

Mi casa.

Me tensé y supe que ese capullo podía oír perfectamente el retumbar de mis latidos.

También lo hacía Velkan, que me puso una mano sobre el muslo en un intento por relajarme.

Lo miré de reojo y negó, pidiéndome que no hablara.

Su mirada bajó a la pantalla, observando cómo el localizador se movía, a apenas unos kilómetros de nosotros.

Nos estaban siguiendo de cerca. Muy cerca.

Velkan aceleró, sin perder tiempo.

—¿Te ha comido la lengua el gato? ¿O es que tu amo te ha prohibido hablar?

Volví a mirar a Velkan para cerciorarme de que debía mantenerme en la llamada para poder seguir disponiendo de su localización.

Con una mano sujeté con fuerza el portátil y con la otra me agarré a la puerta para estabilizarme.

Si ya estaba mareada, la velocidad que estaba cogiendo Velkan me revolvía aún más el estómago.

Debía hablar, pero solo podía concentrarme en tragarme las ganas de vomitar allí en medio. No sé qué temía más, si a aquel Hijo de Alastor o vaciar el estómago sobre la tapicería de Velkan.

—Disculpe, Markus, ¿está usted confesando de manera voluntaria un allanamiento?

—Tecleé tan solo para que aquel vampiro lo escuchara.

No iba a arriesgarme a mandar a la guardia a la puerta de mi casa, ni mucho menos facilitar su posición, porque desvelaría la nuestra—.

Es mi deber informarle de que, en ese caso…

—Puta follavampiros —lo oí maldecir—. ¿Crees que estoy de broma?

Tuve que tragar saliva con intensidad. La bilis trepaba cada vez con más decisión de reunirse con mi paladar.

Velkan conducía a una velocidad más que delictiva, Milo había alargado el brazo por mi costado para coger a Ratputín y refugiarla en el bolsillo de su chaqueta y yo me mordía ligeramente el interior de la mejilla decidiendo enfocarme en la confusa sensación de ira entremezclada con la diversión que me otorgaba cabrear a aquel individuo.

—Por supuesto que no, señor. Le pediría, si es tan amable, que me facilitara el documento identificativo del lacayo o lacaya que se ha adentrado en mi domicilio, ya que yo no recuerdo haberlo invitado.

—Pero ambos sabemos que no vives sola.

Mentiría si dijera que mi corazón se detuvo. No lo hizo, tan solo una pequeña punzada, como un pellizco en mitad del pecho que se expandió dolorosamente hacia las extremidades, haciendo que pulsara las siguientes teclas sin sentido de una forma mucho más brusca.

No pensaba dejarle jugar con mi cabeza.

—Por favor, si es tan amable, proporcióneme el nombre e identificación del lacayo o lacaya al que le haya ordenado allanar una propiedad privada.

—¿Tanto tiempo llevas pendiente de esos vampiros que has olvidado el nombre de tu madre? —Supe que terminó la pregunta con una sonrisa porque podía notarla arañar mi pantalla—. Aleshka debe estar contenta, ha criado una hija igual de zorra que ella.

El nombre de mi madre cortó cualquier tipo de malestar que me revolvía el estómago, transformándolo en una piedra fría y pesada que se elevó entre mis costillas hasta taponarme la garganta.

No podía respirar, aunque mi pecho parecía hacerlo por sí solo, subiendo y bajando a un ritmo desenfrenado.

Noté la mano de Velkan tensarse sobre mi pierna, supe que había desviado la mirada de la carretera y de la localización de Markus —que aún parpadeaba en mi pantalla— para escrutarme el rostro y tratar de encontrar algo en mí.

Pero en aquel momento no podía hallar nada.

Como si al pronunciar el nombre de mamá se hubiera llevado consigo mi fuerza, mi voluntad y mi alma.

—¿Dónde está?

Mi pregunta fue una exigencia, una orden que me erizó el vello al pronunciar cada letra. Pero ni siquiera la risa de aquel vampiro logró hacerme sentir nada más que una asfixia que amenazaba con terminar de destruirme, helar cada pequeño resquicio de esperanza, consuelo y humanidad.

Porque tenía claro que, si mi madre había vuelto mientras yo no estaba, ya estaría muerta. Porque sabía que, si Aleshka tenía algo que ver con aquellas criaturas, ya estaba condenada, aun si todavía respiraba.

—Markus, ¿sabe tu padre que has dedicado la noche a rebuscar entre los cajones de una veinteañera? —Las palabras de Velkan se adelantaron a la respuesta de Markus.

Lo miré de reojo con evidente molestia.

—¿Sabe el tuyo que vamos a robarte lo que nos pertenece?

Velkan sonrió, como si pudieran verlo. Negó al mismo tiempo que se asomaba un instante sobre mi pantalla antes de salirse de la carretera principal.

Noté cómo Milo gesticulaba tras de mí con evidente sorpresa, el ceño fruncido y ahogando un resoplido de dolor ante el desvío que lo había lanzado contra la puerta contraria.

—¿Qué le habéis hecho a Aleshka?

Esta vez fue Velkan quien me miró de reojo con evidentes ganas de obligarme a callar. Sabía que debía hacerlo, pero no quería desaprovechar la oportunidad de volver a indagar sobre mi madre.

—Aquí las preguntas las hago yo, y, si me gustan las respuestas, puede que te deje hablar con tu madre. ¿Estáis trabajando junto a los Hijos de Nyra?

Velkan cerró mi portátil de un golpe.

—Se acabó la conversación.

Me revolví en el asiento con tanta frustración como deseos de abofetearlo.

—¿Qué haces? ¡Lo tenía controlado! No iba a darle datos reales —escupí dando golpes en el salpicadero con la mano—. Ahora ya hemos perdido su localización. ¡E información sobre mi madre! —Inspiré hondo.

—Hasta ahora solo estaban detrás de nosotros, cosa que nos venía de puta madre para mantenernos siempre un paso por delante.

Pero ya no solo nos siguen la pista a nosotros, sino también a los Neblíes, porque se han dado cuenta de que todos nos dirigimos al mismo lugar.

Así que no importa la información falsa que le des, sabe que los Hijos de Nyra están implicados de una u otra forma en la búsqueda; aunque sus suposiciones sean erróneas, ahora también van a por ellos —bufó agarrando con fuerza el volante antes de frotarse la cara e inspirar con profundidad.

—¡Pues que crean que estamos trabajando con ellos! ¿Qué más da eso? —Agité la mano, quitándole importancia—. ¿No podías esperar a que lograra sonsacarle algo?

Velkan apretó la mandíbula y negó.

—No, claro que no. No ibas a sonsacarle nada, ese tío habrá revisado cuatro cajones de tu casa, encontrado el nombre de tu madre y tú te has dejado chantajear ridículamente fácil.

Me crucé de brazos y me dejé caer sobre el asiento. Sin apartar la vista de la carretera, que cada vez tomaba más curvas, susurré:

—Tú y yo teníamos un trato. —Me removí al ver que no hablaba—. No sé en qué momento me fie de tu palabra.

Velkan siseó y esbozó una fina sonrisa.

—¿Te hace gracia?

—Sí, me parece bastante fascinante que creas que voy a dejarte arriesgar nuestro trabajo por descubrir cosas sobre tu madre. —Exhaló con pesadez, me miró de reojo al apretar los labios—. Encontraremos información de tu madre, pero no así. Esto no es un juego de detectives.

—Entonces, ¿cómo?

No respondió.

Iba a tatuarme con un clavo en el antebrazo «No esperes nada de Velkan» para no dejar que mis emociones hacia él me nublaran el juicio.

—Nos estamos desviando demasiado —murmuró Milo tras mi nuca—. Como sigamos por esta ruta terminaremos en Eslovaquia.

Que así fuera, en aquel momento me daba igual absolutamente todo.

Había sido una estúpida por intentar convencerme para quedarme con ellos. Lo peor era que lo sabía, casi con la plenitud de mi ser sabía que era una estupidez enorme perder la oportunidad de escapar y volver a casa.

Casa que habían allanado y registrado.

Cada vez que recordaba el nombre de Aleshka resonar por el coche en boca de uno de esos monstruos me temblaban las piernas.

—No vamos a ir a Cracovia esta noche.

Las palabras salieron de la boca de Velkan, o eso intuí; tampoco podía prestarles demasiada atención porque solo podía concentrarme en tragar el exceso de saliva, erguir la espalda y respirar por la nariz con lentitud para evitar…

—Para el coche.

Tan solo lo susurré, temía elevar demasiado la voz y que mi estómago aprovechara la ocasión.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Velkan.

—Está blanca —murmuró Milo.

No me hizo falta responder.

Velkan logró frenar el coche sin movimientos bruscos.

A mí tan solo me dio tiempo a entreabrir la puerta y sacar la cabeza justo antes de vomitar.