Capítulo 32
Velkan
L os iba a matar, a los dos.
Dudé en dejar marchar a Milo con Rina sin despedirme antes, pero sabía que si la tenía delante cuando el coche arrancara, iría detrás de ella.
Así que decidí mantenerme ocupado haciendo ciertas llamadas pendientes, algunas más agradables que otras, entre ellas la de Olga, quien me confirmó que seguía a salvo en casa, no había sufrido ningún ataque o, de lo contrario, «no te estaría respondiendo la llamada, mentecato».
Alargué el tiempo tomándome una copa de whisky en la azotea del hotel. Observaba las luces de la ciudad, de los edificios y los coches, y me pregunté cuál de aquellas luces pertenecía al que alejaba a Rina de mí.
Respiré con profundidad al atisbar el recuerdo de su aroma. Era casi tan real que podía saborearlo. Tomé otro trago para deshacerme de todo rastro de ella.
Pero no funcionó. Rina seguía allí, como si, por mucho que se alejara, su presencia siguiera impregnando cada uno de mis sentidos. Era tan fuerte el poder que parecía tener aquella humana sobre ciertas partes de mí que por un segundo me alcanzó el susurro de su voz…
«Espera un momento».
Me puse de pie con velocidad y me recliné sobre la baranda de la azotea para comprobar con mis propios ojos que su olor era real, el sonido de sus latidos era real, los tenues resquicios de su presencia que me acariciaban los oídos eran reales.
«Miloslav, prepárate para morir».
Porque el coche que había alquilado se adentraba de nuevo en el aparcamiento del hotel… con Rina en su interior.
Antes de que llegara a poner el freno de mano al detenerse, ya había bajado como un jaguar, dejando un vaso de whisky cargado a la habitación de un número que le canté a la camarera al azar.
El olor de Rina era para mí lo que para un humano el aroma que impregna una cocina cuando se está cociendo un bizcocho.
Era un olor dulce, frutal y amaderado que hacía que mis pupilas se dilataran a medida que me acercaba a grandes zancadas al coche, no supe muy bien si movido por la ira o por el pequeño atisbo de placer que me ofrecía volver a percibirla a través de mis sentidos.
A través del olfato, aun cuando el coche me quedaba tan lejos que ni ellos mismos sabían que me acercaba.
El oído, al escuchar un cuchicheo de Rina sentada en el asiento del copiloto y cómo sus finos dedos tecleaban sobre el portátil, que probablemente tendría sobre las piernas, calentándole los muslos.
La vista, al observar cómo Milo se daba cuenta de que me acercaba, mucho antes de que Rina se girara sorprendida hacia su ventana, desde donde la miraba apretando los labios en una línea fina e intentando con todas mis fuerzas no abrir la puerta, sacarla a rastras hacia mi coche y llevarla yo mismo a su casa.
—¿A quién de los dos mato primero?
Cruzado de brazos, inclinado frente a la ventanilla, ambos me miraban sin mediar palabra. Lo único que rompió el silencio fue el botón que pulsó Rina para bajar el cristal unos cuatro dedos, no se atrevió a más.
—Miloslav, dime un motivo por el que no arrancarte la cabeza, meterte una bombilla por la tráquea y convertirte en mi lamparita de noche —escupí con una sonrisa rígida y lunática con la que le enseñaba todos los dientes.
Mis ojos volvieron a Rina—. Y a ti te voy a dejar escoger tu muerte, porque parece que no piensas parar hasta conseguirla. ¡¿Qué cojones hacéis aquí?!
—Ha insistido en volver y es increíblemente molesta cuando se lo propone —espetó Milo con rotundidad, desviando un instante los ojos hacia Rina—. Además, puede seguir siéndonos de utilidad.
Fruncí el ceño. Algunas arrugas de mi frente pertenecían a la incredulidad, otras a la furia que no se disipaba por mucho que la mirada de cachorrito de Rina intentara calmarla.
Que Milo pretendiera hacerme creer que la insistencia de Rina había sido motivo suficiente para darse la vuelta me resultaba hasta ofensivo.
Tanto para mi inteligencia como para su poder sobre cualquier criatura que osara perturbarlo.
Si Milo hubiera querido, la habría acallado durante el viaje hasta llegar al destino.
Le había dado luz verde para usar su dominio con ella, para calmarla, apaciguarla… Salvarla.
Pero no lo había hecho y sabía muy bien que nada tenía que ver con lo que ella quisiera o pudiera hacer para la búsqueda. Milo había traído de vuelta a Rina por lo mismo por lo que yo la quería lo más lejos posible en aquellos momentos.
Clavé los ojos en las pupilas brillantes de Rina e hice un seco gesto con el mentón.
—Sal del coche.
Ella negó con lentitud. Frunció los labios y decidió que la mejor idea era volver a subir la ventanilla frente a mis narices.
Mi mirada se posó en Milo y no tuve que decirle nada para que desbloqueara los seguros de las puertas.
—¡Traidor! —gritó Rina aferrándose al cinturón.
Yo abrí la puerta, le desabroché el dichoso cinturón que agarraba con fuerza, la cogí de la cintura y la saqué con tanta velocidad que sus uñas acabaron clavadas en mis bíceps, tratando de estabilizarse mientras la llevaba en volandas hacia el maletero del coche y la dejaba sentada sobre él.
—Te creía más inteligente —murmuré, gesticulando con evidente desesperación—. He sido misericordioso contigo, te estaba dejando marchar a casa y no has aprovechado la oportunidad. ¿Qué tipo de desorden mental tienes?
Suspiró, observando la cercanía de mi cuerpo.
Bajó la vista y se encogió de hombros, sin querer encontrar sus ojos con los míos.
—¿Por qué, Rina?
—¿Por qué no te has esperado a consultarme si aún podía ayudaros? —Ignoró mi pregunta cruzándose de brazos—. Si lo hubieras hecho, habrías sabido que también tengo acceso a datos de fuera del país sin necesidad de mandarme a casa sin darme explicaciones. —Tragó saliva—. Sin despedirte.
Su corazón resonaba con tanta fuerza que lo notaba contra mis propios huesos. Evité frotarme el pecho, frustrado ante la sensación agridulce que aquello me provocaba.
—¿Despedirme? —Negué, exhalando una leve risa por la nariz—. Rina, no seré yo quien finja que no sucede nada entre nosotros, pero…
—No he vuelto por ti. —Se adelantó a mis palabras, removiéndose sobre el capó—. Ni mucho menos por la búsqueda de La Manzana de Lilith. He vuelto por mí.
—Por ti.
Rozándome con las rodillas, exhaló con rotundidad.
—Sí. Estando con vosotros me he dado cuenta de que no tengo nada ni a nadie, que si decidíais matarme, tan solo se enterarían mis compañeros de trabajo al verme en las listas de presas.
Ni siquiera parece extrañarles que lleve tantos días sin aparecer, hasta Filip ha dejado de llamarme para pedirme favores con la excusa de preguntarme cómo estoy, porque no le importa, a nadie le importo.
—Se encogió de hombros otra vez. Sus ojos tomaron un brillo que odié—.
No quiero volver a casa, aún no. Necesito saber más sobre mi madre, descubrir si sigue viva, si está muerta o… si se ha convertido en uno de vosotros.
No pude evitar el impulso de limpiarle una lágrima sobre la mejilla con una caricia.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con tu madre, ternura?
—Ayudaros a vosotros es ayudarme a mí. Yo tengo acceso a informes y registros, pero Milo y tú sois vampiros.
—Enfatizó la palabra con pasión—. Sois las criaturas que la hicieron desaparecer, vosotros os movéis por un mundo que mis registros no alcanzan.
Seguro que podéis encontrar algo sobre Aleshka.
Me adelanté hacia ella. Puse las manos a ambos lados sobre el maletero, ladeé la cabeza y sonreí calculadamente cerca de su boca.
—¿Quieres decir que en cierto modo pretendes utilizarnos?
Aún con los ojos húmedos, Rina rio antes de morderse el labio.
—Vosotros sois mi herramienta.
—¿Está mal que eso me haya puesto cachondo?
Fingió una mueca de desagrado arrugando la nariz y me apartó con un golpe en el pecho.
Le sonreí de manera genuina, dejando de lado la ira, que no sabía cómo había logrado despegarme de la piel con tanta facilidad.
Tal vez fue verla tan vulnerable, abriéndose frente a quien podría destruirla.
Esperaba de mí algo más cercano a un refugio.
Podía achacarlo a la infantil sensación de ilusión al verla de vuelta, saber que ella no quería despedirse de mí.
Su corazón me lo había confesado mucho antes que ella, de maneras que sabía que jamás diría por su boca.
Era más que evidente que mi egoísmo y deseo por tenerla cerca estaban más que satisfechos al verla regresar a mí después de dejarla libre.
Por primera vez en mucho tiempo había antepuesto el bienestar de una criatura tan débil como ella a mi mero apetito.
Me había portado bien con ella, había sido compasivo con la esperanza de que, aun haciéndola olvidar, el último recuerdo que pudiera tener de mi fuera… bueno.
Sin embargo, aquí estaba de nuevo.
Rina no quería que fuera bondadoso con ella, igual que yo deseaba que dejara de obligarse a serlo con todo lo que la rodeaba.
—Liberarte ha sido lo más caritativo que he hecho en mi vida, así que hazte el favor, ternura, aprovecha esta compasión que has despertado en mí antes de que se esfume.
—No quiero tu puta compasión. Ya no.
Su voz fue firme, su rostro, imperturbable.
Me relamí complacido al ver el velo oscuro que le cubría los ojos cuando se enfadaba, cuando realmente me miraba. Cuando se dejaba ver.
—Admitiré que tu compañía es más agradable de lo que esperaba —susurré.
—La tuya tampoco está mal. —Se mordió el interior de la mejilla—. Eres… entretenido.
—¿Entretenido? No creo que esa sea la palabra que buscabas para describirme. Seguro que querías decir carismático, encantador, fascinantemente bello…
—Y un arrogante también.
—Tú lo has dicho, también .
Rina liberó unas suaves carcajadas entre su sonrisa.
No me importó mostrarle lo mucho que aquel simple gesto me había agradado, imitando con mis labios la trayectoria de las comisuras de los suyos al elevarse.
Perdí el hilo de mis pensamientos por unos instantes, porque todos se enfocaron en ella.
En su rostro pálido y delicado, los ojos verdes profundos y aquel remolino que tenía en el flequillo que le enredaba un fino mechón en la punta de las pestañas.
Se lo aparté de la frente antes de retroceder un pequeño paso hacia atrás, dejando de notar sus piernas rozarme la cintura.
Carraspeé y me crucé de brazos, custodiándome el pecho como si algo pudiera salir de este, o entrar.
—Quiero que seas consciente de que esto no es un juego, Rina. Que donde te estás metiendo es en la boca del lobo, una muy peligrosa.
—Soy plenamente consciente de lo que hago.
—No lo parece.
Sonreí con lentitud, esforzándome en no pensar en la suavidad de aquellos labios que apretaba con juicio.
—Sé que me estoy poniendo en una situación peligrosa y que puedo morir.
Aquellas palabras me molestaron porque eran ciertas. Por un segundo pensé en retirar mi oferta, atarla al asiento del copiloto y llevarla a mi casa, donde Olga la mantuviera a salvo hasta que terminásemos toda la búsqueda.
—¿Y aun así decides quedarte con nosotros?
—Contigo.
Rina tragó saliva sin expresar nada en sus labios.
Sin una sonrisa burlona opacando el poder que parecía contener aquella palabra.
Nunca había experimentado el dominio sobre mi voluntad, pero en aquel momento, por primera vez en mi larga y eterna existencia, sentí algo en el centro de mis entrañas que supe que sería lo más parecido a lo que una persona siente cuando toman su control.
Rina había logrado hacerse con el mío con tan solo una palabra.
—Está bien, cumpliré tus deseos. —Me incliné hacia delante, haciendo una reverencia con recochineo, y por fin Rina volvió a reír.
Por encima del hombro de Rina vi a Milo en el interior del coche dejando caer la cabeza sobre el volante, haciendo sonar el claxon.