Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Rina

P ensaba que después del incidente de ayer no me dejarían volver a ir con ellos a ningún otro lado, pero, cuando Milo apareció en mi habitación a apremiarme para que hiciera las maletas porque debíamos dirigirnos a otro lugar, sentí una agradable maraña de emoción resguardándome el pecho, como si los hilos fueran de una lana gruesa y suave, cálida al tacto.

—¿Dónde está Velkan? —pregunté extrañada al ver que no era él quien abría la puerta.

—Ha tenido que salir a hacer unas llamadas mientras tú terminas de recoger esta pocilga que tienes por habitación.

Puse los ojos en blanco al tiempo que volvía a meter mi ropa en la maleta. Me topé con Milo otra vez, sentado en la cama de Velkan, con mi mochila y el ordenador en su interior sobre su hombro.

—¿A dónde vamos?

No respondió mientras se dirigía al ascensor un paso por delante de mí, aunque tampoco me sorprendió, teniendo en cuenta que aquel vampiro parecía odiar mi voz tanto como mi olor.

—Milo —susurré al cerrarse las puertas del ascensor—. ¿Por qué pones cara de vinagre cuando estoy cerca?

—Cara de vinagre. —Negó con rostro serio y las manos agarradas frente a su pelvis, sujetando el asa de mi maleta, y, como era de esperar, ignoró mi pregunta.

En aquellos instantes me daba igual. Tan solo pensaba en lo que nos depararía aquella noche; esperaba con nerviosismo poder volver a ver a Velkan, después de todo lo que me había desvelado sobre su padre, la búsqueda de los Ancestrales y aquellos vampiros de sangre corrupta cuyo origen desconocían.

—¿Sospecháis que son descendientes de Drakon? —le había preguntado a Velkan antes del amanecer, con un café entre las manos y los huevos revueltos que me había pedido para el desayuno. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal—. Pero el duodécimo Ancestral fue condenado por sus hermanos, ¿no?

—Sí, Drakon está más que enterrado. —Había movido la mano quitándole peso a mi preocupación—. Pero existe la posibilidad de que tuviera descendencia antes de su muerte. Tal vez Nyra lo descubrió…

—Y ahora los supuestos hijos de Drakon estarían trabajando con ella para recuperar la serpiente que le habría pertenecido a su padre.

Velkan me había sonreído y yo noté mi respiración más densa de lo habitual.

Llegamos al rellano y Milo le pidió una llave al recepcionista antes de dirigirnos al aparcamiento, donde abrió un coche negro en el que no me había subido antes y metió mi maleta.

—¿Y el otro coche? —Otra pregunta sin respuesta—. ¿Se lo ha llevado Velkan?

—¿Preocupada por él? —Sonrió con malicia—. No hagas tantas preguntas y sube al coche.

Dudé.

No había examinado lo suficiente el rostro de Milo como para poder leerlo con la misma facilidad con la que leía a Velkan. Pero, por muy serio que siempre mantuviera su semblante, en aquellos momentos sus ojos me miraban de una forma extraña.

«Algo va mal».

Me senté en el asiento del copiloto, dejando la mochila entre mis piernas, y lo observé con cautela.

—¿A dónde vamos?

—Cracovia.

—¿En serio? —Hacía mucho tiempo que no salía del país. Abrí los ojos con preocupación y palpé los bolsillos de la mochila—. Pero no tengo mi documentación, no me la metisteis en la maleta.

—La que se hizo la maleta fuiste tú misma, así que apáñatelas.

A los poco minutos de que pusiera rumbo a Cracovia, me agaché para coger mi ordenador y buscar si tenía alguna imagen o fotocopia de mi documento de identidad.

—No hagas ninguna gilipollez con el ordenador o estamparé el coche contra el primer árbol que pille.

Chasqueé la lengua y lo miré con el mismo incordio que él me dedicaba.

—¿A estas alturas te preocupas de que os delate? Presta atención a la carretera y déjame tranquila.

Cada vez que me dirigía a alguno de ellos con un atisbo de sinvergonzonería, disfrutaba con malicia sabiendo que probablemente no harían nada al respecto.

Que, igual que ellos arremetían muchas veces contra mí con palabras hostiles, yo también podía hacerlo, aunque mi vida fuera bastante más vulnerable.

Si alguno de los dos hubiera querido matarme, ya lo habrían hecho.

Tanto tiempo juzgando a mi madre y en pocos días me había convertido en una versión de ella más joven, más arriesgada y mucho más imbécil; era consciente de ello. Pero aquellos placeres culposos que me provocaban no me hacían olvidar mi verdadero lugar.

Era una humana a la que estaban utilizando.

Un peón más en su tablero, una pieza que antes o después llegaría a ser prescindible.

De momento, prefería centrarme en aprovechar el falso poder que me otorgaban, dejándome llevar un poco más de lo que debía, pero sintiéndome cada vez menos culpable por ello. Era como un secreto, algo que solo yo sabría. Que mamá nunca llegaría a ver.

Tardé varios minutos en darme cuenta de hacia dónde nos dirigíamos. No conocía todas las carreteras del país, pero cuando vi que Milo se dirigía al centro, completamente en sentido contrario a la ruta hacia Polonia, me tensé.

Sabía que me había mentido. Lo sabía.

—¿A dónde me llevas realmente, Milo?

Me miró de reojo. Llevaba una chaqueta marrón con borrego en el cuello que hacía que su tez se viese aún más lechosa. Sus ojos marinos me observaron por unos instantes.

—A tu casa. Velkan ha decidido dejarte libre.

Aquellas palabras ardieron en mi pecho con emoción, como una serpiente arañándome con sus escamas por donde se deslizaba. Me agarré al asiento con fuerza al girarme para verle bien el rostro. No encontré ningún atisbo de broma o juego. Milo no mentía, me estaban liberando .

Abrí la boca sin saber qué palabras emitir ante la situación que hasta ahora creía imposible.

Volver a casa, a mi vida. Alejarme del turbio mundo en el que aquellos vampiros estaban envueltos.

En el que las reglas no importaban, el egoísmo y la crueldad bañaban el ambiente y donde los verdaderos monstruos se dejaban ver.

Podría haber muerto o sufrido cosas mucho peores por su culpa, por haberme inmiscuido en su mundo. Ahora iba a ser libre. Podía llorar del alivio, gritar de la emoción. Sin embargo, de mis labios tan solo salió una pregunta:

—¿Por qué?

—Nos vamos a Polonia y tu acceso a los informes de la centralita nos ha dejado de ser útil. Pero como Velkan te ha cogido el suficiente cariño como para no matarte, me toca devolverte a tu casa sana y salva.

—Puedo seguir siendo mucho más útil que cualquiera de vosotros.

Lo escupí sin pensar. Sin pararme a entender lo que estaba haciendo.

Porque los arañazos de la serpiente empezaban a escocer, igual que las palabras de Milo, tanto como la idea de llegar a casa y encontrarme de nuevo frente a lo poco que quedaba del altar de mamá, sin ella.

Volver al silencio y la soledad que solo rompían las peticiones de los demás, a las que debía sucumbir para seguir siendo una buena compañera, buena trabajadora, buena persona. Una niña buena.

—A menos que tengas acceso a los incidentes de Polonia, sí, eres inútil.

—¿Acaso me habéis preguntado?

Milo parecía tan incómodo y cabreado ante mi reacción como si fuese a él a quien seguían dándole la información a medias, a quien iban a apartar sin previo aviso.

Me tensé al notar cómo apoyaba el brazo tras el reposacabezas de mi asiento.

Mientras conducía con la otra mano, me miraba con incredulidad.

—¿Te estás quejando de que te lleve a casa? Lo que te ha sucedido es un puto milagro, así que cállate y agradéceles a Lilith, a Morana o a la diosa a la que le recéis los lacayos que hayan convencido a un vampiro como Velkan de ser tan compasivo contigo.

—No soy una lacaya.

—Ah, ¿no? Vista tu reacción, parece que quieras serlo. Estás desesperada porque sigamos dándote algo de atención. —Sacó los colmillos de manera amenazante y me tensé—. ¿O acaso buscas algo a cambio?

¿Qué buscaba? ¿Qué pretendía conseguir con aquello? Me estaba llevando a casa, en pocas horas iba a estar a salvo de nuevo. Eso era lo que quería, era lo que tanto le había pedido a Velkan. Que me dejara libre cuando terminase mi trabajo para ellos.

Miré por el retrovisor directa a mi madre, su figura sentada en los asientos traseros.

«¿Dónde estás?», le susurré como si Milo pudiera adentrarse en mi cabeza.

La imagen de Aleshka solo me miraba a través del espejo. No la hice hablar.

—Sí, lo busco —respondí a Milo volviendo a mirar al frente.

Milo entrecerró los ojos ante mi respuesta, con una mueca de desconcierto que entendía perfectamente, porque así me sentía yo. Igual de desconcertada que él por mi actitud.

—Sabía que eras una imprudente, pero estás mucho más dese­quilibrada de lo que creía —gruñó—. ¿Qué cojones quieres, Rina?

¿Qué quería? Me apreté la sien con las yemas de los dedos, esforzándome por deshacer aquellos pensamientos absurdos y macabros que nada me beneficiaban. Que no me llevarían a nada bueno.

«Normalidad», me dije. «Solo quiero normalidad».

Pero aquella palabra nunca había tenido lugar en casa, ni siquiera cuando todavía andaba Aleshka por sus pasillos.

«Mamá».

Todo se había desmoronado cuando ella se marchó. Y ahora, después de tanto tiempo, estaba más cerca que nunca de poder encontrarla. Si me mantenía con ellos, tan solo un poco más…

—Quiero saber dónde está mi madre, tanto si está viva como muerta. —Tragué saliva—. Mientras vosotros perseguís a vuestra serpiente, quiero aprovechar para obtener información sobre ella. Yo os ayudo a encontrar lo que os robaron y vosotros me permitís indagar sobre el paradero de Aleshka.

Milo rio, negó con un chasquido y dejó de prestarme atención como si lo que dijera no tuviera validez.

Si se fiaba lo suficiente de mí como para tener el ordenador sin miedo a que los delatara, sabía que podía tirar un poco más del hilo y hacer que no solo confiara en mí, sino que creyera en mí.

—Hablo en serio, Milo. Sigo siendo útil y vosotros lo sois para mí.

Lo cierto era que, como habían supuesto, no tenía acceso a las incidencias diarias de otros países en los que no trabajaba porque, como era obvio, los registros son documentación clasificada en cada centralita y para acceder a ellos primero debería pedir un permiso previo, con una solicitud formal, con quince días de antelación y esperar de una a dos semanas a que mi petición fuera aprobada o denegada.

Pero sí había algo a lo que podía acceder, algo que era público entre todas las empresas para un control más completo y general.

—Tengo acceso a los informes semanales de Polonia, igual que a los de cualquier otro país que trabaje con la misma organización que nuestra empresa.

No son registros tan específicos como los que os he estado facilitando hasta ahora, pero sí son los más relevantes que se ofrecen de forma pública a toda la organización, porque pueden influir en los países contiguos.

Abrí mi portal de empleada con una calma que no reflejaba mi pulso acelerado.

Tardé más de diez minutos en encontrar el apartado destinado a informes exteriores, porque no era algo a lo que accediera a menudo.

Pero cuando pude meterme en los registros de Polonia, sonreí con todos los dientes y giré la pantalla para ponérsela en los morros a Milo.

—¿Nos vamos a Cracovia?