Capítulo 30
Velkan
L os golpes de mi puño contra su puerta lo despertaron. Me abrió con los ojos entreabiertos y con Ratputín sobre el hombro.
—¿Qué haces despierto a la luz del día otra vez? —Se rascó la nuca al bostezar—. ¿Y qué haces aquí a estas horas?
Se hizo a un lado para dejarme pasar y cerró la puerta con lentitud. Sus movimientos, igual que los de cualquier vampiro durante las horas diurnas, eran menos ágiles, más somnolientos, pues estaba obligando a su organismo a funcionar en contra de su naturaleza.
Me rasqué los ojos, que notaba secos e irritados.
—A pesar de haber tenido que escabullirnos de El Mordisco Púrpura antes de lo planeado, pude escuchar hablar a los dos Neblíes sobre el contrabando de la sangre corrupta.
—Ah, ¿sí? Me sorprende que hayas sido capaz de prestar atención a su conversación teniendo la cabeza hundida entre las tetas de Rina.
Puse los ojos en blanco y me senté en el borde de su cama, sacándome el frasco de antídoto que me había regalado Morana y al que le quedaba poco menos de un dedo de contenido desde la cura que me había hecho Rina hacía apenas unas horas.
Me remangué el pijama e inhalé, concienciándome del dolor antes de notarlo sobre las yemas.
—No sé cuánta de la información será cierta, pero hablaban de una orden directa de interrupción de la distribución del producto. Quien sea que los dirija ha pausado el contrabando.
—¿Crees que también es la propia Nyra quien lo está distribuyendo?
Me encogí de hombros. La despreocupación se tiñó de escozor cuando pasé a la otra mano.
—Puede ser, o cualquier alto cargo dentro de los Neblíes que se esté aprovechando de la colaboración con esas criaturas.
Pero, por mucho que nos inquiete la distribución de esa sangre ponzoñosa entre los mercados, de lo que hablaban no era lo interesante, sino cómo lo decían.
—Sonreí ante las cejas fruncidas de Milo—. En polaco.
Milo se encogió de hombros.
—Por lo que hemos podido descubrir, los Neblíes son un clan bastante numeroso, no es de extrañar que esté formado por vampiros de otros países.
—Sí, no tendría por qué ser algo sospechoso, si no fuera porque uno de ellos tenía una herida infectada como las mías.
No tenía pinta de haber sido provocada por colmillos de serpiente, era más gruesa, pero igual de desagradable.
¿No te parece curioso? ¿Qué otra cosa puede haberle mantenido a un vampiro una herida abierta e infectada de la misma manera que esa sangre?
Desde la noche del robo no había vuelto a ver a esos vampiros drenados de vida, de colmillos como aguijones y sangre como el carbón.
Los Neblíes eran un clan grande y disperso, por eso me resultaba confuso no haber encontrado incidencias registradas sobre ataques por parte de bestias tan salvajes y reconocibles. ¿Dónde los tenían escondidos?
—Esos Neblíes polacos han estado en contacto con los vampiros de sangre corrupta que se llevaron la serpiente. —Milo apretó la mandíbula—. Así que probablemente estén más cerca de Nyra que cualquier otro.
Asentí, frunciendo los labios en una línea fina. Milo cogió a Ratputín con mimo y la acunó entre sus dedos, como si debiera consolar al animal ante lo que estaba escuchando.
—Nada nos asegura que Nyra esté en Polonia.
—¿Desde cuándo hemos actuado sobre seguro?
Ladeé una sonrisa y Milo suspiró, sentándose junto a mí.
—¿Nos vamos a Polonia? No llevo suficiente ropa para pasar tantos días fuera.
—No sé si lo sabías, pero existe algo llamado detergente.
Milo me dio un codazo de reprimenda. Yo reí.
—Mañana avisaré a Olga de que nuestra escapada romántica se alarga.
—Se cabreará por no habernos llevado más ropa de abrigo, como si pudiéramos resfriarnos.
El silencio no tuvo tiempo de abarcar la habitación antes de que su sonrisa se disipara y sus ojos me escrutaran antes de murmurar:
—Rina trabaja para la centralita de República Checa, no de Polonia. Probablemente no tenga acceso a los datos que necesitamos.
—Probablemente —repetí, asintiendo con el cuello rígido.
—¿Qué pretendes hacer con ella?
Aparté la vista y la fijé en el suelo, como si los bordes de las baldosas fueran la cosa más interesante que alguien podría observar. Con los codos apoyados sobre las rodillas, me encogí de hombros.
—Si ya no nos es de utilidad, supongo que debería dejarla libre.
Milo siseó una risa de incredulidad.
—No sé qué me sorprende más, si que te estés planteando liberar a una humana sin siquiera haber probado una gota de su sangre o que pienses que me creo que solo la ves como una herramienta que ya no nos sirve.
Mi rostro permaneció impasible, lo último que me generaba aquella situación era diversión.
—Rina ha llegado absurdamente lejos, la he hecho demasiado partícipe de esto llevado por mi impulsividad y… lo que su presencia me causa. —Miré de reojo a Milo con incomodidad—. ¿Esto es lo que sientes tú con…?
—No compares el martirio que llevo pasando yo durante milenios con que la cría te la ponga dura y te haga cosquillas en el pecho. —Suspiró—. Pero no significa que no pueda llegar a ser algo que… alimente tu alma. Sinceramente, aunque me resulte un ser insoportable, creo que ya lo está haciendo.
Negué con una sonrisa que arañaba la comisura de mis labios con una molestia inexplicable.
Rina se las había ingeniado para colarse entre mis costillas y ahora la notaba en mi pecho como si siempre hubiera estado ahí, refugiada bajo mi piel, alimentando cada latido.
«¿En qué me está convirtiendo?».
Aquello era absurdo. No podía permitir que una simple humana ocupara tanto espacio en mi cabeza, cuerpo y…
alma . Cuanto más lo pensaba, más vibraba cada letra de la palabra por todo mi ser, haciendo que la piel se me erizase y que las pulsaciones me pincharan los oídos de una manera que era incapaz de reconocer. Me sentía nervioso, incómodo, furioso…
—Miedo —susurró Milo—. Lo que estás sintiendo es miedo, por ti y por ella.
Chasqueé la lengua. Quería reírme, pero no podía, así que me puse de pie para distanciarme de las palabras de Milo, que aún pesaban en el aire.
—Esta tarde, en cuanto se ponga el sol, quiero que te la lleves de vuelta a su casa. Domínala para que no recuerde nada de esto.
Los ojos de Milo se abrieron sorprendidos.
—¿Estás seguro de lo que me pides?
—Tenemos asuntos pendientes que resolver y Rina no tiene por qué seguir siendo partícipe de esto si ya no nos es útil. Que vuelva a su vida y desaparezca de la nuestra, no quiero que siga siendo una distracción.
La cara de incredulidad de Milo se entremezclaba con algo que pocas veces reflejaba su rostro: pesar.
—Devuélvela a su casa sana, salva y con la conciencia tranquila, como ella quiere. —La comisura de mi labio resbaló al tratar de sonreír—. Hazle olvidar todo.