Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Rina

E n cuanto leí aquellas palabras, mi primera reacción fue reír.

Puse los ojos en blanco dejándole ver mi clara incredulidad mientras sujetaba entre los dedos aquellas páginas amarillentas. Miré a Velkan, casi enternecida.

—Sí, conozco las leyendas de vuestros orígenes. Aleshka me las narraba como si fueran cuentos antes de dormir. —Volví a reír, me resultaba absurdo—. Pero son solo eso, cuentos, relatos antiguos.

—Tú los consideras relatos; algunos, mitología, y muchos otros, religión. —Suspiró, encogiéndose de hombros—. Para mí, la búsqueda de la duodécima serpiente es… un encargo.

—¿Qué?

—¿Has entendido bien el último fragmento o necesitas que te lo narre mientras te acuno en mi pecho?

Chasqueé la lengua y cerré el libro antes de dejarlo sobre la mesita de noche.

—Si no quieres decirme lo que está pasando realmente, no me lo digas. Pero me cabrea que quieras aprovechar la oportunidad para entretenerte conmigo y con mi… inconveniente interés por vuestra especie.

Velkan se remangó la camisa del pijama antes de abrir las manos frente a mi campo de visión. Sus dedos estaban tan cerca que podía ver con extrema claridad cada una de las heridas prácticamente cicatrizadas.

Sentí alivio al ver que ya no supuraban; la hinchazón había desaparecido y tan solo delgadas líneas rosadas rasgaban su dorso y palmas.

—Las heridas me las causó la serpiente cuando logré capturarla.

Negué, sin siquiera querer plantearme aquella información tan irreal. Intenté reír de nuevo, pero no conseguí sacar más que un leve quejido.

—¿Pretendes que me crea que una serpiente mitológica, religiosa, o como quieras llamarla, que lleva escondida prácticamente desde el origen de la humanidad y que han estado buscando durante siglos cientos de vampiros primigenios, ha terminado en tus manos?

—Tú misma has comprobado que soy bastante hábil con ellas.

Me guiñó un ojo, pero no cedí. Sabía que Velkan no quería abrirse conmigo.

Hasta ahora no había sido sincero, ni confiado ni comprensivo con mi petición de saber más, indagar más, pertenecer más.

—Si mi única vía de escape posible es cumplir con lo que necesitáis de mí, no voy a poder lograrlo sin conocer todas las piezas sobre el tablero en el que jugáis.

En el que jugamos. —Me clavé la uña en el pecho; el dolor era interno—.

O me explicas las cosas de una puta vez, o puedes matarme aquí mismo y dejar de alargar todo esto.

Porque no voy a conseguirte lo que quieres, no te seré de utilidad.

Así que adelante, haz lo que tengas que hacer conmigo.

Velkan asentía. Casi se le formó un hoyuelo, pese a que no terminó de ladear la sonrisa.

—Eres una buena manipuladora emocional, aunque deberías perfeccionarlo. —Exhaló con profundidad antes de poder reprocharle—. Te estoy siendo sincero, pero de nada sirve contarte lo que está sucediendo si no quieres creerme. ¿Confías en mí?

—Claro que no, pero puedes intentarlo.

Las aletas de su nariz se ensancharon, apretó la mandíbula, aunque terminó por sonreír.

Velkan se estaba esforzando por que las palabras escalaran hacia su boca. Por compartir conmigo más de lo que él mismo se hubiera imaginado.

Más de lo que yo misma hubiera esperado de él .

—De momento no sabemos cuántos linajes están inmiscuidos en la búsqueda de la serpiente, pero nosotros somos uno de ellos.

No es que sea una «competición», como pone en esas páginas.

—Señaló el libro—. Simplemente, un día cualquiera a uno de los Ancestrales se le antojó romper el pacto milenario contra sus hermanos y hermanas, en el que prometían no dar caza a la última serpiente, mandando a un grupo reducido de sus primigenios en su búsqueda.

Evidentemente, La Manzana de Lilith no iba a ser tan fácil de encontrar.

—Rio con aspereza y clavó la mirada en la pared—.

Con el tiempo, uno de sus hermanos lo descubrió y, en lugar de advertir a los demás, empezó a buscar por su cuenta.

Lo que al parecer también ha sucedido con Nyra, la Ancestral progenitora de los Neblíes, a quien lo más probable es que le estén llevando la serpiente que nos robaron.

«Pero ¿qué cojones?».

No sentía nada.

Tan solo un agudo pitido de oreja a oreja, atravesándome el cráneo como un cable tirante que me sostenía.

Parpadeé varias veces, como si así pudiera ordenar toda la información que había volcado sobre mí.

—¿Qué?

Volví a parpadear cuando noté que mis ojos se secaron, igual que el cielo de la boca al tenerla entreabierta. La mandíbula desencajada y el cable cada vez más tenso, empezaba a hacerme daño entre los ojos.

—¿Lo has entendido o necesitas que te lo explique más despacio? Te lo puedo susurrar al oído si lo prefieres.

Ni siquiera sus burlas lograban despegarme los latidos de la piel, notando cómo cada átomo de mí vibraba con ellos.

—¿Siguen entre nosotros? —Tragué saliva—. Los Ancestrales.

Velkan asintió.

—Sé que mis ojitos azul bebé te han tenido distraída desde el momento en que me viste —batió las pestañas con burla—, pero creo que eres lo suficientemente inteligente como para deducirlo tú solita.

Las piernas me temblaron al ponerme de pie con velocidad, la bilis escaló por mi garganta obligándome a hiperventilar para tratar de hacer espacio en mis pulmones, que notaba pesados y húmedos.

—Trabajáis para un Ancestral. Trabajáis para… para vuestro… padre. —El nombre se ahogó en mi boca. Fue tan solo una inhalación—. Khaivel .

Velkan asintió con una sutileza casi imperceptible.

El cable tenso se partió, azotándome el interior del cráneo y provocándome un dolor tan agudo que no lograba aliviar aun frunciendo el ceño con intensidad.

Todas las preguntas que necesitaba escupirle se calcinaban en mi boca, me costaba dejarlas caer sin vomitar.

—Velkan, ¿en qué coño me habéis metido?

Eran tantas las dudas que me surgían a cada segundo que pasaba que todas se hicieron una bola en la base de mi garganta, obstruyéndome la respiración. Me tambaleé hacia atrás hasta sentarme sobre la cama de nuevo. Me presioné la mano sobre el pecho, notando cada latido contra la palma.

No supe de qué forma debía estar mirando al vampiro que tenía frente a mí para que este bajara la vista al suelo casi con arrepentimiento.

—Creo que será mejor que te calmes antes de continuar la conversación.

Negaba o asentía. No sabía si mis parpadeos estaban siendo demasiado largos o era el dolor el causante de los puntitos negros en mi visión.

Notaba cómo mi corazón se estrechaba con cada latido, igual que mi cerebro con cada pensamiento. Mi cabeza empezó a maquinar, a atar cabos, a darle vueltas a todo. Las piezas empezaron a encajar sin necesidad de forzarlas, se movían solas, haciéndome ver la imagen de una forma mucho más nítida.

—Por eso nunca te identificabas, por eso jamás habéis estado en los registros de la centralita, ni Milo ni tú… —Me atraganté con mi propia inhalación—. Porque trabajáis de forma directa con un Ancestral y teneros localizados sería tener localizado a vuestro creador.

—Bueno, sí, algo así. Aunque no es tan fácil exponer el paradero de un Ancestral, o habríamos encontrado a Nyra.

Eran reales.

Los monstruos de mis pesadillas, los cuentos que me narraba Aleshka sobre aquellas doce bestias y la traición hacia su madre.

Sobre las once que se repartieron su corazón.

Las once que originaron el vampirismo transformando a personas inocentes.

Once bestias demasiado repulsivas para el ojo humano, ocultas entre nosotros mientras sus hijos primigenios hacían el trabajo sucio.

Sus… hijos primigenios .

—¡Dios mío! —chillé al alejarme a gatas sobre la cama y quedarme de pie en la otra punta de la habitación. Lo más lejos de Velkan. Lo más lejos de…—. ¡¿Eres un primigenio?!

—Rina. —Un susurro de aquella criatura—. Estás hiperventilando y como no te calmes tendré que dominarte, así que respira.

Al ver que yo me retiraba con cada paso que él daba hacia mí rodeando la cama, puso los ojos en blanco y, antes de que pudiera gritar de nuevo, me encontré aprisionada contra la pared, con sus manos inmovilizándome los brazos y su rostro demasiado cerca del mío.

—Cálmate —me pidió con una suavidad que acompañaba a su mirada—. No hagas que me arrepienta de abrirme contigo. Lo he hecho porque yo sí quiero confiar en ti.

Me fijé en la boca que pronunciaba las palabras, esa que había tenido hacía apenas horas tan cerca de mí. La que había deseado besar, anhelado que recorriera cada parte de mi cuerpo para consolar la culpa que me provocaba.

Pero en aquel momento solo podía pensar en los colmillos que ocultaba.

—Eres un monstruo.

—Sí, eso nunca ha sido un secreto. ¿Ahora podemos hablar como dos adultos normales? —Un susurro con regusto a súplica.

Mis pupilas se movían sobre las suyas, necesitaba leer cada mancha que oscurecía ínfimamente su iris glacial, pero encontré entre estas a ese Velkan que tanto me esforzaba por no ver, por no conocer, por no sentir…

—Está claro que tú llevas siendo adulto un buen tiempo, me sacas ventaja.

Velkan sonrió. Yo, no supe cómo, también lo hice.

Aunque el corazón seguía retumbándome raudo en los oídos, aunque los ojos me escocían al mirarlo.

Me dejé guiar por su mano, sentándome junto a él sobre la cama.

Recogí las piernas, apoyando el mentón sobre las rodillas, e inspiré con profundidad.

Reí por la nariz al verlo arrastrarse sobre la manta para acercarse más a mí.

Sus piernas me rodearon y quedamos unidos.

Dejó las manos sobre las mías y yo respiré con profundidad, cada vez más tranquila.

Era tan imponente, oscuro y perverso que me sorprendía que hubiera criaturas más temibles que él.

Sin embargo, era absurda la sensación de refugio que en aquellos momentos me transmitía, como si verdaderamente pudiera sentirme segura junto al ser más peligroso que había conocido.