Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Rina

H acía mucho que no lloraba tanto.

Estaba tan acostumbrada a vivir en un desamparo constante que ni siquiera la desaparición de mi madre me había removido más que rabia y decepción los últimos meses.

Tan acostumbrada a sus idas y venidas que sabía que tan solo era cuestión de tiempo que se largara sin dar explicaciones.

Tuve claro cuando el momento llegó que mi vida no se iba a oscurecer por su abandono, por mucho que este dejara un hueco en mi casa y en mi corazón.

Es por eso que no entendía por qué, en cuanto me adentré bajo el agua caliente de la ducha, empecé a llorar como si hubiera notado por primera vez el puñal que mi madre me había clavado en el pecho.

La sentía más cerca que nunca, más viva que nunca, pese a que puede que ya no lo estuviera, y cada día perdía un poco de mi humanidad.

No soportaba la empatía que volvía a aflorar en mi pecho hacia Aleshka, decorando con flores la hoja del puñal.

Aquello también era culpa de Velkan, como todo lo que estaba manifestándose en mí los últimos días. Él era quien me había arrastrado hacia el mundo que tanto me obligaba a evitar, que tantas veces me había llamado, pero que decidía no escuchar, no tocar, no sentir.

Esa noche, todos mis sentidos lo habían saboreado.

A punto había estado de besar a Velkan, de acercar mis labios a los suyos y dejar que su lengua se apoderara de mi boca, mi cuerpo y mi alma. Como si un beso fuera el verdadero límite, como si no hubiera sobrepasado ya líneas que me prometí no cruzar.

Me había masturbado pensando en Velkan.

Me había masturbado sobre Velkan, guiada por sus propias manos.

Había relamido cada centímetro de él entre su pecho, cuello y rostro.

Le había rozado la comisura de los labios, mordido la yugular y besado el mentón anhelando que él fuese lo suficientemente egoísta como para adentrarse en mi boca sin permiso.

No lo había hecho y, aunque debía estar agradecida, era frustración lo que me empapaba la piel.

Me froté con fuerza el jabón intentando deshacerme de aquella sensación. Apretaba las uñas sobre mis brazos y los dientes unos contra otros.

«No, no, no, no, ¡no!».

No debía querer más después de tanto tiempo luchando contra esa versión horrible de mí que se había apoderado de mi conciencia con la misma facilidad con la que una gota de sangre mancha un trapo.

Blanco y puro. Así quería sentirme yo. Como ese trapo.

Pero no era cierto, aquella idea de mí misma no era real y lo sabía, lo había sabido siempre .

Me parecía mucho más a mi madre de lo que quería aceptar… Tanto que estaba culpándome y lesionándome como hacía ella.

Estaba dañándome, como hacía ella.

Aflojé la fuerza con la que me frotaba los brazos, transformando los arañazos en caricias y la culpa en consuelo.

De nada servía martirizarme cuando sabía que en cuanto volviera a toparme con los ojos de Velkan, en el instante en que sus manos volvieran siquiera a rozarme, me tiraría de cabeza al abismo sin necesidad de que ninguna oscuridad me llamara.

Porque la oscuridad estaba dentro de mí. Igual que de mamá.

«¿Ahora me entiendes?». Era como si su voz lograra susurrarme. «¿No es maravilloso?».

«No».

Me desenredé el pelo con calma, aguantando las ganas de tirar de los mechones para paliar mi dolor. El espejo estaba empañado, pero mis lágrimas eran tan gruesas que aun así podía verlas reflejadas.

Igual que la imagen de mi madre tras de mí. Aunque el rostro era difuso, su sonrisa se me clavaba en los pulmones.

«Has sido tan injusta conmigo. Mírate, haciendo lo mismo por lo que me odias».

«No es lo mismo. No soy como tú», quería gritar.

«¿Y si en realidad no te he abandonado? ¿Y si estoy en peligro o muerta?».

«Tú te lo has buscado».

«Lo siento», diría, pero ambas sabríamos que sus disculpas estarían vacías.

«Lo siento». Las mías eran como arena mojada en los pulmones.

Me deshice de las lágrimas con las palmas de las manos.

Me vestí, con las puntas del pelo aún húmedas, y volví decidida a la habitación de Velkan. Me tragué un grito al abrir la puerta y verlo de pie a escasos centímetros frente a mí, con ambas cejas exageradamente enarcadas, analizándome.

—¿Por qué lloras?

—¡Joder! —Me puse la mano en el pecho—. ¡Qué susto!

Sus ojos examinaron mis mejillas, enrojecidas e irritadas. Me las recogió con ambas manos. No llevaba los guantes y quise suspirar al notar el tacto de su piel sobre la mía, pero en su lugar me tensé.

—¿Qué te ocurre?

Me separé de su contacto y me froté el rostro, tan cansada como hambrienta.

—Nada, estoy bien —mentí, esquivando su cuerpo con la mayor distancia posible y adentrándome en su habitación—. ¿Puedo pedir ya el desayuno?

Me fijé en que él también se había duchado, estaba enfundado en su pijama negro y su pelo se ondulaba de una forma demasiado tierna para alguien con un rostro tan brusco.

Los mechones oscuros le brillaban, igual que sus pupilas, que no dejaban de escrutar cada paso que daba hacia su cama.

Me senté en el borde y cogí la carta del servicio de habitaciones para humanos.

—¿Puedes decirme por qué lloras? —volvió a preguntarme, acercándose a mí en una postura que lo último que prometía era consuelo—. Me sentiría ridículo dominándote para que me lo confesaras, así que no me obligues a hacerlo.

Sus rodillas rozaban las mías, aprisionándome entre él y la cama. Tuve que elevar la cabeza para mirarle a la cara. Tragué saliva. Desde aquella posición se veía imponente, grande y sensual. Bajé la vista de nuevo para evitar pensar en cómo se le marcaba la mandíbula.

—Ni que te importara.

—Quiero saber los motivos.

Al volver a mirarle fue como si sus ojos me gritaran. Sonreí con incredulidad.

—Te preocupa que sea por ti. —Abrí la boca con sorpresa—. ¿Crees que lloro porque me arrepiento de lo que he hecho contigo?

Velkan estaba tenso, casi… nervioso . Como si realmente la idea de que pudiera sentir rechazo hacia lo que había ocurrido entre nosotros le causara malestar. Escruté su rostro con evidente diversión, completamente fascinada ante la extraña vulnerabilidad con la que lo sentía frente a mí.

Cuanto más tardaba en responder, más apretaba la mandíbula y más se ensanchaba mi sonrisa.

Disfruté viéndolo así unos segundos.

Me dejé caer hacia atrás sobre la cama al hablar.

—No es por eso, es… por todo. Por un lado, está lo más evidente, y es que estoy bajo la custodia de dos vampiros criminales que quieren que les recabe información a través del trabajo que probablemente pierda pronto, por motivos obvios.

—Reí con incredulidad—. No quiero ni volver a pensar en lo que he hecho contigo esta noche, así que te prohíbo mencionar ese tema.

—Lo miré con el ceño fruncido y Velkan respondió con un asentimiento poco creíble.

Suspiré al mirar al techo—. Por primera vez, después de meses, sé algo sobre mi madre y volver a oír su nombre ha sido horrible, como revivir ese momento en el que entendí que no iba a volver.

—Tragué saliva, no me atrevía a mirarle—.

Mi madre está ahí fuera; puede que me encuentre más cerca de ella de lo que he estado todos estos meses.

—Me importa una mierda tu madre.

Me incorporé de golpe, sintiéndome completamente ofendida… y ridícula. ¿Había olvidado con quién estaba hablando?

Con Velkan, que se encogió de hombros con completa indiferencia frente a mí.

—Te abandonó, Rina. Debería importarte lo mismo que a mí.

—Es mi madre.

—Pues es una madre de mierda. Mira lo que te ha hecho, hacerte sentir que hay algo mal en ti y que no eras suficiente para que te escogiera a ti por encima de un vampiro cualquiera.

Odié la herida de cada una de sus palabras.

—Hay algo mal en mí, igual que lo hay en ella.

Dejó caer los brazos a los costados antes de agacharse frente a mí. Me sobresalté al ver cómo los cruzaba y apoyaba sobre mis rodillas.

—¿Y qué si lo hay? —susurró—. ¿Te ha servido de algo obligarte a ser una niña buena todo este tiempo?

Negué.

—Pues te recomiendo que dejes salir de vez en cuando a la Rina que tanto repudias. —Su sonrisa me hizo cosquillas—. Es mucho más divertida que tú. Además, creo que le gusto.

Reí por la nariz, relajando todo el cuerpo.

Nuestras miradas permanecieron atadas por unos instantes. No me costaba perderme en los ojos de Velkan, en el gélido iris que brillaba en contraste con su pelo oscuro. No lo pensé mucho al alargar un brazo y toquetearle los mechones de la frente, colocándoselos hacia atrás.

—Velkan… ¿Puedes explicarme por qué nos siguen los Hijos de Alastor?

La agradable atmósfera que nos envolvía pareció romperse. Vel­kan se separó de mí, alejándose unos pasos hacia la cómoda bajo el televisor.

Me sorprendí al verlo sacar un libro.

—Porque también buscan lo que me han robado.

Se acercó a paso lento hacia mí mientras buscaba algo entre sus páginas.

—Probablemente no sean los únicos; después de la «persecución» de esta noche, muchos otros clanes ya estarán al tanto y es cuestión de tiempo que quieran inmiscuirse en la búsqueda para hacerse con ella.

—¿Qué es lo que te robaron los Neblíes, Velkan?

Pareció suavizar la postura al oír su nombre escapar de mis labios. Sonrió con brevedad, dejándome ver un pequeño hoyuelo que casi logró desviar mi atención.

—La Manzana de Lilith.