Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Velkan

– ¡¿ N o piensas decirme por qué narices nos siguen?!

Conduje el coche con la suficiente velocidad como para alejarnos de aquel lugar lo antes posible, pero sin que resultara sospechoso para los demás vampiros de nuestro alrededor.

Habría matado a Milo por interrumpir los gemidos de Rina de no haber sido porque sus ojos me comunicaron mucho antes que su boca que teníamos problemas.

—¡¿Qué está pasando, Velkan?! —vociferó Rina taladrándome el tímpano.

Tumbada en los asientos de la parte trasera del coche, tuve que volver a chistarle de mala manera cuando trató de levantarse para mirar por el cristal trasero de nuevo.

—Que no te levantes, cojones —le espetó Milo, alargando el brazo hacia atrás para tirar del suyo y que volviera a tumbarse—. ¿Puedes hacer caso y no comportarte como una niñata?

Rina resopló de nuevo y se echó bruscamente sobre los asientos, sujeta al cinturón de seguridad del medio.

Su cuerpo todavía emanaba un olor demasiado dulce e intenso que se apoderaba de mis fosas nasales.

Tuve que rascarme el mentón varias veces para aliviar la inconveniente percepción de mis sentidos, aún distraídos por cada atisbo de Rina adherido a mi piel, pulmones y corazón.

No podía permitir que la sed de sangre, de sexo, de Rina, debilitara mis movimientos, el estado de alerta que me inyectaba la adrenalina directamente en la nuca y con el que sería capaz de sacarnos de aquí antes de que los Hijos de Alastor que seguían en nuestra búsqueda nos alcanzaran.

—¡Decidme qué está pasando! ¿Por qué tengo que esconderme?

—Por tu seguridad. No puedo dejar que te vean y te vinculen con nosotros, porque entonces estarás muerta.

—Lo estoy desde el momento en el que aparecisteis en mi casa —escupió con el ceño fruncido—. No creo que sean peores monstruos que vosotros.

¿Ahora volvía a odiarme? Qué curiosa forma de dirigirse a quien le estaba gimiendo al oído hacía apenas unos minutos. A quien devoraba con los ojos como si mi boca fuese el único punto donde era capaz de mirar.

Rina me había deseado con tanta vehemencia que me sobrexcitó de una manera nada reconocible en mí ni beneficiosa para mi objetivo, porque cada pocos segundos debía recordarme que estaba allí para saber más sobre los Neblíes, no para derretir a mi tierna humana sobre mi regazo.

No para acompasar mis latidos con los suyos.

No para deleitarme con sus jadeos, su boca entreabierta, sus ojos necesitados.

No para dejarme arrastrar por su deseo, por mucho que este alimentara mi ser de una forma que me ensanchaba las costillas, como si tuviera que crear espacio en mi pecho para algo más.

Rina era algo más, algo en lo que no podía permitir perderme.

—No, no son peores que nosotros, pero para ti son lo suficientemente peligrosos. Así que ahora cállate de una vez y no te levantes de ahí.

No debía ser rápido, sino escurridizo. Perderme por calles a un ritmo seguro para poder interponer distancia con ellos, entremezclándome con otros coches como uno más.

Gracias al aviso de Milo pudimos salir con tiempo de aquel antro y alejarnos de nuestros persecutores con mucha más facilidad de la que podría haber sido.

Pero no respiré con alivio hasta que llegamos al hotel.

Dejé a Milo y Rina en la puerta y fui a aparcar alejado de un lugar visible donde pudieran reconocerlo.

Dudaba de que aquellos estirados fueran a revisar el alojamiento donde nos encontrábamos.

Había escogido de manera premeditada un hotel a las afueras del centro aunque visible, un lugar tan evidente y accesible incluso para los humanos que cualquiera habría pensado que éramos unos idiotas por escondernos allí.

Y esa era la localización perfecta, donde ni siquiera se molestarían en buscar.

Aunque lo hicieran, no encontrarían nada más que registros con nombres falsos y una recepcionista dominada para convencerlos de no haber visto por los pasillos del hotel a ningún vampiro de ojos azules y sonrisa irresistible.

Tampoco a uno de aspecto criminal pero corazón de algodón.

Ni mucho menos a una humana de voz temblorosa aunque mirada firme.

Escuché los gritos de furia de Rina desde la habitación de Milo mucho antes de llegar siquiera a la planta en la que nos hospedábamos.

—No sé en qué momento Velkan te ha hecho creer que eres más que una rehén, pero no lo eres.

—La voz de Milo era seca y severa mientras me acercaba a la puerta—.

Solo eres una herramienta para nosotros.

Si tienes suerte, te irás de vuelta a tu casa bien follada, como estás deseando, pero no esperes nada más.

Así que deja de exigirme explicaciones, porque, como me sigas tocando los cojones, voy a romper siglos de un pacto de sangre para partirte la yugular de un puto mordisco y dejarte sin una gota en tu cuerpo.

Milo pudo oír mi llegada con la presión de mis talones sobre el suelo. Abrió la puerta con un semblante claramente irritado.

—Llévatela de una puta vez, sus gritos estresan a Ratputín.

Mis ojos se dirigieron a los de Rina, que me miraban con ira y decepción.

El borde de sus pestañas estaba humedecido, igual que la punta de su nariz.

Sorbió un par de veces. A ella tampoco tuve que decirle nada antes de que echara a andar y me diera un golpe con el hombro al pasar para dirigirse hacia nuestra habitación.

Milo me miró el brazo donde me había golpeado Rina y luego subió hasta mis ojos.

—¿Podemos prescindir ya de ella? —preguntó—. Hacía mucho que no recordaba lo que era la desesperación. Hasta que ha entrado en nuestra vida.

Sé que Rina lo oyó porque uno de sus gimoteos casi se convierte en un agudo grito de rabia.

—Necesitamos calmarnos, todos —mascullé.

—No, yo necesito saber qué narices estabas haciendo con los dedos metidos en su coño mientras se supone que debíamos buscar información.

—Tengo la información, lo que no tengo son ganas de aguantarte cabreado. Así que vamos a relajarnos todos de una puta vez y ya hablamos luego.

Milo me cerró la puerta en las narices.

Exhalé antes de retomar mis pasos.

Me encontré con Rina cruzada de brazos frente a la nuestra, mirando en dirección contraria a la que yo me aproximaba.

En cuanto abrí se metió en mi habitación con brusquedad, se quitó los tacones tirándolos por el suelo y empezó a deshacerse del vestido tirando de la cremallera de su espalda… ¿Qué coño estaba haciendo?

—Por mucho que me agrade ver cómo te desnudas, ahora mismo no estoy de humor para que me dejes las cosas tiradas por la habitación.

Con cada movimiento esparcía su olor por la estancia, haciendo que fuera jodidamente difícil respirar sin notar su presencia, su piel aterciopelada, la suavidad de aquellos labios que tan cerca había tenido.

«Fóllatela».

En aquellos momentos, Rina olía a todo lo que podía desear.

«Cómetela».

Hice crujir los dedos al apretar los puños para retener el ferviente impulso de lanzarme sobre ella y terminar lo que habíamos empezado en el club.

—¿Que tú no estás de humor? —Se giró enfurecida. Una manga del vestido se le caía por el hombro—. ¡He aceptado trabajar con vosotros! ¿Tan difícil es darme a mí también un voto de confianza?

Dejó caer las manos a los costados y aprovechó para metérselas bajo la falda y bajarse las putas medias, las mismas que yo había agujereado con los dedos hacía pocos minutos antes de acariciarle su húmedo y suave coño…

—Rina.

—No, «Rina» no. —Al agacharse, sus tetas se estrujaron contra la estructura del vestido, a punto de escaparse.

No sé por qué di un paso atrás, alejándome de ellas.

Tenía que calmar mi respiración, mi autocontrol pendía de un hilo—.

No solo he perdido la oportunidad de saber algo sobre mi madre.

También acabo de formar parte de una persecución en la que podría haber perdido la vida, creo que por lo menos me merezco saber qué narices está pasando y por qué os están persiguiendo a vosotros.

—Negó y se señaló el pecho. El maldito pecho que tenía casi descubierto, jugoso y terso—.

A nosotros, ya que me habéis hecho partícipe.

—Me resulta enternecedor que llames «persecución» a desviarnos por un par de calles.

—Reí, frotándome la cara para aliviar la pesadez de mi cuerpo, que se concentraba toda en mi abdomen—.

No ha sido para tanto, tú decidiste acompañarnos a buscar información.

¿Qué te pensabas que íbamos a hacer? ¿Pasearnos un rato, tomarnos un par de copas, meterte los dedos y volvernos a la habitación del hotel tan tranquilos?

—Sé perfectamente dónde me estoy metiendo, Velkan. Lo que no soporto es que me deis la información a medias. ¡Os estoy ayudando! ¿No es eso lo que querías de mí? Pero necesito saber la verdad para poder hacerlo.

Resoplé inquieto. No tenía ganas de prestar atención al odio que le humedecía la mirada. Di vueltas por la habitación con una extraña desazón que me obligaba a respirar con intensidad, apretar la mandíbula y esforzarme por pensar con claridad.

Pero no podía, no entendía qué era esa presión que me hacía doler el cráneo, que se apoderaba hasta de mi pecho.

«Bésala».

—Vete a tu habitación.

Sus ojos se abrieron con la misma sorpresa que su boca.

—No voy a irme, estamos hablando.

Una risa se escapó de entre mis labios, me apreté los ojos al negar.

—Se ha acabado la conversación, vete a tu habitación. Ya .

Rina gruñó con frustración. Su mirada escocía sobre mi piel más de lo que lo habían hecho las heridas de las manos. Sus ojos se encharcaron, acompañados de un puchero.

—La culpa es mía, no sé por qué espero algo de ti.

—Sería bastante estúpido que lo hicieras.

—Imbécil —escupió, dándose la vuelta y dirigiéndose a su habitación.

Cuando Rina, de espaldas a mí, dejó caer por completo el vestido sobre el suelo, habría jurado que algo me dio un vuelco entre las costillas.

Algo intensamente doloroso, absorbente y animal.

—Te lo contaré —susurré arrepintiéndome de las palabras en el mismo instante en el que las pronunciaba—. Pero ahora mismo no puedo seguir mirándote, métete en tu habitación.

Rina me dedicó una mirada de reojo por encima de su hombro desnudo.

Toda ella lo estaba a excepción de un tanga de encaje que se le escondía entre las nalgas y que en aquel instante solo deseaba romper con los dientes.

No llevaba sujetador y recé a Lilith para que dejara de taparse las tetas con el brazo aun estando de espaldas.

Con la otra mano, sus dedos removieron aquella oscura melena y me dieron ganas de enredar los míos.

Acariciar sus mechones, tirar de ellos. Pegar su espalda desnuda contra mi pecho.

Sentir su respiración, sus pulsaciones al acelerarse.

Subir la mano y rozarle el contorno del pecho mientras paseaba la lengua por su cuello antes de hundir los colmillos en ella.

Notaría lo duro que me ponía contra su culo.

Sabía que gemiría con un doloroso placer que me vibraría en cada hueso…

—¿Cuándo? —susurró más calmada—. ¿Cuánto más he de esperar para que me lo cuentes?

Sabía que Rina me deseaba tanto como me temía y eso me hacía mucho más difícil no sucumbir a lo fácil que sería ahora mismo, desnuda física y emocionalmente, poder adentrarme en ella.

Mi verdadero problema era encontrar la razón por la que no hacerlo. Por la que no sucumbir. Como si tuviera que protegerla de lo que pudiera dañarla, y entre esas cosas, por encima de todas, estaba yo.

—Lo suficiente para que se me pase.

—¿El mal humor?

Negué con lentitud. Me pasé la lengua por los labios.

—Las ganas de comerte, ternura, así que te recomiendo que cierres esa puerta, y te vayas a dar un baño que te quite el olor a sexo que llevas pegado y hace que la tenga dura desde que te he visto con ese vestido ofensivamente corto.

Estoy esforzándome mucho por no romperte el tanga con los colmillos, dejarte completamente desnuda sobre la cama para mí y hacerte todas las barbaridades que no se le deben hacer a una chica buena como tú.

—Sonreí al ver cómo se tensaba su espalda.

Ese latido acelerándose. Esa respiración húmeda…

—. Tengo que felicitarte, no podías haber hecho mejor tu papel.

Se mordió el interior de la mejilla.

«¿Por qué no lo haces?», me preguntaban sus ojos mirándome por encima del hombro.

Y yo no podía responderle. No reconocía la vocecita en mi interior que me instaba a parar, a no sucumbir a mi instinto más animal con ella. Porque con Rina era… otra cosa.

—Nada ha sido real, solo estaba actuando.

—Se giró aun tapándose el pecho con un brazo.

Se acercó unos pasos y se agachó para recoger los tacones del suelo, dándome la espalda de nuevo a sabiendas de que su culo quedaba a tortuosos centímetros de mí.

Se levantó y sonrió con malicia—. Igual que tú.

Lo de matar a decenas de los tuyos por meterte entre mis piernas era puro show , ¿no?

Negué y le devolví la sonrisa con un sabor de boca extraño.

—Te gustaría que así fuera para sentirte a salvo creyendo que lo que ha sucedido no volverá a pasar.

—Es que no va a volver a pasar.

Cerró la puerta de su habitación con brusquedad, sin lograr llevarse su aroma consigo.