Capítulo 26 #2
Que jadear cuando una de sus manos me acarició el vientre era lo que me había comprometido a hacer por el bien de la misión.
Que apoyarme en sus hombros para estabilizarme mientras colocaba las piernas temblorosas a ambos lados de sus costados era lo que demandaba la situación.
Que bajar con suavidad las caderas hasta sentarme sobre su regazo era la actuación perfecta.
Cuando las manos de Velkan me rodearon la cintura, apoyándose en mis caderas y dejando caer la punta de los dedos por el borde de mi trasero, me presioné ligeramente más contra sus muslos, haciendo un sutil movimiento hacia delante.
Aquella sonrisa ladeada apareció, con un hoyuelo que deseaba tocar. Vi cómo tenía intención de hablar, pero parecía demasiado concentrado en escuchar la conversación a nuestro lado.
— Tak, dystrybucja została wstrzymana na kilka dni —murmuraba uno de ellos en polaco tras la cortina, mientras la mujer de tez oscura se deslizaba sobre su cuerpo como una serpiente hasta arrodillarse entre sus piernas—. To są bezpośrednie rozkazy.
No entendía prácticamente nada. Tan solo intuí que hablaban de una distribución, algo de unas órdenes directas, pero mis conocimientos de polaco eran limitados, así que cuando el otro hombre respondió ni siquiera me paré a tratar de entenderlo.
No me interesaba hacerlo. Aquello era problema de Velkan y yo…
Yo necesitaba aprovechar la ocasión.
Me incliné hacia delante para encogerme en su pecho con la cabeza ladeada, escondiéndome en el hueco de su hombro. Velkan me dio un beso en la mejilla y noté su sonrisa clavarse tan cerca de mi comisura que tuve que alejarme unos centímetros.
Le di un beso tembloroso en el cuello. Velkan acarició el mío con la nariz.
Los hombres a nuestra izquierda bajaron tanto la voz que no lograba oír siquiera susurros, pero sabía que Velkan sí lo hacía.
Porque, pese a fingir que estaba centrado en cómo movía las caderas de adelante hacia atrás sobre él, estaba tenso, con los oídos bien abiertos.
Era una estatua griega, dura y musculosa, con la que en aquel momento podía hacer cualquier cosa.
Cambié de lado, buscando su otro oído, y me contuve las ganas de morderle el lóbulo, tan solo lo acaricié con los labios. No podía excederme, por mucho que mi deseo lo pidiera a gritos.
Velkan tensó la mandíbula ante mi contacto y gemí sorprendida cuando sus manos me apretaron de nuevo las caderas, invitándome a aumentar la intensidad de mis balanceos.
Le acaricié el cuello con los labios y le di otro beso sin apenas abrirlos. Era como si mi cabeza estuviera luchando con todas sus fuerzas contra mi deseo y mi corazón, que trataban de convencerme de dar un paso más, dejarme llevar un poco más, de saciar mi necesidad de Velkan de una vez por todas.
Sabía que no solo era una decisión nefasta, sino horrible. La criatura que estaba provocando escalofríos por mi columna vertebral, lenguas de lava hacia el centro de mi sexo, era un verdadero monstruo al que debía temer, odiar y mantener alejado de mí.
Velkan debía repugnarme, eso era lo que me gritaba mi cabeza con tanta intensidad que temía que alguien pudiera oír los reproches salir de mis orejas.
Pero una sensación mucho más dulce, ardiente y violenta me humedecía los pulmones, el vientre y todo lo que estaba en contacto con él.
Noté el olor a cuero del guante de Velkan antes de que me posara una mano sobre la nuca y me instara a seguir besándole, presionándome con suavidad contra su cuello.
Volví a hacerlo, separando más los labios. Luego, sin pensarlo más, me atreví a lamerle con la punta desde el mentón hasta el lóbulo.
Cuando Velkan gruñó un gemido suave me apreté más contra él, clavándole las uñas en los hombros y dejándome llevar por una calidez que se deslizaba por mi columna vertebral, haciendo que me arqueara hacia su pecho, que me apretara con necesidad contra su dureza…
—Tan deliciosa, ternura.
Al escuchar aquel apodo susurrado contra mi pelo, jadeé.
Estaba completamente invadida por el deseo, arañándole el cuello con los dientes, cuando noté una risita placentera a través de su garganta. La mano que había deslizado entre mis mechones me inclinó la cabeza hacia atrás, obligándome a separarme de su cuello y mirarlo a los ojos.
Lo primero en lo que me fijé fueron sus colmillos y su respiración, más intensa de lo que acostumbraba a ver en él.
—Tan preciosa —jadeó, recorriendo mi rostro con la mirada—. Tan perfecta.
Me acercó al suyo y temblé al exhalar demasiado cerca de sus labios. Cerré los ojos cuando me acarició la punta de la nariz con la suya.
—Vel…
—No. —Me prohibió pronunciar su nombre—. Aquí no.
Abrí los ojos sobresaltada al notar la punta de su lengua repasarme el labio. Su sonrisa me recibió con agrado, me mordí allí donde me ardía.
Mi corazón tropezó con un latido, como si quisiera hacerme entrar en razón.
«Te esfuerzas demasiado en ocultar lo que tu lado más puro desea dejar salir». Recordé sus palabras.
No podía dejarme llevar tanto, estaba adentrándome en un juego sucio y peligroso… del que estaba disfrutando cada maldito segundo.
Volví a esconder el rostro en su cuello como autodefensa, esforzándome por no besar sus labios. Alivié las ganas de hacerlo lamiendo cada centímetro de piel entre su clavícula y la mandíbula.
—Lo estás haciendo demasiado bien, ten cuidado con lo que puedes provocar —gruñó contra mi pelo.
Los hombres seguían hablando, y si Velkan era capaz de concentrarse en ellos o no me daba igual. La idea de tener el poder de desconcentrarlo se instauró en mí como una picadura que necesitaba rascar con vehemencia.
Volví a buscar sus ojos y balanceé las caderas con una ardiente presión antes de jadearle:
—Quiero más de ti.
Las aletas de su nariz se ensancharon, sus ojos se oscurecieron aún más y observé cómo se deleitaban al ver mi mueca de sorpresa.
Porque, con la mano con la que no me sujetaba las caderas, empezó a acariciarme el interior del muslo en sentido ascendente, hasta que la perdí de vista bajo mi falda.
Apreté los muslos instintivamente, cerrándolos.
Él chasqueó la lengua con una negativa.
—Ábrete más para mí, ternura.
Sonreía. Él, igual que yo, estaba retándome, jugando a tantear cuánto estaba dispuesta a dejarle ver sobre mí, sobre mis deseos más oscuros, aquella parte que él consideraba la más pura, y yo, la más atroz.
Esta se deslizaba como una serpiente, deleitándose con el temor que su naturaleza provocaba en mí.
Velkan era un monstruo al que no debía sucumbir. Por mucho que estuviera disfrutando de aquel momento. No debía olvidarlo, sobrepasar el límite.
Si seguía jugueteando con aquel demonio, terminaría arrastrándome a su infierno.
Pero sentada sobre él, con sus ojos bañándome con un ardiente deseo, no pude hacer otra cosa que relajar la presión contra sus piernas para poder elevar las mías y que el guante helado de Velkan se acercara más a mi sexo.
Su sonrisa se ensanchó, aunque la tensión de su mandíbula denotaba un autocontrol poco común en él. Jadeé con sorpresa al notar el suave tirón de mis medias cuando las rasgó.
—Quieres más de mí, pero no sé si estás preparada para recibirlo.
El sabor a vergüenza sobre mi lengua se entremezclaba con el deseo y la furia que me provocaba aquella arrogancia que siempre desprendía.