Capítulo 26
Rina
E staba cabreada, frustrada y dolida por lo que me había hecho perder Velkan: la oportunidad de averiguar más sobre mi madre. Aunque había conseguido más de lo que mi pesimismo esperaba, la información de aquel chico no me había descubierto nada que no supiera o supusiera antes.
Aleshka no solo frecuentaba La Morsure Pourpre, había trabajado allí.
Llevaba meses sin pisar aquel antro, igual que nuestra casa.
No supe descifrar si aquello me preocupaba o me aliviaba, el saber que no me había abandonado solo a mí, sino a otras cosas que formaban parte de ella, como aquel lugar, las luces que lo iluminaban, el aroma a incienso que lo llenaba, los vampiros que la demandaban…
—No sé para qué me haces caso, deberías haberme dejado en el sótano.
Mi enfado con Velkan no se había disipado, pero en aquel momento la peligrosidad de la situación hacía que mi mente estuviera demasiado ocupada intentando calmar el temblor de las manos y las piernas con cada paso que daba hacia las luces púrpuras.
—No te preocupes por el ritmo de tus pulsaciones, allí dentro no serás la única con un latido acelerado —me tranquilizó Velkan—. Los vampiros a nuestro alrededor simplemente pensarán que has consumido drogas o que estás tremendamente cachonda.
—Qué buena imagen voy a dar.
—¿Incluso aquí estás pendiente de aparentar, ternura? Deja de analizarte con los ojos del resto y empieza a prestar atención a lo que ves con los tuyos.
Lo cogí de la mano con una seguridad tan fácil de quebrar como una hoja seca y me adentré en la sala arrastrándolo con dulzura tras de mí.
—Será mucho menos sospechoso si eres tú quien me lleva por la sala —me susurró antes de entrar—. Sé que eres capaz de hacerlo.
Mentiría si no dijera que fue placentero sentir que por unos segundos estaba al mando, dirigía su cuerpo hacia mí, hacia donde yo quisiera llevarlo, como a un perro.
El cuerpo de Velkan estaba pegado al mío. Dábamos pasos pausados mientras él me paseaba los labios con dulzura sobre los hombros, como si estuviéramos empezando un juego paciente pero peligroso conforme nos encaminábamos a un lugar más reservado.
Cada una de aquellas suaves y casi imperceptibles caricias me erizaba más y más la piel, tanto que temía que sus labios lo estuvieran notado.
Sabía que Velkan estaba disfrutando de cómo reaccionaba mi cuerpo, cómo mi olor corporal debía de ser una puñetera señal de humo en una habitación cerrada, ahogando a todos a mi paso.
—Prométeme por Lilith que no te vas a aprovechar de mí, que no me vas a morder ni toquetear más de lo necesario —le hice jurar.
—Me ofende que a estas alturas dudes de ello. Por supuesto que no te voy a morder. —Se pasó la lengua por los labios—. Al menos, claro, que quieras que lo haga.
—Prométemelo —le pedí de brazos cruzados.
Velkan se colocó una mano sobre el pecho de manera burlona, aunque sus ojos parecieron hablarme con toda la seriedad que era capaz de manejar.
—Te prometo, Rina Dankova, que no me aprovecharé de la situación para morderte, tocarte ni besarte más de lo necesario.
—¿Besarme? —Se me estrujó el corazón, intentando frenar los latidos—. ¿Vas a besarme?
—No te emociones, ternura. Fingiré que lo hago y no te rozaré en la medida de lo posible. —Se señaló la boca, poniendo morritos—. Estos labios tienes que ganártelos.
—Quiero una palabra de seguridad, una palabra que si pronuncio detendrás… lo que sea que me estés haciendo.
Ante mi petición asintió, no sin esconder una sonrisa de diversión que decidí obviar porque estaba demasiado nerviosa como para meterme con él.
—Está bien.
—La palabra será Milo.
—¿Pretendes gemir el nombre de Milo como palabra de seguridad? Me saca un poco del ambiente, pero cosas más raras me han propuesto.
—¿Quién ha hablado de gemir?
—No pareces de las silenciosas.
Me sujetó de la muñeca con mimo, desinflándose en una risa cómplice al acercarme a él cuando vio que estaba dispuesta a marcharme.
—Es broma —me susurró—. Solo intento relajar la tensión. La palabra será Milo, está bien.
Tras apartar las cortinas de perlas negras para atravesar la puerta principal de aquella sala oscura y silenciosa, me topé con un pasillo largo desde el que se podía acceder a diferentes pequeños reservados, ocultos por unas cortinas de tela oscura ligeramente traslúcida y un humo violáceo y vaporoso que bañaba la sala para darle algo más de privacidad a las criaturas de su interior.
Lo cierto era que no me sentía capaz de percibir nada más allá de la cercanía, el olor y el tacto de Velkan sobre mí.
Su energía era envolvente, un narcótico capaz de ablandar mis extremidades aun cuando mis pulsaciones parecían estallar…
«Solo es miedo, nada más».
Aquel cosquilleo que me hormigueaba por la piel era fruto única y exclusivamente del temor. Debía repetírmelo constantemente mientras paseaba a Velkan por aquel pasillo, buscando con discreción en cada uno de los reservados a aquellos dos hombres de barbas canosas.
Gente tocándose, besándose, gimiendo tan alto que no quería ni pensar en lo que Velkan estaría oyendo, sintiendo . ¿A él también se le calentarían las mejillas ante los jadeos que nos rodeaban? ¿Sufriría esa presión en la sien que a mí me ablandaba los párpados, la lengua y las piernas?
Ahogué un grito cuando mis ojos se toparon con sangre, mucha sangre.
Dentro de uno de los reservados, un hombre parecía disfrutar mientras se desangraba a manos de un vampiro y una vampira, que bebían desde su entrepierna. La vampira me miró a los ojos entre las cortinas, como si me invitara a entrar.
Recordé lo que Velkan me había dicho sobre la arteria femoral e inhalé con profundidad, deshaciéndome de la imagen de su rostro entre mis piernas, lamiéndome de la misma forma que lo estaba haciendo ese vampiro.
Las gotas se le derramaban por la comisura de los labios, manchándole el pecho mientras jadeaba, mordía, chupaba. Una bestia hambrienta y extasiada.
Como si pudiera leerme el pensamiento, Velkan se apretó más contra mí. Su hoyuelo me cosquilleó en la mejilla. Sacó las manos de los bolsillos durante unos segundos para agarrarme de la cintura e instarme a andar de nuevo.
—Conmigo estás a salvo. Estate tranquila, nadie te va a tocar. —Dejó un suave beso bajo mi oreja—. Y yo no te daré nada que no quieras recibir.
Sus palabras se deslizaron por mi columna vertebral hasta mis caderas, allí donde sus manos habían bajado. Volví a cogerle de una de ellas y retomé el paso perdiendo el ritmo de mis respiraciones.
La segunda vez que vi sangre me impactó de la misma manera, pero lo disimulé lo mejor que pude, centrando la atención en mis pies, en los de Velkan siguiéndome a escasos centímetros.
Su cuerpo me rozaba cuando tiraba de él algo más de lo debido.
Notaba cada una de sus partes y lo acercaba un poco más…
Me giré con tanta rapidez que las puntas de nuestras narices casi se encontraron.
—A mi izquierda.
Sus labios me rozaron la mejilla al inclinarse hacia delante.
—Sigo tus pasos, ternura.
Dudé por un instante. Le preguntaba con la mirada, esforzándome en no bajar a su boca. Velkan asintió, más seguro de mis actos que yo misma.
—Son salas privadas, pero las cortinas dejan entrever lo que sucede en los reservados contiguos —me había explicado antes de entrar—. Nosotros tan solo tenemos que entrar y sentarnos lo más cerca posible a ellos, nada más. No tienes ni que mirarlos, solo céntrate en mí, no te será muy difícil.
Le apreté la mano que no había soltado y con pasos decididos me acerqué a la cortina de la sala justo al lado de la que ocupaban aquellos hombres.
Mis pupilas, atraídas como un imán, se clavaron de reojo sobre la cortina del lateral, que nos separaba de ellos.
Observé repugnada cómo aquellos dos hombres, custodiado cada uno por dos mujeres, se dejaban manosear mientras hablaban.
Noté un ligero tirón entre nuestros dedos entrelazados cuando Velkan se sentó.
Lo miré, él asintió y yo… ¿qué se suponía que debía hacer ahora?
Esas mujeres estaban encima de los vampiros, acariciándolos, besándolos, se movían con lentitud sobre su regazo. Me pregunté si el deseo de aquellas acompañantes sería tan real como el mío o tan solo fingían la atracción hacia aquellos hombres tan desagradables.
Velkan no se parecía nada a ellos.
Lo miré de nuevo para cerciorarme. Tan apuesto, imponente y magnético.
Velkan era una bestia, tan monstruosa como bella. Me molestó pensar en lo fácil que le resultaría provocar deseo en cualquiera que posara los ojos sobre los suyos. Su mirada depredadora, sus pómulos rasgados, esos labios que enmarcaban la sonrisa más irresistible que había visto jamás…
«No, no, no. Rina, para».
No quería caer en su juego, no debía querer acercarme de la forma en la que en aquellos momentos deseaba mi cuerpo.
Le solté la mano con suavidad, él dejó caer ambos brazos a los costados. Colocada de pie entre sus piernas, Velkan me miraba sentado, elevando el mentón hacia mí. Sin atisbo de aquella sonrisa, sin un ápice de ironía en su rostro.
Velkan me miraba con hambre .
Tuve que asegurarme de que sus ojos seguían siendo de un azul celeste y era el humo de ambiente de la sala lo que hacía que sus iris parecieran repentinamente oscuros y densos, como las profundidades del mar.
Me mordí el labio al darme cuenta de que lo observaba con la boca entreabierta. Sin duda, no tenía que esforzarme por no fijarme en los hombres sentados a un par de metros de nosotros, porque toda mi atención era arrastrada hacia Velkan como un tsunami que engullía todo a su paso.
Un agujero negro que me absorbía por completo.
Me dije que no lo hacía por placer cuando me acerqué más a él.