Capítulo 25
Velkan
R ina había insistido tanto en acompañarnos por alguna razón que desconocía.
Sabía que no estaba tan segura de sus palabras como nos había hecho creer, de la información que había tratado de vendernos como completamente veraz, en un desesperado intento no solo de que visitáramos El Mordisco Púrpura, sino de que la lleváramos con nosotros.
Tuve la tentación de destapar sus intenciones con un simple murmullo de mi dominio, pero, dentro de aquella extraña insistencia, las suposiciones me parecieron bastante acertadas.
En Olomouc no había tantos clubes, mercados ni zonas de tráfico clandestino en los que investigar.
Dudaba que quienes me robaron se hubieran parado a medio camino en El Mordisco Púrpura para follarse a cuatro humanos hasta los topes de alcohol y drogas para que su sangre les provocara un colocón.
Si bien eso no significaba que no pudiera sacar información de sus cómplices, o de parte de su clan, quienes probablemente sí se tomarían la molestia de detenerse en el mercado a vender la sangre corrupta.
El mercado que se encontraba a pocas calles y en el que Ulric muchas veces había hecho negocios.
Las probabilidades eran limitadas, pero debíamos aferrarnos a ellas, no había otra opción.
La única certeza que tenía era que todavía no habían llegado a su objetivo, porque, de haberlo hecho, toda esa gente a mi alrededor, riendo, bailando, bebiendo y follando, estaría ya condenada.
La Morsure Pourpre no era un lugar de mi agrado, pero a sus déspotas y exclusivos asistentes les daba la seguridad suficiente como para muchas veces soltar en alto información privada.
Apoyado de espaldas en la barra junto a Rina, fingía contemplar con interés el espectáculo de las bailarinas sobre el escenario, mientras mis oídos trataban de captar algo de alrededor. Mi atención se desvió unos segundos cuando Rina trató de alejarse con sigilo.
—¿A dónde crees que vas?
—Al baño. —Tragó saliva—. Te prometo que vuelvo rápido.
Sabía que me mentía.
—Está bien, ten cuidado.
La observé alejarse hasta desaparecer tras una columna. Evidentemente, no pensaba dejarle moverse por ahí a sus anchas, así que seguí el sonido de sus tacones con la suficiente distancia como para que no descubriera que la estaba persiguiendo.
Me alivió comprobar que sus pisadas no se aceleraron en un burdo intento por escapar, que tampoco lo hizo su corazón.
No, lo que Rina pretendía hacer lo iba a llevar a cabo con la mente fría y los latidos controlados… y eso solo aumentaba mi curiosidad hacia cada uno de sus movimientos.
La oí dirigir la voz a una humana.
—Perdona, siento molestarte. ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Has visto a esta mujer?
—Pues… ahora mismo no sabría decirte, creo que no —declaró la camarera con tono dudoso.
«¿Qué cojones está haciendo?».
No tardó mucho en toparse con otra humana y en hacerle la misma pregunta.
Esta vez me acerqué lo suficiente como para ver que entre sus manos sujetaba una foto.
La maldita foto de su madre que tenía en el marco.
Ahora una línea recta señalaba por donde la había doblado para guardársela y una fina hendidura quebraba la mejilla de su madre.
—No, no me suena —le contestó.
Un chico con un maquillaje rocambolesco que pasaba detrás de ella alargó el cuello para fijarse en la foto. Aminoré mis pasos tan solo unos segundos, observando.
—Esa es Aleshka, ¿verdad?
Rina se giró hacia su voz al escuchar el nombre de su madre.
—¿La conoces?
El chico la miró unos instantes con el ceño fruncido, probablemente preguntándose si darle información a una desconocida era algo que debía hacer en aquellos pasillos.
—¿Sois familia? —Sus ojos bajaron a la foto y volvieron a subir a Rina—. Bueno, está claro que sí, sois iguales.
—¿La conoces? —repitió—. ¿Sabes algo de ella?
El chico dio un paso hacia atrás, cauto.
—Soy… soy su hija. Esta de aquí. —Rina se puso la mano en el pecho, luego se señaló en la foto—. La… la estoy buscando. Estoy… preocupada por ella.
La observó unos segundos y asintió.
—Trabajó aquí durante un tiempo. Cuando entré como bailarín ella estaba en la barra, luego decidió probar un par de meses sobre el escenario.
—Sonrió con pesar—. Se le daba muy bien, tenía mucho público, pero de un día para otro lo dejó.
Nos dijo que vendría a visitarnos de vez en cuando, aunque de eso hace ya meses.
—El chico ladeó la cabeza al mirarla—. Me habló alguna vez de su hija.
—¿De verdad? —Me apenó la emoción de sus palabras. Sonrió para ocultar lo humedecidos que tenía los ojos y sentí la necesidad de romper algo—. ¿Sabes si podría hablar con algún superior que pudiera darme información sobre ella?
—Pues, bueno, quien se encarga de las contrataciones y despidos es Mario, puedo comentarle que estás buscando…
Antes de que Rina abriera más la bocaza y empezara a llamar la atención entre el personal del club más de lo que ya lo estaba haciendo, me acerqué a ella. La cogí de la muñeca y la giré hacia mí.
—¿Te has perdido, ternura? —susurré con retintín, ladeando la cabeza e intentando no agarrarla del cuello frente a los que andaban a nuestro alrededor—. Porque el baño está en la otra dirección.
Rina abrió mucho los ojos y tragó saliva. Su mirada se paseó entre mi mueca de ira y la confusión del chico. Mis pupilas se dirigieron a este, quien retrocedió un par de pasos sin necesidad de ordenárselo. Bajó la vista al suelo y retomó su camino rápidamente.
—¡No te vayas! —le suplicó.
La sujeté con firmeza antes de que diera un paso más.
—¿Quieres que me adueñe de tu cuerpo, Rina?
—le gruñí tan cerca del oído que mi boca rozó su pómulo al hablar y su pelo me cosquilleó la nariz.
Su pecho subía y bajaba contra el mío—.
¿Quieres que vuelva a dominarte y convertirte en mi marioneta?
Parece que eso es lo que buscas, porque te esfuerzas demasiado en cabrearme, en poner a prueba mi paciencia y mi preocupación por ti.
—Sus profundas inspiraciones hacían que se pegara más a mí, que su aliento me besara el cuello—.
¿A qué cojones crees que estamos jugando?
Me separé ligeramente para mirarla. La humedad de sus ojos no opacaba la rabia con la que me contemplaba.
—Sabía cosas de mi madre, podría haberme ayudado.
—Por eso querías acompañarnos, ¿no? Y yo que pensaba que deseabas pasar más tiempo conmigo… —bromeé, con una punzada en la boca del estómago—. ¿No era más fácil contármelo?
—¿Me habrías dejado venir si te lo hubiera dicho?
—No, claro que no, pero valoro la sinceridad.
—Yo valoro la empatía. ¿Sabes lo que es eso? —Se acercó más a mí y negó mirándome tan cerca que tuve que contener las ganas de morderle el labio inferior—. Claro que no, porque solo te importas tú mismo y todo lo que actúe en tu beneficio.
—Veo que empiezas a entenderlo.
Le solté la muñeca y con un gesto de mentón la insté a que volviéramos al salón principal. Con las manos enguantadas, escondidas en el pantalón del traje, la observé andar dos pasos por delante de mí.
Cuando Rina se volvió para mirarme con recelo por encima del hombro, chisté.
—No te gires, sigue caminando, estoy disfrutando de las vistas.
Rina me sacó el dedo corazón de forma discreta, escondiéndolo entre los pliegues de su falda, haciendo que toda mi atención fuera a su culo y deleitándome en cómo este estaba al límite de la tela.
Apreté la mandíbula y pasé a mirar el camino que trazaba su columna hacia ese cuello fino, suave, débil.
Solo de imaginar cómo me inundaría su sangre la boca al desgarrarlo con los dientes me empalmé, y tuve que recolocarme con discreción el paquete.
Rina detuvo sus pasos de sopetón y mi pecho se encontró con su espalda.
—Velkan. —La debilidad de su susurro me cosquilleó.
—¿Qué necesitas? —suspiré contra su pelo.
Se giró. Con su cuerpo contra el mío y nuestras narices peligrosamente cerca, Rina pasó las manos por mi cuello, como si fuera una humana acaramelada como las que había por ahí, y volvió a susurrarme, esta vez rozándome el lóbulo de la oreja con los labios.
—Heridas infectadas. —Miró tras de mí—.
A uno de los dos vampiros que acaban de pasar por nuestro lado le he visto una herida extraña en el cuello, con la misma mala pinta que las que tienes en las manos.
No sé si tendrán algo que ver con los vampiros que buscamos porque no me lo cuentas, pero tengo la ligera sospecha de que sí.
Observé con atención cómo sus labios pronunciaban cada palabra.
—Dime hacia dónde ves que se dirigen.
—Están avanzando… Ahora han girado hacia la izquierda, han desaparecido entre las cortinas de la puerta por la que salen luces púrpuras.
Respiré hondo.
Saqué las manos de los bolsillos para coger las de Rina, que seguían en mi cuello, y bajarlas a mi pecho, en un humanizado intento por que tomara mis palabras con la seriedad que merecían.
—Vamos a tener que entrar allí dentro. —Ella seguía mis asentimientos, como un espejo—. Lo que vas a ver no te va a gustar; lo que tendrás que hacer… probablemente tampoco.
—¿Qué voy a tener que hacer?
—Fingir muy bien, más que bien. —Dirigí la mirada a su escote, su cintura, sus piernas—.
Por suerte, uno de los dos no tendrá que esforzarse mucho.
—Volví a sus pupilas sin soltarle las manos, que aferraba contra las solapas de mi traje—.
No te muestres aterrada ni asqueada ni nada que nos haga parecer sospechosos.
—Sé dónde estoy, Velkan. —Esta vez fueron sus ojos los que bajaron a mi pecho antes de volver a encontrarse con los míos—. Y no me aterra tanto como crees.
—Perfecto, entonces. —Ladeé una sonrisa ante su confesión—. Será fácil, solo tienes que entrar de mi mano, dejando que puedan oler las ganas en ti.
Su corazón, ese corazón raudo que vibraba contra mi pecho haciendo que se me tensaran los músculos, retumbó contra mis costillas.
—¿Ganas de qué?
Su voz fue casi un suspiro. Sus ojitos de cordero degollado se cubrieron por un velo oscuro que quise mirar más de cerca.
Me relamí ante su agitación.
—De ser devorada, ternura. En todos los sentidos.
No pude evitar inclinarme sobre ella, volviendo a rozarle la mejilla con los labios al susurrarle al oído:
—¿Necesitas que te ayude a calentarte antes de entrar?
Sus manos se alejaron de mi pecho, como si este quemara.
Me tomó completamente desprevenido cuando sus ojos volvieron a escrutar mi cuerpo, parándose a conciencia en mi boca, pecho, abdomen y terminando sobre mi paquete unos segundos antes de asentir.
Cuando una de sus manos volvió a tocarme el pecho, fue para darme un par de palmadas con chulería.
—Quiero que tengas bien claro que nada de lo que diga o haga ahí dentro será real.