Capítulo 24 #2
Recordaba haber escuchado a Aleshka nombrarlos en voz baja.
—Llevan tantísimo tiempo entre nosotros que pierden completamente el interés en los humanos, son difíciles de convencer —decía, como si temiera que alguno pudiera aparecer en nuestra casa en pleno día.
—¿Convencer de qué, mamá? —le había preguntado con un nudo en el estómago y sabor a vómito en el fondo de la garganta—. ¿Qué necesidad tienes de acercarte a esos monstruos?
—Conocimiento, sabiduría. Son peligrosos, sí, pero también fascinantes, Rina. —Se había removido en el sofá con excitación. Sus ojos vidriosos parecían no verme—. ¿Sabes lo que es poder hablar con alguien que lo ha vivido todo? ¿Que lo ha sentido todo?
—Sí, «hablar». —Yo había puesto toda la distancia posible entre nosotras—. Seguro que eso es lo que te interesa de ellos.
Ni ella misma sabía si realmente aquellos compañeros de cama esporádicos eran vampiros tan antiguos o solo le habían mentido para sentir la adulación de una humana sedienta de saber más como era ella.
«Como soy yo».
—Sí, Ulric es uno de los convertidos directos.
No recuerdo bien de qué generación —musitó Velkan con pocas ganas—.
Pero siento decirte que hace años que no se deja ver por aquí, difícilmente te lo encontrarás.
Aunque nunca se sabe, a los vampiros tan viejos como él les gusta pasarse por sitios como este, donde no tienen necesidad de esforzarse para tomar un bocado.
—Qué asco. —Le hice una mueca—. Me importa una mierda ese tal Ulric.
—Me alegra oír eso, estaba empezando a sentirme incómodo ante tu interés por otro hombre y, teniendo en cuenta que hablamos de un carcamal como él, preferiría no tener que competir por tu mano.
Puse los ojos en blanco ante su burla, apartando la mirada y la atención del ardor de mis mejillas al notar sus manos sobre los hombros, ayudándome a quitarme el abrigo.
Esperé a que la lacaya del guardarropa se alejara entre las perchas antes de volver a mirarlo a los ojos.
—Ya entiendo, entras en estos sitios depravados y se te aviva el lado más medieval. ¿Sabes? Muchas veces a ti también se te nota la edad, y no es precisamente un cumplido —me recochineé entrecerrando los ojos—. No soy ninguna damisela en apuros por cuya mano haya que competir.
Velkan se adelantó un paso. Su frío guante me rozó el mentón para elevarme el rostro hacia él.
Tuve que contenerme con todas mis fuerzas para mantener la vista sobre sus ojos y no bajarla a su boca.
Sus labios. Sus colmillos. Para complicarme la tarea, Velkan decidió relamerse.
Su aliento cálido me rozó los labios al murmurar:
—Ni yo ningún príncipe, ternura. ¿Qué te hace pensar que formaría parte de semejante tontería? —Hizo un puchero con falsa inocencia—. Yo no compito. Si alguien quisiera tenderte su mano, simplemente se la cortaría y le haría tragarse los dedos.
Reí. Porque me puso nerviosa, porque la absurda amenaza me pareció graciosa y porque el mero hecho de imaginarme a Velkan haciendo tal atrocidad por mí me resultaba horriblemente gratificante.
—¿Podemos entrar de una puta vez o qué? —La voz de Milo me alejó un paso de Velkan al instante.
La entrada era lo bastante larga como para darme tiempo a respirar unos segundos antes de volver a estar rodeada por el brazo de Milo, dejando la ridícula distancia de un centímetro entre su antebrazo y mi lumbar.
Antes de poder burlarme de su constante evasiva de contacto físico, unas elegantes azafatas nos dieron la bienvenida con unas copas de tallo largo sobre unas bandejas metálicas.
—Bienvenidos a La Morsure Pourpre. Adelante.
Milo se separó de mí para coger dos copas. La azafata con la manicura francesa acercó la bandeja hacia mí, así que acepté una creyendo por un estúpido momento que lo que me ofrecía era vino.
Pero el olor metálico, fuerte y violento me hizo frenar sin pretenderlo.
—Disculpe —se adelantó la otra azafata, aún más delgada, evitando mirar a su compañera con reproche—. Si gusta, yo le puedo ofrecer vino.
Tardé en responder, pero terminé haciéndolo con un asentimiento de cabeza, aunque no fui capaz de mover ninguna extremidad.
La mano de Velkan pasó por encima de mi hombro, alcanzando una de las copas con vino blanco. La otra me acarició la cintura como un soporte reconfortante en el que apoyarme para retomar el paso.
—Gracias, encanto.
Su temperatura corporal era fría. Sin embargo, siempre me abrasaba la piel allá donde ni siquiera la tocaba, tapada con la estructura del vestido.
A medida que nos aproximábamos a la entrada noté cómo Milo se acercaba a nosotros de forma discreta, dejándome atrapada entre sus cuerpos.
Con Velkan a mi izquierda y Milo flanqueándome por la derecha, debía recordarme cómo andar con tacones, porque mis piernas parecieron reblandecerse como flanes.
La mano de Velkan tras mi espalda amenazaba con derretirme, así que me separé de él con toda la sutileza que pude.
La música era cada vez más palpable, igual que el aroma a incienso, frutos rojos y piel. Tragué saliva una, dos, tres veces. La densidad de la sala principal nos bañó la piel, acompañada de una melodía elegante y sensual y tan solo cuchicheos entre la multitud que albergaba el amplio local.
Entrecerré los ojos intentando enfocar la visión.
Las luces eran tenues, cálidas, rojizas y naranjas.
Los vampiros probablemente veían a la perfección, pero a mí me estaba costando vislumbrar lo que hacían a mi alrededor, en las sillas y sofás frente a un escenario en el que dos mujeres y dos hombres se contoneaban de manera erótica en ropa interior de colores oscuros y telas finas, amoldadas a sus cuerpos.
Tragué saliva de nuevo, inhalé el aroma a canela y sándalo de los inciensos. Debía salir de allí, había sido una pésima idea querer acompañarlos.
—Qué horror.
Velkan rio con suavidad cerca de mi oreja y se me erizó la piel.
—Cuidado con tus palabras aquí, ternura. No somos los únicos con buen oído.
Lo miré y, aprovechando la cercanía, me incliné hacia su oído y susurré lo más bajito posible:
—Los tres hemos revisado los expedientes de los Neblíes registrados en la base de datos. Tal vez deberíamos repartirnos las salas, comprobar por separado si se encuentra alguno por aquí o hay actividades sospechosas. Creo que movernos los tres juntos no resultará tan discreto.
Velkan sonrió.
—Tienes toda la razón.
Evité no mostrar mi emoción, aunque esta se disipó en cuestión de segundos.
—Tú te quedarás aquí conmigo, bien cerquita. —Su mirada pasó a Milo—. Mantente atento. Cualquier cosa, llámame. Nos vemos en la salida trasera.
Este había engullido con tanta discreción la sangre que le habían ofrecido las azafatas que ni siquiera me había percatado hasta ver las copas vacías sobre la barra.
—Que no te distraiga —le advirtió a Velkan antes de marchar.
Este puso los ojos en blanco antes de dedicarme una sonrisa ladeada. Supe que sería prácticamente imposible deshacerme de su presencia en aquel lugar.
En cualquier parte del mundo.
Velkan volvió a inclinarse sobre mi oreja. Su aliento me acarició con amenaza.
—Que esté siendo compasivo contigo, ternura, no significa que vaya a permitirte hacer estupideces. Así que no hagas que me arrepienta de haberte traído conmigo.