Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Rina

L es había mentido. Bueno, no del todo.

Sí era cierta la información que les había facilitado sobre la búsqueda de los puntos clave donde recabar información.

Lo que había obviado en mi convincente discurso era el hecho de que, si había escogido El Mordisco Púrpura como uno de los lugares indispensables que registrar y el establecimiento al que debíamos acudir como primera opción, era porque conocía aquel lugar.

Nunca había estado allí ni visto qué escondía en su interior. Pero sabía lo que era y qué tipo de humanos y criaturas lo frecuentaban, porque, entre ellos, estaba mi madre.

En cuando leí el nombre fue como un aguijón perforándome el pecho.

Muchas veces la había oído hablar de antros como aquel con una sonrisa desagradablemente viciosa y comentarios relacionados con las actividades depravadas en las que participaba cuando creía que no la estaba escuchando o que no entendía el trasfondo de sus palabras.

—Con uno milenario, sí, sí, descendiente directo, transformado por un propio Ancestral, ni yo misma me lo podía creer —susurraba contra el teléfono cuando hablaba con gente como ella—.

¡Bueno, eso me dijo! A lo mejor me mintió, pero no importa, estaba claro que tenía muchos años de experiencia —reía.

No me gustaba el olor que traía adherido a la piel; era fuerte, metálico y se adentraba en mis fosas nasales de manera violenta, sin pedir permiso—.

Claro que sí, el próximo fin de semana estaré en La Morsure Pourpre, allí nos vemos.

Si no llamaban a aquel antro prostíbulo era por hipocresía y ganas de limpiar la imagen de los vampiros adinerados y degenerados que frecuentaban el lugar.

Criaturas en busca de sangre fresca, pieles jóvenes y sexo animal con mujeres y hombres humanos.

No sabía si todos estaban allí por voluntad, puro vicio y perversión, o tenían a alguien obligado.

Sé que a Aleshka no la obligaba nadie a marcharse de casa sin previo aviso cuando se sentía en uno de sus bajones depresivos para pasar días confinada en El Mordisco Púrpura, codeándose con las criaturas con las que tanto fantaseaba.

Volvía renovada, llena de vitalidad, con los ojos brillantes, la piel radiante y sintiéndose más poderosa que nunca.

Pero, como siempre, era cuestión de días que la culpa la carcomiese como las termitas, se apagara poco a poco y volviera a fustigarse frente al altar rezándole a alguno de los dioses para que la ayudara a deshacerse de ese deseo demoníaco.

Se me removieron las tripas solo de pensar en ello.

Solo de pensar en que Aleshka podía estar allí.

Mamá se fue hace meses y no tuve intención de buscarla ni una sola vez.

Porque sus escapadas eran una lucha perdida, porque su abandono era algo que llevaba años esperando, porque lo último que se merecía era mi preocupación, mi atención, mi desespero.

El llanto de una hija que ha perdido a su madre.

«Viva, transformada o muerta, es lo que ella se ha buscado».

La culpa me erosionaba el pecho cuando pensaba en ello, pero no me hacía sentirlo menos.

Aun así, en aquellos momentos en los que mi vida había perdido completamente el sentido y la voluntad, me sentía más cerca de mi madre que nunca.

«¿Y si a ella también la tienen retenida contra su voluntad?».

Mamá se fue hace meses y no tuve intención de buscarla ni una sola vez, hasta ahora. No tenía esperanzas, pero necesitaba creer.

Creer en otras posibilidades que la atroz verdad de haber sido abandonada. Creer en poder encontrar respuestas a tantas preguntas que arrastraba conmigo a todas partes. Por primera vez, tenía la oportunidad de intentarlo.

Y aquel depravado local estaba demasiado cerca de mí como para desaprovecharlo.

Así que supe que mis fuerzas no podrían flaquear, que tendría que sonar decidida, sincera y útil si quería conseguir que me llevaran con ellos.

Deshaciendo la maleta para encontrar algo acorde, me pregunté si las elecciones de algunas prendas como el vestido que decidí ponerme, un par de minifaldas y el conjunto lencero fueron decisiones tomadas por mi perverso subconsciente al hacerla o si fue el mismo Velkan quien me dominó para meter prendas específicas.

Ambas posibilidades me desagradaban tanto como me divertían.

Estaba sola en la habitación, así que no me molesté en contener una de esas sonrisas con las que me avergonzaba reaccionar a detalles como aquel.

La atención de Velkan se adhirió a mí en cuanto abrió la puerta de la habitación. Era como si una bola pesada tras mi ombligo me aplastara la zona baja del estómago, la pelvis, los muslos. Tuve que recordarme que yo debía ser su distracción, no él la mía.

Al bajar en el ascensor volvió a ponerse tras de mí. Su dedo índice se paseó por mi espalda con tanta suavidad que el cosquilleo me llegó hasta la planta de los pies.

—Estás preciosa, ternura. Mirarte me pone al borde del infarto.

Tardé unos segundos en responder, tragándome un agradecimiento que no iba a ofrecerle.

—Pues deléitate, a ver si hay suerte.

Era como si pudiera notar su sonrisa ensancharse contra mis omoplatos, aunque estaba lejos de acercar los labios a mi piel.

—Qué cruel, con lo mucho que me echarías de menos.

No permití que los nervios me hicieran temblar. En su lugar, giré el cuello lo suficiente como para mirarle a los ojos por encima del hombro.

—No tanto como tú a mí.

Velkan se pasó la lengua por los dientes. No respondió, tan solo se le escapó una sonrisa.

***

—¿Por qué tengo que entrar con él? —le había preguntado a Velkan en el coche minutos antes de llegar.

—¿Prefieres hacerlo conmigo?

«Sí. No. Sí. ¿Puede?».

—Prefiero que ninguno de los dos me toquéis.

El siseo irónico de Milo me cosquilleó en la oreja, inclinado sobre mí desde el asiento trasero.

—Siento decirte que esta noche, cuanto más cerca nos tengas, más a salvo estarás.

—Quién me lo iba a decir.

Lo sabía. Sabía que aquella noche no solo iba a ser peligrosa por el lugar en el que pretendía meterme, sino por la gente que lo frecuentaba. Sabía que mi papel sería el de una humana cómplice, una mujer que estaba allí por voluntad propia, acompañando, dejándose morder, deseando que…

—Hoy te toca fingir ser una follavampiros. —Milo me miró por el retrovisor, ensanchando las aletas de la nariz con una repentina mueca de desprecio—. No te costará mucho meterte en el papel.

—Lo mismo que a ti en el de gilipollas.

Me sacó los colmillos; intenté defenderme con un codazo entre los asientos, pero no logré alcanzarlo.

Velkan nos miró de reojo con diversión, consciente de que las palabras de Milo tan solo eran otra provocación más hacia mí.

Cada vez entendía más las conductas de ambos e, igual que Velkan, sabía que Milo no posaría un dedo o colmillo sobre mí.

O, al menos, no mientras Velkan se lo tuviera prohibido.

Aunque él tampoco parecía interesado en ello, por mucho que tratara de hacerme sentir incómoda con comentarios soeces de vez en cuando.

—Será Milo quien te escolte a la puerta porque, como puedes comprobar, no tiene un aspecto tan elegante ni cuidado como yo. Él es más… salvaje. —Lo miró por el retrovisor—. Si lo ven llegar con su propia presa, será más fácil que lo dejen pasar.

—¿Y tú? ¿Te permitirán entrar solo? —murmuré no muy segura de mis palabras—. ¿No te considerarán también salvaje?

Una risita se escapó por la nariz de Milo.

—Él es toda una bestia, por eso, precisamente, no se atreverán a no dejarlo pasar.

Supe que aquellas palabras solo eran una forma más de intentar intimidarme. Parecía ser su afición favorita.

Cuando llegamos y salimos del coche, la mano de Milo me rodeó la cintura y tuve que fingir que no quería vomitar mientras su brazo me acunaba la espalda.

A medida que nos acercábamos a la puerta del antro, era como si los pasos de Velkan tras de mí sonaran con más ímpetu que los nuestros, como si aquel vampiro emanara poder y decisión en cada pisada.

Velkan llevaba un traje negro que perfilaba su cuerpo como si lo hubiesen fabricado para él.

Con una energía mucho más calmada y segura, se había dejado los dos primeros botones desabrochados y andaba con las manos en los bolsillos del abrigo.

Me había fijado en sus manos antes de que se pusiera los guantes, y estaban cicatrizando sorprendentemente rápido.

Ya no supuraban ni se veían irritadas, pero todavía se podían intuir los cortes sobre la piel si te parabas a observarlo.

Y cualquiera se pararía a observar a Velkan.

Milo llevaba una camisa negra abrochada hasta el último botón, ahogando los tatuajes que escapaban por su cuello. No supe descifrar si lo crujía a cada rato por falta de aire o por lo mucho que le incomodaba llevarme de la cintura.

Casi reí con incredulidad. ¿Qué narices le pasaba a aquel vampiro?

—Buenas noches —nos saludó el robusto hombre que custodiaba la puerta. Bueno, los saludó a ellos, a mí ni siquiera me miró, como si no existiera—. ¿Son ustedes socios?

—Buenas noches —se adelantó Velkan—. No, pero estoy seguro de que a Ulric Dvorak le agradará saber que nos hemos pasado por aquí.

El segurata asintió y seguidamente abrió la puerta sin preguntar nada más.

¿Quién narices era Ulric Dvorak y qué tenía que ver con ellos?

Aguanté las ganas de fruncir el ceño hasta que pasamos la puerta de entrada, dejando al segurata a nuestras espaldas.

—¿Tanto habéis frecuentado este sitio que hasta os sabéis los nombres? —escupí, zafándome del brazo de Milo con brusquedad.

Velkan me miró de reojo con una sonrisa.

—En nuestro mundo viene muy bien conocer la identidad de los descendientes directos que dirigen lugares como estos. Ulric es uno de ellos.

Me tensé al escucharlo.

—¿Un descendiente directo? —susurré con los ojos muy abiertos—. ¿De los Ancestrales?

Velkan sonrió ante mi evidente expectación. Me recompuse, no quería que pensara que me emocionaba conocer a uno de los vampiros más antiguos, de los primeros transformados por los Ancestrales.