Capítulo 23
Velkan
C omo un reloj, abrí los ojos en cuanto el sol se esfumó.
Mi cuerpo estaba diseñado para activarse por la noche, para despertar enérgico, renovado y con el instinto de caza activado.
Aun habiéndome alimentado aquella misma madrugada, el sistema nervioso de los vampiros nos obligaba a despertar con todos nuestros sentidos alerta.
Aunque a medida que pasaban los años uno aprendía a controlarlo lo suficiente como para no devorar al primer humano con el que se cruzara, se trataba de una conducta instintiva e inevitable de la que nunca nos podríamos deshacer.
Mi control sobre cuerpo y mente siempre había sido envidiable. A diferencia de muchos vampiros, especialmente los Hijos de Vlad, siempre había logrado mantener a raya el impulso animal de abordar a cualquier criatura que se encontrara cerca de mí en mis despertares.
O por lo menos no había tenido dificultad para controlarme hasta entonces.
Cuando amanecí, lo primero que llegó a mis sentidos fue Rina .
Sentí cómo las pupilas se me dilataban, cada músculo de mi cuerpo tenso, la respiración acelerada.
Como si pudiera notar el incremento de la adrenalina, me preparé para actuar, anulando cualquier tipo de pensamiento que me sacara del enfoque absoluto hacia mi presa, Rina.
«Rina. Rina. Rina».
El latido de su corazón, tranquilo, calmado, parecía llamarme desde el otro lado de la puerta. Me levanté con la velocidad de un jaguar y me detuve con el pomo en mano.
Tan solo era un corazón humano.
Su latido era constante y común.
«Un corazón como cualquier otro».
Tuve que repetírmelo varias veces mientras me aferraba al pomo con tanta fuerza que los nudillos palidecieron.
Su pulso se aceleró en cuanto mis dedos rozaron la puerta, como si ella también pudiera sentirme.
Inspiré hondo y estiré el cuello recordando lo que había sucedido aquella mañana, en aquella misma posición, cuando volvía de la habitación de Milo.
Había percibido cada poro de su piel, cada vello erizarse, cada respiración contra la puerta y, sobre todo, el brutal olor que empapaba sus bragas y que me llamaba como un hueso a un perro.
Había estado a punto de tirar abajo la puerta, adentrarme en su habitación y devorarla, saboreando cada gota que su cuerpo seguía derramando.
Pero no lo hice. No por ella, sino por mí.
Rina anhelaba la perversión que formaba parte de nuestra existencia tanto como la odiaba y no podía repugnarme más saber que deseaba alimentarse de ella en su plenitud, independientemente del vampiro que se la ofreciera.
Sabía que Rina se había masturbado pensando en mí, pero la posibilidad de que pudiera hacerlo también con cualquier otro vampiro me provocaba una furia en mi interior que solo podía apaciguar partiendo alguna que otra columna vertebral, cosa que en esos instantes era inviable.
Por el momento, no pensaba satisfacer sus deseos más abominables.
Volví a estirar el cuello, descargando tensión.
Solté el pomo con lentitud, me froté la cara con ambas manos.
Me costó dejar de enfocar la atención en sus latidos, tanto que, cuando Milo apareció frente a mi puerta, no lo percibí hasta que dio un par de golpes. Ella también los oyó y arrastró ligeramente la silla en la que estaba sentada al ponerse de pie.
—Buenas noches —me saludó Milo al abrirle. Aún llevaba el pijama puesto—. ¿Cuál es el plan de hoy?
Me froté la cara de nuevo. Estaba seguro de que Milo notaba mis sentidos desbocados, pero no comentó nada al respecto.
—Veremos si Rina ha conseguido concretar algo útil durante la tarde.
—Está despierta, vamos a averiguarlo.
Ambos escuchamos a la perfección desde allí como se puso a sacar cosas de su maleta, o meterlas.
Debía de estar de rodillas frente a ella.
Cerró la cremallera, se puso de pie y sus dedos rozaron la mesa.
Probablemente estaba usándola de apoyo para colocarse los tacones que hizo sonar al deslizar los dedos por el talón antes de empezar a andar.
«¿Tacones?».
Milo y yo nos miramos con el ceño fruncido y fuimos hacia la puerta. El corazón de Rina se aceleró aún más al oír mis nudillos dar un par de golpes y detuvo sus pasos.
—¿Desde cuándo pides permiso? —musitó Milo con retintín.
—Desde que me gusta escuchar cómo se acojona aun sin verme.
Milo tuvo intención de responderme, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Igual que a mí la respiración.
Porque al abrir la puerta mis ojos se encontraron con piel. Mucha piel.
Una tez tersa, suave y lechosa, tan delicada que no tendría que esforzarme para perforarla, morderla, pervertirla.
—Por Lilith.
Por suerte, las palabras salieron de la boca de Milo.
Mis labios estaban pegados en una fina línea que ladeé en una sonrisa burlona.
—Pero, ternurita, ¿a qué se debe este regalo para mis ojos?
Lo primero en lo que me fijé fue en el tono burdeos, oscuro y macabro con el que se había pintado los labios, haciendo que las facciones de su rostro se endurecieran, las sombras de sus pómulos y las imperfecciones que no había logrado ocultar con maquillaje sellaran su piel como la firma de un pintor.
No disimulé a la hora de comérmela con los ojos mientras bajaba la vista hacia el diminuto vestido negro de cintura comprimida y mangas transparentes que se había puesto. Esa falda era tan corta que dudaba de que realmente lograra cumplir su función.
Por un momento pensé en dominarla para obligarla a agacharse frente a mí, tan solo para comprobar que la prenda no iba a dejarle las nalgas al aire, porque entonces sería una provocación con la que debería lidiar.
—¿Qué haces así vestida?
Rina pareció mucho más complacida con las palabras que le había dirigido Milo que con mi pregunta. Tampoco pareció agradarle mi tono ni la expresión que se apoderó de mi cara, borrando todo atisbo de sonrisa por completo.
Realmente no entendía qué cojones hacía con un escote tan pronunciado que le aprisionaba los pequeños pechos haciéndolos parecer más grandes, más redondos, más jugosos. ¿Se había echado aceite corporal sobre ellos?
Volví a bajar la vista para comprobarlo.
—¿Por qué? —escupí.
Rina apretó los labios con molestia, se cruzó de brazos y me miró con poca amabilidad. La misma que sentía yo al verla tan inconvenientemente… preciosa.
—Buenas noches a vosotros también.
—¿Qué haces así vestida? —repetí.
Bufó poniendo los ojos en blanco, con una actitud demasiado hostil para creérmela. Pese a que quería verse hermosamente violenta —y lo había conseguido—, sus nervios la delataban. Como siempre, su corazón parecía hablarme con más claridad que esa boca que captaba mi mirada cada pocos segundos.
—¿Qué haces así vestida? No voy a volver a preguntártelo.
Sus tacones resonaron al acercarse a paso lento hacia mí. Sonreí al verla tan concentrada en contonearse con una actitud calculada, obligándose a no temblar, a no esquivar mi mirada aun cuando quería esconderse de ella, de mí.
No sabía qué pretendía, pero con ese puto vestido podía conseguir cualquier cosa.
—Me he vestido acorde con el lugar al que vamos a ir esta noche.
Elevé las cejas, Milo rio.
—¿«Vamos»? Tú no vas a ir a ningún lado, ternura, mucho menos así vestida.
—Sí, «vamos» —me cortó. ¿Acababa de ponerme el dedo índice sobre el pecho?
La sentía temblar a través de este—. He estado todo el día revisando las incidencias más relevantes y los diferentes posibles lugares de la ciudad en los que encontrar a los Neblíes o alguna pista esta noche.
Así que, a cambio, me vais a llevar con vosotros.
No quiero quedarme encerrada en esta habitación.
—¿Desde cuándo me importa lo que tú quieras? —murmuré haciendo un puchero—. ¿Has olvidado que estás aquí bajo coacción? —Sonreí con malicia—. Tal vez sí lo has olvidado, viendo lo mucho que lo estás disfrutando.
—Sé que no te importa lo que yo quiera, pero también sé que al sitio a donde vamos os vendría muy bien ir acompañados de una humana atractiva.
—«Atractiva».
—Puede que a ti no te lo parezca, o tal vez sí. —Sonrió de vuelta con malicia—. Lo importante es que puedo ser una coartada de mucha utilidad.
Milo se adelantó un paso al frente, interponiéndose entre nosotros, pese a la escasa distancia que nos separaba.
—No eres una coartada, eres un incordio, por muy buena que estés. —La repasó de arriba abajo. Yo carraspeé. Volvió un paso atrás—. Si estás necesitada de compañía, puedo hacerte el enorme favor de traerte a Ratputín para que te haga de niñera. Pero no pretendas enredarnos para intentar escaparte.
Rina no le prestaba atención.
Sus ojos estaban clavados en mí. Tan seguros, tan demandantes, que me crují el cuello para dejar de pensar en lo ajustadas que le quedaban las finas mangas de aquel vestido.
—Primero cuéntanos qué has encontrado y puede que me plantee sacarte de paseo.
Abrió los ojos con sorpresa y rápidamente se dirigió a la mesa, con unos pasos mucho menos calculados que los que había utilizado para acercarse a nosotros. Observé cada músculo de sus piernas descubiertas tensándose al alejarse. Se inclinó hacia delante para coger los papeles. No lo suficiente.
—Hay varios lugares por los que se mueve una cantidad de Hijos de Nyra ligeramente mayor que en los alrededores —dijo aproximándose de nuevo—.
Pero no me he centrado solo en esos puntos, sino que he tenido en cuenta los mercados, antros y focos criminales cercanos a esas zonas, ya que es donde hay más posibilidades de encontrar información no registrada.
Porque a la oficial ya puedo acceder yo.
—Su hombro me rozó ligeramente el pecho al ponerse a mi lado para mostrarme la lista—.
En estos lugares los vampiros no acostumbran a informar de incidencias, ellos mismos ocultan y limpian sus propios estropicios, porque prácticamente todos ellos son ilegales.
Pero rebuscando en los registros de los rastreadores y contrastándolos he podido establecer los puntos de encuentro más sospechosos para vampiros del perfil de los Neblíes, o eso he deducido con la poca información que me habéis facilitado para su persecución.
—Me miró por encima del hombro con reproche—.
Teniendo en cuenta sus historiales, creo que deberíamos empezar acotando la búsqueda entre estos tres puntos de aquí.
—Recorrió con el dedo los nombres que había redondeado en el mapa—.
Y sugiero comenzar por este —indicó con ímpetu— y dejar el mercado del reloj para lo último; supongo que vosotros mismos sabréis que es mejor adentrarnos en él cuando esté más vacío y con menos… testigos.
Vislumbré a Milo de reojo, tan perplejo como yo.
—Eres hipnótica cuando hablas tan fría y calculadora, podría estar escuchándote toda la noche.
Ladeé la cabeza para mirar de frente aquel mapa que sostenía entre las manos, posé la mía en su cadera para acercarla más a mí y poder verlo todo mejor. Su cuerpo se tensó ligeramente, pero no se alejó.
—¿Cómo estás tan segura de tus deducciones?
—No puedo prometerte que mis suposiciones sean acertadas. De todas formas, ¿se te ocurre alguna otra mejor?
Entrecerré los ojos, observando su rostro.
Tan sedoso, con pequeñas imperfecciones que la hacían ver completamente humana, aunque su piel fuera casi tan pálida como la mía, aunque llevara aquellos labios oscuros, aquel vestido negro, melancólico, mostrándose un ser más oscuro del que fingía ser la mayor parte del tiempo.
Su media melena ondulada, alborotada lo justo para verse elegante pero salvaje y las puntas del pelo dejando al descubierto sus hombros y parte de las clavículas.
Mi corazón utilizaba más fuerza de la necesaria para bombear, haciendo que notara los latidos incluso sobre la piel, como si estos quisieran alcanzarla, tocarla, fundirse en ella.
Inspiré hondo al separarme para impedirlo.
—Está bien, pero abrígate antes de salir. —Le guiñé un ojo.
—¿Qué? —Milo parpadeó demasiadas veces al mirarme. Me siguió cuando me volví a mi habitación; también lo hizo Rina, aguantando una sonrisa de triunfo—. Tienes que estar de broma. —Bajó la voz—. El juego con la cría se te escapará de las manos.
—Que no soy una cría, cansino.
Milo se giró para rugirle sacando los dientes, Rina gritó.
—Nos vendrá bien utilizarla esta noche, tú y yo solos no somos precisamente una imagen discreta —murmuré desabrochándome los botones del pijama y dejando caer la camisa sobre la cama deshecha. Sonreí al oír el corazón de Rina.
—¿Y ella sí es una imagen discreta? Por Lilith, mira cómo va vestida. —La señaló—. Es peligroso llevárnosla, no podemos estar pendientes de ella. Me niego a estar pendiente de ella.
Reí, sacudiendo la cabeza.
—No va a suponer ningún problema porque no se va a separar de nosotros ni va a ponerse en riesgo haciendo tonterías. ¿Verdad, ternura?
—Eso espero. —Rina tragó saliva, tan nerviosa como debería estar cualquier persona racional como ella juraba ser. Aunque todos en aquella habitación sabíamos que ningún otro humano en su sano juicio se habría prestado voluntario a meterse en un ambiente tan peligroso, maligno y obsceno como aquel.
Pero Rina sí. Rina ansiaba dar un pasito más, arriesgarse un poco más.
Lo cierto era que la idea de llevármela me tensaba cada músculo del cuerpo. Sin embargo, no estaba complaciendo su capricho solo porque me gustara contemplar el velo de excitación en sus ojos al hacerlo, sino porque tenerla en un lugar como aquel realmente podía sernos útil.
Seguí la mirada de Rina, clavada en mi abdomen desnudo. Milo frunció los labios con una mueca de desespero.
—Me voy a duchar y vestir. Quedamos abajo en quince minutos —refunfuñó dirigiéndose a la puerta.
Sonreí.
—Ponte lo más elegante que hayas traído o no te dejarán entrar en La Morsure Pourpre.
El Mordisco Púrpura.