Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Rina

L a puerta de la habitación de Velkan se abrió.

Estaba despierta mucho antes de escuchar sus pasos.

Entreabrí los ojos preguntándome qué estaba haciendo a aquellas horas, cuando el sol ya había despertado y se colaba a través de mi ventana.

Podría haber corrido las cortinas para lograr conciliar el sueño, pero preferí que la luz me calentara el abdomen mientras, tumbada en la cama, me dejaba arropar por el sol.

No sabía cuándo volvería a verlo con tanta plenitud, cuándo volvería a encontrarme encerrada en el sótano donde tan solo un hueco del tamaño de una hoja de papel me brindaba algo de claridad.

El sol era lo que me ayudaba a alejarme de mi madre y de la profunda sensación de acercarme cada vez más a ella.

Yo era una humana, un animal diurno, disfrutaba de la luz, la claridad, la pureza de un cielo despejado, el color del amanecer…

No pertenecía a la noche, por mucho que toda mi vida hubiera seguido su ritmo.

Me lo repetía una y otra vez, atando con nudos endebles ideas que me envolvieran en esos pensamientos racionales, claros, correctos y coherentes.

No debía dejar que la excitación que había sentido al ver a Vel­kan alimentarse de aquella mujer me nublara el juicio. No debía someter a mi conciencia a una culpa terrible por querer sentirlo sobre mí, me dolía tener a aquellas criaturas cerca.

A Velkan cerca.

Temblaba ante su tacto, se me erizaba la piel con sus susurros, mi respiración se aceleraba cuando me observaba, como si lograra saber el ritmo de cada una de mis pulsaciones, la forma en la que mi aliento me acariciaba la lengua, cómo debían de dilatarse mis pupilas al tener que elevar el mentón para observarlo de vuelta…

Mis dedos juguetearon con el borde del pantalón de pijama.

Los ojos de Velkan aparecieron en mi mente, abrasando la vocecita racional que me pedía que no lo hiciera.

Que no acariciara mi pubis, que mi mano no descendiera bajo mi ropa interior mientras la voz de Vel­kan me ronroneaba desde dentro, vibrando en mi pecho.

«Me gusta más sobre tu piel».

Acariciando mi vientre.

«¿Qué crees que soy realmente, ternura?».

Haciéndome temblar las piernas a medida que mis dedos frotaban en círculos allí donde el anhelo hacia Velkan me lamía como una lengua de lava, allí donde me imaginaba su boca, sus labios, sus ojos mirándome como lo habían hecho tantas veces.

Mis exhalaciones se transformaron en gemidos suaves que acompañaban a mis dedos, guiados por la imagen de Velkan creada tras mis párpados cerrados.

Un monstruo despiadado con el torso desnudo y la sangre de sus víctimas goteándole entre las hendiduras de los pectorales, el abdomen y la uve que marcaban los huesos de sus caderas hacia la hebilla del cinturón desabrochado.

Mi mente odiaba a Velkan.

Mi corazón lo temía.

Mi deseo lo reclamaba.

La sórdida imagen del cuerpo ensangrentado de Velkan sobre mí aceleró mis jadeos, mis movimientos bruscos y repetitivos mientras mi vagina se contraía deseando sentirlo más cerca, más intenso, más real .

Apreté los labios reteniendo un gruñido de placer al llegar al orgasmo, me tapé la boca con temor a ser descubierta por muy silenciosa que estuviera siendo.

En cuanto mi sistema nervioso se calmó, quise cortarme los dedos para no volver a tener la tentación de masturbarme pensando en él.

«Maldita enferma».

Me agarré a ambos lados de la cama con rabia, apretando las sábanas y aguantándome las ganas de gritar.

Odiaba que, incluso después de lo que acaba de hacer, la estúpida necesidad que me provocaba no se hubiera disipado ni un ápice.

Al contrario, sobrepasar ese límite la había alimentado, haciéndola más grande y pesada, ejerciendo más presión en mi interior y llenándome sin dejar espacio a nada más.

En la cabeza, el pecho y el bajo vientre.

Velkan parecía haber invadido cada átomo de mi ser para no dejarme descansar aun sin siquiera estar presente.

Me levanté de la cama tratando de no hacer ruido mientras oía los pasos de Velkan moverse por su habitación.

«¿Me habrá oído?».

Inspiré con el mismo cuidado con el que había exhalado mis jadeos al aproximarme a la puerta, aun cuando mi corazón latía con una violencia mucho más ruidosa.

Lo achaqué a la velocidad con la que había decidido ponerme de pie y no a la adrenalina que me provocaba acercarme más, saber más, arriesgarme más…

No me atreví a intentar mover el pomo porque sabía que Velkan se daría cuenta, incluso habiéndose alejado lo suficiente como para dejar de oírlo.

Me recogí los mechones detrás de la oreja antes de pegarla a la puerta.

Volví a oír los pasos… hasta que se detuvieron frente a mí.

No supe si era una percepción real o mi subconsciente me estaba jugando una mala pasada, obsesionado con la figura de aquella bestia.

Apreté más la oreja contra la madera como si así pudiera llegar a tocarlo, comprobar que estaba al otro lado.

¿Estaría escuchando mi respiración escapar entre mis labios? ¿Retumbaría mi corazón a través de la puerta tanto como yo sentía que lo hacía? ¿Sería capaz de olerme desde ahí?

Me separé con brusquedad, tal vez demasiada. Pero no me moví del sitio. De pie, parada frente a la puerta, lo podía sentir. No me equivocaba, estaba al otro lado. Aun sin verlo, mi cuerpo reaccionaba ante Velkan, y él, probablemente, lo percibía.

Debía alejarme, volver a la cama o encerrarme en el baño, ocultarme de aquel temible vampiro que podía oler sobre mi piel lo que acababa de hacer, entrar invitado por mi respiración húmeda y excitada.

Hacer conmigo lo que quisiera, sin que nadie me rescatara de aquel precipicio en el que jugueteaba cada vez más cerca del filo.

Pero permanecí inmóvil. Lo único que me diferenciaba de una estatua era la furia con la que latía mi corazón, como si lo estuviera llamando.

Me tapé el pecho con ambas manos, debía hacerlo callar. Velkan no debía oírlo, no necesitaba saber la fuerza con que la sangre me invadía, como un torrente que se deslizaba hacia mi vientre, mi matriz y cada parte de mi cuerpo.

Me acerqué de nuevo a la puerta, agarré el picaporte con cautela, como si este pudiera morderme. «Entra». La necesidad gritó desde la boca de mi estómago, inundándome el pecho y a punto de alcanzar mi garganta. Decidí que iba a girar el pomo y…

—No.

Lo solté como si ardiera y me tapé la boca.

La negativa tan solo había sido un susurro, pero volví a oír unos pasos alejarse hasta enmudecer.