Capítulo 21
Velkan
L as últimas navidades, Olga nos regaló el mismo pijama de satén.
A Milo en un azul celeste y a mí en negro, como la mayoría de las prendas de mi armario.
Pero subestimó el tamaño de la espalda de Milo y, cuando este me abrió la puerta de su habitación con mi mano a escasos centímetros de golpearla, observé cómo los botones de la camisa del pijama sobre su abdomen parecían luchar por no salir disparados.
—¿Qué haces despierto? —le pregunté.
Milo se frotó los ojos. Tan grande, robusto y mortífero, en aquel momento parecía un niño desvelado en mitad de una pesadilla apretando el biberón entre los dedos. Solo que, en el caso de Milo, este era una botella de sangre de la que ya había bebido la mitad.
—Estaba terminando de hacer unas llamadas —murmuró con cansancio—. Los Neblíes no han llegado a Olomouc porque se han parado en el mercado itinerante del Morava; al menos algunos de ellos, probablemente los mismos que se detuvieron en el de Malá Strana.
Me adentré en su habitación y enarqué una ceja al ver cómo Ratputín dormía sobre su mesita de noche, dentro de un gorro de lana.
—¿Cuál es la fuente? ¿Son vampiros de los nuestros u otros? —inquirí—. ¿Tienen información confidencial?
—Qué va. —Agitó una mano quitándole importancia mientras con la otra cerraba la puerta—. Son los Umbra, el clan de Hijos de Octavia con los que a veces he hecho negocios. He aprovechado un asunto pendiente para sacarles información sin levantar sospechas.
—Genial. —Suspiré sentándome en el borde de su cama y apoyé los codos sobre las rodillas—. No quiero desviar nuestra atención hacia el tráfico de esa sangre más de lo necesario, pero tampoco podemos dejarlo pasar. Sea lo que sea que estén tramando.
Milo se paró frente a mí, con ambas manos sobre las caderas.
—¿Cómo te encuentras? ¿Sigue expandiéndose la infección de las heridas? ¿Algún síntoma más del que preocuparme? —Frunció el ceño al observar mis manos—. ¿Por qué parece que las tienes muchísimo mejor que hace apenas unas horas?
—Porque están mejor, la infección ha frenado. —Saqué el frasco del bolsillo de mi pantalón—. Me lo dio Morana, parece un antídoto, aunque no bajaré la guardia hasta que cicatricen las heridas por completo.
—¿Por qué esa bruja te ha dado una cura para las heridas? —Abrió los ojos con horror y se echó un paso hacia atrás—. Por Lilith, dime que no te la has follado.
Le respondí con una mueca igual de horrorizada.
—Preferiría cortármela antes que meterme en cualquier orificio de esa criatura. —Negué entrecerrando los ojos—. No sé por qué lo ha hecho, pero de suficientes asuntos tengo que encargarme como para preocuparme de las intenciones de esa bruja.
Le tendí el frasco a Milo.
—¿Puedes curarme las heridas?
Milo hizo un puchero frunciendo las comisuras de la boca de forma tan estúpida que puse los ojos en blanco incluso antes de que soltara la bobada que sabía que iba a balbucear.
—¿Necesitas que te cure tus pupitas?
—Cállate y hazlo. Ponte un par de gotas sobre la yema del dedo, con eso bastará.
—¿Cada cuánto tiempo tienes que echarte esto? —preguntó cogiendo el frasco de mi mano.
—No me lo ha dicho, pero de momento lo haré cada pocas horas. Cicatriza más rápido de lo que esperaba.
Observé expectante cómo Milo abría el frasco frente a mí, lo inclinaba sobre su mano y, en cuanto una gota le rozó la piel…
—¡Me cago en la puta! —aulló. Sacudió la mano con ímpetu y se inclinó hacia delante para limpiarse el dedo sobre el edredón de la cama—. Pero ¿qué cojones es esto?
—¿No es como si tuvieras clavadas en la yema un millón de astillas?
—¡Sí, joder! —gruñó soplándose el dedo antes de mirarme, entrecerrando los ojos—. ¿Cómo ha sido capaz Olga de echarte esto?
—A los humanos parece no afectarles, a Morana tampoco. —Exhalé con profundidad, relajando los hombros—. Hizo hincapié en que «manos vivas curan con menos dolor», o algo así. Como tú aún tienes alma, tenía que probar a ver si funcionaba contigo. Veo que no.
—Maldito capullo —escupió cerrando el frasco y dejándolo caer sobre la cama—. No pienso untarte esa mierda.
Me encogí de hombros.
—Ha valido la pena verte la cara.
Mi sonrisa duró poco. El tiempo justo que tardé en alcanzar el frasco, abrirlo y apretar los dientes al derramar una mísera gota de ese fluido del demonio sobre el dedo índice de mi mano izquierda para empezar a curarme los cortes de la derecha uno por uno.
Gruñí entre dientes nada más comenzar.
Milo me miraba con una mueca de desagrado, frunciendo el ceño y estirando los labios en una línea de dientes cerrados.
—Por Lilith. ¿No es más fácil llamar a algún lacayo del hotel? —murmuró—. O pedírselo a Rina, la tienes literalmente en la habitación.
—No es necesario que los lacayos estén al tanto de la sangre corrupta, ¿no crees?
—¿Y Rina?
—Rina está durmiendo.
La frente de Milo se arrugó aún más. Lo supe cuando lo miré a la cara tras escuchar un chasquido de incredulidad.
Devolví la atención a las heridas de mi mano, que ardían como las llamas del sol.
Fingí no notar la mirada de Milo escrutarme la coronilla, pero empezó a incordiarme cuando parecía no estar dispuesto a dejar de vigilarme, como si hubiera algo interesante que encontrar.
—¿Te estás deleitando con mi sufrimiento?
Negó. No lo miré, pero sé que lo hizo porque escuché cómo se mecía su mentón ligeramente, de un lado a otro. Igual que sus parpadeos demasiado continuos, podía notar cada uno de sus movimientos, incluso los sutiles espasmos de Ratputín mientras dormía plácidamente.
Resoplé y elevé la mirada hacia él con evidente fastidio.
—¿Qué?
—¿Por qué la has traído?
Su pregunta me pilló por sorpresa. Agradecí que no hubiera escupido alguna gilipollez, aunque tampoco me apetecía indagar en asuntos insignificantes mientras me abrasaban las heridas.
—Es más inteligente de lo que crees y mucho más astuta de lo que nos está dejando ver, de lo que ella misma es consciente.
Dejarla en casa con una vigilancia cualquiera no sería tan provechoso como tenerla cerca.
—Le sonreí con picardía—. Tú mismo la has olido.
Rina está deseando conocer más, descubrir más.
Vivir en su propia piel cosas que lleva años viendo tras la pantalla de su ordenador.
Complacer un poco su perverso capricho hará que sea más productiva.
Además, me entretiene bastante, sabes bien lo que me gustan las paliduchas que van de pudorosas.
Fue lo suficientemente inteligente como para esconder lo que parecía una sonrisa.
—Tus interacciones con ella no parecen precisamente las que tendrías con una paliducha cualquiera con la que «entretenerte».
Milo hizo comillas con los dedos, yo puse los ojos en blanco.
—Bueno, ella y yo tenemos una dinámica… especial —me burlé haciendo una mueca para restarle importancia—. Pero sigue siendo un simple entretenimiento, sin más. ¿Qué quieres que haga con ella? ¿Le doy tres manzanas y la obligo a hacer malabares a la pata coja para divertirme?
—Solo es un juguete para ti y, aun así, todavía no la has mordido.
—Milo inspiró con profundidad. Las aletas de su nariz denotaban un atisbo de irritación que me hizo parar de untarme los cortes por unos segundos—.
Sabes lo desagradable que es para mí tenerla cerca.
Te pedí que la degustaras de una vez para dejar de olerla tanto, pero no lo has hecho, ni por tu placer ni por mi sufrimiento. ¿Por qué?
—Parece que no me conozcas, sabes que me gusta jugar con la comida.
—Tu comida está durmiendo plácidamente en su cama mientras tú estás aquí, apretando los dientes para aguantar el dolor del ungüento ese, porque has preferido sufrir más de lo necesario a despertarla y pedírselo.
Ordenárselo . Recuerdas que puedes hacerlo, ¿no?
Imponerte a su voluntad sin tener que «complacer un poco su perverso capricho» para convencerla de hacer lo que tiene que hacer.
—Entrecerró los ojos—. ¿A qué estás esperando para comértela?
Ambos sabemos que ella misma lo está deseando, se entremezcla el olor de su sangre con el de su coño cada vez que nos tiene cerca y no aguanto más, me va a volver loco.
—Soy consciente de lo pesado que está siendo para ti tenerla cerca.
—Sabes que por ti aguanto el tiempo que sea necesario, pero quiero saber por qué lo estás haciendo realmente.
No supe qué responder. Lo cierto es que ni yo mismo le encontraba una explicación lógica a aquella inconveniente compasión hacia Rina que se había instaurado en el centro de mi pecho con tanta facilidad y que parecía tomar las riendas de mis decisiones cuando estas tenían que ver con ella.
La última de mis intenciones era que aquella humana dejara una mínima huella en mi vida, mi conciencia o mis actos.
—Iba a hacerlo, iba a alimentarme de ella. —Me encogí de hombros, mirando un punto fijo en el suelo—. Pero lo dejé pasar, sin darle importancia… Y ahora imponerme ante su voluntad me resulta… innecesario.
Inspiraba y expiraba con más intensidad de lo habitual, como si lo necesitara para que entrara mejor el aire. Como si… Como si hablar de Rina me pusiera nervioso.
—No tiene sentido —dije más para mí que para Milo.
—Sí lo tiene, te estás encariñando con ella.
Al terminar de untar el último corte, me puse de pie y me guardé el frasco en el bolsillo.
—¿Pasaría algo si ese fuera el caso? —Le hice un puchero—. ¿Te pondrías celoso, pastelito?
Milo me golpeó en el hombro y antes de que hablara pude ver aquel brillo que le inundaba los ojos siempre que le cedía espacio a su alma, a aquellas emociones que lo completaban.
Milo estaba lleno de ellas; tantas que admiraba la manera en la que se atrevía a sentirlas, a permitirles existir y a abrazar sensaciones mucho más fáciles, placenteras y excitantes.
Un brillo que solo aparecía cuando lo dejaba ver, o cuando ella lo encendía.
—Es difícil encontrar lo que alimenta el alma y puede dar miedo hacerlo —susurró con dolor cuando abrí la puerta para marcharme. Lo miré por encima del hombro—. El cuerpo es mucho más fácil de alimentar, pero nada se compara a saciar tu alma.
Sonreí.
—No te preocupes por mí. Yo nunca he tenido una.