Capítulo 20
Rina
A quella jornada habían registrado pocas incidencias importantes, pero todas las que me parecieron relevantes en Olomouc o alrededores las apunté en un papel cuando Velkan apareció con mi portátil para terminar de recabar la información de la noche.
Noté su mirada sobre el cogote en todo momento mientras revisaba el ordenador.
—Por el momento esto es lo único que tenemos —murmuré más para mí que para él—. Puedes irte y llevarte el ordenador, así les echo un ojo tranquila.
En realidad, no pensaba ponerme a buscar más información antes de dormir.
Total, tendría toda la tarde del día siguiente para hacerlo hasta que aquellos muertos vivientes se despertaran con la caída del sol.
Lo cierto era que prefería llenar las horas muertas con la búsqueda, así evitaba darle lugar en mis pensamientos a mi madre.
Su imagen estaba más presente ahora que cuando la tenía en cuerpo y alma frente a mí. Qué ridículo.
—¿Me estás echando? —Hizo uno de esos falsos pucheros tan irritantes—. Yo que había percibido en ti una cierta ilusión por trabajar juntos al venir aquí.
Reí por la nariz, cerrando la libreta e intentando que las piernas no me temblaran al levantarme de la silla.
—Lo único que has podido percibir en mí son las ganas de salir de ese zulo en el que me teníais metida.
Asintió con una sonrisilla maliciosa que me hizo entrecerrar los ojos.
—Sí, no era precisamente el sitio que hubiera escogido para ti. Incluso con las paredes insonorizadas escuchaba tus gritos, eres bastante taladrante.
—Tú eres un monstruo.
—Y eso te encanta.
Rebufé, molesta y más entretenida de lo que debería. Así que puse distancia y me agaché frente a la maleta, de la que saqué el pijama.
—Si no me necesitas para nada más, me gustaría ducharme. —Lo miré de reojo—. Sola, por si aún había alguna duda.
Velkan se reclinó hacia atrás y giró la cabeza a la izquierda, mirando el interior del baño desde la distancia.
—¿Alguna vez has follado en una ducha?
Todo mi cuerpo se tensó con tanta rigidez que mi columna podría haberse partido si me movía.
—¡¿Qué narices te importa a ti?!
Se encogió de hombros.
—Simple curiosidad. ¿También te pone las mejillas rojas hablar de sexo?
—No es algo de lo que tenga que hablar contigo.
—Qué aburrida, con lo enriquecedora que sería nuestra conversación.
Ante mi ausencia de respuesta, Velkan tan solo me dedicó un guiño sin dejar de sonreír.
No me metí en la ducha hasta que oí la puerta de mi habitación cerrarse. Lo hice con un ojo abierto, igual que me vestí vigilando que Velkan no volviera a entrar.
Al salir del baño me acerqué a la puerta de mi habitación y me sorprendió que no estuviera cerrada con llave como lo estaba siempre el sótano.
La abrí con cautela, topándome con un Velkan en pantalones de pijama, sentado en el lado derecho de la cama con una mano sobre el colchón mientras con la otra revisaba la carta de lo que parecía el servicio de habitaciones.
Antes de poder cerrar de nuevo, sus ojos se encontraron con los míos.
Me esforcé por no bajar la vista al evidente torso desnudo frente a mí. No me interesaba fijarme en ninguna de las hendiduras que provocaban sus músculos o en lo tersa que parecía su piel a pesar de los centenares de años que estaba segura de que acumularía. Pero estaba demasiado expuesto.
—¿Quieres desayunar antes de que salga el sol? —me preguntó, ofreciéndome la carta.
Me acerqué a él y la cogí para cotillearla.
Cuando empecé a leer se me revolvieron las tripas.
—Hombre, B-, europeo común… —escupí asqueada—. Mujer, O+, canadiense… —Tiré la carta sobre la mesa arrugando la nariz—. ¡Qué asco! ¡Hay fotos y todo! ¿En serio tienes que hacer esto aquí?
—Tengo que comer. —Se encogió de hombros—. ¿Prefieres que salga a cazar a cualquier ciudadano? Sabes que no tengo ningún inconveniente en hacerlo, aunque ahora mismo preferiría evitarlo, el room service es más cómodo.
—Por favor. —Negué, realmente angustiada—. ¿Cómo podéis vivir tranquilos siendo bestias tan repulsivas?
Abrió la boca con dramatismo y se presionó el pecho con la mano. Sus cejas enarcadas en una mueca de dolor no me distraían lo suficiente como para evitar que bajara la vista a donde sus dedos se posaban. Me alejé un paso.
Velkan podía oler mis sensaciones más de lo que creía, debía ser cauta.
—Me duele que te dirijas a mí con adjetivos tan despectivos.
—Ladeó la cabeza, sonrió de medio lado y volvió a apoyar las manos sobre la cama, tras su espalda, dejando caer su peso hacia atrás.
Su abdomen se tensó, marcando cada hendidura, que repasé en contra de mi voluntad—.
Sé sincera conmigo, ternura. ¿De verdad te parezco una bestia repulsiva?
Di otro paso atrás.
El calor me abrasaba cada zona sensible del cuerpo mientras la mirada de Velkan se oscurecía. El cuello, las muñecas, la sien, mi vientre, el interior de los muslos… Respiré por la boca intentando atemperarme.
—Por supuesto.
—No te creo. —Puso morritos en un puchero—. Y ahora mismo podría inmovilizarte sobre la cama, dominar esos ojos de cachorrita que tienes y obligarte a decirme la verdad. Pero no lo hago, ¿sabes por qué no?
No contesté.
—Porque me pediste que no lo hiciera.
—No tengo por qué agradecerte que decidieras respetar mi voluntad sobre mis propios actos, se llaman derechos humanos.
—Lo sé, ternura, pero yo no soy humano, así que vuestros derechos me importan una mierda y media, sin ofender.
Reí involuntariamente, escondiendo mis carcajadas con los labios cerrados. Por desgracia, no pude corregir la sonrisa que me delataba. Me crucé de brazos.
—¿Cuál es el motivo, entonces, de tu grandísimo acto de bondad hacia mí?
—Tú.
Rebufé con ironía, creyendo que su respuesta también estaba cargada de sarcasmo. Pero su sonrisa parecía menos afilada que de costumbre y sus ojos se ablandaron ligeramente, consiguiendo que me tensara, más alerta que si hubiera sacado los colmillos.
Paseó la mirada desde mis pies hasta arañarme las pupilas.
—Sucumbí a tu petición porque me he dado cuenta de que es más interesante observar cómo eres tú misma la que se autoinhibe —musitó—.
Es una pena, porque estoy seguro de que la Rina que retienes me gustaría mucho más que la que se hace la niña buena.
Pero solo será cuestión de tiempo que la dejes salir, o que ella misma se escape.
—¿Qué tonterías dices? No conoces nada sobre mí, no intentes manipularme y atraerme a la oscuridad con esos ojos tuyos que tienes —farfullé abanicando con la mano y alejándome un par de pasos más, dispuesta a ocultarme en mi habitación.
—¿Qué oscuridad? ¿Qué dices? —Rio siguiéndome con la mirada—. Solo estamos hablando, Rina. No soy solo un cuerpo con el que deleitarte, también podemos tener conversaciones normales, aunque no lo creas.
Chisté, mirándolo por encima del hombro justo al cruzar el marco de la puerta.
—Contigo nada puede ser normal.
—Tienes razón, conmigo todo es más divertido, intenso, extraordinario, especialmente el…
Cerré de un portazo, dejando que sus carcajadas se estamparan contra la madera.
Me senté delante del estrecho escritorio que tenía junto a la cama mientras observaba con poco interés los nombres de los lugares de incidencias, sin prestar verdadera atención a ninguno de ellos.
Mucho menos cuando la escuché llegar.
—Servicio de habitaciones —anunció una voz dulce.
Me levanté antes de acercarme con pasos lentos y cuidadosos a la puerta para entreabrirla con sigilo y observar cómo una mujer de tez blanquecina, ojos hundidos y una melena negra que le rozaba los hombros saludaba a Velkan con un educado asentimiento de cabeza.
Aquella chica, de cejas finas y clavículas marcadas, me hizo parpadear varias veces.
«No puede ser casualidad».
—¿Le va bien del cuello? —susurró la mujer con un tono amable.
—Sí, perfecto —le murmuró Velkan a la oreja mientras cerraba la puerta. La chica se adelantó un par de pasos y casi se escapa de mi campo de visión—. No te muevas, aquí ya está bien. —La frenó agarrándola de la muñeca y atrayendo su espalda contra él.
Tuve que contener un bufido de asco, incordio y… expectación.
Entrecerré los ojos con curiosidad al ver cómo Velkan desaparecía de mi vista unos instantes. Escuché que abría el cajón de la mesita de noche y me quedé completamente petrificada cuando volvió a aparecer con un frasco de perfume.
Giré el cuello con brusquedad para mirar mi maleta, que había dejado abierta en el suelo antes de irme a la ducha y mientras revisábamos los últimos registros de la noche.
No era un frasco de perfume, era mi perfume.
—Estira los brazos —le ordenó a la chica.
Esta le mostró las muñecas, donde Velkan le puso dos soplidos de perfume.
—¿Precisa alguna parte del cuerpo más?
Velkan le acarició el pelo antes de humedecerlo ligeramente con la fragancia.
—Así está bien.
«¿Qué demonios hace el muy psicópata?».
Velkan lanzó el frasco sobre la cama y volvió a la chica, rodeándole la cintura mientras se ponía tras ella. Le apoyó una mano sobre el abdomen, lo justo para mantenerla firme contra su pecho.
—En el lado que usted desee, señor.
Velkan le apartó el pelo del cuello con un mimo inesperado que me hizo apretar el pomo de la puerta hasta emblanquecer mis nudillos.
—No me llames «señor», prefiero que te dirijas a mí como «bestia repulsiva».
La chica esbozó una mueca confusa. Negó.
—¿«Bestia repulsiva»? —Tragó saliva y exhaló con la boca ligeramente abierta. No parecía intimidada, al contrario, estaba… Apreté los labios. No me podía creer lo que estaba viendo—. Pero usted no es repulsivo.
Velkan sonrió contra su cuello. Sus fosas nasales se ensancharon al inhalar el perfume de su pelo. Mi perfume, sobre un pelo igual de frondoso y oscuro que el mío.
—Ah, ¿no? —le susurró antes de lamerle desde la clavícula hasta la base de la oreja. Le dio un pequeño mordisco en el lóbulo. Ella jadeó, haciendo que su pecho temblara—. ¿Qué crees que soy realmente, ternura?
Me quemaron las mejillas al oírle llamarla así. Una tensión se apoderó de mi vientre, haciéndome apretar los muslos. No supe si del desagrado, la ira o el anhelo de ver más, sentir más.
—Fascinante —gimoteó la chica mientras Velkan le apretaba más el abdomen y la apoyaba contra su pecho, depositándole suaves besos que nada tenían que ver con la violencia de su mirada—. Bello, cautivador…
Sabía que Velkan estaba haciendo todo aquello a propósito, pero terminó de confirmármelo cuando miró hacia mi puerta para encontrarse con mis ojos.
Porque quería que lo viera.
No la dejó acabar antes de abrir la boca, mostrarme a mí los dientes e introducirlos con brusquedad en el cuello de la chica que había escogido a conciencia. La lacaya con facciones parecidas a las mías.
De todas las personas del catálogo, la había elegido a ella.
Quería que ella fuera yo y que viera cómo sería morderme, cómo pegaría mi cuerpo contra el suyo mientras me acariciaba el vientre, mientras me provocaba un gemido al atravesarme la piel con los colmillos.
Quería que notara la sangre correr por mis clavículas, cómo gruñía contra mi cuello mientras me lamía…
Me tapé la boca para contener la respiración acelerada, el ardor que se deslizaba por mi columna vertebral hacia los muslos con la misma fluidez con la que lo hacía la sangre de aquella chica sobre su pecho.
Porque Velkan estaba mordiéndola a ella, no a mí.
Por suerte, no era a mí.
Apreté aún más los muslos. Arrugué la frente presa de la frustración, del desagrado hacia mí misma. No podía sentir eso, era inhumano, demoníaco.
Los ojos de Velkan siguieron clavados en mí hasta que decidí huir de ellos, cerrando la puerta.
Volví a obligarme a dirigir toda mi atención a los papeles y el mapa sobre la mesa, pero leía sin entender siquiera las palabras, así que opté por buscar otro foco con el que distraerme y saqué del bolsillo de mi abrigo la foto de mamá.
La desdoblé y perfilé su contorno sin ningún motivo racional, solo quería aferrarme a aquella versión de ella que no logró sobrevivir.
«No puedo acabar como tú». Las palabras se ahogaban en mis pensamientos mientras el ardor de mi vientre no dejaba de recordarme lo que estaba sucediendo al otro lado de la puerta.
«Esto está mal, tú me lo advertiste, sabías que la oscuridad también vendría a buscarme», clavé la uña sobre su mejilla y apreté los labios para frenar un gruñido de frustración. «¡Lo sabías y no te quedaste conmigo para protegerme!».
No podía dejar de oír los gemidos como caricias en mis tímpanos, como arañazos entre mis piernas. Una agitación que pretendía hacerme jadear. Apreté los ojos, no debía volver a mirar, pero todo mi organismo parecía anhelar la idea de hacerlo.
Desear que mi boca fuera el origen del placer que se pegaba a las paredes de la estancia.
Entreabrí un ojo para encontrarme con los de mi madre y una hendidura en su pómulo. «¿Dónde estás, mamá?», quería gritar. «¿Dónde estás cuando necesito salvación?».
Volví a esconder la foto y me senté sobre la cama, agarrándome a las sábanas como si estas pudieran mantenerme atada, lejos de la tentación.
Pero mis ojos no se movieron de la puerta hasta que esta se abrió al cabo de los minutos.
No supe si fueron diez o treinta, solo que en cuanto vi a Velkan, imponente, mirarme desde el umbral, sentí que había llegado mi momento, iba a morir ahí.
—Tu turno —murmuró.
Antes de poder siquiera plantearme el volver a salir corriendo, se inclinó tras la puerta y ocultó medio torso durante un instante antes de mostrarme con una mano una bandeja con comida.
—Te he pedido lo más parecido al desayuno que te prepara Olga y un plato completo para cuando te despiertes al mediodía.
Tienes tentempiés y refrescos en la nevera del minibar, sírvete mientras yo duermo —musitó adentrándose en la habitación y dejando la bandeja en la mesa sin pisar los papeles—.
Necesitas comer antes de dormir, mañana será una noche intensa.
Lo observé perpleja, algo helada. Achaqué esa sensación al alivio de saber que no iba a hacerme daño. Aún no, pero no debía olvidar que lo haría algún día.
Velkan era un monstruo, mis propios ojos lo habían comprobado.
—Ah, por cierto, esto es tuyo. Me gusta más sobre tu piel, no le quedaba igual.
Se sacó el perfume del bolsillo del pantalón y lo dejó sobre la mesa antes de marcharse.