Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—¡Eres un bruto! —gimoteé secándome los labios con el dorso de la mano—. ¡¿Estás loco o qué te pasa?!

Me fijé en que tenía la camisa empapada. No me sorprendió, teniendo en cuenta la presión a la que había abierto el agua. Me di cuenta de que la mía también lo estaba y se me adhería al vientre. Los ojos de Velkan bajaron por un instante al borde del sujetador, que se transparentaba.

—¡Loca estás tú! ¿Tienes idea de lo que puede pasarte si muerdes estas heridas infectadas?

—Se quitó ambos guantes y me mostró los cortes de las manos.

Morados e irritados. Pese a tener un aspecto espantoso, se veían mejor que antes de salir de su casa—.

No, ¿verdad? Pues yo tampoco, y no me apetece descubrirlo ahora mismo.

En todo caso, si algo tienes que decirme es «gracias».

Me toqué los labios con preocupación y me miré al espejo sobre el lavamanos.

Abrí la boca mostrando los dientes y escaneé cada uno de ellos con extrema precisión.

Llevaba los guantes, era imposible que las hubiera alcanzado, ¿no?

¿Todo estaba bien? ¿Sentía un sabor diferente en la boca o solo era mi ansiedad?

Quise tragar saliva, pero me esforcé por no hacerlo.

—¿Tienes enjuague bucal?

Velkan, más calmado, exhaló entre dientes.

Me lavé la boca unas tres veces.

La cuarta no sé si lo hice por asegurarme de estar fuera de peligro o por no tener que lidiar con la situación. Si me inclinaba ligeramente sobre el lavamanos podía entrever el reflejo de Velkan por el espejo, sentado con las piernas abiertas en el borde derecho de la cama.

Cama que pretendía compartir conmigo.

Esta vez sí tragué saliva antes de atreverme a volver a la habitación.

Se había desabrochado la camisa por completo, dejando al descubierto el torso y los abdominales.

Suave y pálida, la piel de Velkan estaba totalmente limpia de tinta, nada que ver con la de Milo.

Pero eso no significaba que no emanara la misma violencia y hostilidad, que me obligaron a apartar la vista.

—Sigues viva, sorprendente.

Reí por la nariz y me encogí de hombros.

—Sorprendente es que estuvieras tan preocupado por la posibilidad de mi muerte.

Lo pillé repasando el contorno de mis pechos empapados, que había estrujado aún más al cruzarme de brazos.

—Claro que estaba preocupado. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.

Tensando cada uno de sus músculos a la vista.

Tragué saliva—. Eres la herramienta que tengo para llegar a mi objetivo; menos útil de lo que esperaba, he de admitir, pero sería todo un inconveniente que murieras estando tan cerca de lograrlo.

No me sorprendía su tono ofensivo. Percibía su enfado en el ambiente denso que empapaba las paredes de la habitación. La intención hiriente en sus palabras era la represalia ante mi intento de huida.

Independientemente de saber que no debía esperar nada más de una criatura interesada y cruel como él, no podía evitar sentirme confundida ante los resquicios de misericordia que parecía tener hacia mí.

Me había liberado de la niebla, pero seguía imponiéndola sobre mí cuando me revelaba. No parecía tener intención de abusar de mí, aunque luego invadía mi espacio personal como si este también le perteneciera, como si disfrutara de la reacción de mi cuerpo ante su contacto.

A veces me hablaba como a una igual, como si realmente me viera como una persona y no una presa…, para luego referirse a mí como una mera «herramienta» y no temer dispararme las palabras crueles necesarias.

Me irritaba tanto la facilidad con la que mostraba su cabreo. Un mal humor palpable y un más que esperado inexistente apego hacia mí.

Por muchos momentos de misericordia que Velkan hubiera tenido conmigo, nunca pretendía esconder lo que en realidad era para él: una pieza del puzle de la que se desharían cuando dejara de serles útil.

Pero, en lugar de sentirme ofendida por ello, noté un resquemor en los pulmones al respirar.

No me atrevía a admitir que esa apatía hacia mí me causaba algún tipo de daño emocional.

Porque no tenía por qué hacerlo. La sensación intensa y dolorosamente placentera la originaba algo más sucio: la envidia .

Yo también deseaba ser capaz de destripar mis emociones, sensaciones y pensamientos sin preocuparme más por el efecto que pudieran causar en los demás que el que provocaban reteniéndolas en mi garganta y ahogándome con ellas.

Me preguntaba qué se sentiría al vivir como él, mostrando su lado más auténtico aun cuando este no sentaba bien, sin temer a las consecuencias.

Velkan no estaba hecho para agradar, para completar un hueco más entre los demás, ocupando el espacio justo, elevando la voz lo permitido, adaptando sus conductas.

Era Velkan contra el resto, sin esperar ser aceptado por nadie que no quisiera, sin pretender ser perdonado por quien esperara otra cosa de él que no fuera lo que él mismo mostraba sin pudor.

La impunidad con la que tanto Velkan como Milo vivían me provocaba un anhelo insano, pero cada vez más patente a medida que pasaba tiempo con ellos.

Quería pagarles con la misma moneda que ellos me lanzaban.

—¿Y obligas a todas tus herramientas a compartir cama contigo porque te sientes solo o porque necesitas seguir asegurándote de que tienes el control?

Velkan me clavó la mirada.

Su rostro, impasible, no reflejaba ninguna emoción mientras se levantaba del borde de la cama y se acercaba a paso lento hacia mí.

Cuando sus manos volvieron a cogerme las mejillas, lo hicieron de una forma inesperadamente gentil.

El tacto de las yemas de sus dedos era mucho más agradable que el del cuero con el que acostumbraba a tocarme.

Me acercó la cara a él con lentitud. Quería apartarme, debía apartarme.

Sin embargo, no podía hacerlo porque estaba demasiado concentrada en contemplar cómo le asomaban las puntas de los colmillos bajo el labio.

Fino pero marcado, suave y con un leve tono rosado. Me frené a morderme el mío frente a él.

—¿Qué te hace pensar que querría compartir cama contigo?

—Ladeó la cabeza, paseando la punta de la lengua por los colmillos con una sonrisa que me hizo recordar que debía apartar la vista de su boca—.

Si tanta curiosidad tienes por saber qué se siente al follar con un vampiro, solo tienes que decírmelo y estaré más que encantado de hacerte el favor.

Esta vez, la que soltó una risita fui yo.

Puede que la mía sonara más nerviosa, pero era imposible no estarlo teniendo a un depredador tan cerca.

A un monstruo acunándome las mejillas mientras me recorría la piel con sus gélidos ojos.

A una bestia notando cada uno de mis latidos acelerados contra la boca del estómago.

Estaba segura de que los sentía retumbar tanto como lo hacía yo.

—Prefiero morir empalada en mitad de una plaza.

—No mientas, ternura. —Se inclinó aún más, rozándome la mejilla con la nariz—. Te huelo.

Me zafé de él y Velkan sonrió victorioso.

¿Que me olía? ¿ Qué olía?

Me aparté varios pasos. Empecé a divagar sobre todo tipo de cosas que podría haber notado en mí con tan solo olerme y quise ponerme a gritar del horror al existir la posibilidad de que supiera que yo… que sintiera que yo… que oliera que yo…

Metiéndose las manos en los bolsillos, Velkan se alejó hacia una puerta frente a la cama. Introdujo en la cerradura la llave que le había facilitado el botones y la abrió de par en par, haciendo un gesto cortés con el brazo para que me adentrara en ella.

—Aquí tienes una habitación para ti solita. —Ladeó la sonrisa—. Como querías, ¿no?

Me acerqué y comprobé que, efectivamente, había una segunda estancia a la que solo se podía acceder por aquella puerta. A diferencia de la habitación de Velkan, esta era un poco más pequeña y sencilla, pero tenía algo que la suya no: una ventana. Parpadeé, emocionada, y me acerqué a esta.

Todavía era de noche, aunque el amanecer no tardaría en despertarse entre las copas de los árboles en pocas horas. Después de demasiado tiempo encerrada, por fin volvería a ver el sol.

Empujé con discreción el marco de la ventana.

—Puedes abrirla, adelante —asintió—. Pero a menos que sepas volar no intentes saltar, te prefiero viva.