Capítulo 19
Rina
N o podía confesarles que me resultaba decepcionante no estar frente a una fortaleza o castillo gótico de grandes puertas de las que saliera un lacayo ojeroso y con chepa a abrirnos.
—¿Y esa cara? —preguntó Velkan ante mi ceño fruncido.
—¿Vamos a quedarnos aquí?
También me había imaginado un motel tenebroso, escondido entre la maleza de los árboles, con un código secreto para poder acceder, unas palabras mágicas en alguna lengua muerta que tan solo los vampiros conocieran.
Sin embargo, pese a que el hotel estaba apartado del centro de la ciudad, no emanaba esa energía lúgubre y oscura que esperaba encontrarme en un lugar en el que criaturas como Velkan descansarían.
Era un alojamiento de apariencia común, pero, a diferencia de la gran parte de la población, sus trabajadores claramente estaban más que enterados de la vida sobrenatural que nos rodeaba y que se mantenía oculta entre nosotros.
Era un hotel dirigido por lacayos, ciudadanos deseosos de formar parte del mundo sobrenatural, cómplices en su preservación, trabajando a diario en contacto con vampiros, licántropos, hechiceros…
La recepcionista nos mostró todos los dientes con una sonrisa al vernos entrar.
Bueno, al ver llegar a Velkan, arrastrando con poco esfuerzo las maletas, y a Milo, que mantenía la mano derecha escondida en el bolsillo de la chaqueta donde descansaba una rata.
Una maldita rata .
No era precisamente fanática de los roedores, pero las manchas marrones que tenía Ratputín en un pelaje blanco como el algodón me habían enternecido lo suficiente como para atreverme a acariciarle la cabeza con la yema del índice un par de veces durante el trayecto.
—Buenas noches, caballeros. —La voz de la chica era innecesariamente sedosa—. ¿En qué puedo ayudarles?
—Buenas noches, preciosa —murmuró Velkan apoyándose en el mostrador con un brazo—. ¿Mucho trabajo esta noche?
Apreté los dientes. Sin duda Velkan me provocaba ganas de vomitar.
Inspiré hondo y aparté la mirada con la necesidad de patearle las espinillas.
Mis ojos se cruzaron con los de Milo, que me observaba con una ligera sonrisita igual de molesta que la de la recepcionista.
Qué curioso que las únicas veces que me había dedicado una sonrisa eran momentos en los que estaba furiosa o atemorizada.
—Está siendo una noche tranquila —dijo la mujer con suavidad. Se pasó la lengua por el labio mientras se comía a Velkan con los ojos sin disimulo—. ¿Desea hospedarse aquí esta noche?
«¿No es evidente?».
No debían tener tanta prisa como me habían hecho creer si se podían permitir pararse a coquetear con una lacaya.
Velkan me miró de reojo y sonrió. Como si hubiera notado que me mordía la mejilla e inspiraba con profundidad para contener el desagrado que me provocaba estar allí con ellos, con él .
Giré la cara instintivamente en cuanto se inclinó sobre el mostrador para arrimarse más a ella, acercarle los labios a la mejilla y susurrarle algo que no logré escuchar, aunque ni mucho menos quise hacerlo.
Mis ojos volvieron a Milo. Me hizo gestos obscenos con las manos, como si necesitara que me aclarara que Velkan le estaba diciendo guarradas al oído a aquella mujer de pestañas infinitas.
Debieron de ser bastante depravadas, porque cuando los vigilé de reojo la chica había aflojado la sonrisa.
—Entiendo —fue lo único que respondió tecleando frente al ordenador.
Velkan dio unos nombres ficticios para el registro y un botones no tardó en hacerse con la maleta mientras nos dirigía al ascensor. Este era lo suficientemente ancho como para que ninguno nos tocáramos, pero Velkan decidió ponerse detrás de mí, rozándome los hombros con el pecho.
Me tensé cuando noté cómo se inclinaba ligeramente, acercando la boca a mi oído.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó en un susurro tenue. No contesté—. Te noto tensa.
Exhalé por la nariz con evidente sarcasmo.
—Bueno, teniendo en cuenta que me tenéis secuest…
Dejé de hablar cuando me apretó la cintura como advertencia. El botones no pareció prestarnos atención. Tuve que inspirar con profundidad al sentir cada uno de sus dedos bajo las costillas.
No apartó la mano; en su lugar, la dejó rodeándome, firme, pero suavizando el agarre.
—Cuidado con lo que dices, ternura —volvió a susurrar, cerca de mi coronilla—. ¿Has traído tu perfume?
Arrugué la nariz, pero no me atreví a girarme para mirarlo porque temía rozarle más de lo necesario si lo hacía.
—¿Por qué preguntas eso?
Inspiró hondo sobre mi pelo y a mí se me cortó la respiración. Percibí que sonreía antes de volver a susurrar.
—Para darle el nombre a la de recepción. Quiero que huela como tú.
—Qué asco.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor fue como si pudiera volver a respirar.
Salí lo más rápido que pude siguiendo los pasos del botones, que no se dignó a mirarme ni una sola vez, aun cuando yo trataba de hacer contacto visual en un intento inútil por mandarle señales de socorro, hacerle ver que estaba en peligro.
«Mírame, por favor, sácame de aquí».
Trataba de gritar con los ojos, pero el chico, desgarbado y de bigote pobre, no parecía darse cuenta.
«¡Ayúdame!».
Cuando llegamos a la primera habitación, Milo, con la mano aún metida en el bolsillo, agradeció con el mentón al botones y abrió con la llave que le había facilitado.
—Mañana nos vemos, no me molestéis lo que queda de noche —escupió. Me tensé al ver la cola de Ratputín asomarse justo antes de que cerrara la puerta.
Avanzamos unos pasos más hasta que el chico se paró frente a otra puerta. «¡Socorro! Entiéndeme, por favor». Le tendió a Velkan otra llave.
—Espero que la habitación sea de su agrado. Cualquier petición, no duden en llamarnos. Que tengan una bonita noche.
«¿Que tengamos?».
Me podría haber partido el cuello con la velocidad a la que me giré para mirar a Velkan. Este abrió la puerta con una mano mientras con la otra cogía las maletas y se adentraba en la habitación.
—No… No, no, no pienso entrar. —Me eché dos pasos hacia atrás.
Eché un vistazo sobre mi hombro para encontrarme con los ojos del botones, que por fin me observaba. Un jarro de agua helada me hizo entender que lo sabía, sabía que estaba ahí en contra de mi voluntad y le daba igual. Volví a mirar a Velkan.
—¡No voy a compartir habitación contigo! ¿Qué te piensas?
Velkan rio un breve instante antes de dejar caer la mochila que cargaba en un hombro con un golpe. Me dolió escuchar mi ordenador resonar contra el suelo.
—No, ¿qué te piensas tú? —gruñó, mientras acercaba tanto un dedo apuntándome a la cara que olí el cuero—. Entra en la puta habitación, Rina, tenemos asuntos de los que encargarnos.
No debía hacerlo… Sabía que era una idea nefasta, estúpida, suicida.
Velkan no había utilizado la dominación para ordenármelo, me estaba dando la oportunidad de ceder por mi propia voluntad.
Una parte de mí sentía la necesidad de complacerlo, cumplir sus órdenes, sus deseos, como llevaba haciendo con todo el mundo toda mi vida.
No molestar, no rebatir, no provocar conflictos…
Pero quería hacerlo.
Así que salí corriendo.
Tan rápido como el poco impulso que pude darme me permitió, corrí por los pasillos más distancia de la que creía que lograría antes de que me alcanzara. La respiración me quemaba los pulmones por los nervios, la tensión, la adrenalina y el miedo a ser atrapada.
Vi por encima de mi hombro cómo Velkan, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se crujió el cuello a ambos lados y empezó a andar hacia mí. Ni siquiera se molestó en seguirme el ritmo. Cada vez que lo ojeaba, su figura se desdibujaba al fondo del pasillo.
Oscura, robusta y con un brillo en los ojos tan afilado como los colmillos que me mostró a conciencia, Velkan era una presencia que aterrorizaría a cualquiera.
Pero una presencia que estaba dejando atrás. Tanto que pude torcer una esquina hacia otro pasillo en el que perderle la pista.
Por un mísero instante creí que podía salvarme.
Aceleré las zancadas, los pulmones me ardían, las bocanadas de aire me rozaban el paladar, pero saqué fuerzas del pecho para gritar.
—¡Socorr…!
Antes de poder terminar de pronunciar la palabra, un cuerpo se abalanzó sobre mí, llevándome prácticamente en volandas contra la pared.
Una mano con olor a cuero me tapó la boca, ahogando las palabras y mi respiración contra la tela fría del guante.
Tenía tan cerca el rostro de Velkan que sentí cómo mis pupilas se cruzaron al mirarlo.
—No vale gritar, con lo bien que nos lo estábamos pasando… ¿Además de mentirosa también eres tramposa? Al final tendremos más cosas en común de las que pensaba.
La adrenalina me incitó a tomar otra mala decisión.
Le mordí la mano, cerciorándome de que hincaba bien los dientes, apretando la tela tan fuerte como pude.
Velkan rugió y apartó la mano.
—No vale gritar —le imité con retintín, todavía ahogada.
Sus ojos se abrieron furiosos y bajaron para observar el guante mordido. Su mano volvió a mi cara, esta vez para cogerme de las mejillas y obligarme a abrir la boca como un pez.
Se acercó aún más a mi rostro.
—Maldita inconsciente —bufó—. Ni se te ocurra tocarte los dientes con la lengua ni tragar saliva. Vamos a la habitación a que te laves la boca.
Quise reírme ante la inesperada reacción.
Me revolví intentando zafarme de su agarre.
—Tú no…
— Cállate.
Callé.
Velkan me pasó una mano por la cintura y otra bajo las piernas. Creo que mis pies tan solo levitaron del suelo por cinco segundos antes de encontrarme dentro de una habitación.
Nuestra habitación. Me arrastró hasta un baño más grande de lo esperado y me metió la boca bajo el grifo del lavamanos como a un perro que se ha comido una planta tóxica del jardín.
Notaba sus vaqueros contra la lumbar mientras apoyaba el pecho en mi espalda.
Con una mano me agarraba el pelo con firmeza a la vez que me metía un dedo enguantado de la otra en la boca para frotarme los dientes. Quería gritar, pero no podía.
En cuanto me soltó, tosí, con los ojos llenos de lágrimas y las mejillas ardiendo.