Capítulo 18
Velkan
O lga me arreó un manotazo sobre la palma que me hizo gruñir aún más.
—Estate quieto —murmuró pasando el dedo por la herida.
—Esa ya la has curado antes —refunfuñé entre dientes—. Que duela menos si lo haces tú no significa que no duela.
Hizo caso omiso a mis quejas y siguió deslizando sus arrugados dedos por cada uno de los cortes. Apreté los labios para contener las ganas de pedirle que lo hiciera con más ligereza porque sabía que la respuesta de Olga iba a ser un nuevo manotazo.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir guardando el tarro ese venenoso? —musitó—. Porque está ocupando espacio en el frigorífico.
—¿Lo has metido en la nevera?
—Claro, igual que con la sangre embotellada que bebe Milo. Pero si no la vais a hacer servir, la tiro a la basura, que tiene una pinta espantosa.
Me lo pensé unos segundos antes de responder.
—Por ahora guárdala, no sabemos cuándo la podremos necesitar.
Olga protestó con la mirada y yo apreté los labios ante el escozor.
—Estamos listos.
Miré hacia la puerta del salón para encontrarme con dos figuras que contemplaban con curiosidad el frasco que la mujer tenía entre las manos y que cerraba tras terminar de repasar el último corte.
Podía notar cómo el ungüento se filtraba en las heridas y empujaba la infección hacia la superficie, calmando mi piel.
Los ojos de Rina se abrieron mucho al observar cómo las hendiduras tomaban un tono más negruzco al expulsar la contaminación.
Tuve el diminuto impulso de esconder las manos para que ella no las viera en un estado tan desagradable.
Pero luego recordé que eso era precisamente lo que debía hacer, mostrarle mis partes más horribles para deleitarme con su reacción ante ellas.
Porque tras esos ojos que subieron a encontrarse con los míos, había un brillo extraño, casi adictivo, que me hacía querer buscarlo cada vez que me miraba.
Rina no mentía, todo yo y lo que simbolizaba le repugnaba.
Pero había algo más. Algo por lo que no dejaba de apretar el asa de su maleta con nerviosismo, miedo y… expectación.
—Subo a por mis cosas y nos vamos.
Lo notaba en su rostro, temeroso pero dispuesto.
En el ritmo frenético de sus latidos. Aunque cada vez eran más las ocasiones en las que Rina dejaba a su corazón descansar, mecer las pulsaciones como a un niño en su cuna, solo era capaz de ralentizarlo cuando dormía, sin saber que la observaba; cuando estaba sola y aburrida, sin saber que la escuchaba tras la puerta.
Había llegado a mantenerse bastante estable mientras trabajaba a pocos centímetros de Milo, pero en cuanto me veía llegar, en cuanto me sentía llegar, su órgano vital se aceleraba a un ritmo que cualquier otro podría confundir con desesperación, temor.
Sin embargo, yo había empezado a conocerla lo suficiente como para distinguir cuándo estaba asustada y cuándo anhelante.
El corazón de Rina no latía como el de una presa, sino como el de quien desea descubrir qué esconde la boca del lobo.
—No deberíamos tardar mucho en volver —me dirigí a Olga mientras bajaba mi maleta con una mano por las escaleras—. En caso de que necesitemos cualquier cosa, te lo haré saber, pero por lo demás puedes tomarte estos días libres. Con que mantengas la casa limpia será suficiente.
—Más te vale que no vuelvas con más heridas —masculló mientras se alejaba a pasos cortos hacia la cocina—. Ninguno de los dos.
—Sí, mamá —se cachondeó Milo, poniéndose una mano sobre el pecho y haciendo una discreta reverencia.
Olga no se despidió antes de dar un portazo; tampoco esperé que lo hiciera.
Nos dirigimos al coche, Rina siguiendo cada paso de Milo como si este le sirviese de escudo ante mi presencia. Curiosa forma de intentar protegerse de quien hacía apenas unos minutos había huido refugiándose en mí .
Estiré el cuello al recordar la inconveniente sensación de sus latidos retumbando contra mi caja torácica, como un tambor que me hacía vibrar cada hueso. En aquel momento tuve que apretar la mandíbula para alejarme de su coronilla y que su pelo no me hiciera cosquillas bajo el mentón.
Abrí el maletero del coche y Rina retrocedió un paso, repentinamente tensa. Me acerqué a robarle de las manos la maleta, que guardé junto a la mía y la de Milo.
Sonreí ante su inquietud.
—¿No quieres aprovechar los dos segundos que tardo en cerrar el maletero para intentar huir?
Rina miró a su alrededor, donde tan solo nos acompañaban la noche, los árboles, el bosque y el ulular de las aves nocturnas. La imagen de Rina corriendo entre los robles mientras yo la alcanzaba hizo que la poca sangre que había engullido en las últimas horas bajara a un lugar muy concreto.
—¿Para qué? ¿Para jugar a atraparme?
La miré, ladeando una sonrisa.
—Veo que no pensamos tan distinto.
Le guiñé un ojo y vi cómo su garganta se esforzó por tragar saliva antes de girar la cara hacia otra dirección, una en la que no pudiera leer nada en su rostro.
En cuanto Milo me vio bajar los ojos a la mano con la que pretendía abrir la puerta del copiloto, puso los suyos en blanco y la abrió, pero para dejar entrar a Rina.
—Sube, vas delante.
Rina estuvo a punto de replicar, pero optó por dedicarle una sonrisa burlona a Milo. Una suave y sutil, aunque lo suficientemente evidente para que yo sonriera y Milo elevara ambas cejas como advertencia.
Tan solo necesité veintitrés minutos en la carretera para darme cuenta de que llevarme a Rina con nosotros había sido un impulso nefasto.
A aquella humana de apariencia dulce e inocente le gustaba fingir no entender que las palabras «colaboración» y «muerte» iban de la mano si no se atenía a tareas tan sencillas como responder a mis preguntas sin mentir.
Tan atemorizada que parecía estar, luego no temía retarnos, como si buscara de manera inconsciente provocarnos, hacernos sacar con ella aquellas partes que tanto decía odiar.
La idea de poder presenciar el comportamiento de Rina fuera de aquellas cuatro paredes en las que me había visto forzado a retenerla me causaba una peculiar excitación que preferí no dejar entrever.
No por ella, sino por Milo, que cada vez estaba más interesado en mis acciones relacionadas con ella.
No entendía por qué, no tenía de qué preocuparse.
Pero Rina sí, específicamente del insistente compañero de trabajo que, una vez más, la llamaba preguntando por su salud para terminar pidiéndole algún favor.
No tenía tiempo para más imprevistos, pero, si era necesario, iría a empalar al tal Filip como un espantapájaros en su propio jardín si seguía molestándome de esa manera.
Mientras conducía, desvié la atención de la carretera para escuchar cada palabra que le dedicaba.
Milo también vigilaba sus movimientos. Sentado tras Rina, se sujetaba del reposacabezas de su asiento con ambas manos y se inclinaba hacia delante para quedar cerca de su cuello de forma amenazadora.
—Sí, estoy bien, Filip, recuperando la movilidad poco a poco.
—Con lo trabajadora que eres no me puedo imaginar lo aburrido que debe de estar siendo para ti. ¿Cómo está Aleshka? Tantos días cuidándote, a este paso se sacará la titulación de enfermera.
Noté la tensión de Rina en mis propios hombros. Forzó una risa. No me gustó.
—Sí, sí… Bueno, por suerte puedo teletrabajar y así estoy más… distraída. —Me miró de reojo.
—No pienses tanto en trabajar y descansa. Tómatelo como unas vacaciones.
Rina volvió a reír calculando cada carcajada.
—Ojalá. Si fueran vacaciones, no estaría en mi casa. —Le tembló el rabillo del ojo—. Me habría ido a algún lado con mis amigos, aunque sea a una ciudad cercana, como Olomouc.
Me puse recto. Milo apretó las manos en el asiento y yo lancé la mía hacia el muslo de Rina.
Ahogó un grito de susto cuando notó el contacto. Sus ojos bajaron a mis dedos, que le apretaban sobre el tejano con advertencia.
«¿A qué demonios estás jugando, Rina?».
—Hablando de vacaciones… ¿Te acuerdas de aquel cambio que te pedí? ¿Crees que para cuando se acerque la fecha ya estarás bien? —Carraspeó—. Justo que ya lo tenía todo reservado, sería una auténtica desgracia perder el viaje. Mi mujer tiene un disgusto encima por lo que te ha pasado…
Rebufé por no quitarle el móvil y lanzarlo por la ventana. ¿Por qué Rina se dejaba mangonear de esa manera? La molesta voz del hombre casi opaca el enfado que me había provocado ella.
—Bueno, sí, lo siento… Fracturarme el tobillo no entraba en mis planes.
Odié cada palabra que salió de su boca y aquella risita de incomodidad que brotó automática de sus labios.
—No vuelvas a pedirle perdón —sentencié esforzándome por bajar la voz para que el hombre no pudiera oírme, mi mano tensa sobre su muslo—. Cuélgale antes de que mande a alguien a su casa a comerse a sus hijas y dejarle las cabezas en el frutero.
—Yo creo que, si hablas con la encargada, puedes proponerle que…
Otra vez la voz de ese tío.
—Tengo que colgarte, Filip, lo sien… Hablamos otro día. ¡Gracias por llamar!
Milo le arrancó el teléfono y lo colgó por ella.
—Cómo no, tenías que mencionar Olomouc. ¿Eres estúpida o solo quieres morir antes de tiempo? —gruñó Milo.
Yo no retiré la mano de su muslo; al contrario, apreté con más ímpetu, subiendo un poco más hacia sus ingles.
—¿Sabes qué pasa por aquí? —le pregunté sin un ápice de diversión, deslizando aún más la mano hacia arriba y pellizcándole el interior del muslo—.
La arteria femoral. ¿Sabes qué ocurre si esa arteria sufre una herida profunda?
—Apreté con más fuerza—. Que en pocos minutos estarías muerta de una hemorragia.
—Rina se revolvió en el asiento cuando saqué los colmillos y me pasé la lengua por uno de ellos—.
Sería tan fácil para mí meter la cabeza entre tus suaves y débiles piernas. ¿Quieres morir desangrada, ternura?
Negó sin dejar de mirar mis colmillos con las pupilas dilatadas.
—Entonces, ¿a qué cojones estás jugando?
—Subí más la mano sin ejercer tanta presión, aunque pareció atemorizarla igual.
Temblaba tan dulcemente que me atreví a ascender un poco más—.
Voy a empezar a pensar que estás provocándome para que te muerda.
Porque no consigo encontrarle otra razón lógica a que decidas arriesgarte a morir cada vez que encuentras la oportunidad.
La solté. El calor que irradiaba su cuerpo sobre mi palma había empezado a distraerme demasiado.
Me revolví en el asiento, consciente del olor que había emanado Rina ante mi contacto y que ahora llenaba el coche con densidad. Miré a Milo por el retrovisor y elevó las cejas varias veces con burla. Él también se había dado cuenta.
Rina no respondió, tampoco la insté a hablar más.
El coche se mantuvo en silencio, ni siquiera atendió más llamadas aquella noche, las derivó todas a su compañero, de quien ignoró las dos siguientes llamadas.
Apreté la mandíbula y la miré de reojo.
—Necesito para mañana información de los lugares de Olomouc donde haya más movimientos nocturnos, o cualquier registro sospechoso. Los Neblíes todavía no han llegado, pero no significa que no haya ya por allí alguno de ellos.
Rina se agachó en silencio y sacó de la mochila que había dejado frente a sus pies el ordenador, una libreta que le había facilitado Olga y un boli.
—Creo que no hace falta aclarar que te estoy vigilando desde aquí atrás —murmuró Milo—. No hagas más gilipolleces por hoy.
Rina siguió sin hablar.
Ni siquiera se dignó a elevar la vista para mirarnos a ninguno de los dos. Me removí en el asiento. Sabía que notaba mis ojos clavados en ella por la forma en la que su corazón me advertía de lo nerviosa que estaba, pero actuaba como si nada.
¿Ahora era ella la cabreada? ¿Ella? No podía permitirse ese lujo. No obstante, lo dejé pasar; tampoco es que me importara que no hablara.
«Mejor así, menos molesta».
Suficiente tenía con oír el repiqueteo de Milo y los chasquidos de… ¿la rata?
—Milo —mascullé mirándolo por el retrovisor—. Dime que no te la has traído.
Milo apretó los labios en una fina línea. No necesitaba respuesta, con esa mirada tenía suficiente.
—¿Dónde la has metido? —gruñí—. Como me arañe la tapicería del coche nuevo, te vas tú con ella a las alcantarillas.
Rina se tensó y frunció el ceño, confusa.
Observé por el retrovisor cómo Milo sonreía con todos los dientes y se sacaba con lentitud del hondo bolsillo de la chaqueta una criatura pequeña, peluda y con bigotes largos.
—No podía dejar a Ratputín sola tanto tiempo.
Volví a escuchar a Rina con un grito.