Capítulo 17
Rina
–C entral de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenas noches, ternura. Pásame a Milo, si eres tan amable.
Parpadeé tan sorprendida como exasperada. Milo, sentado a mi lado vigilando cada uno de mis movimientos —como llevaba haciendo todas las noches desde que ese sótano se había convertido en mi habitación—, se inclinó hacia mi cuello. Me tensé cuando habló cerca de los auriculares.
—¿Qué ocurre?
—¿No tienes un teléfono móvil como cualquier persona o… criatura normal para llamar a Milo directamente en lugar de hacerlo por aquí?
—¿Quién no tiene un móvil? —Era como si pudiera oír su sonrisa afilada—. Pero sabes que me encanta escuchar esa voz tan dulce que tienes.
—¿Qué quieres? —Tecleé con rapidez en busca del expediente de Velkan. Milo observaba el puntero de la pantalla como un gato un láser—. Facilítame el nombre y localización de la víctima a la que le has robado el teléfono.
—No hay víctimas esta noche, no he tenido tiempo de tomarme un tentempié.
—Su tono era demasiado serio para lo chistoso que me parecía oír de su boca la palabra «tentempié».
Tuve que recordarme que no hablaba de comida, sino de humanos—.
Se lo he robado a un cualquiera, me desharé del teléfono en cuanto me despida de ti.
Ahora dile a Milo que se prepare, pasaremos unas noches fuera.
—¿Unas noches fuera? —Fruncí el ceño—. ¿Y qué pretendéis hacer conmigo? ¿Dejarme aquí sola?
La risa de Velkan fue tan sonora que habría sido capaz de contagiársela a cualquiera.
A cualquiera que no tuviera encerrada en un sótano.
—¿Ahora te interesa nuestra compañía? Qué novedoso —murmuró en un tono que me obligó a aclararme la garganta, como si eso lograra que la suya no acariciase las palabras con carnalidad al hablar—.
Por mucho que me divierta pasar las noches contigo, ternura, tenemos asuntos importantes que atender.
Pero no te preocupes, no te quedarás sola.
Aparte de tener a Olga a tu disposición, hablaremos con unos lacayos más para que cuiden de ti.
—Meditó unos instantes y supe que estaría con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados—. Lacayas; mejor que todas sean mujeres.
Milo asintió como si aquellas palabras hubieran sido una orden directa.
Yo lo miré con desagrado. Negué, no supe muy bien el porqué. Realmente podía aprovechar la oportunidad. Las noches sin ellos serían un escenario mucho más seguro para tratar de escapar de allí o conseguir ponerme en contacto con el exterior para que mandaran a la guardia a rescatarme.
Pero la idea de que me dejaran sola en un sótano mugriento de forma indefinida me resultaba demasiado angustiosa.
¿Y si no volvían? ¿Y si alguien entraba en la casa aprovechando su ausencia?
Velkan me había advertido que estaban en guerra con criaturas mucho peores que ellos, por las que desearía tenerlo cerca para su protección.
—No, no y no —espeté. Mi rodilla chocó contra la mesa del rebote que pillé—. No me vais a dejar sola con un puñado de desconocidas mientras vosotros os largáis a… ¿A dónde os vais?
—Sí, a ti te lo voy a decir para que lo apuntes ahí en tus documentitos. —Volvió a reír. Me rasqué los muslos para librarme del picor que me provocaban sus carcajadas—. Milo, pídele a Olga que llame a…
—No.
Colgué la llamada.
Fingí que no notaba la mirada perpleja de Milo clavada en mi mejilla. Apreté los labios, evitando que de mi boca saliera un suspiro de tensión, temor o peor: una carcajada.
—¿Acabas de colgarle a Velkan?
Mis labios vibraron, incapaces de contener la leve risa que me cosquilleó la lengua. Los apreté aún más, enarcando las cejas con pesar. No quería reírme, no me encontraba en una situación graciosa…
—Se ha cortado.
Una carcajada retenida me raspó la garganta.
Negué, inhalando y exhalando por la nariz a conciencia. En aquel momento ya debía de tener las mejillas rojas y la vena del cuello tensa, igual que le ocurría a mi madre cuando le daba un ataque de risa.
Miré de reojo a Milo.
Sus ojos estaban clavados en la vena de mi cuello y los colmillos expuestos le punzaban el labio inferior.
—Si actuara contigo con la misma impulsividad con la que actúas tú con nosotros, en este instante estaría lamiéndote la sangre directa de esa vena —murmuró en un tono sombrío, sin dejar de mirar la tensión en mis clavículas—.
Piensa antes de ponerte en riesgo, ratoncita.
Porque Velkan tiene paciencia, pero poco autocontrol.
—Por fin sus ojos se elevaron, clavándose en los míos—. Y yo no tengo ninguna de las dos cosas.
Grité al mismo tiempo que me levantaba de la silla y me dirigí a la puerta corriendo. Una enorme bocanada de aire me inundó los pulmones al poder abrirla. El mismo aire que bloqueó mis latidos cuando me estampé contra un pecho duro y frío.
Supe que no tendría escapatoria y mi instinto de supervivencia me llevó a hacer una de las mayores estupideces de mi vida: me agarré a su cazadora y me pegué a su cuerpo, como si pudiera hacer de este un refugio.
—Velkan.
Su nombre pareció ahogarme, llenándome la boca como una exhalación de socorro.
Estúpida de mí, sonaba aliviada por que Velkan hubiera aparecido…
Pero es que, en cierta manera, lo estaba, como si aquella criatura en la que me refugiaba no fuese igual o más peligrosa que la que trataba de darme caza.
Velkan se quedó en silencio, no se movió.
Dejé de oír los pasos de Milo tras de mí, o puede que mis latidos retumbaran tan fuerte que no lograba escuchar nada más a mi alrededor.
Tan solo mis pulsaciones… ¿O eran las de Velkan?
Mi mejilla estaba tan adherida a su pecho que no sabía si los latidos que me taladraban el tímpano eran los míos o los suyos.
Los vampiros tenían pulso, aunque este era mucho más débil en comparación con el de los humanos. Su corazón latía lo justo para hacer funcionar su organismo, para repartir esa sangre robada de otros cuerpos y alimentar el suyo.
Pero en aquel momento habría jurado sentir a través de él un ritmo mucho más acelerado del que tenía entendido que caracterizaba a los vamp…
Velkan.
Estaba abrazada al maldito Velkan .
Me aparté de él con lentitud, como si así no pudiera darse cuenta de que llevaba los últimos segundos pegada a su pecho. Me atreví a mirarlo para encontrarme con unos ojos que me escrutaban el rostro.
—¿Me has colgado la llamada?
Espiré aliviada en parte ante la poca atención que le había puesto a mi inconsciente arrebato, que, sin duda alguna, tenía claro que jamás repetiría.
Su cuerpo era frío, lo noté sobre todo al separarme de él, y tuve que contener las ganas de rodearme el pecho con los brazos para reprimir el escalofrío que había dejado su rastro sobre mí.
Carraspeé.
—Se ha cortado.
Velkan elevó las cejas.
—¿Me has colgado la puta llamada?
Era terroríficamente atractivo cuando estaba enfadado.
—Sí.
«¡Joder!».
No soportaba que utilizara ese puñetero control mental sobre mí. ¡Maldito tramposo! Bufé, frustrada, girándole la cara por completo y evitando que mis ojos se encontraran con los de Milo. Me crucé de brazos, no quería dirigir mi atención a ninguno de los dos.
Pero se me hizo enormemente difícil cuando sentía cada paso de Velkan aproximándose. Si la ira tuviera un olor, ese sería el de Velkan. Cuero, sándalo, almizcle. Noté cómo su mano se elevaba, recogiéndome el mentón con los dedos y obligándome con una fría suavidad a mirarlo de nuevo.
—Otra vez no —susurré con el corazón acelerado—. No utilices el dominio contra mí.
Velkan bajó la vista a mis labios mientras exhalaba cada una de las palabras.
—No me mientas y no tendré que hacerlo. Pero, como eres una embustera de la que no me puedo fiar, no me queda otra. ¿Volverás a mentir?
«Probablemente».
—No.
Puso los ojos en blanco.
— ¿Volverás a mentirme?
—Puede.
Sonreí como una imbécil antes de recuperar el control de mi voluntad y volver a mirarlo con furia.
—¿Ves? No puedo esperar sinceridad de ti.
—Esta vez, la sonrisa apareció en sus labios—.
La otra opción que te propongo es dominarte para que siempre me digas lo que estás pensando con franqueza.
—Bajó la voz cerca de mi oreja, aunque sabía que Milo seguiría oyéndonos—.
Pero no creo que quieras que haga eso, ¿verdad?
Te esfuerzas demasiado en ocultar lo que tu lado más puro desea dejar salir.
Quise apartarme, pero la presión de sus dedos sobre mi mentón era firme. Me elevó el rostro un poco más y me quedé quieta cuando sus labios no temblaron al aproximarse a los míos.
Si exhalaba por la boca, Velkan se bebería mi respiración.
No quería que eso ocurriera, compartir con él nada más de lo necesario.
No quería entregarle nada mío, ni siquiera mi aliento agitado o mis pulsaciones desenfrenadas a medida que sus ojos besaban cada centímetro de mi rostro con una cercanía que me revolvía el estómago.
—Me das ganas de vomitar.
Ladeó la cabeza con un puchero fingido de pesar.
— ¿Te doy ganas de vomitar?
—Sí.
Condenado monstruo, no esperaba esa respuesta. Pude verlo en sus ojos .
—Ah, ¿sí? — Me miraba a la boca con odio—. ¿Y de qué más tienes ganas al verme?
— Velkan. —Milo—. Deja de perder el tiempo en tonterías.
La siguiente inhalación tuve que hacerla por la boca, como si hasta aquel momento hubiera estado ahogándome, aguantando la respiración. Velkan permitió que me apartara, sosteniendo su mano en el aire unos instantes antes de dejarla caer al costado sin parar de clavarme una mirada iracunda.
No me atreví a sonreír por miedo a que volviera a preguntarme, a intentar desnudar cada capa con la que me protegía. Pero una leve excitación ante la posibilidad de haberlo cabreado se instauró en mi pecho.
Cálida, peligrosa, con ansias de más.
«¿Y de qué más tienes ganas al verme?».
Las ganas de sonreír se disiparon al recordar su pregunta y la horrible respuesta que podría haberle dado si Milo no nos hubiera parado a tiempo.
«Estoy tan enferma como mi madre».
—Nos vamos —sentenció Velkan. Aunque sus ojos seguían sobre mí, sabía que iba dirigido a Milo—. Mañana los Neblíes estarán en Olomouc, así que debemos irnos antes de que amanezca para esperarlos allí, así tendremos ventaja.
Olomouc.
Acababa de delatarme hacia dónde se dirigían. Dónde se encontrarían mañana. Empecé a pensar en las posibles estrategias que podía llevar a cabo para enviar una incidencia que los condujera hacia ellos.
—¿Cómo lo sabes? —Milo puso cara de desagrado—. ¿Te lo ha dicho ella?
—¿Ella?
No sé qué le divirtió a Velkan de mi pregunta, pero se relamió el labio y asintió con suavidad varias veces sin apartar sus insufribles y gélidos ojos de mí.
—Tengo unos asuntos que solucionar con Olga. —Se metió las manos en los bolsillos. Por fin me liberó de su mirada, para lanzarla hacia Milo—. Os quiero a los dos en quince minutos en el salón. Coge tus cosas y luego baja a por ella.
—¿A por mí?
Alterné la mirada entre un Velkan que no parecía bromear y un Milo igual de extrañado que yo.
—Ni de puta broma se viene con nosotros. ¡Le acabo de instalar el televisor! —espetó este—. Solo va a ser una molestia.
Abrí la boca con indignación, pero una sensación mucho más agradable me había inundado el pecho. Volví a cruzarme de brazos como si temiera que alguno de ellos pudiera verla, notarla u olerla.
Sentía nervios, expectación y un hormigueo que me trepó por las mejillas. No sonreí, aun con ganas de hacerlo. Estaba siendo irracional, imprudente y estúpida.
La parte más sensata de mí me gritaba que no me dejara nublar por la excitación, que estaba andando sobre una cuerda muy fina de la que podía caer hacia el peligro, el riesgo, la oscuridad.
Que aquello que parecía ronronear en mi interior con gusto era precisamente lo que debía evitar, la monstruosidad a la que no debía sucumbir.
Pero los latidos de mi corazón no me permitían oírla. En cierto modo, tampoco quería hacerlo, aun cuando Velkan volvió a ponerse tan cerca que pude ver cómo le brillaban los colmillos.
—Voy a darte verdaderos motivos para que te resulte vomitivo mirarme a la cara.