Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Velkan

E l pueblo de Kutná Hora se encontraba a poco más de una hora de la ciudad.

Durante el trayecto en coche no dejé de prestar atención a todo lo que se movía a mi alrededor: peatones esporádicos, otros vehículos o cualquier cosa entre los campos más cercanos que pudiera indicarme que los Hijos de Alastor me estaban siguiendo.

No quería llevar acompañantes para mi cita de aquella noche, me dirigía a un lugar que cualquiera en su sano juicio preferiría evitar pisar. Ver, oler, sentir .

La Iglesia de Todos los Santos se encontraba en el interior del pequeño cementerio. Con el aire helado de la noche endureciéndome los huesos, crucé el lugar con cautela, haciendo mis pisadas tan silenciosas como las lápidas que sorteaba para no perturbar a los que descansaban en paz bajo la tierra.

Por supuesto que no me asustó el graznido del cuervo ni los crujidos de las ramas a mi alrededor.

La iglesia frente a mí, pequeña y austera, nada tenía que ver con la brutalidad que ocultaba en su interior. Más bien, bajo su suelo.

Descendí las escaleras, adentrándome en la misma oscuridad que engullía cualquier resquicio de luz.

Había dudado de si tocar la puerta de madera húmeda antes de abrirla.

Pero sabía que la criatura que estaba a punto de visitar era consciente de mi presencia incluso antes de adentrarme en suelo santo.

Las paredes de aquel lugar parecían absorber cada una de mis respiraciones como si pudiera alimentarse de estas. Un ambiente frío, oscuro y húmedo que quedaba iluminado tan solo por las titilantes velas… y los candelabros hechos de huesos humanos.

Cráneos, costillas, mandíbulas, tibias. Cientos de huesos adornaban la cripta.

En cada una de las esquinas, cuatro torres de calaveras y fémures se elevaban observándome sin ojos; en sus respectivas cimas, las réplicas de la corona imperial.

Una decoración grotesca y bastante excesiva para mi gusto.

La tumba de las víctimas de la peste que ahora formaban parte de aquella esperpéntica decoración.

Pero no era a los muertos a quienes debía temer ahí.

Avancé un par de pasos en dirección a las cuatro columnas en el centro de la sala, que custodiaban la puerta en el suelo hacia la catacumba donde descansaban los cuerpos de algunos reyes o señores feudales que prefirieron resguardar sus huesos en la zona más exclusiva de la capilla.

Miré a mi derecha e inhalé con expectación.

—Tan discreta como siempre —murmuré.

Custodiada por dos de las pirámides de calaveras, frente a un cristo crucificado, una figura me daba la espalda. Ocultaba su rostro bajo un oscuro manto, a través del que susurraba palabras que no lograba comprender.

—Espero que no estés maldiciéndome, Morana.

Su nombre la hizo girarse con una velocidad escalofriante. Sus ornamentos, pendientes y collares tintinearon con cada uno de sus movimientos. Agradecía aquel velo que le ocultaba el rostro, aunque eso hacía su apariencia aún más inquietante.

—Ssssssssssangre corrupta… —siseó como una serpiente.

Su cuello crujió dos veces al inclinar la cabeza para observarme. Sus piernas, huesudas y aparentemente débiles, temblaron al incorporarse y acercarse a mí. Los dedos de los pies le chasqueaban al andar y podía distinguir bajo aquel vestido las costillas clavándose como cuchillos en el corsé.

Todas las veces que había acudido a ella —que, por suerte, habían sido pocas—, llevaba el mismo atuendo. Por lo visto, no le gustaba innovar. La falda que arrastraba acumulaba más mugre que las uñas de cualquier Hijo de Morton.

Me eché un paso hacia atrás cuando se aproximó, acercándose demasiado rápido.

Ella gruñó y gritó como una persona que se está ahogando con su propia saliva al cogerme una de las manos y arrancarme un guante.

Tuve que contenerme para no deshacerme del agarre de un tirón mientras notaba su aliento sobre la palma, que se puso asquerosamente cerca del rostro; tanto que no parecía temer que su nariz aguileña tras el velo estuviera a escasos milímetros de rozar algunos de los cortes más infectados y dolorosos.

—Ya estás maldito.

—Morana —repetí su nombre con ímpetu, tratando de desviar el foco de atención de mis manos—. ¿Les has otorgado a los humanos mi nombre?

Me soltó la mano y se apartó el velo de la boca para escupir baba negra en el suelo. Apreté los labios, aguantando las ganas de fruncirlos con asco. Aquella mujer debía de notar tierra por su garganta cada vez que tragaba saliva.

—Tu nombre no ha sido pronunciado —mintió con una sonrisa que amplió con lentitud mientras se alejaba de nuevo hacia la capilla—. ¡No eres bienvenido en suelo santo! —chilló con furia de golpe—. ¡Los Hijos de Lilith no sois bienvenidos aquí! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

No reculé, por mucho que me gritara y que su sucia saliva me manchara el pecho de la camisa. Por mucho que mi parte racional quisiera retroceder un paso para tener espacio y reventarle las costillas al arrancarle el corazón.

Puede que no fuera la más razonable, pero sí la que no soportaba a aquella criatura. La que no aguantaba que le exigieran, gritaran u ordenaran.

En lugar de escupirle de vuelta y elevarla por el cuello hasta dejarla sin respiración, me mantuve impasible ante sus alaridos.

—Encarnación de la enfermedad y la muerte, deidad de las hechiceras… Creo que tú tampoco eres bien recibida en las iglesias, Morana —susurré con toda la calma que me podía permitir—. Pero míranos, aquí estamos los dos.

No era una divinidad lo que tenía gritando como una lunática frente a mí.

Porque, de haberlo sido, sería una deidad bastante lamentable.

La mujer huesuda que pareció calmarse ante mis palabras tan solo era una de sus personificaciones sobre la Tierra, si bien una de las más volátiles.

Al parecer, las más perturbadas eran también la más cercanas a la fuente divina.

Todas ellas eran Morana.

Pero ninguna lo era del todo.

—Ssssssssangre corrupta.

Ya estábamos otra vez. La observé con cautela, ladeando la cabeza.

—¿Por eso me has llamado? ¿Sabías lo de la sangre?

—Ssssssssangre corrupta.

Elevé la mano, ofreciéndosela para que la contemplara de nuevo tanto como deseara.

—Aquí la tienes, puedes comprobar por ti misma lo que hace ese fluido ponzoñoso.

Morana rio de forma grotesca. Sus dedos huesudos se sujetaron el pecho antes de cortar la carcajada de sopetón, como si se ahogara. No desapareció su sonrisa tras el velo al responderme.

—¿Crees que no sé lo que provoca, sanguijuela? ¿Crees que no lo he saboreado?

Se levantó el velo casi por completo para que pudiera ver cómo se pasaba la lengua por los dientes. Los labios secos y cortados estaban pintados de un fluido negro…

«¿Se ha comido a uno de esos vampiros?».

—Qué puto asco.

Abrió mucho los ojos y la boca y dejó caer la cabeza hacia un lado como si colgara de una soga.

—¿Por qué has reportado los incidentes a los humanos con mi nombre? Sé que has sido tú.

Morana hizo un puchero, pero con esas cuencas hundidas, pómulos secos y ojos blanquecinos no podría dar lástima de ninguna manera, solo repulsión.

—Morana no está contenta, no. —Negó repetidamente con brusquedad, dando vueltas por la cripta—. Esperaba más de ti, sí, esperaba que tú pusieras fin. Pero la has perdido, la has perdido y pronto será tarde…

Me apunté el pecho con el dedo índice, completamente pasmado.

—¿Que Morana esperaba algo de mí? —Sacudí la cabeza—. ¿De qué estás hablando?

—Muchas preguntas, Morana no está aquí para responder. ¡Yo tampoco!

Se acercó a mí de nuevo, me cogió las manos y las cerró en un puño.

—Huele a sangre corrupta en Olomouc, pronto en Olomouc.

Me tensé.

—¿Están en Olomouc?

Negó.

—Pronto en Olomouc. ¡Correr! ¡Correr! ¡Correr!

—Se apartó de mí para volver a dar vueltas mientras vociferaba—.

¡Correr a Olomouc! ¡Correr! —Abrí el puño y me sobresalté al encontrar un frasco sobre la palma—.

¡Morana! ¡Morana! —Juraría que no había notado absolutamente nada encima de mi mano al cerrarla, pero con esos berridos no pensaba quedarme más tiempo allí para averiguar cómo lo había hecho.

—Tu infección es lenta porque tu poder es fuerte. —Miró mis heridas y se relamió—. Criatura condenada, eres peor que cualquier veneno.

—Gracias, bonita, eres todo un encanto.

Moví el líquido del interior del frasco; incluso en aquella oscuridad su brillo era cristalino, como si de un diamante líquido se tratase.

—¿Esto es para mis heridas?

Asintió con semblante serio.

—Quema, pero cura. Manos vivas sanan.

Tomó el frasco entre sus manos, lo abrió y dejó caer una gota sobre mi muñeca. El ardor fue indescriptible, tal que saqué los colmillos y le gruñí como una bestia.

—¡Me cago en la puta! ¡¿Qué me has echado?!

Morana volvió a reír.

Sin duda ella se lo estaba pasando mucho mejor que yo.

—Manos. Vivas. Sanan —repitió como si aquellas palabras fueran estúpidamente evidentes.

Esta vez, antes de derramar el líquido sobre mi piel, dejó caer un par de gotas en la yema de sus dedos. No oculté el claro horror que me provocó ver cómo acercaba las sucias manos a mis heridas, que ya estaban lo suficientemente infectadas como para que…

Casi no me dolió. Casi .

El contacto del líquido sobre mi piel irritada se convirtió en un leve escozor mucho más soportable que la quemazón anterior, que parecía haberme abrasado la piel con crueldad.

—Manos vivas sanan sin dolor —murmuró con repentina suavidad mientras volvía a poner una gota más sobre su yema. Me quitó el otro guante y terminó de repasarme todos los cortes de las palmas.

Gruñí ante el excesivo contacto de sus manos, aunque me estuvieran curando. No estaba acostumbrado a que me toquetearan tanto sin yo permitirlo, sin ordenarlo y mucho menos sin desearlo. Pero observé complacido cómo la sangre burbujeaba, como si mi organismo empezara a escupirla.

«Manos vivas sanan». Supe que no hablaba de las mías, ni de las de Milo o cualquier otro Hijo de Lilith. Gruñí de nuevo, esta vez incómodo ante el primer rostro que había aparecido en mi mente al pensar en las manos que necesitaba que me curaran.

Manos vivas, humanas.

—Gracias —suspiré, sacudiendo la cabeza.

«Olga, puede hacerlo Olga».

Morana volvió a dejar el bote entre mis manos y las apretó con ímpetu.

—¡Fuera! —me gritó en la oreja, y yo salté sorprendido—. ¡No eres bienvenido en suelo santo! ¡Sanguijuela! ¡Demonio!

Fruncí los labios aguantando la sonrisa que se me escapaba, igual que la risa que expulsé por la nariz.

—Sí, sí, entendido. —Elevé los brazos como si fuera una atracadora con una pistola—. ¡Me voy! Pero deja de gritar tanto, pesadilla.

Sin duda aquella cita había sido mucho más agradable y placentera de lo que me esperaba, teniendo en cuenta que la última vez tuve que sacarme un fémur de la tráquea cuando Morana decidió clavármelo al rechazarle un beso.

Pero que en esta velada no hubiera intentado abusar de mí o matarme no significaba que sintiera buen sabor de boca al alejarme hacia la puerta.

Las brujas nada hacían por buena voluntad; mucho menos una Morana.

Sacudí la cabeza y la miré por encima del hombro, deteniéndome a escasos centímetros de la salida. Sabiendo que aquel simple gesto podía detonarla de nuevo.

—¿Por qué Morana querría ayudarme?

Sonrió por última vez con todos los dientes.

—Morana no está aquí para responder preguntas.