Capítulo 15
Rina
M ilo estaba peleándose con el mando.
Habían decidido instalarme un televisor y me asaltaron los primeros síntomas cercanos al síndrome de Estocolmo cuando por poco le agradecí el detalle.
Pero no lo hice porque no era un detalle, tan solo un intento de mantenerme callada durante el día, distraída.
Ese televisor era como la rueda de plástico que se le pone a los hámsteres en las jaulas diminutas donde los tienen atrapados.
—¿Qué canal quieres? —musitó dando un golpe con el mando contra la mesa y cerrando la tapa de las pilas de mala manera.
—Estoy trabajando, no voy a ver la tele.
—Pues yo sí, es todo un coñazo vigilarte.
Estaba sentado junto a mí, dándome casi por completo la espalda. Sus ojos siempre estaban pendientes de mi pantalla, aun cuando fingía que no le prestaba atención; la vigilancia de Milo no flaqueaba.
—Puedes irte, no estás obligado a estar aquí.
Me dedicó una mueca maliciosa.
—Tú sí.
Puse los ojos en blanco y me dispuse a fingir que estaba realmente ocupada renovando y actualizando registros, expedientes e incidencias insulsas que tenía pendientes de archivar.
Había llegado el informe semanal. Lo había leído por encima, lo suficiente como para descubrir que uno de los últimos registros podía serles útil, pero por el momento me lo guardé para mí. No lo compartiría hasta que yo recibiera más información por parte de ellos.
No era tonta, por mucho que lo creyeran. No iba a dejarme embaucar por la absurda idea de que me liberaran tan fácilmente. Tenía que jugar muy bien mis cartas y, en aquellos momentos, mi única carta era la información.
Cada vez que Milo se inclinaba hacia delante, el tatuaje de la nuca le sobresalía por el cuello de la camiseta.
Aun sabiendo que los vampiros aguantan las sensaciones térmicas mucho mejor que los humanos, no entendía cómo podía estar en ese sótano siempre tan descamisado.
La camiseta de tirantes blanca y su pelo rubio cenizo contrastaban con la tinta que garabateaba su cuerpo.
—¿Tienen significado?
Me miró de nuevo por encima del hombro, esta vez con una ceja enarcada.
—Los tatuajes —aclaré—. ¿Tienen significado?
—Depende de por cuál de ellos me preguntes.
Le señalé el brazo izquierdo, justo sobre las letras curvadas que tenía entre la hendidura del hombro y el bíceps.
—¿Son letras griegas?
Asintió sin mirar a donde se dirigía mi dedo. Entrecerré los ojos para intentar descifrar aquella frase tontamente, como si entendiera el alfabeto griego.
«Ἡ ἐμὴ θεά, βασίλεια καὶ δέσποινα».
—¿Por qué en griego?
Se giró para dejarme ver mejor el brazo. Posó un dedo sobre la primera letra y lo fue deslizando por las demás.
—El griego era uno de los idiomas principales en Egipto, cuando se fundó la ciudad de Alejandría.
Esperé unos segundos a que terminara de contar el motivo, pero se quedó callado… y a mí la bilis se me subió a la garganta cuando entendí que ya me lo había dado.
—La ciudad de Alejandría se fundó hace milenios… —Me eché hacia atrás, apartándome—. ¿Cuántos años tienes, Milo? —La pregunta se escapó de mis labios como un suspiro—. ¿Y Velkan?
Tardó en contestar, su rostro no ofrecía ningún tipo de pista que calmara el repentino malestar que me removía el estómago.
—Tenemos unos cuantos.
No respondí; en su lugar, tragué saliva.
—¿Y qué… significa ese tatuaje?
Volvió a acercarse a mí, mientras repasaba con el dedo índice la piel tintada. El semblante de Milo se endureció y carraspeó antes de empezar a leer.
—Degustaré cada gota de sangre virgen, incluso la de Rina la preguntona.
Sacó los colmillos y yo grité.
Me alejé de él con tanto impulso que mi silla se fue hacia atrás y estuve a punto de caer de espaldas contra el suelo, pero la sujetó a tiempo.
—¡Gilipollas! —No me contuve a pegarle en el hombro mientras él se deshacía en carcajadas—. ¡No me ha hecho gracia!
Milo soltó mi silla para frotarse la cara conforme su risa se ralentizaba. Me miró verdaderamente divertido y las comisuras de mis labios se elevaron con sutileza. Negué, conteniendo el absurdo alivio que sentía.
Me equivocaba: Milo sí sabía sonreír, e incluso le favorecía hacerlo. Aunque sus facciones, en lugar de suavizarse, parecían adquirir un aire más malvado.
Recordé la sonrisa de Velkan, la forma en la que la ladeaba. Ladeé la mía por inercia, como quien mira su reflejo en un estanque.
—No me ha hecho gracia —repetí con más calma—. Te lo preguntaba en serio.
Apoyó ambas manos en sus muslos y me miró con unos ojos océano profundo que erizaban la piel, aun estando acompañados de la sonrisa que desapareció en cuestión de segundos.
—No estoy aquí para tu entretenimiento, para eso Velkan me ha hecho instalarte esta maldita tele. —La señaló con el mando—. Tengo suficiente con tener que oírte, no me hagas hablarte más de lo necesario.
Puse los ojos en blanco y me crucé de brazos, con un pinchazo doloroso en la boca del estómago. Devolví la mirada al ordenador y me coloqué los auriculares fingiendo que algo no me quemaba entre las costillas.
—No soy virgen —murmuré con la boca pequeña. Noté la atención de Milo sobre mi mejilla, aunque no lo miré de vuelta—. No seré un viejo medieval como tú, pero tampoco una cría inocente a la que puedas intimidar con esos temas.
Milo giró el cuerpo por completo hacia mí. Ladeó la cabeza con los ojos muy abiertos y no supe si estaba divertido o cabreado.
—Eres una bocazas, ¿lo sabías? —Se paseó la lengua por el labio inferior, asomando la punta de los colmillos—.
Sé que no eres virgen porque la posibilidad de que Velkan o yo juguemos contigo no parece atemorizarte tanto como debería.
—Arrugó la nariz como si la idea de tocarme fuera lo más desagradable que podía ocurrir—.
Pero sí tienes sangre virgen, sangre que todavía no ha sido degustada.
Tu olor se ha instaurado en toda la casa.
Hasta un vampiro recién nacido se habría dado cuenta.
Por supuesto que nadie había probado mi sangre, y así seguiría siendo hasta que alguno de ellos, o de los suyos, me obligara a sucumbir a su sed, cosa que deseaba que jamás ocurriera. Que nunca me viese en la posición de tener que saciar a una de esas bestias.
Aflojé los nudillos al darme cuenta de que estaba agarrada al asiento de la silla con tanta fuerza que la hice crujir.
—¿Acaso me equivoco?
Me retiré aún más, apoyándome sobre el respaldo y haciendo tambalear de nuevo la silla.
—Eres asqueroso.
Las aletas de su nariz se ensancharon al inhalar con profundidad.
—¿Sabes qué? Hoy me tienes harto, vamos a hacer que esa sucia boca tuya recuerde que ha de hablarme con respeto. —Sacó los colmillos por completo—. Hace mucho que no bebo sangre virgen y estoy cansado de tu puto olor.
Milo me agarró del cuello y grité tanto que me ardió la garganta.
No me dio tiempo a apartármelo de encima antes de que la imagen de la espalda de Velkan separándonos ocupara todo mi campo de visión, ocultando a Milo.
—¿Así haces tú de niñera?
Me toqué el cuello donde aún creía tener los dedos de Milo rodeándome. No me dolía.
Oí cómo Milo se levantaba de su silla rebufando y me tensé al ver su figura de nuevo, separándose de la de Velkan.
—Si tú no la quieres tener dominada, ya la tendré yo asustada para que se comporte. —Me miró y señaló con brusquedad—. Me ha llamado viejo medieval y asqueroso.
—No ha dicho ninguna mentira.
Reí ligeramente por la nariz.
Los dos giraron el cuello con rapidez, clavándome los ojos.
Tan solo había sido un suspiro divertido.
Nada más. Pero ambos parecieron sorprenderse ante mi reacción, en especial Velkan.
Me observaba con intriga, como si esperara oír algo de nuevo.
Fruncí los labios y volví la mirada al ordenador recolocándome los auriculares, que se me habían movido por el forcejeo con Milo.
Noté los pasos de Velkan tras de mí.
Cuando sus manos se apoyaron en la silla me esforcé por no erguirme, por mantenerme serena mientras percibía cómo se inclinaba sobre mí, acercando su cuerpo hasta que su pelvis chocó con el respaldo. Era lo único que lo separaba de mi espalda, y eso me hizo tensarme todavía más.
Sabía que el calor que se derretía por mi columna no podía ser fruto de aquella cercanía porque Velkan en ese momento era todo frialdad. No emanaba calidez alguna.
—¿Tienes algo interesante que darme, ternura?
—Todavía nada. —Carraspeé—. La noche está tranquila por el momento, pocas llamadas.
—¿Has cenado ya?
—Sí.
Cada centímetro de mi piel se tensó al notar cómo tomaba uno de mis mechones, acariciándolo como si nada. Como si aquel contacto no invadiera mi espacio personal, no sobrepasara los límites físicos que debería haber entre nosotros.
Ahogué un grito cuando me agarró con firmeza del pelo y tiró de él, obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Rozando su abdomen, la mirada de Velkan me escrutaba desde arriba, temible e iracunda.
— ¿Me estás mintiendo?
Volvió a darme un dulce tirón de reprimenda. Me gustó un poco. Un suspiro escapó de mis labios.
—Sí.
Negó, chasqueando varias veces la lengua. Observé su boca mientras el sonido se clavaba en la mía. Quise imitarlo, pero tenía la lengua muy blanda.
«¿Cómo será la suya?».
—No tiene ningún tipo de instinto de supervivencia —escupió Milo.
Los ojos de Velkan continuaban sobre mí. Tuve que removerme en la silla para aliviar la sensación arenosa que su mirada me provocaba. Negaba con la cabeza, yo le seguía… Era como si su mentón cortara el aire…
— ¿Qué información me estás ocultando?
—Ha llegado el informe semanal. —«Sí, el informe, Velkan»—.
Uno de los reportes recoge un atentado en Kutná Hora bastante sospechoso, reportado por una mujer que no ha querido identificarse.
—«Velkan. Velkan. Velkan»—. No obstante, ha declarado que eran cosa tuya, Velkan.
—¿Su nombre era un gemido? No, no podía sonar así—.
Velkan, Hijo de Khaivel. Pero eso es mentira, porque me habrías llamado tú mismo para que enviara al servicio de limpieza.
Me soltó con brusquedad.
Se separó de mí como si quemara.
Me recompuse, mirando de nuevo la pantalla, intentando entender qué narices había…
—¡No utilices el dominio sobre mí! —Me giré para mirarlo, agarrándome del respaldo de la silla.
—Tienes suerte de que lo que no utiliza sobre ti son los colmillos —bufó Milo, mostrándome los suyos—. Maldita mentirosa. ¿Tantas ganas tienes de morir?
Ignoré la pregunta de Milo, pues lo que prometían las pupilas de Velkan me alarmó mucho más. No parecía enfadado y eso hacía de su rostro impasible algo mucho más temible. Lo inesperado era más aterrador.
—¿Desde dónde se ha hecho la llamada?
Suspiré, vencida.
—Desde la iglesia del cementerio de Todos los Santos.
Los ojos de Velkan por fin me liberaron para mirar a Milo. Este lo miró de vuelta.
—El Osario de Sedlec —murmuró Milo.
Velkan asintió.
—La Capilla de los Huesos.