Capítulo 13
Rina
C ada vez que la idea de empujar a Olga y salir corriendo aparecía en mi mente, la borraba frotándome la cara bajo la ducha.
Era una señora demasiado mayor como para estar trabajando allí.
Ni siquiera sabía qué narices hacían Milo y Velkan manteniéndola en casa, cuando estaba segura de que habría decenas de lacayas más jóvenes y atractivas deseando ser contratadas en este lugar para convivir con dos vampiros tan cautivadores como ellos y servirles de alimento y placer.
Volví a dejar que el chorro de agua se estampara contra mis pómulos ante la imagen de Velkan y Milo alimentándose de una humana sin rostro que disfrutaba al sentir cómo lamían su sangre, cómo sus manos le tocaban la piel…
Giré el mando de la ducha para enfriar el agua.
Los vampiros eran criaturas horribles, muertos vivientes, depredadores que nos utilizaban, nos mataban, controlaban y poseían a nuestro antojo. Había que ser una idiota para dejarse embaucar por aquellas bestias.
No puede evitar pararme a pensar en mi madre, quien ahora mismo podría estar siendo la cantimplora personal de algún vampiro con el que se hubiera obsesionado lo suficiente como para abandonar a su hija.
Plantearme la posibilidad de que no solo la hubiesen mordido para alimentarse, sino para transformarla, me revolvía el estómago.
Exhalé con los labios temblorosos, tratando de ahogar la imagen de mi madre con colmillos afilados y la boca llena de sangre.
Apretando mucho los ojos mientras el agua pesaba sobre mis pestañas, me esforcé por no imaginármela tan cerca como para oler el metal de su lengua al relamerse.
El agua limpiando las heridas de los mordiscos sobre su cuello, brazos, pechos, abdomen, costillas. Por todos lados.
Quise gritar.
—Date prisa —escuché la endeble voz de Olga tras la puerta—. Tengo que ir a preparar nuestro desayuno.
—Ya salgo.
Olga trabajaba para ellos, era su cómplice. Pero ¿qué se suponía que debía hacer yo? ¿Empujarla y que se desnucara contra las escaleras? Acabar con ella no me aseguraba salir viva de aquella casa, por mucho que la idea ocupara más espacio en mi mente del que debería.
Cerré el grifo y salí de la ducha, complacida al ver el pijama que había sacado de mi maleta y dejado sobre la tapa del inodoro.
No me lo había puesto hasta esa noche, no porque no supiera que estaba entre la ropa mal doblada, sino porque un malestar físico me estrujaba el pecho al verme con el pijama que me compró Aleshka, encerrada en el sótano de las mismas criaturas con las que ella estaría en aquellos momentos.
Pero la camiseta con la que había estado durmiendo estaba tan sudada que la molestia se había ido disipando, y creí que después de una buena ducha ponerme aquel pijama sería reconfortante.
No tardé en peinarme, perfumarme, secarme el pelo y salir del baño.
Mis ojos chocaron con una persona inesperada.
Olga se había ido y, en su lugar, Velkan me observaba apoyado en la pared contraria.
Llevaba un pijama negro de satén que contrastaba con su tez pálida, y por un momento quise sonreír ante lo absurda que me parecía aquella imagen.
Un vampiro recién duchado, con el pelo húmedo y los ojos ligeramente cansados, en pijama.
Casi no parecía la criatura despiadada que en realidad era.
—¿Y Olga?
—Preparando tu desayuno, te lo bajará en breve antes de irse a dormir. —Enarcó una ceja—. ¿Qué me miras tanto?
—Duermes en pijama.
Apreté los labios. ¿Por qué me parecía tan divertido? Debía estar muy cansada.
—Sí, aunque a veces también desnudo, dependiendo de mi compañía. —Ladeó la cabeza, pasándose la lengua por la punta de los dientes. Mantenía los colmillos escondidos—. También duermo en una cama, no en un ataúd, por si tenías la duda. Aunque, si no te fías de mi palabra, puedo enseñártela.
Puse los ojos en blanco sin caer en la trampa de su sonrisa.
—No es necesario, te creo.
—Me halaga saberlo. Dime, ternura… —Mientras se acercaba, su mirada paseó por mi cuello hasta la punta de los pies, para volver a subir con pequeños brillitos decorándole el iris—. ¿No había un pijama más horrendo que ponerte? ¿Qué son, ovejas o polillas?
Me mordí la mejilla con un revuelto de sensaciones en la piel.
—Son ovejas. Me lo compró mi madre.
—Pues tiene un gusto terrible.
Igual que con Milo, cuando mi puño rozó su pecho en un gesto completamente amistoso y suicida, bajé el brazo con arrepentimiento.
Apreté los labios escondiendo una sonrisa nerviosa y abrí mucho los ojos con la esperanza de que Velkan lograra ver en ellos las súplicas por mi vida.
Sonrió .
Aquella sonrisa fue más suave que de costumbre. Los brillitos de sus ojos no habían desaparecido y me fijé con interés en si estos se mantenían estáticos o le bailaban sobre el azul de sus iris con cada parpadeo. Se achicaron cuando entrecerró los ojos.
—Hueles a cerezas y praliné.
—Es el perfume.
Se inclinó con suavidad y respiró cerca de mi mejilla.
—Me gusta.
—También tiene notas amaderadas.
Tragué saliva como si así pudiera engullir la soberana estupidez que acababa de decir. ¿Qué narices le importaba eso a un vampiro? ¿Por qué le iba a importar eso a Velkan?
Se esforzó por no fruncir el ceño ni estirar la boca con burla.
—Ah, ¿sí?
Cuando volvió a inclinarse hacia mí fui capaz de reaccionar, retrocediendo un paso.
—Es solo un perfume.
—No es solo el perfume. —Hizo un gesto con el mentón, señalándome el pasillo—. Anda, vamos.
—No —respondí, echándome otro paso hacia atrás—. No quiero volver al sótano.
Debí de hacer un puchero, porque los ojos de Velkan bajaron a mis labios por un instante.
—Es el único lugar de donde sé que no puedes escapar, ternura. Si hubiera sabido de tu estancia aquí, sin duda te habría preparado una habitación más acorde.
—Déjame dormir en alguna habitación, te prometo que no intentaré escapar.
Velkan rio ante mi mentira. Una carcajada que me hizo inhalar con profundidad.
Otra vez aquellos pasos lentos hacia mí, como si no pudiera escuchar sus palabras a unos pocos centímetros de distancia.
—Solo hay dos habitaciones de las que sé que no podrías escapar aunque lo intentaras. Creo que puedes deducir a quiénes pertenecen. —Elevó ambas manos, simulando una especie de balanza—. ¿Quieres escoger?
Lo único que me provocaba la posibilidad de encerrarme en su habitación era un temor tan profundo que sentí una quemazón deslizarse por mi columna. La opción de poner un solo pie en una estancia propiedad de Milo me parecía igual de peligrosa que meter la cabeza en la boca de un cocodrilo.
Ni siquiera me molesté en responder.
Empecé a andar hacia el sótano de nuevo. Este estaba iluminado por la cálida lámpara de la mesita. La bandeja con el desayuno se encontraba sobre la mesa.
—Nos vemos en unas horas. Descansa —susurró Velkan a mis espaldas, sujetando el pomo de la puerta.
No quería dejar pasar la oportunidad, así que, pese al nerviosismo, volví a dirigirme a él:
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Velkan asintió—. ¿Por qué vuestro clan no tiene nombre?
Frunció el ceño.
—No he encontrado nada vinculado a vuestros nombres, como ya me esperaba, pero he podido explorar un poco utilizando vuestro linaje —proseguí—.
He abierto los reportes de rastreadores que informaban sobre los movimientos de los Hijos de Khaivel.
Desplazamientos aparentemente inofensivos para cualquiera.
No obstante, me he tomado el tiempo de repasar varias localizaciones plasmadas en tu expediente, desde donde me has llamado durante los últimos meses.
—Sonreí con ironía—. Igual que los reportes, no parecían tener ningún tipo de conexión, tan solo lugares puntuales en los que has cazado, y, en cierto modo, no son más que eso, ¿no?
Esta vez fueron sus labios los que se afilaron con diversión. Asintió.
—Prosigue, ternura. Ahora mismo me tienes completamente hipnotizado.
Me dirigí hacia la cama y metí la mano bajo la almohada. Rocé la estaca con la punta de los dedos al recoger la servilleta doblada que había guardado junto a esta.
—Comparando tus zonas de caza con los movimientos genéricos de los Hijos de Khaivel por Praga, he encontrado ciertas coincidencias interesantes entre tú y algunos de tus hermanos y hermanas.
Es curioso, porque no os movéis en manada; sin embargo, siempre estáis cerca.
—Le entregué la servilleta, en la que había escrito los nombres de todos aquellos que trabajaban con él—.
Lo que te he escrito a la derecha de algunos nombres es el nido al que pertenecen.
Así que, claro, sabiendo que muchos ya tienen una familia, es imposible que vosotros seáis un nido.
Y, teniendo en cuenta vuestro perfil…, está claro que formáis parte de un clan criminal, y uno muy bien articulado.
Es casi inviable relacionaros entre vosotros, sobre todo porque ni los rastreadores han sido capaces de vincularos a un nombre, porque no lo tenéis.
—Me mordí el labio, apaciguando la adrenalina de mis latidos—.
No se puede registrar ni rastrear algo que no existe, vuestro clan no existe, o eso es lo que habéis hecho creer. ¿Me equivoco?
Los ojos de Velkan se abrían a medida que repasaba cada uno de los nombres, confirmándome con tan solo su semblante que estaba en lo cierto.
Había conseguido descubrir de él mucho más de lo que me creía capaz. El orgullo y la satisfacción me inundaron el pecho, haciendo temblar mis costillas.
—¿Has descubierto todo esto mientras Milo te vigilaba?
Me encogí de hombros.
—Solo he estado revisando registros, expedientes e informes, lo que me habíais pedido. —Sonreí con falsa inocencia—. Nada sospechoso.
Aplaudió, haciendo que mi mirada se posara sobre sus heridas.
El hoyuelo de Velkan apareció al sonreírme de lado. Los mechones oscuros de su pelo rozaron su ceja enarcada y algo en mí necesitó detenerse a estudiar aquel rostro cincelado. Era hipnotizante, igual que lo sería una serpiente venenosa.
—He de admitirte que estoy bastante sorprendido, sin duda eres mucho más espabilada de lo que pareces. —Se acercó un par de pasos. Me devolvió la servilleta sujetándola entre el índice y el corazón—. Pero ¿qué pretendes sacar de todo esto?
—Demostrarte que puedo seros de mucha ayuda si me contáis realmente qué está pasando y así terminamos con esto de una puta vez. —Tragué saliva, estiré el cuello—. Y hacerte ver que, si me lo propusiera…, también podría destruirte.
Velkan se relamió .
Tuve que recordar cómo mantenerme estática sobre mis pies.
—No sabes cuántas ganas tengo de que lo intentes.
Cuando su pecho se alejó del mío sentí como si hasta aquel momento una mano me hubiera estado cortando la respiración. Exhalé con un alivio helado al verlo marcharse hacia la puerta.
—Velkan. —Analicé sus manos—. ¿Cómo están tus heridas?
Pude ver un atisbo de lo que parecía sorpresa en su rostro.
—Peor.
Por primera vez, me vio sonreír con sinceridad.
—Me alegro.