Capítulo 12
Rina
–C ada vez me duele menos. —Miré de reojo a Milo. Suspiré con exageración—. Pero la doctora ya me dijo que tuviera paciencia, que en este tipo de fracturas la recuperación es lenta, muy lenta.
—Qué mala pata, nunca mejor dicho —bromeó Filip desde el otro lado del móvil—.
Bueno, a ver si un día podemos pasarnos a verte.
Estoy seguro de que Hana se presentará en tu puerta con su ordenador, desde que no estás no encuentra quien la ayude a activar el módulo de prestaciones de servicios cuando le asignan un nuevo cliente…
¿Crees que puedes mirárselo un segundo desde allí?
—Eh… Pues no lo sé. —Noté mi ceño fruncido cuando vi el de Milo—. ¿No podéis probar a mirarlo alguno de vosotros desde la oficina?
—Sí, eso haremos, no nos queda otra. —Soltó un bufido que debería haber salido de mis labios, no de los suyos—. Pero estamos de trabajo hasta los topes y…
Dejé de oír a Filip cuando se abrió la puerta del sótano con brusquedad.
Y Velkan apareció completamente ensangrentado.
Pequeñas motas de sangre pintaban sus pómulos, mejillas y mandíbula. Sangre de quienes habían sido aquella noche sus víctimas.
El fluido sobre su ropa había empezado a secarse, aunque no lo suficiente como para que se despegara de su piel. La camisa negra, adherida al torso, lo hacía ver como un completo animal. Un depredador nocturno.
No parpadeó al mirarme hasta pasados unos segundos, como si tuviera que recuperar la parte de él más racional, la que lo obligó a enderezarse y cambiar aquella postura ruda y amenazadora que acostumbraba a ver.
No dejaba de parecerme el ser más temible que había visto nunca, pero de una forma diferente, mucho más elegante, astuta y… magnética.
Me removí en el asiento, deshaciéndome de una sensación incómoda en el vientre al adentrarse en la habitación. Sus facciones parecían cortar el aire a medida que se acercaba.
Me acordé de mamá.
—¿Rina?
La voz de Filip me advirtió de que seguía con el teléfono pegado a la mejilla.
—Sí, perdona. Estoy un poco distraída. —Tragué saliva. Mis ojos se dirigieron a la boca de Velkan, que elevó las comisuras—. Te mantendré informado, no te preocupes por mí, pero gracias por llamar. Buenas noches, descansa.
Milo me arrancó el móvil de la mano y colgó por mí.
—¿Quién se cree que eres, su secretaria? —gruñó, levantándose de la silla—. Como te siga llamando para pedirte tonterías, bloquearé su número.
—No tendría por qué llamarme si hubiera ido a trabajar últimamente.
Me contuve de sacarle la lengua como una niña pequeña, porque, sentada frente a él, sus manos estaban inconvenientemente cerca de mi cuello. Me levanté para no sentirme tan intimidada por aquellas dos presencias.
—¿Cómo ha ido? —le preguntó Milo a Velkan—. ¿Has conseguido algo útil?
Velkan se rascó la nuca, perdiendo la mirada en el suelo por unos instantes.
—Sí, ahora te cuento.
Sus palabras se dirigieron a Milo, pero sus ojos a mí, sosteniéndome la mirada más de lo necesario.
Me tensé cuando se quitó los guantes y se los guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
Sus manos, con las heridas más infectadas cada vez, rodearon el primer botón de la camisa empapada y empezaron a desabrocharla.
La sangre había calado a través de la tela, dejando su pecho brillante y sangriento.
—¿Quieres bañarte?
Erguí la espalda, pero intenté no evocar en mi rostro ninguna de las emociones que sentía mientras seguía con la mirada el recorrido descendiente que hacían sus dedos hasta desabrochar el último botón.
—Ni por todo el oro del mundo me metería en una bañera contigo.
Sus colmillos estaban escondidos, similares a los de cualquier humano; tan solo su punta ligeramente más afilada de lo normal lo delataba al sonreír.
Ladeó la cabeza, recorriendo con la mirada mi cuello, donde notaba las pulsaciones intensas y calientes. Por miedo, terror. Nada más que eso.
—No te estoy invitando a hacerlo conmigo, por mucho que me tiente la idea.
—Se quitó la camisa por completo y la dejó caer sobre su hombro.
Desvié la vista, fingiendo que no era demasiado tarde para hacerlo—.
Te estoy proponiendo subir a darte una ducha en alguno de los baños de invitados, porque dudo que sea cómodo lavarte el pelo metiendo la cabeza en el lavamanos.
—Sí, por favor, que se duche como una persona normal —murmuró Milo a mi lado, apretándose el tabique.
—Idiota.
En cuanto le di un codazo me arrepentí al instante.
Milo parpadeó varias veces sin gesticular ni un ápice y yo apreté los puños concentrando la tensión en los nudillos para no mostrar lo expectante que estaba ante su respuesta.
Tantas horas había pasado con Milo que, ilusa de mí, había reaccionado como si de un amigo se tratase. Un amigo . La tirantez de mi cuerpo no se deshizo aun cuando me entraron ganas de reír ante aquella ridícula idea.
—Quiero ducharme. —Abrí mucho los ojos al mirar a Velkan, con miedo a posarlos de nuevo en Milo.
Velkan se hizo a un lado y con un gesto cortés paseó la mano hacia las escaleras, incitándome a que subiera.
—Las damas primero.
¿Me estaban dejando salir de aquel sótano?
Sabía que no podría recorrer mucho más que el camino que me dirigiera al baño, pero era un paso más, una oportunidad para intentar escapar. Tal vez podía aprovechar mientras Velkan estuviera ocupado quitándose la sangre de los pectorales.
—¿Salgo? —pregunté dudosa.
—Sí, a menos que prefieras que te baje un cubo con agua caliente y te ayude a frotarte la espalda.
Intenté negar, pero tenía el cuello rígido como una estatua.
—No, prefiero una ducha.
Volvió a abanicar sutilmente con el brazo hacia las escaleras.
—Nadie te impide salir, ternura.
No era tan idiota como para creer que, si salía corriendo, no me iban a alcanzar.
Pero, aún temblorosa por el miedo y la incertidumbre, di un paso al frente sin apartar la mirada de Velkan.
Después otro. Y otro. Velkan sonreía ligeramente observando cada uno de mis movimientos sin moverse de su posición.
Lo observé de reojo cuando me paré a su lado. Era lo bastante alto como para que tuviera que elevar el mentón para mirarlo a los ojos. No sé por qué lo hice, tal vez esperando vislumbrar en ellos si todo eso era una trampa. ¿Me iban a llevar a algún lugar peor que el sótano?
Velkan le había dicho a Milo que había encontrado información… ¿Y si ya tenían lo que buscaban y solo querían sacarme de allí para matarme fuera de la casa?
¿Velkan me mataría? Aparté la vista al darme cuenta de que no me servía de nada intentar descubrirlo. Sus ojos, igual que todo él, estaban hechos de mentira, manipulación y perversidad.
—¿Te estás replanteando la idea del cubo?
—Es para hoy —murmuró Milo a mi espalda, adelantándome en un instante—. Te espero arriba.
«¿Qué?».
—No —escupí parándome en seco. Alterné la mirada entre ambos—. No, no y no .
La sonrisa de Velkan apareció con socarronería, como si se la hubiera estado aguantando todo ese rato. Milo desapareció por las escaleras, subiéndolas de dos en dos.
—¿Creías que íbamos a dejarte sin vigilancia? —Velkan se acercó a mí, sus palabras me acariciaban levemente la mejilla—. Seguro que esa cabecita ya estaba planeando cómo escapar. —Se pasó la lengua por los dientes—. ¿O tal vez algo te tiene distraída?
Apreté los labios y no aparté la mirada de sus ojos, aun cuando estos recorrieron mi cuerpo de forma deliberada.
Por nada del mundo quería darle la satisfacción de verme volver a admirar su torso empapado en sangre, esos músculos que se tensaban en todas las partes del cuerpo: abdomen, pecho, brazos, hombros, espalda…
Respiré hondo, con las pupilas ardiendo sobre su rostro, cuando lo elevó de nuevo con una lentitud deliberada.
—Sé que no puedo escapar —susurré, enarcando las cejas con pesar—. Así que, en todo caso, preferiría planear tu muerte.
Ladeó aún más la sonrisa.
—Qué pensamiento tan macabro para una persona tan buena como tú, ¿no?
Sabía que únicamente lo estaba retando, no solo porque era evidente que jamás podría con una criatura como él, sino porque mi estúpido sistema nervioso me delataba cada vez que Velkan evocaba en mí cualquier tipo de emoción intensa, como la expectación a mis palabras.
—Recuerda que, si quieres intentar atravesarme el pecho, no vale con cualquier arma.
—Me agarró una mano y la puso sobre su pectoral izquierdo.
Húmedo, teñido de rojo. No pude percibir el ritmo de sus pulsaciones bajo la dura musculatura porque estaba ensordecida por las mías—.
Utiliza madera, aunque creo que no hace falta que te lo diga.
—Ladeó la cabeza—. Parece que es algo que sabías que ocurriría, que deseabas que sucediera: encontrarte con un vampiro, tenerlo lo suficientemente cerca como para poder tocarlo.
—Noté aún más su pecho cuando se echó hacia delante para susurrar sobre mi oreja—.
Pero demasiado atemorizada para necesitar un arma mientras lo haces, como la estaca que te hiciste con la pata de una de las sillas y que escondes bajo la almohada.
Mi vista estaba adherida a mi mano, que rozaba su piel, que notaba cómo la sangre sobre su torso se entremezclaba con el sudor de mi palma.
—¿Por qué la escondes ahí, ternura? ¿Acaso crees que habrá alguna ocasión en la que tengas a un vampiro en tu cama? —Me rozó el borde de la oreja con el labio inferior de forma tan sutil que dudé de que fuera fruto de mi excitación—. ¿Es ese deseo lo que te hace temblar cada vez que nos ves?
—¡Déjame en paz!
Puse tanta distancia como pude. Alejé la mano de su torso como si este ardiera. Pero lo que verdaderamente quemaban eran mis pulmones, respirando con agitación como si hubiera hecho un gran esfuerzo físico.
Lo miré repugnada.
—Claro que no, me dais asco —escupí—. No quiero tocarte, solo quiero ducharme. Sin Milo cerca.
La sonrisa se le endureció, volviendo al semblante inamovible que le caracterizaba cuando parecía que nada le importaba más allá de sí mismo. Se metió las manos heridas en los bolsillos y se fue, subiendo por las escaleras y dejando la puerta abierta.
—Coge lo que necesites y sube, Olga te espera arriba.