Capítulo 11
Velkan
¿ D e dónde habían sacado los Neblíes aquellos vampiros monstruosos de sangre podrida?
Abrí y cerré las palmas recordando el ardor que sentí en cuanto la sangre de uno de ellos penetró en los cortes que me había hecho la presa previamente. Una escurridiza serpiente con colmillos como agujas y un poder del que muchos desearían adueñarse.
Al parecer, cada vez éramos más. Solo esperaba no tener que lidiar con más clanes de otros linajes a las que arrancarles la columna vertebral de un tirón. Tenía las manos demasiado débiles para eso.
Sonreí al oír unos pasos adentrarse en la biblioteca.
Igual que los Neblíes sabían que unos Hijos de Khaivel los estaban buscando, yo esperaba cada paso que daban los Hijos de Alastor en mi búsqueda.
No había percibido sus sombras desde la noche en que tuve que refugiarme en el decadente piso de Ceslav, porque me siguieron hasta el mercado.
Fingí no notar su presencia, sus ojos sobre cada uno de mis pasos, hasta despistarlos entre los callejones.
Hubiera preferido volver a casa, pero no podía arriesgarme a que me siguieran y descubrieran dónde me refugiaba, dónde se encontraban Milo, Olga y Rina.
Continué recorriendo con las manos las baldas polvorientas de la estantería, en busca de uno de esos libros que ya nadie tocaba.
Tan solo los pocos que seguían haciendo de la mitología su religión deambulaban por aquellos pasillos silenciosos ocasionalmente, cuando la luz de la luna se reflejaba en las ventanas bañando los lomos de los libros como un manto suave y débil.
Aquella noche me crucé con un par de ellos, dos lacayos que desaparecieron por la puerta con elegancia en cuanto se lo sugerí con tan solo un movimiento de mentón.
Los pasos se aproximaban despacio.
Inspiré de nuevo, molesto.
No me apetecía tener que remangarme, mancharme los guantes y otra de mis camisas, pero menos ganas tenía aún de volver a ocultarme como una comadreja en algún lugar para pasar el día.
Quería llegar a casa, deshacerme del polvo que me cubría el cuerpo después de haber rebuscado entre los pasillos de la silenciosa biblioteca y, antes de irme a descansar, ver una última vez el semblante de desagrado de Rina, que siempre me aportaba una vitalidad…
especial, confusa. Como si no pudiera descifrar con exactitud qué quería hacer con todo ese odio, si clavarlo en mí o simplemente librarse de él.
Como si este ocupara mucho más espacio del que a ella misma le gustaría.
Frené los dedos sobre el lomo de un libro con el título compuesto por símbolos en sumerio, uno de los idiomas de la antigua Mesopotamia.
Ignoré que seguían mis pasos mientras me dirigía a una de las mesas y abría el tomo, inclinándome sobre este.
Su interior estaba repleto de pedazos de papel donde traducían los antiguos escritos al checo.
Me dejé guiar por las ilustraciones en blanco y negro mientras pasaba las páginas, analizándolas hasta encontrar algún dibujo o palabra que estuvieran relacionados con lo que quería saber.
Un crujido entre las estanterías más cercanas me advirtió de que no me darían mucha más tregua.
Cogí un bolígrafo de los que había sobre la mesa, lo coloqué entre las páginas por las que me había quedado y cerré el libro con lentitud.
Escondí las manos en los bolsillos mientras examinaba de un lado a otro los pasillos de la biblioteca, aparentemente vacíos.
Los libros se agolpaban unos contra otros.
Hacía años, si no décadas, que no entraba en aquel lugar.
Ni siquiera estaba seguro de que siguiera abierto antes de entrar.
Eran pocos los vampiros que le daban uso, solían ser los lacayos los más interesados en saber más sobre sus amos.
O los vampiros recién nacidos, en busca de libros de autoayuda que les hicieran superar el periodo de adaptación con mayor facilidad.
Por el nerviosismo con el que aquella adolescente toqueteaba los libros de la estantería, deduje que no llevaría más de dos meses transformada.
—¿Cómo te llamas, cielo?
Se giró con sorpresa hacia mi voz. Exhalé por la nariz. Ni siquiera había escuchado mis pasos, sin duda le quedaba mucho por desarrollar.
—Soy Lucie Klimek… Hija de Lenore…
Qué inocente, dándome su linaje como si fuera un título medieval.
—Lucie, te sugiero que escojas un libro lo más rápido posible y te vayas a casa.
Supe que había alguien a mis espaldas mucho antes de que hablara.
La velocidad con la que Lucie desapareció fue sorprendente. Sonreí al ver el hueco que había dejado en la estantería.
—Dame lo que busco.
Me giré con parsimonia para encontrarme con un Hijo de Alastor.
Lo supe por la elegancia con la que se movían sus piernas al andar, aun siendo un mercenario perteneciente a un clan criminal.
En aquel momento no tenía gran interés en descifrar cuál.
Total, aquel larguirucho con cara de espantapájaros ya estaba muerto.
—¿Hablas conmigo? —Me señalé el pecho con falsa inocencia y miré hacia atrás un segundo.
El asaltante se acercó un paso más a mí justo en el momento en que escuché un ruido a mi derecha. Percibí otra sombra a mi izquierda.
Chasqueé la lengua y negué con decepción, posándome una mano sobre la cadera.
—Uno ya no puede disfrutar de un buen libro tranquilo.
El vampiro que tenía frente a mí se acercó unos pasos más, mostrándome los colmillos, como si yo no tuviera unos igual de grandes. Los que me rodeaban cada vez tenían menos cautela con sus pasos, revelándome de forma mucho más evidente sus posiciones.
—Dame lo que busco —repitió.
—¿Qué buscas exactamente?
—Lo que le pertenece a padre.
Elevé las cejas y parpadeé varias veces.
—«Padre» —repetí, asintiendo—. ¿Cree vuestro padre que la tenemos nosotros?
—Sabemos que la tienes tú. —Otra voz me abordó de entre las sombras. A mi derecha, otro Hijo de Alastor mucho más atlético se dejó ver.
Elevé las manos y las moví frente a ellos, para luego dejarlas caer a mis costados.
—Me temo que nos la han robado.
Hice reír al más musculado.
—Sí, claro —dijo—. ¿Quién iba a robaros a vosotros?
Tragué saliva, consciente de que no podía dar información con la que ellos también jugaran.
—Gracias por tu fe en nuestras capacidades, me siento halagado, lo aprecio mucho.
Ninguno pareció prestarles más atención a mis palabras antes de lanzarse hacia mí. Habría preferido no tener que hacer más movimientos bruscos porque me ardían las manos con cada uno de ellos, pero tenía claro que ese día iba a dormir en casa, así que no pensaba dejar a ninguno vivo.
Aquellos Hijos de Alastor eran astutos, pero fáciles de predecir.
Ejecutaban movimientos eficaces, aunque repetitivos para alguien que ha participado en demasiadas peleas cuerpo a cuerpo, así que tardé poco en alcanzar al primero y partirle el cuello con un giro de muñeca.
Lancé a otro contra una de las estanterías pateándole en la boca del estómago y haciendo crujir sus costillas.
Esto hizo que los demás que se mantenían ocultos se delataran bajo las luces, sacando los colmillos en gesto amenazante como había hecho su líder, quien ahora se hallaba inconsciente en el suelo, con el pecho sobre las baldosas.
No duraría mucho así, los minutos suficientes para darme tiempo a acabar con el resto de sus compañeros antes de terminar de matarlos quebrando sus corazones uno a uno.
No tuve que molestarme en sacar los colmillos para atravesarle el pecho a uno en cuestión de segundos.
Tras arrancarle el corazón con el puño lo observé unos instantes y respiré aliviado al comprobar que la sangre que aún lo hacía latir de forma débil fuera del cuerpo era roja.
Sangre de vampiro, como la de cualquier otro.
¿Sabrían ellos a lo que verdaderamente nos estábamos enfrentando?
Tampoco los iba a ayudar a averiguarlo.
Acabé con todos con algo más de esfuerzo del que pretendía.
El dolor en las manos hacía que mis movimientos fueran más torpes y grotescos de lo normal.
Hacía apenas una semana podría haberlos decapitado con facilidad, ahorrándome más trabajo del que ahora tenía.
Sin embargo, mis brazos habían perdido fuerza, sentía una tirantez desde la punta de los dedos hasta el codo que me impedía moverme con facilidad.
El último de los asaltantes logró golpearme en la cara con un puñetazo tan admirable que me entraron ganas de aplaudirle, pero no tenía tiempo para ello mientras le partía la muñeca con la que había lanzado ese gancho.
Escupí sangre, agotado, tras dejar caer su corazón. El vampiro ni siquiera había tenido tiempo de ver mi mano rasgarle el pecho para impedírmelo.
—Me cago en la puta —mascullé frustrado mientras me acercaba de nuevo a la mesa y cogía los lápices de madera del cesto central.
Me había llevado más golpes de los que esperaba, de los que estaba acostumbrado a recibir…
Negué, intentando no darle vueltas, no importaba. A los vampiros a los que no les había arrancado el corazón los atravesé con los lápices sin punta, apagando sus latidos con aquel sonido tan divertido.
Plop. Plop. Plop.
—Como globos de agua —susurré con una sonrisita.
Bajé la vista al suelo y exhalé con fuerza. Todos muertos. Menudo desastre iban a tener que limpiar los lacayos.
Me agaché sobre el cadáver más cercano, cogí su móvil y marqué el número de teléfono que recordaba a la perfección.
—Central de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?
—¿Cómo va la noche, ternura?
—¿Velkan? —Su tono sorprendido ensanchó mi sonrisa—. ¿Se puede saber qué haces?
—Reunido con unos viejos amigos a los que necesito que el equipo de limpieza venga a recoger. —Toqué con la punta del pie a una de ellos—. Pediría un refuerzo, los Hijos de Alastor sangran que da gusto.
Rina ahogó un grito.
—¡¿Otra vez has matado a un vampiro?!
—Para ser exactos, a ocho… Ah, no, espera, eran siete. Que he decapitado a uno de ellos y ver su cabeza en la otra punta del pasillo me ha confundido.
Tuve que pararme unos segundos y parpadear.
Porque Rina rio .
Fue prácticamente una risa muda, probablemente con los labios apretados y una sutil exhalación por la nariz que pareció querer absorber de nuevo al darse cuenta de lo que había hecho.
Pero la había oído a la perfección.
—Condenarte a la muerte será lo más considerado que las autoridades te harán cuando te pillen.
—Si me pillan. —Sonreí imaginándome cómo ponía los ojos en blanco.
—A este paso lo van a hacer. ¿No podrías tener un poco más de cuidado?
—Casi suenas preocupada por mí.
Bufó, exasperada. Yo me mordí el labio.
—Por mí puedes morirte ahora mismo.
—Me resulta curioso lo atrevida que eres por teléfono, pero cuando me tienes delante tiemblas como una conejita…
—Me paseé sin rumbo por los pasillos—.
Si realmente me temieras, no me hablarías con tanta osadía, sabiendo que esta noche volveré a por ti.
Tal vez estoy siendo demasiado considerado contigo.
—Me removí, crujiéndome el cuello al notar las palpitaciones de su corazón en los tímpanos—. ¿Qué te sucede en realidad, ternura?
Me deleité con su silencio.
—Es mi deber informarle de que, debido a la gravedad de la incidencia, esta será trasladada a las autoridades de forma directa para su correcta examinación.
—¿Ya estamos otra vez con esa maldita voz?
—Le pediría, si es tan amable, que se identificara con su nombre completo y linaje para el registro, ya que este sigue… Ah, no, espere. Ya está completado. —Escuché las teclas bailar—. Velkan, Hijo de Khaivel.
Como si mi corazón latiera con la vitalidad de un humano, algo en mi pecho pareció moverse de forma insignificante.
Daba igual los años que pasaran: Milo, con esa cara de ultratumba, contra toda suposición por su semblante hosco, era y siempre sería un tremendo bocazas.
—Enhorabuena, ya puedes rellenar ese expediente al que tanto cariño le tienes. ¿Qué crees que conseguirás con eso? ¿Acotar mi búsqueda? —Bajé el tono de voz—. Si ya me tienes más cerca de lo que nunca te hubieras esperado.
—Sí, qué ilusión, ahora mismo le hago saber a la guardia y a las autoridades que me tienes retenida en tu propia casa para que se mueran de envidia. —Escuché la voz de Milo amenazándola y un grito agudo de Rina—. ¡No, claro que no he escrito eso en el reporte! ¿No lo ves?
—Los cuerpos están en la antigua biblioteca del barrio de Vyšehrad —proseguí, acercándome de nuevo a la mesa donde había dejado el libro—. Pronto iré para casa, no os matéis antes de que llegue, quiero estar para verlo.
Colgué la llamada, lancé el teléfono y volví a la mesa, esta vez para abrir el libro por donde me había quedado. El equipo de limpieza y la guardia estarían a punto de llegar y no tenía mucho tiempo para inspeccionar entre aquellas páginas, así que supe que acabaría llevándomelo.
Aun así, me detuve ante un bosquejo de doce figuras terroríficamente desagradables que abarcaba la parte superior de la página. Con pluma estaban escritos cada uno de los nombres de los Ancestrales sobre sus respectivas cabezas.
Lilithea. Carmilla. Vlad. Alastor.
Khaivel. Octavia. Dorian. Isolde.
Lenore. Morton. Nyra. Drakon.
Los doce hijos de Lilith, los primeros vampiros.
Paseé los ojos con velocidad sobre los escritos, doblando algunos de los papeles al agarrarlos con poco cuidado. Quería llegar a un punto concreto del relato, al fragmento exacto de la historia que llevaba rondando por mi cabeza desde que me topé con las bestias de sangre negra.
Pasé de página una vez más y me detuve. Apoyé ambas manos sobre el libro y me aproximé con brusquedad.
Otra ilustración de un vampiro grande y temible. Esta vez, tan solo un nombre enmarcaba el boceto.
Drakon.