Capítulo 10
Rina
C ada vez que el corazón se me aceleraba, contemplaba la foto de mi madre, que había movido y dejado sobre la mesa. Sus ojos, de un verde mucho más nítido que el mío, me miraban de vuelta tras el cristal que la protegía en el marco.
Tal vez esa habría sido la solución, atraparla en un pequeño frasco donde los vampiros no la pudieran alcanzar, desde donde ella no pudiese escapar.
Aunque seguro que se las ingeniaría para romperlo en mil pedazos afilados sobre los que no le importaría caminar si eso la llevase a acercarse a ellos.
Me mordí el labio pensando en la idea de romper aquel cristal como haría ella, y aprovechar el fragmento más punzante para clavárselo en la yugular al vampiro que tenía sentado a mi lado.
La estaca astillada que había conseguido hacerme con la pata de la silla no era lo suficientemente puntiaguda como para arriesgarme a usarla. Aun así, la escondía bajo la almohada.
—¿Hablo con Veronika Prochazkova… —leí en voz alta la identificación; tragué saliva—, Hija de Nyra?
Milo era igual de terrorífico e imponente que Velkan, su cuerpo ocupaba demasiado espacio en mi campo de visión y tenía que obligarme a no desviar la mirada hacia los tatuajes de los brazos, con los que se agarraba en el borde de la silla.
Abrió los ojos con expectación y abalanzó su cuerpo hacia la pantalla. Su rostro estaba tan cerca del mío que podría haberme rozado la mejilla con los labios si hubiera querido. Acallé mi respiración lo máximo que pude para evitar que le molestara.
—Sí, soy yo. Necesito atención médica; una de mis lacayas ha perdido el conocimiento después de alimentarme de ella. He intentado reanimarla, pero no reacciona.
Mis ojos, igual que los de Milo, recorrieron la pantalla, escudriñando el expediente de aquella vampira.
Suspiré aliviada cuando vi que la única relación que tenía Veronika con los Neblíes era el linaje sanguíneo.
No había ningún rastro de un contacto directo con el clan, ni siquiera había reportado alguna cacería cercana por el sur, donde Velkan había hecho hincapié en que bus cara.
—Ahora mismo le derivo la llamada al Área Médica y en breves le atenderán.
Redirigí la llamada e inspiré, relajando la tensión de mis hombros.
Milo rebufó y se echó hacia atrás, haciendo que las patas de su silla se levantaran al apoyarse contra el respaldo.
—No os voy a servir de nada —musité atreviéndome a mirarlo a la cara—. Solo registro incidencias legales. Si estáis en guerra con delincuentes como vosotros, ¿qué os hace pensar que van a llamar a la centralita para delatarse? Serían idiotas.
—Siempre hay algo que todos necesitamos limpiar —murmuró con tono grave, apoyando una de las manos en mi respaldo—. ¿No has recibido llamadas de Velkan durante meses?
—Demasiadas.
—Pues ellos tendrán a alguien cerca que haga lo mismo.
O un testigo, o un rastreador de esos que tenéis y que creéis que no sabemos que nos vigilan.
—Rio por la nariz sin mover las comisuras de los labios—.
Con que seas capaz de localizar las zonas por las que deambulan los Neblíes es suficiente.
Así que ni lo intentes, no vas a salir de aquí tan rápido, si es que sales.
Ignoré el miedo que me hizo temblar el labio.
—¿Qué os han robado? Saberlo también me servirá para acotar zonas, daros nombres de organizaciones criminales relacionadas con la mercancía que estáis buscando.
—Mercancía… ¿Nos has visto cara de narcotraficantes?
Elevé las cejas y le repasé el cuello completamente tintado. Una araña de patas largas se movía con su nuez al reír. Desde el borde de la camiseta, todo tipo de trazos afilados y negros teñían su piel.
—Es lo primero que he deducido. —Me encogí de hombros con fingida ingenuidad—. ¿Qué otra cosa os pueden haber robado?
Milo entrecerró los ojos.
—¿Cuánto sabes sobre los vampiros?
El conocimiento teórico que impartían en las formaciones de la centralita se quedaba en tan solo un repaso superficial de todo lo que mi madre me había explicado desde que tuve la edad suficiente para comprender la diferencia entre un humano y la figura demoníaca de Lilith, madre de los vampiros.
—Mi madre me hablaba de la mitología vampírica y sus creencias como si de cuentos infantiles se trataran.
Tragué saliva ante el recuerdo de mamá, sentada en el borde de mi cama haciendo muecas exageradas mientras yo sonreía con los dientes de leche, estando tan aterrada como divertida.
—Lilith, poderosa, rebelde y libre, quería engendrar al peor de los monstruos —me contaba—. ¿Y cómo lo hizo?
—Por invo… invocación —recitaba yo cada vez que me lo preguntaba. Era el cuento que más veces me narraba.
—¡Lilith creó a Lilithea, una criatura monstruosa! Una bestia con largos colmillos —Aleshka los simulaba con los dedos y yo reía—, ojos mágicos con los que hechizar a las personas y mucha sed de sangre.
Yo me agarraba al borde de la manta, asustada a medida que la historia avanzaba, aunque incapaz de decirle que parara, porque quería oír más.
—Pero aquella criatura no le pareció lo suficientemente malvada, así que decidió crear una aún peor y la llamó Carmilla. ¿Y sabes qué?
—Carmilla no era suficientemente mala.
Mamá asentía.
—¿Y qué hizo?
—Tener otro hijo más, pero Vlad tampoco era suficiente. —Mis palabras eran un susurro débil—. Así que tuvo muchos más, hasta llegar a doce.
—¡Doce bestias terroríficas! Los doce hijos de Lilith, los Ancestrales.
Por aquel entonces, era demasiado pequeña como para entender que aquellas historias eran tan solo eso, cuentos.
Relatos tradicionales, creencias del vampirismo como las que teníamos los seres humanos.
Algunos creían en Dios; los vampiros, en Lilith.
Muchos de los religiosos hablaban de santos; los vampiros, de Ancestrales.
Me removí en la silla. No me sentía cómoda con temas religiosos porque siempre me llevaban al altar de mamá. Pero era la oportunidad perfecta.
—¿Alguna pelea entre linajes? —murmuré—. ¿Sois creyentes?
Milo volvió a reír por la nariz, balanceándose en la silla.
—Yo solo creo en mí mismo.
Puse los ojos en blanco.
—Entonces, ¿de dónde viene vuestra enemistad con los Hijos de Nyra?
—Solo nos incumbe una de sus cientos de organizaciones criminales. Los Neblíes fueron el clan que nos robó y serán los que pagarán con sus vidas por ello.
Me puse a actualizar informes, ganando tiempo para encontrar las preguntas adecuadas.
—¿Son peligrosos? —Carraspeé—. Los Neblíes.
Noté el brazo de Milo sobre mi respaldo mientras observaba concentrado los movimientos de mi ratón.
—Son un grupo de vampiros más, o hasta ahora lo eran. —Se rascó el tatuaje de la nuca—. Eso no te tiene que importar, no vas a encontrarte con ninguno aquí encerrada. —Las comisuras de sus labios se arquearon con maldad.
Le hice un gesto de evidente desagrado, pero no se le borró la sombra de una sonrisa, aunque aquella sutil mueca burlona estaba muy lejos de serlo.
—Preferiría encontrarme con un Hijo de Nyra antes que con otro más de los vuestros.
—¿De los nuestros?
—Sí, de los vuestros. —Aparté la mirada—. ¿O acaso no eres del mismo linaje que Velkan?
Me obligué a respirar hondo para que no se me acelerara el pulso.
Me atreví a mirarlo de arriba abajo, a sonreír con falsa desgana.
—Está claro que compartís sangre, solo hay que veros.
Milo se relamió con satisfacción.
—Los Hijos de Khaivel somos conocidos por nuestra belleza, no convertimos a cualquiera. —Al pasear la lengua por sus dientes no pude evitar fijarme en los colmillos—. También nos reconocen por otras cosas, pero no seré yo quien te las enseñe.
Su última frase casi me despista. Tragué saliva, rezando por que aquella noche ninguno de los dos tratara de borrarme recuerdos con su dominio.
Porque había obtenido lo que quería. Después de meses tratando de recabar información sobre Velkan, había conseguido lo que necesitaba en cuestión de minutos. Grabé a fuego aquella información tras mi sien, las palabras ocupaban tanto espacio que dolían.
Milo se marchó al finalizar mi turno, llevándose el ordenador consigo.
Yo esperé despierta hasta el amanecer y, cuando los primeros rayos de luz tocaron el suelo del sótano, alargué el brazo hacia el marco y saqué la foto sin dejar de mirar de reojo la puerta de entrada.
Con el mismo sigilo anduve hacia la maleta, abrí mi estuche y rebusqué hasta encontrar un bolígrafo.
Juré que, si lograba salir de allí, no descansaría hasta lograr ver a Velkan encadenado y entregado a la guardia. Y, para eso, ya estaba un paso más cerca.
Y, para eso, debía asegurarme de proteger aquel recuerdo incluso fuera de mi memoria.
Me repetí cada palabra mientras las escribía con letras diminutas en la parte trasera de la foto, apretando el lápiz de más en las últimas.
Velkan, Hijo de Khaivel.