Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Rina

L o primero que hacía al despertar entre aquellas sucias paredes era escarbar en mis recuerdos, creyendo poder luchar contra los que me hubiera arrebatado la niebla.

—Me llamo Rina Dankova, vivo en Praga y trabajo para la Central de Atención a Criaturas Sobrenaturales.

—Apretaba mucho los párpados al musitar—: Tengo un padre ausente y una madre que desapareció hace siete meses.

Hace… ¿seis días?, ¿una semana?, ¿dos? —Suspiré—.

No sé cuántos días llevo secuestrada por dos vampiros, Velkan y Milo.

Tienen a una humana, Olga, que me trae la comida y me mira con indiferencia.

Velkan y Milo son… peligrosos, manipuladores y violentos, pero aún no me han mordido… creo.

Abrí los ojos con repentino nerviosismo y salí corriendo hacia el baño para analizarme el cuello. Suspiré de nuevo, no había marca de colmillos. Continué narrando todo lo que sentía que sería de utilidad recordar, como si así no pudieran borrarlo de mis adentros con tan solo un chasquido.

—Velkan y Milo están utilizándome para perseguir a los Neblíes, un clan criminal compuesto por Hijos de Nyra.

—Me froté la sien, completamente frustrada—.

No sé qué han hecho para cabrearlos tanto.

¿Un ajuste de cuentas? Tampoco sé si trabajan solos o forman parte de alguna organización.

No sé a qué linaje pertenecen. Tampoco cuánto tiempo pretenden tenerme aquí, cuánto pasará hasta que me liberen, me maten o me hagan… cualquier cosa.

Se me acumularon las lágrimas, pero mi corazón no se aceleró. Como si este hubiera aceptado mi destino mucho antes que mi cabeza, que mi esperanza por huir ilesa de aquellas bestias.

Dejé caer el agua sobre el lavamanos, me quité la camiseta antes de empaparme la cara, el pecho y las axilas con poca delicadeza.

—Me llamo Rina Dankova y es la tercera vez, o eso creo, que tengo que bañarme en este maldito lavamanos. —Me puse una cantidad considerable de jabón de manos sobre las palmas—. Me llamo Rina Dankova y tengo que secarme el cuerpo con una toalla del tamaño de una hoja de papel.

Salí del baño desabrochándome los pantalones y agachándome frente a la cama.

—Me llamo Rina Dankova y bajo la cama tengo una maleta que espero haber hecho yo dominada. —La saqué de un tirón, me senté sobre los gemelos y tiré de la cremallera para abrirla—. Porque como alguno de esos vampiros haya metido la mano entre mis bragas…

—Buenas tardes, Rina Dankova.

Creía que Olga era sigilosa al entrar cada vez que me traía la comida, pero ni siquiera tenía tiempo a reaccionar cuando Velkan abría la puerta sin previo aviso.

—No, ninguno de «esos vampiros» hemos tocado tu ropa interior, aunque estoy abierto a propuestas.

Con una mano tapándome el vientre y la otra sujetando una camiseta limpia, me quedé completamente petrificada durante varios segundos, esperando sentir el hormigueo en las pupilas, la sien y el pecho.

Aquellas pequeñas arañas que parecían treparme por la nuca cada vez que su dominio se apoderaba de mí. Sin embargo, no sucedió.

—Aunque no te muevas, te puedo ver. Lo sabes, ¿no?

No le hacía falta sonreír para que su boca mostrara lo que le divertía mi mueca de desconcierto. Su mirada se clavó en el escote de mi sujetador. Me tensé, todavía expectante. Sus ojos volvieron a los míos, gélidos pero estáticos. No había hormigueo, no había arañas.

No había… niebla.

—La merienda.

Me sobresalté cuando tras la espalda de Velkan apareció Olga con una de aquellas bandejas pequeñas entre las manos, que colocó sobre la mesa sustituyendo la de la comida del mediodía.

Ni me molesté en tratar de recordar qué era lo que había comido, solo sabía que había dejado el plato vacío.

Como todos los que me traía aquella mujer.

—Te lo has comido todo, muy bien.

Casi reí ante aquellas absurdas palabras. Si por mi propia voluntad fuera, por mucha hambre que tuviera, no ingeriría nada de lo que ellos me dieran.

Olga se fue y Velkan siguió con la mirada el plato de comida que me había dejado.

Esperé a que el hilo que tiraba de mi pecho hacia la mesa cada vez que me traían comida me obligara a levantarme sin siquiera cuestionármelo. Pero no lo hice, no había hilo.

La lacaya había dejado la puerta abierta. Miré a Velkan, al plato y a la puerta. A Velkan y a la puerta de reojo de nuevo.

Él se cruzó de brazos y elevó las cejas con incredulidad.

—¿Ya vas a hacer que me arrepienta? —Señaló con el mentón la bandeja—. Siéntate en la silla.

Parecía una orden, pero era imposible. Porque ningún hueso de mi cuerpo se movió, no tuve que luchar con ninguna fuerza externa que me arrastrara hacia donde sus palabras querían llevarme.

—¿Por qué no me dominas?

—Cuidado con las proposiciones que me haces estando semidesnuda —bromeó, antes de repetir—: Siéntate en la silla.

Me puse de pie, aunque no obedecí por muchas ganas que mi instinto de supervivencia tuviera de hacerlo.

—Primero quiero cambiarme.

Se adentró dos pasos más y evité a toda costa bajar la mirada mientras se aproximaba, pero no pude impedir que mis brazos me cubrieran el sujetador en un vago intento por esconderlo.

Mi gesto tan solo provocó que Velkan volviera a enfocarse en mi pecho.

—En ese caso, adelante —concedió con las manos metidas en los bolsillos—. No veré nada que no haya visto antes.

Se me cortó la respiración. Él sonrió.

La bilis me arañó la garganta al pensar en la repulsiva posibilidad de que alguno de ellos se hubiera aprovechado de mí y me hubieran borrado el recuerdo.

La mueca de molestia en el rostro de Velkan casi me hizo creer que era capaz de leerme el pensamiento.

—No hablo de ti. Siento decirte que no eres la primera mujer en ropa interior a la que se le acelera el corazón al verme.

Arrugué la nariz y me puse la camiseta con velocidad.

Velkan sonrió exageradamente y dio una palmada.

—¡Ya estás vestida! Mira qué bien. Ahora, come .

«Está bien».

Me senté y Velkan recolocó la mesa frente a mí con tan solo una mano. La ira de haber sido dominada de nuevo se entremezclaba con el apetito que amenazaba con devorarme el estómago si no lo llenaba pronto.

Cuando Velkan volvió a sonreír, mirándome morder un trozo de pan con mantequilla, arrugué la frente y giré la cara, apartando la vista completamente y fingiendo que no había un vampiro monstruoso observando cómo me relamía tras dar un sorbo al vaso de leche caliente que me quemaba las yemas de los dedos.

—No lo hagas más.

Seguí sin mirarlo cuando se acercó más a mí, rodeándome y colocándose a mis espaldas.

—¿El qué?

—Dominarme. Tenerme como a una marioneta. Es horrible.

—Cualquiera desearía pasar por esto recordando lo menos posible.

—Se encogió de hombros—. Pero si eres capaz de colaborar, no tengo por qué utilizar mi dominio contigo.

—Me tensé al notar su mano sobre el respaldo de la silla.

La punta de sus dedos me rozó los hombros—.

Pero cuando veas, escuches y sientas cosas terribles no quiero que te asustes, ternurita.

No contesté, aunque puse los ojos en blanco sabiendo que no podía verme y me tragué la extraña sensación que se arremolinaba bajo mi vientre, haciendo que me removiera en la silla.

—¿A qué hora empiezas tu turno esta noche? —murmuró—. No me gustaría que entraras tarde a trabajar por mi culpa.

Casi logró provocarme una carcajada.

—Lo sabes de sobra, me lo habrás sonsacado ya.

—Sí, tienes toda la razón. ¿Prefieres que deje de fingir que sigues teniendo algo de control sobre tu vida?

Estaba concentrada en no temblar, en no girarme para mirarlo. No quería hacer ningún movimiento brusco que lo provocara a agarrarme del cuello y estamparme contra la pared como lo había hecho en nuestro primer encuentro.

El corazón me latió más rápido, la piel se me erizó.

—¿Qué quieres de mí?

No soportaba notarlo tan cerca.

—Para que puedas facilitarnos información, necesitas acceso a tu cuenta, como ya sabemos todos.

—No respondí y se inclinó sobre mí, haciendo que sus siguientes palabras me acariciaran el cuero cabelludo—.

Para eso tu actitud frente al ordenador ha de ser idéntica a la de siempre, nadie puede sospechar, así que, como tú misma has comunicado a la empresa, estarás teletrabajando unas semanas porque te fracturaste el tobillo volviendo a casa y ahora llevas una bota ortopédica que te impide apoyar el pie.

—¡¿Qué?! ¿Yo le he comunicado eso a la empresa? —Abrí la boca—. ¡¿Qué más me has obligado a hacer?!

Me giré para poder alejarme del cosquilleo de su aliento, para mirarle a los ojos, tan azules que lograron ponerme los pelos de punta. La sonrisa de Velkan se ensanchó, alimentando mi irritación, mi odio y las ganas de arañarle como una gata rabiosa.

—Poca cosa. Facilitarnos información, responder a las llamadas de tu compañero Filip, que, por cierto, es pesado de cojones.

¿Debería preocuparme por él? Porque lo mando con Lilith rápido.

Ah, y que hicieras la maleta antes de venir, aunque veo que eso ya lo has descubierto tú solita.

—Su mirada bajó una tercera vez a mi pecho, pese a que ya estuviera cubierto.

Frunció los labios y la desvió a la prenda que tenía en la esquina de la habitación.

La camisa mugrienta y sucia que llevaba puesta aquella noche—.

Te queda bastante bien la sangre. ¿Te lo han dicho alguna vez?

—Sí, desde bien chiquitita me lo dice mi madre.

Mi contestación pareció gustarle, pues ladeó la cabeza y posó la lengua en la punta de uno de sus colmillos.

Yo me puse de pie para poner distancia.

—¿Por qué llevas tanto tiempo perturbándome en el trabajo?

—Se le borró la sonrisa al observar el dedo con el que le apuntaba—.

No he hecho nada malo, no me merezco esto, de verdad que no.

Yo… —Lo bajé cuando empecé a temblar, me crucé de brazos y clavé la mirada en el suelo al negar—.

Soy una buena persona, esto no debería estar pasándome a mí.

No soy lo que necesitáis, en serio. No sé por qué me estás haciendo todo esto a mí, pero…

Velkan parpadeó varias veces y transformó su rostro en un puchero.

—Pobre y dulce angelito, espero no haberte hecho sentir que tienes algún tipo de importancia para mí.

—Se acercó y llevé la mirada por inercia a sus manos, con evidentes heridas infectadas.

Fruncí el ceño, confusa—. Te tocó atender mi primera llamada, como le podría haber tocado a cualquier otro trabajador de esa patética centralita de lacayos que hubiera terminado en la misma situación que estás tú ahora. Nada más, pura casualidad.

—No soy una lacaya, nunca os serviría.

Se relamió, dejando entrever los colmillos de nuevo. Se acercó otro paso más; esta vez no me alejé.

—No te engañes, eres igual que cualquiera de ellos. Aunque me complace que fueras tú quien descolgara el teléfono.

Paseó la mirada por mi rostro, clavículas, pecho…

Deseé que no notara cómo se me aceleraba el pulso cada vez que decidía poner su atención sobre mí.

Inspiró con profundidad al volver a alejarse; yo cerré los labios al darme cuenta de que había estado exhalando por la boca.

—Milo bajará aquí contigo durante tu horario laboral para vigilar que no haces ninguna tontería.

Te traerá el ordenador cuando empiece tu turno.

Solo tendrás que hacer tu trabajo de forma rutinaria y prestar atención a lo que ocurra en la zona del sur.

Infórmale de todo lo que tenga que ver con los Neblíes.

Creo que no me hace falta advertirte de que, si no colaboras por voluntad propia, volveré a dominarte y no de la manera en la que a ambos nos gustaría.

—¿Por qué necesitáis tanta información sobre esos criminales?

Velkan aminoró sus pasos hacia la puerta, como si por primera vez recibiera una de mis preguntas con interés. Me miró por encima del hombro.

—Me han robado algo muy valioso. Si no lo recuperamos a tiempo, caerá en manos peligrosas.

Una sutil risa se me escapó por la nariz.

—¿Más peligrosas que las tuyas?

Sonrió con mucha menos picardía de la que acostumbraba a dedicarme.

—Hay criaturas, ternura, por las que me suplicarías de rodillas que te protegiera. Así que pórtate bien, ayúdanos en esta búsqueda y puede que me plantee devolverte a casa. Lo tienes difícil, pero, quién sabe, tal vez una persona tan buena como dices ser consiga ablandarme —se mofó.

—No soy tan estúpida como para creer que serviría de algo esforzarme por complacer a una criatura como tú.

—Ah, ¿no? Yo que pensaba que te habías pasado así toda la vida, complaciendo a los demás.

Fruncí el ceño.

Él ensanchó la sonrisa, esta vez, con la malicia que lo caracterizaba.