Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Rina

L as primeras horas de aquella mañana, en las que el lastimero tragaluz me ofrecía una mínima claridad, me las pasé recorriendo de un lado a otro el tétrico sótano en el que me habían encerrado.

Palpé cada centímetro de pared, salté sobre cada baldosa, moví el espejo que colgaba del baño, la mesita, la cama y la maleta bajo esta e incluso el enorme armario, con la desesperada intención de encontrar alguna rendija, agujero o puerta secreta que me ayudara a salir de allí.

Pese a parecer ridícula, la idea no era tan descabellada. Era conocedora del interés de los vampiros por los enigmas, los juegos y cualquier tipo de misterio que añadiera algo de sal a la insulsa existencia que debían de padecer la mayoría de ellos.

El índice de criminalidad de los vampiros no estaba tan alejado del de los suicidios entre su especie, que se incrementaba con creces entre los que superaban el siglo de edad.

No me extrañaba lo más mínimo. Después de tantos años teniéndolo todo mientras las personas que una vez quisieron se marchitaban como las flores hasta ser tan solo un recuerdo, no les quedaba nada .

En el momento en que ellos mismos se percibían como muertos en vida, vacíos, era cuando algunos decidían partir. Pero la gran mayoría intentaban mitigar su apatía haciendo sentir a los demás.

Haciendo sufrir a los demás, en especial a los humanos.

Nosotros les recordábamos lo que eran las emociones, el dolor y la desesperación, y sin duda les encantaba torturarnos de muchas formas para intentar sacar de nuestra miseria un entretenimiento, algo que los removiera, que les hiciera experimentar un atisbo de emoción de nuevo.

Cuanto más tiempo pasaba, más les costaba encontrar alimento para el alma, hasta que dejaban de tenerla y se convertían en criaturas temibles y atroces.

Criaturas con una sed incontrolable.

Criaturas como Velkan.

Me rendí cuando el sol estaba lo suficientemente alto como para que la luz se intensificara y le diera calidez a la estancia… Todo lo cálido que podía sentirse un zulo.

Me senté en el suelo bajo el rayito de luz, que me templó el rostro.

Recogí las piernas y apoyé el mentón en las rodillas con los ojos cerrados, mientras controlaba la respiración.

El shock inicial al encontrarme allí había derivado en un estado de disociación que poco a poco se desvanecía, de forma que cada vez era más consciente de la situación en la que me encontraba.

No había agujero por donde escapar.

No había esperanzas para mí.

Sería una humana más en la lista de presas, otro nombre en el expediente incompleto de Velkan, o tal vez en el de su compañero.

¿Habría más vampiros allí? Daba igual, ni siquiera estaba segura de que alguien fuera a encontrar mi cuerpo.

Tal vez simplemente lo enterrarían en algún lado o lo dejarían pudriéndose entre estas cuatro paredes cuando se cansaran de alimentarse de mi sangre, mi cuerpo y mi alma.

Me entristecía pensar que, probablemente, nadie se daría cuenta de mi desaparición ni de mi muerte. No tenía a nadie que me llorara, ya no.

«¿Y si Aleshka terminó así?».

Imaginé a mi madre sentada frente a mí, con la espalda pegada a la pared y los ojos inundados. La señal de un mordisco en su cuello, como muchas veces le había visto, aunque tratara de ocultarlo.

—¿Has acabado aquí por error o por gusto?

No me respondió. Su pecho tampoco lo hacía.

—Estás muerta, ¿verdad?

«Lo prefiero antes que descubrir que me has abandonado», no me atreví a dejarle oír mis palabras.

Me temblaba la barbilla y una lágrima me humedeció la rodilla, atravesando la tela de los vaqueros.

Oí unos pasos.

Me puse de pie y corrí a esconderme tras el armario.

Alguien dio un par de golpes, giró la llave y abrió la puerta.

—¿Estás despierta? —Me sobresaltó una voz femenina. No respondí.

Me asomé por el lateral del mueble con cautela para encontrarme con una señora de baja estatura y manos pequeñas que sujetaba una bandeja, la cual dejó sobre la mesa. Si bien su rostro me resultaba familiar, no lograba identificarla en ningún recuerdo consciente.

Parpadeé varias veces.

—¿Quién eres?

—¿Otra vez? Soy Olga. —Me clavó los ojos, casi tan grisáceos como su pelo—. No estoy aquí para servirte, así que no se te ocurra llamarme. Vengo a traerte la comida, como llevo haciendo estos días.

Antes de poder preguntarle nada más, Olga se largó, cerrando de un portazo.

No me dio tiempo a lanzarme hacia la puerta antes de oír cómo volvía a echar la llave.

—Una humana —susurré.

Una humana que había visto antes, sí. Me froté las sienes y cerré los ojos con fuerza tratando de esclarecer su figura en mi mente, pero tan solo la tapaba una puñetera niebla.

Me acerqué a la puerta, y pegué la oreja a la madera.

No había oído ningún ruido en todas las horas que llevaba despierta, o al menos ninguno que lograra recordar. Los lacayos solían adaptarse en gran parte al horario nocturno de sus amos, aunque también ejecutaban sus tareas durante el día, como debía estar haciendo en esos momentos Olga.

¿Habría más humanos en aquel lugar?

Tal vez también los había conocido, pero un vampiro de ojos aguamarina y manos enguantadas había decidido dominarme para que lo olvidase inconscientemente, haciendo de mis recuerdos entre aquellas cuatro paredes tan solo imágenes borrosas, como un sueño que no logras recordar con claridad.

Me separé de la puerta y golpeé la pared, como si así pudiera comprobar el nivel de insonorización de la estancia.

Por un momento estuve a punto de reír al recordar la madrugada en la que había despertado al vampiro de piel tatuada a gritos.

¿Habría sucedido más veces y lo habían eliminado de mis recuerdos?

Quería gritar. Golpear la puerta para despertarle de nuevo. Acelerar mi muerte.

—No seas idiota —me reprendí, sacudiendo la cabeza.

Bufé y me eché de espaldas sobre la cama. Pero una tirantez desde mi sien me hizo volver la mirada a la bandeja que Olga había traído y, antes de darme cuenta, mis pies se estaban dirigiendo hacia ella hasta sentarme frente a la mesa.

Los nervios se habían comido mi hambre, así que no me quedaba ni un ápice; sin embargo, a mis manos no pareció importarles, igual que a mi boca.

Mojé hasta la última miga de pan en la salsa del solomillo sin siquiera pararme a pensar en ello.

Aunque quisiera, no podía hacerlo, porque algo superior a mi propia voluntad se había encargado de ordenarme cada paso previamente, aun cuando él no estaba presente.

—Velkan.

Gruñí con frustración ante la repentina somnolencia que sentía. Dando los últimos tragos de agua se me cerraban los párpados, y mi cuerpo volvió a dirigirse por sí solo a la cama, a dormir más tiempo de lo que acostumbraba, a mantenerme neutralizada mientras ellos no me necesitaban.

—Baño, vamos al baño, es una necesidad —les hablé a mis pies, clavando la mirada en ellos—. Luego dormir, primero al baño.

No me permití dudar ni por un instante de mi declaración, autoconvenciéndome de que, efectivamente, debía dirigirme al baño. Suspiré con alivio al tomar de nuevo las riendas de mi voluntad y encaminarme hacia la puerta del estrecho aseo.

Al mirarme al espejo, rebufé.

Me toqué el pecho, horrorizada al recordar que todavía llevaba la camisa con la que me asaltaron en casa.

Pero decidí tomármelo como indicativo de que no debía llevar demasiados días allí encerrada; quería pensar que, si así fuera, en algún momento me habrían instado a darme una ducha.

Ni siquiera por mi bien, sino por el suyo.

Me aparté la camisa para observarme el cuello, en busca de marcas sospechosas.

Pero, igual que las anteriores veces —al menos las que recordaba—, no encontré nada.

Tan solo el recuerdo de cómo aquella noche Velkan me había aprisionado contra la pared, ahorcado con sus dedos sangrientos, susurrado órdenes demasiado cerca de mi oído…

Me removí, sintiendo la tela más de lo debido sobre la piel.

—Por favor, qué asco.

No tenía ducha donde deshacerme de la molesta sensación que notaba en el pecho, el abdomen y los brazos, así que hice lo que pude con el agua que recogí en puñados del lavamanos y el bote de jabón que había sobre este.

Me quité la camisa y, tratando de empapar el sujetador lo menos posible, me froté las axilas, los brazos y cada parte de mi cuerpo que había estado en contacto con sus manos.

Alargué el penoso baño lo máximo posible, pero mi propia consciencia supo cuál era el momento de volver a la cama y no pude luchar contra ella.

Podría agradecer que mi retención allí estuviera siendo apacible y tan dispersa como para no padecerla, pero odiaba cada segundo que no tenía bajo control, cada palabra que me sacaban sin saber cómo la pronunciaba, cada recuerdo que difuminaban para mantenerme aislada de lo que estaba ocurriendo.

Las sábanas me acariciaron las piernas desnudas cuando me acomodé de nuevo entre ellas y me sumí en la oscuridad sin poder oponer resistencia.