Capítulo 7
Velkan
L os gritos de aquel inútil debían resonar por toda la casa.
Aun reteniéndolo entre paredes insonorizadas, las cadenas que lo mantenían inmovilizado parecían incomodarle tanto como los clavos de madera que le atravesaban el dorso de las manos, incrustándolo en los reposabrazos.
—Deja de moverte tanto y dolerá menos; es fácil, aunque no pareces muy listo como para entenderlo —escupió Milo, frotándose el puente de la nariz con irritación—. Podemos hacer esto mucho más deprisa: danos la información que buscamos y tu muerte será rápida e indolora.
Bueno, el dolor ya formaba parte de cada tira de su piel atravesada por el puñal de Milo. No quiso hacer caso a su consejo y siguió balanceándose sobre la silla a la que lo manteníamos atado mientras se oía el chapoteo de los clavos abriéndole las heridas.
—¿Sabe vuestro padre que estáis perdiendo el tiempo con trapicheos entre vendedores ambulantes? —escupió el Hijo de Nyra, esparciendo saliva en el aire—. ¿Sabe vuestro padre que os la hemos robado?
Gritó cuando le agarré los dedos de la mano derecha y los hice sonar al tirar de ellos hacia atrás, partiéndole cada uno de sus pequeños huesos. Continuó gritando cuando estos empezaron a moverse con lentitud al recolocarse en su lugar.
Las gotas de saliva le caían por la sangrienta comisura hasta ensuciar el suelo.
—¿Tienes la rabia o qué? Qué asco —me quejé con desagrado mientras le daba un golpe en la pierna con la punta del zapato—. Compórtate, pareces un animal.
Aquel matón que había apaleado y arrastrado hasta aquí en cuanto el sol se puso era uno de los sabuesos del clan de los Neblíes.
No parecía ser alguien lo suficientemente cercano a los líderes como para dar la voz de alarma.
Aunque tampoco me importaba si lo era, estaba seguro de que aquellas alimañas sabían que seguíamos cada uno de sus pasos.
—Dime, Gregor. ¿De dónde han salido tus hermanos de sangre negra y cara de momia embalsamada?
Deduje que Gregor quiso reír, pero en su lugar aulló al notar cómo Milo le clavaba la punta del puñal entre las costillas sin hacer ningún tipo de mueca. Como si estuviera pasando el rato.
—Pronto lo descubrirás. —Sus ojos bajaron a las heridas de la mano que llevaba al descubierto—. Si estás vivo para verlo.
Sonreí sin atisbo de diversión. Me paseé frente a él quitándome el otro guante.
—¿Por qué lo dices? ¿Por esto? —Abrí y cerré los dedos demasiado cerca de su cara. Trató de echarse hacia atrás para que mi piel no lo rozara—. Ni el peor veneno podría matarme, no te preocupes por mí.
Arranqué el clavo que le atravesaba la mano izquierda. Gritó cuando le desgarré la piel al hacerlo y maldijo al arañarle la mejilla con él. Desde el pómulo hasta la comisura de la boca.
Me agaché con tranquilidad para coger el frasco de sangre corrupta que había dejado en el suelo al entrar.
Los ojos de Gregor observaron con nerviosismo los movimientos de mis manos al abrir la tapa.
Deslicé un dedo en el interior de aquella supuración oscura.
El mismo dedo con el que hurgué en su recién abierta herida antes de que esta se cerrara.
Hinqué la uña con profundidad, levantando los pliegues de su piel para asegurarme de no dejarme ni un centímetro sin rasgar.
Su gruñido se tornó un gimoteo. Lo sujeté del mentón con fuerza y clavé las pupilas en sus ojos de nuevo.
—¡Dime de una vez a quién le lleváis la puta serpiente!
Milo resopló incluso antes de que ocurriera. Porque ambos sabíamos que utilizar el dominio en aquellas situaciones era arriesgarse a perderlo todo.
Era más difícil implementarlo en los vampiros.
Funcionó con facilidad sobre Gregor, pero eso no era algo que celebrar.
Gregor rio como si la profundidad de su garganta fuera un pozo sin agua.
Las lágrimas le brotaban de los ojos mientras se mordía la lengua con tal violencia que desgarró el músculo sin siquiera dudar.
Porque alguien ya había jugado con su subconsciente.
Alguien había quebrado la barrera de su voluntad antes que yo.
Se tragó su propia lengua, sin llegar a engullirla. Sus últimas respiraciones sonaron como un silbato sin ritmo antes de que su corazón se detuviera solo, obligado por quien fuera que se lo hubiera ordenado.
Milo lo acalló atravesándole el cráneo con el puñal.
—¿Por qué cojones has usado el dominio sobre él? Podría habernos dado más información.
Me apoyé una mano sobre la cadera y con la otra señalé al cadáver que permanecía maniatado en la silla.
—Ha preferido asfixiarse con su propia lengua, creo que poco más podíamos pedirle.
Milo resopló frotándose las sienes y salió de la mazmorra sin mediar palabra.
—Date una ducha, estás lleno de sangre —farfullé.
—Dátela tú.
Contemplé con cansancio el cuerpo del sabueso. Negué para mí mismo. Me acerqué a observar el corte de su mejilla y entrecerré los ojos al comprobar que se le había infectado, igual que a mí.
Salí de la mazmorra dejando la puerta bien cerrada para que la rata que rondaba por la casa no tratara de meterse a mordisquearle a Gregor los dedos de los pies.
La respiración de Rina atravesó la puerta del sótano contiguo, amansando la mía. Sabía que estaba durmiendo plácidamente, no solo porque se lo había ordenado a su cuerpo, sino porque me lo cantaba la lentitud de sus latidos.
«Líberame», su débil voz susurró en mi subconsciente.
Abrí la puerta con curiosidad y me quedé apoyado en el marco durante unos minutos. Dormida bajo el edredón, tan solo era un bulto de mantas, piel y un aroma que alcanzaba mis fosas nasales como una caricia.
Las puntas del flequillo le rozaban los pómulos, cayendo sobre la almohada con la misma suavidad que sus mechones, tan negros como las pestañas.
Rina dormía con la boca ligeramente abierta.
Sonreí ante la imagen de aquella humana tan quebradiza y afilada como un trozo de cristal que debes agarrar con cuidado.
Tan suave y pálida, la piel de su pecho seguía manchada de las gotas de sangre que mis manos habían dejado sobre ella hacía apenas tres noches. Inhalé su olor dulce pero pegajoso, el aroma de su sangre se entremezclaba con el del sudor, el miedo y la adrenalina.
«Libérame».
No iba a ser misericordioso con ella. No más de lo que ya lo estaba siendo por pura comodidad. Pero Rina me interesaba lo suficiente como para aflojar un poco la cuerda y ver qué hacía con ella…
Mi cuerpo se tensó al verla revolverse entre las mantas, buscando otra postura.
No me importaba la posibilidad de despertarla, incluso me resultaba tentadora la idea de molestarla durante unos minutos para aliviar la desazón de mi reciente encuentro.
Pero tener que volver a dominarla como cada vez que abría los ojos y me miraba con terror no me resultaba nada apetecible en aquel instante.
Así que simplemente cerré la puerta a mis espaldas.
—¡Tú también, los zapatos fuera! —me graznó Olga en cuanto puse un pie en el salón—. Tú y el otro siempre dejándolo todo perdido de sangre.
—Olga, somos vampiros.
—Y unos cochinos, haz el favor de subir a ducharte.
Puse los ojos en blanco y le oculté una sonrisa.
—Ya puedes limpiar las mazmorras —murmuré subiendo las escaleras con los zapatos en la mano—. Te he dejado al invitado muerto y sin lengua.
—Los que menos molestan.