Capítulo 6
Velkan
J akub Havel pertenecía al clan de los Neblíes, una agrupación con fines criminales conformada completamente por vampiros del undécimo linaje, los Hijos de Nyra.
Más allá de eso, había poca información sobre él en su expediente, pero tampoco esperaba encontrar mucha más.
Era evidente que alguien inmiscuido en los entornos clandestinos no iba a ser un ciudadano ejemplar que reportara cada una de sus cacerías.
Si bien ese era exactamente el motivo por el que muchos de los vampiros criminales declaraban su identidad frente a los humanos, para poder mantener un historial lo bastante limpio como para que ni la guardia ni los rastreadores pusieran el ojo sobre ellos.
¿Quién iba a saber que delincuentes como él estaban dando caza a más humanos de los que declaraban?
Lo cierto era que no me importaba lo más mínimo el tal Jakub; ese cabrón ya era un puñado de cenizas olvidadas en el bosque. Pero sí lo hacían los Neblíes.
Sabía poco de ellos, nunca me habían interesado más que cualquier otro clan pretencioso de mercenarios a sueldo.
No había oído hablar mucho de ellos porque no eran de los más problemáticos, ni de los más adinerados, ni mucho menos los más inteligentes…
Entonces, ¿por qué demonios formaban parte del robo?
¿Qué relación tenían con los vampiros de sangre negra? ¿Serían esos también Hijos de Nyra?
Metí las manos en los bolsillos, los guantes que ocultaban mis heridas rozaban la tela del abrigo mientras caminaba a paso ligero por el mercado embrujado de Malá Strana.
Escondido tras callejones empedrados y sellado para el ojo del humano ajeno a la sociedad sobrenatural, era uno de los mercados negros más concurridos de la ciudad de Praga.
En cuanto llevé a Rina a casa, la utilicé para encontrar toda la información posible del clan de aquel tipo, descubriendo que en las últimas horas se había registrado actividad de dos de los integrantes de los Neblíes cerca de los callejones del mercado.
Cada noche, los mercaderes recogían sus puestos antes de que la luz del amanecer los revelara frente a los humanos. Así que debía darme prisa, estaba seguro de que el muy holgazán sería uno de los primeros en marcharse.
Pocas veces había frecuentado aquel lugar inmundo, no había nada allí que pudiera interesarme. Ni alimentos, ni armas, ni herramientas ni servicios sexuales que me ofrecían al pasar.
—Buen hombre, tiene que probar este ungüento. —Un escuálido tendero sacó con velocidad el tarro que guardaba en una caja, lo abrió y me mostró la cremosidad rojiza de su interior—. Póngalo en el cuello de su lacaya y hará que le hormigueen los colmillos de placer en cuanto le pegue un mordisco.
Negué sin detenerme.
La última vez que había hablado con el ratero de Ceslav llevaba una barba que le rozaba el pecho, por eso me costó reconocerlo sin un pelo en el mentón y tan solo un bigote.
Lo encontré agachado entre dos estructuras metálicas que intentaba plegar con torpeza para meterlas en el camión.
Como esperaba, tenía el puesto de venta completamente desmontado, todo empaquetado en cajas.
Algunas de ellas todavía estaban abiertas y podía ver tarros con diferentes contenidos: roedores, reptiles, pieles disecadas, dedos, grasas corporales…
En un bote había tantos ojos comprimidos entre sí que uno de ellos pareció parpadear contra el vidrio.
—Ceslav.
Sin siquiera girarse se lanzó a esconderse entre el montón de cajas, que tambalearon ante su cobarde movimiento.
Elevé las cejas al observarlo mientras se asomaba poco a poco, como un jodido niño pequeño jugando al escondite.
En cuanto me vio volvió a hacer tambalear las cajas, esta vez saliendo de detrás de estas con nerviosismo.
—¡Velkan! —Se quitó el polvo del chaleco entallado, que se le arrugaba sobre la barriga—.
Perdóname, no estoy acostumbrado a oír mi nombre de pila.
—Se secó el sudor de la frente con la mano que me tendió a continuación—.
Y siempre que alguien me llama por mi nombre, nunca es nada bueno.
—Rio enseñándome todos los dientes sucios.
Bajó la mano al ver que yo mantenía las mías tras la espalda.
—Vengo a por información.
Ceslav miró a ambos lados. Se secó el sudor sobre el chaleco.
—¿Qué tipo de información?
—¿Qué sabes de los Neblíes?
Frunció el ceño y se rascó la cabeza.
—Pues sé que es un clan formado completamente por Hijos de Nyra, un grupo bastante grande…
¡Podría decirte el nombre de algunos de ellos!
Pero no de todos, suelen mantener un perfil bajo, o eso me ha llegado a mí.
Se dedican a hacer encargos, ya sabes, algo cuestionables…
Como vosotros, bueno, nosotros. —Rio—. No sé nada más.
Le borré la sonrisa de un golpe, estampándolo contra el camión a sus espaldas. Me aproximé veloz mientras trataba de recomponerse, sentándose con dificultad.
—¿Crees que vengo a verte a ti por capricho?
—Me agaché frente a él—. No quiero la información superficial que cualquiera de aquí podría darme, quiero saber qué coño hacían en el mercado dos de ellos esta noche.
Quiero saber todo lo que has visto, escuchado, olido o lamido, maldito chaquetero.
—Me incliné sobre su rostro—. Eres lo suficientemente buscón como para no perder la oportunidad de intentar sacar dinero a cualquiera que pase frente a ti con alguna de tus porquerías.
—Yo no… no tengo nada que ver… —Le temblaba la voz—. No sé nada.
—¿Nada que ver con qué? —Agarrándole del cuello de la camisa, lo elevé frente a mí—. ¿Con qué no tienes nada que ver, Ceslav?
Puse los ojos en blanco ante la ausencia de respuesta.
—¿Sabes? Esta noche se me está haciendo larga de cojones.
Chasqueé la lengua y lo lancé contra las cajas.
El impacto de su cuerpo hizo que se derrumbaran, abriéndose y quebrando muchos de los tarros en su interior. Algunos se salvaron de la caída y rodaron unos centímetros…
Mi mirada se paró sobre uno de los recipientes que se había reventado.
Abrí mucho los ojos, tanto como las aletas de la nariz al inspirar para contenerme de no arrancarle la columna vertebral a Ceslav allí mismo. Antes necesitaba respuestas.
Me acerqué al fluido renegrido y pegajoso que se había derramado sobre el suelo. Al tocarlo con los dedos, denso y candente, fue como si las heridas de mi mano chillaran al recordar el escozor.
Sangre negra.
Sangre de los monstruos que me habían robado.
—Ceslav, si valoras tu vida lo más mínimo —clavé los ojos en él, que no se atrevía a levantarse del suelo—, dime ahora mismo quién te ha dado esto y para qué.
Tragó saliva. La respuesta tardó en llegar.
—Fueron ellos, los Neblíes.
—¿Para qué?
Miró a todos lados, temeroso de que alguien nos estuviera observando.
—Para venderlo. Es… es un producto exclusivo, nuevo en el mercado.
—Tragó con dificultad—. La han llamado sangre corrupta.
Me dijeron que infectaba a todo tipo de criaturas.
Mantiene abiertas las heridas para corroer poco a poco la carne y pudrirla, como la de un muerto…
o eso me han prometido ellos, los Neblíes.
Esto es cosa de ellos, sí… —Era tremendamente molesto lo mucho que sudaba—.
Yo… todavía tengo prohibido ponerla a la venta, tampoco la he probado, así que seguramente no sea para tanto.
Me han pedido mucha discreción y… paciencia, aún no puedo comercializarla, no.
Pero… pero si tú quieres, puedo darte un poco.
Bueno, o mucha… ¡Toda! —se corrigió—. ¡Darte todos los tarros!
No me importa, no los necesito. —Su risa parecía un sollozo—. ¡Toda para ti!
Elevé la mano derecha y me saqué el guante de cuero para dejarle ver con claridad mis heridas.
—Gracias, pero creo que he tenido suficiente.
Con esa misma mano volví a agarrarlo del cuello de la camisa y lo acerqué a mí.
—¿Qué querían?
—No lo sé. ¡Te lo juro por Lilith! —Apretó los ojos con verdadero terror—. Velkan, por favor. No sé en qué están metidos, te lo prometo. Me ofrecieron mercancía exclusiva a muy buen precio, y sabes que necesito hacer según qué negocios para poder mantenerme aquí y daros… ¡darte información!
—Pues ofréceme algo interesante, Ceslav, algo con lo que salvar tu vida. —Le sonreí, mostrándole los colmillos—. Vamos, sé que puedes darme mucho más.
Volvió a apretar los ojos con fuerza. Las gotas de sudor le temblaban por el mentón, casi parecía un patético humano.
Pero no lo era, Ceslav escondía en sus mejillas rosadas y la panza de manteca numerosas cacerías.
Por la forma en la que se le enrojecían las orejas, me hubiera atrevido a decir que se habría alimentado de una decena de ellas en las últimas horas.
Supuse que de algún lado tenía que sacar tantas partes del cuerpo que encurtir en frascos.
—Al sur, oí que se dirigían al sur —confesó.
Ladeé la cabeza, observando su rostro con más claridad a cada minuto. Faltaba poco para el amanecer.
Me froté el mentón mientras mis sentidos se desviaban con sigilo hacia los movimientos que percibí escondidos entre la niebla.
—¿Sigues viviendo en el mismo edificio de siempre?
—Sí. —Asintió con pasión—. ¿Por qué?
—Porque necesitaré pasar allí el día.
—Sí, claro, estás invitado, por supuesto…
Le partí el cuello y lo dejé caer inconsciente. Sin demora me acerqué a uno de los palés de madera que tenía cerca y arranqué un trozo que clavé en el pecho de Ceslav. Sus costillas crujieron, noté su corazón explotar como un globo de agua.
—Gracias por tu hospitalidad.
Antes de marcharme, me aseguré de reventar cada uno de los recipientes que contenían la sangre corrupta, excepto uno de ellos, que envolví en un trapo y me llevé conmigo.
No fumaba, pero solía llevar un mechero encima por si surgía alguna urgencia, como prender fuego a aquel fluido y todo lo que hubiera quedado manchado con este para mantenerlo fuera del alcance de más criaturas.
Pasé la llama por la camisa de Ceslav, prendí un par de cajas de cartón y también quemé un hilo que sobresalía del codo de mi abrigo.
En el mercado había varios ojos observándome, pero tan solo estaban visibles los del hombre de los ungüentos, que me escrutaba con cautela mientras terminaba de cargar su camioneta, pendiente a cada paso que daba conforme me alejaba del cuerpo de Ceslav, que ardía junto a la sangre que lo rodeaba, calcinándose contra el asfalto.
Pisé con fuerza al cambiar por un instante el rumbo de mis pasos solo para ver cómo daba un brinco, asustado.
Sacudí la mano y reí.
—No tardaría mucho en llamar al servicio de limpieza, está a punto de amanecer —murmuré, dedicándole una sonrisa—. No se preocupe, puede decirles que ha sido Velkan. —Le guiñé un ojo—. Ya me conocen por allí.