Capítulo 5
Rina
L o primero que vi al abrir los ojos fue a mamá.
No supe descifrar si llevaba minutos, horas o días dormida. Era como si mi cuerpo pesara como una lápida. Me desperecé bajo las mantas con lentitud, arrastrando los brazos fuera del colchón y palpando la mesita que tenía al lado hasta dar con lo que parecía el interruptor de una lámpara.
Cuando esta se encendió, tuve que pestañear varias veces; tenía los párpados tan cansados como el resto de mi cuerpo.
Sobre la desgastada mesita había un marco con una de las fotos que teníamos en el mueble del salón, con Aleshka conmigo entre sus brazos, siendo tan solo un bebé.
Detrás de nosotras, un paisaje nevado. Ambas íbamos embutidas en capas de abrigo, con gorros de lana a conjunto, y mis mejillas estaban tan sonrojadas como la punta de su nariz al sonreír.
Me froté los ojos y me incorporé, apoyando la espalda en la pared.
Protesté ante el escozor en la palma de la mano, pero poco pude ver en ella.
Lo único que brindaba algo de luz en la habitación era la lámpara a mi derecha y una ventana estrecha en la esquina por la que apenas se filtraba la poca claridad que ofrecía el amanecer. O el atardecer.
No lo tenía claro, estaba completamente desorientada.
Miré hacia arriba. Las paredes eran exageradamente altas, grises y húmedas.
Mis pies descalzos tocaron un suelo helado, igual de sombrío que todo lo que me rodeaba.
Una mesa de madera contra la pared con dos sillas, un armario tan alto como los techos, la mesita de noche, la cama y lo que parecía una nevera pequeña, como las de los hoteles.
Me agaché frente a esta y la abrí para comprobar que tan solo había una botella de agua y dos koláč de mermelada.
Tampoco me importó mucho, tenía el estómago revuelto y lo último en lo que pensaba era en comida, aunque sí que le di un buen trago a la botella mientras intentaba recordar lo que…
Velkan.
Me estrujé la frente con las manos, como si aquella presión me ayudara a rememorar lo sucedido. Las imágenes eran difusas, se escondían tras una niebla.
Pero lo había visto, a él , a Velkan.
Había entrado en mi casa. Me había obligado a invitarle. Iba con otro vampiro igual de terrorífico que él, que su mirada depredadora, su postura, sus colmillos, su voz…
Empecé a dar vueltas por la habitación como un ratón atrapado en una caja. Abrí la puerta más cercana para huir, pero me encontré con un retrete diminuto y un lavamanos. También había un espejo y no descarté la posibilidad de romperlo para utilizar uno de los trozos como arma.
Me lancé hacia el otro lado de la habitación, donde había una segunda puerta que, como me temía, estaba cerrada.
Me habían encerrado.
Velkan me tenía atrapada.
Necesitaba concentrarme mucho para recordar sus palabras; eran como susurros que me habían adormecido hasta despertar aquí, en una habitación oscura, tétrica, gélida y…
Entrecerré los ojos analizando bien mi entorno.
«Esto tiene que ser una pesadilla».
No era una habitación, me hallaba en un maldito sótano.
Me subí sobre la mesa y pegué varios saltitos tratando de alcanzar la ventana.
—¡Joder!
No era una ventana, tan solo un tragaluz fijo imposible de abrir.
Me empezó a faltar el aire y respiré con agitación, expectante ante lo que podría ocurrirme en las próximas horas, minutos o segundos.
Había descubierto que los vampiros eran aún más imponentes de como los llevaba recreando en mi mente durante años.
Creí que nunca me encontraría en la situación de tenerlos frente a mí, observarlos, olerlos o tocarlos. Pero lo había hecho.
Sacudí la cabeza, con ganas de vomitar. Debía huir de allí.
De la oscuridad.
De ellos.
De Velkan.
Al recordar su rostro tan violentamente perfilado me asaltó un escalofrío, deslizándose por la espina dorsal. Me mordí las mejillas con fuerza intentando borrar su imagen de mi mente, como si temiera que esta pudiera invocarlo.
Me obligué a no gritar, o quién sabe lo que aparecería por aquella puerta. Pero un llanto de pánico me arañaba la garganta, amenazándome con escapar.
Bajé de la mesa y agarré una silla. La tumbé de lado en el suelo y, deseando que los vampiros estuvieran lo suficientemente lejos como para no oírme, salté sobre una de sus patas para romperla.
No logré partirla del todo, pero la fragmenté lo suficiente como para hacerme con un pedazo que me serviría de estaca.
Si no podía salir de ahí, debía tener algo con lo que protegerme.
El torso de Velkan aprisionándome contra la pared con tan solo una mano volvió a apoderarse de mi pensamiento. Era ridículo creer que un trozo de madera astillado podría vencer a una criatura como él o a su colega, hermano, creador o quien narices fuera el vampiro que lo acompañaba.
Me escondí la estaca en la parte trasera del pantalón y volví a acercarme a la puerta.
Empujé y tiré del pomo, una, dos, tres veces.
La frustración se apoderó de mí en pocos segundos, al ser cada vez más consciente de la situación terrorífica en la que me encontraba.
Tiré con más fuerza, cuatro, cinco, seis veces.
No iba a salir de allí, esas paredes serían mi sepulcro.
Di una patada a la puerta, completamente desesperada.
Y otra.
—¡Socorro!
Y otra más.
¿Qué importaba si me oían? Iba a morir de todas formas. En aquellos momentos, la muerte me pareció de las posibilidades más deseadas, teniendo en cuenta que el peor de los escenarios no la involucraba.
Si no me habían devorado todavía era porque lo que me deparaba sería algo mucho peor.
Me iban a convertir en su fuente de sangre fresca hasta beberse mi último latido.
—No, para, respira —me dije frotándome la cara—. Vas a salir de esta.
Tragué saliva al acordarme de mi madre.
Me negaba a acabar como ella.
Otra patada. Y otra patada más…
Hasta que escuché unos pasos aproximarse.
Corrí a refugiarme tras el lateral del armario justo cuando la puerta se abrió con violencia.
—¿Qué puto escándalo estás montando a estas horas?
Era él, el vampiro que acompañaba a Velkan.
Grande, robusto, de pelo ceniza y rostro imperturbable, entrecerró un ojo al mirarme con desgana, como si la ínfima claridad que entraba por el tragaluz lograra molestarle.
Llevaba unos pantalones cortos holgados y una camiseta interior de tirantes que, aun en la penumbra, dejaba a la vista los tatuajes que cubrían su cuerpo hasta la mandíbula y se hundían entre cada músculo.
Músculos con los que iba a partirme los huesos.
—¿Qué coño te pasa?
Coloqué las manos tras la espalda, agarrando con fuerza la estaca.
—Me habéis secuestrado.
Se encogió de hombros, como si no le pudiera importar menos lo que tuviera que decirle.
—¿Por qué? —Recordé las palabras de Velkan de anoche—. ¿Queréis información? ¿Es eso?
El vampiro, apoyado en el pomo, se frotó los ojos con evidente cansancio. Inclinado sobre la puerta, la camiseta le dejaba al descubierto parte del abdomen, también teñido de tinta.
—Vete a dormir y ahórrate tantas preguntas.
—¿Por qué queréis información sobre Jakub Havel? —Ignoré completamente su orden—. ¿Qué os ha hecho?
Su silencio me otorgó el tiempo suficiente para que las imágenes de la noche se esclarecieran cada vez más. No lograba rememorarlo todo con precisión, aunque sabía que por primera vez un vampiro había utilizado el dominio sobre mí.
Recuerdo meterme en un coche con ganas de gritar, pero sin que mis labios respondieran. Las imágenes volvieron a ser devoradas por la niebla hasta intuir un salón, grande y ornamentado, en el que encendí el ordenador. Robotizada, introduje mis datos de empleada y…
Sacudí la cabeza.
—¡Ya me habéis sonsacado la información que buscabais! ¿Qué más queréis de mí?
—Quiero que te calles —rebufó—. Está amaneciendo, no son horas de estar tocando los cojones.
Apreté la estaca instintivamente.
—¿Dónde está Velkan?
Elevó las cejas al mirarme.
—No está aquí, pero si quieres, le hago saber que has preguntado por él.
—No.
—Genial, pues a dormir.
Agarró el pomo, esta vez para cerrar la puerta. Pero yo no podía irme a dormir así, no podía…
—¿Me habéis mordido mientras estaba bajo dominación?
El vampiro me miró por encima del hombro.
—¿Me habéis mordido? —insistí, sonando lo más fuerte que era capaz.
Me dejó ver sus colmillos al afilar las comisuras de los labios hacia arriba, aunque aquella mueca estaba muy alejada de una sonrisa.
—Todavía no, pero si sigues así, no tardaremos mucho.
Lo último que vi fueron los tatuajes que trepaban por su columna antes de que cerrara la puerta.