Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 4
8%

Capítulo 4

Velkan

L os humanos eran mucho más simples, fáciles e inocentes de lo que ellos mismos creían. Cientos de años de evolución y parecían no aprender de sus propios errores.

Ni siquiera tuve que esforzarme lo más mínimo en encontrarla.

Tener habilidades de indagación similares a las de un adolescente promedio con acceso a internet era suficiente para localizar a cualquier persona aun sin saber nada sobre ella. Aunque en su caso fue todavía más rápido teniendo su nombre: Rina.

Si los vampiros lo pusieran igual de fácil, no estaríamos en una situación tan inconveniente.

Cada vez que me paraba a pensarlo, dudaba de la fiabilidad del plan que tanto le había defendido a Milo de camino a aquí.

Pero, teniendo en cuenta las pocas horas de oscuridad que nos quedaban aquella madrugada, era la mejor opción o, al menos, la única que se me había ocurrido.

—¿Estás seguro de que no se va a despertar por mucho ruido que hagamos? —susurró Milo con una mueca de desagrado.

Ambos la observábamos cruzados de brazos mientras ella dormía plácidamente en el sofá.

Con las manos metidas entre las piernas y los hombros encogidos hacia delante, Rina parecía un animal pequeño y frágil que tiritaba de frío.

Le puse por encima la manta que tenía en el sofá para dejar de oír cómo castañeaba los dientes; el sonido era casi tan taladrante como habían sido sus gritos al alcanzarla.

No me había resultado tan divertido como me lo había imaginado.

Como era de esperar, tampoco había tenido que ejercer mayor esfuerzo sometiéndola con mi dominio para hacerla callar y sugerirle que nos invitara a entrar a su casa.

—La he dominado para que solo se despierte al escuchar su nombre. —Lo miré de reojo—. No pongas esa cara, la he tapado para mitigar el olor.

Milo tragó saliva con evidente incomodidad.

—Hacía mucho tiempo que no tenía una cerca.

—¿Una mujer?

Me miró sin un ápice de sonrisa y con una ceja levantada.

—¿Cómo habías dicho que se llamaba? Ah, sí, Rina .

Rina se despertó de sopetón y empezó a gritar.

Puse los ojos en blanco y antes de que le diera tiempo a incorporarse me agaché frente a ella, le sujeté el rostro con ambas manos y la miré directa a las pupilas.

— Duerme .

—¡No! ¡Socorro! —gruñó, apretando los párpados con fuerza demasiado rápido. Se revolvió con brusquedad, deshaciéndose de mi agarre—. ¡Esto que estáis haciendo es ilegal!

Intenté volver a cogerla de las mejillas, pero no dejaba de dar manotazos al aire. Milo se echó un paso hacia atrás para que no le alcanzara ninguna de las patadas voladoras que estaba propinando contra la nada.

—Abre los malditos ojos y pónmelo fácil —resoplé agotado.

Me alejé de ella y me quedé parado junto a Milo, con las manos apoyadas en las caderas, la chaqueta y la camisa prácticamente petrificadas por la sangre reseca que se me pegaba al cuerpo y tratando de no estrangularla allí mismo con los últimos resquicios de paciencia que me quedaban.

Rina no abrió los ojos cuando dejó de forcejear conmigo; en su lugar, los apretó aún con más fuerza, como si así lograra hacernos desaparecer. Cogió el borde de la manta y se la pasó por encima de la cabeza haciéndose un ovillo bajo esta, un animalito protegiendo sus órganos vitales.

—Siento decirte que no soy el monstruo que se esconde bajo tu cama, así que una manta no te servirá de escudo.

Milo, cruzado de brazos, chasqueó la lengua a mi lado.

—Estamos perdiendo el tiempo, solo es una estúpida cría inútil e indefensa.

Para mi sorpresa, Rina murmuró bajo la tela.

—Hazle caso a tu amigo y largaros de mi casa.

Ambos podíamos oír cómo su corazón bombeaba al borde del paro cardíaco. Milo se mantuvo cruzado de brazos, con el semblante serio y las aletas de la nariz inhalando más aire del que probablemente necesitaba.

—¿Te consideras una cría inútil, ternura?

Al percibir que ni Milo ni yo nos volvíamos a acercar a ella, en silencio y con movimientos lentos y extraños, Rina sacó la cabeza de su escudo textil.

Repiqueteando con impaciencia con la punta del pie, la observé sentarse con la espalda bien recta y agarrarse repentinamente a los cojines del sofá, como si pudieran anclarla en el sitio.

—¿Qué queréis? —Tragó saliva, con las pupilas clavadas en el suelo. Se negaba a mirarnos—. Si buscáis a mi madre no está aquí, así que podéis iros, no va a volver.

—¿Tu madre? —Fruncí el ceño—. ¿Qué querríamos de ella?

Las mejillas de Rina se enrojecieron con una repentina vergüenza que quiso disimular. No necesitó pronunciar palabra, la manera en la que apretaba los labios fue respuesta suficiente.

Milo no sonrió, pero dejó entrever claramente su recochineo.

—Su madre debe ser una follavampiros.

Admito que vi venir a Rina de forma descarada en cuanto su brazo se tensó al agarrar la estaca que escondía entre los asientos del sofá.

No obstante, me pareció mucho más entretenido esperar a ver cómo tendría la poca sensatez de abalanzarse con ella sobre Milo, a quien le clavó el pedazo de madera astillado en el cuádriceps antes de echar a correr.

—¡Será zorra! —gruñó Milo arrancándose la estaca de un tirón.

Dejé que Rina se alejara unos metros —escuchando de nuevo esos gritos estridentes que perforarían el tímpano de cualquiera— antes de alcanzarla en tan solo un instante.

Le rodeé el cuello y la inmovilicé contra la pared.

Su pulso rozaba las heridas de mi mano, aún más acelerado que cuando lo sentía a través de las llamadas.

Su olor no dejaba de cargar el ambiente al moverse para intentar zafarse de mí; tensé los brazos para mantener la atención sobre la fuerza de mi cuerpo y no perderla en el aroma que desprendía su piel lechosa, su pelo corto y negruzco, cada una de sus respiraciones.

La pequeña herida que se había hecho en la palma con las llaves debía ser toda una tortura olfativa para Milo.

Volvió a cerrar los ojos con tanta presión que se le arrugaron los párpados.

—Está bien, nos ha quedado claro que no eres una cría. —Me acerqué más a su rostro, suave, pálido y tembloroso—. Pero sí que estás bastante indefensa ahora mismo, ¿no te parece?

No abrió los ojos ni la boca, aunque noté cómo se mordía la lengua.

—¿Acostumbras a tener estacas escondidas entre el mobiliario de casa? —Me incliné un poco más para susurrarle—. Por favor, dime que sí, me encanta una mujer con carácter.

Su cuerpo permanecía tenso e inmóvil, pero cada uno de sus latidos resonaba más raudo. Sonreí antes de proseguir, sin apartar la vista de sus párpados cerrados.

—Estoy siendo misericordioso contigo, ternura… No lo fui tanto con tu madre.

Abrió los ojos con brusquedad tan solo un instante.

El justo para atraparlos con los míos.

— Sigue mirándome.

Me permití perderme en lo absorbente que resultaba el negro de sus pupilas, rodeadas por un verde oscuro y húmedo.

Tal vez eran sus lágrimas esforzándose por no caer ante mi dominación o el odio que derramaba en ellas.

Debían de estar calientes, y tuve el breve impulso de lamerlas de sus mejillas; en su lugar, me contuve e hice un puchero.

— No te enfades, era una broma. Dudo que tu madre haya tenido el placer de coincidir conmigo, pero tú estás de suerte, así que cálmate, no vengo a hacerte daño.

—  El siseo de las palabras me acarició la punta de la lengua.

Su jadeo se ralentizó instantáneamente—.

Quiero saber a cuánta información sobre la sociedad nocturna tienes acceso en tu trabajo.

—Toda la que los vampiros, lacayos u otras criaturas sobrenaturales facilitan a la centralita.

Me relamí con expectación.

— Sé más específica. ¿Qué tipo de información podrías facilitarme?

—La centralita se encarga de toda criatura y suceso registrado en el país, especialmente en la ciudad de Praga.

Monitorizamos y estudiamos los movimientos de los once linajes, la localización de sus correspondientes nidos y las posibles actividades criminales de los clanes.

Trabajamos junto a la guardia para su eventual contención.

—Arrugué la nariz al escucharla hablar con aquel tono de voz tan robótico—.

Podría facilitarte nombres, ubicaciones, traslados, historiales delictivos, sujetos en busca y captura como tú…

—Se revolvió ligeramente al pronunciar las últimas palabras.

Ladeé la cabeza y escruté sus ojos con detenimiento. Verdes como la selva, oscuros y hundidos, me observaban de vuelta.

— ¿Cómo podemos acceder a esa información?

—En la centralita.

Negué.

— ¿Solo se puede acceder desde allí?

—Puedo acceder desde mi ventana de empleada con mi ordenador cuando teletrabajo.

Sonreí.

— ¿Dónde tienes el ordenador?

—En mi habitación.

No tuve que decirle nada a Milo, sus pasos se alejaron en busca de lo que necesitábamos.

— ¿Puedes acceder a toda la información registrada con tu cuenta? —  Asintió —. ¿Tu ordenador tiene localizador? —Negó—. ¿Vives con alguien?

—Mamá.

Sus ojos se pusieron vidriosos.

— ¿Qué ocurre? ¿Tu mamita lleva mucho tiempo sin aparecer? —Hice un puchero que borré con una sonrisa al verla asentir con lentitud—. ¡Pues tengo una buena noticia para ti! Ya no estarás sola, nosotros te haremos compañía.

Se le erizó la piel, lo noté bajo las yemas de los dedos con los que aún la sujetaba del cuello.

Sus jadeos seguían siendo lentos, profundos, y bajé la mirada a su pecho para observarlos mejor.

Las costillas se le marcaban a través de la blusa con cada inhalación, como teclas de un piano.

Tuve el fugaz impulso de palparlas con la mano libre, una a una, pero en su lugar dirigí los dedos a su frente y le aparté un delgado mechón del flequillo que le rozaba las pestañas.

—Lo siento mucho, ternura. Sé que una niña buena como tú no se merece que le esté pasando esto… Pero la vida no es justa y yo tampoco.

No nos era suficiente con información previamente registrada. Necesitábamos tener los datos actualizados, relación directa e instantánea con todo lo que sucediera esa noche y las siguientes.

Necesitábamos recabar toda la actividad posible, estar al tanto de dónde y cuándo cazaba cada vampiro que nos fuera de interés, con quiénes se relacionaban y hacia dónde se dirigían.

Necesitábamos saber de dónde narices habían salido aquellos vampiros de sangre negra, a qué clan pertenecía el tal Jakub Havel y seguir cada uno de sus pasos hasta encontrarlos. Hasta volver a recuperar lo que nos habían robado.

Y, para todo eso, la necesitábamos a ella .