Saciar a la bestia (Saciar a la bestia 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Rina

L as flores del altar llevaban semanas marchitas, el pan de sangre empezaba a tener moho sobre la corteza y las velas eran prácticamente una aglomeración de cera encima del tapiz que mi madre había tejido a mano.

Le gustaba cambiarlo cada poco tiempo, alternando entre diferentes colores y cenefas.

Para ella, cuidar del altar cada domingo no solo era un acto de fe, sino de sumisión.

Esclava de sus creencias y pecados, mi madre parecía negarse a aceptar que sus deseos más oscuros iban en contra de la religión que juraba protegernos a los humanos de los vampiros, de los Hijos de Lilith.

Inspiré hondo y cerré la puerta a mis espaldas.

Otra noche de trabajo más en la que llegaba a casa y tan solo me recibía el silencio.

Dejé caer el bolso al suelo antes de quitarme la chaqueta, colgarla en el perchero y acercarme más al espejo del recibidor.

Este, colocado sobre el altar, tenía muescas de quemaduras por el marco, de todas las veces que mi madre había implorado perdón con demasiada pasión.

—¿A quién le rezas ahora? —le preguntaba a menudo.

—No rezo, me exculpo de mis pecados —murmuraba abrazándose. Podía ver las marcas de sus uñas en los brazos.

—¿Otra vez, mamá? ¡Un día acabarás muerta! —Las últimas veces ni me había molestado en llorar. La rabia me lo impedía.

—No volverá a suceder, no lo volveré a hacer, cariño —mentía. Con las manos temblorosas encendía más y más velas—. Tienes que protegerte. No has de permitir que la oscuridad te seduzca como ha hecho conmigo, Rina.

—Lo último que quiero es terminar como tú.

Cuando era más pequeña, pasar frente al altar me aterraba; para mí era un agujero negro que absorbía a mi madre. Creía que, si lo observaba demasiado, también se apoderaría de mí.

A medida que crecí entendí que aquellas figuras, piedras, flores y velas amontonadas no eran más que el refugio en el que mi madre buscaba consuelo tras volver a poner su vida en riesgo con las criaturas con las que ansiaba compartir cama, pero a las que temía abrirles la puerta de casa.

Las mismas criaturas por las que decidía cambiarme, abandonarme y dejarme desprotegida desde una edad en la que ni siquiera alcanzaba la encimera de la cocina para hacerme un sándwich.

Estúpida de mí, me había pasado todos esos meses arreglando y cuidando su altar por ella.

Cambiando las flores, haciendo pan de sangre que nadie se comería, limpiándole el polvo a las piedras y encendiendo las velas cada madrugada al volver del trabajo para cuando a ella le diera la gana volver, aun sabiendo que lo más probable era que no lo hiciese.

La odiaba; odiaba a mi madre y todo lo que esa horrible emoción me hacía sentir: mala hija, mala persona…

Pero en aquel momento no había nadie que pudiera verme, que pudiese juzgarme.

Así que grité y hundí las uñas en el pan, desmigajándolo con rabia.

Cogí las flores, los tallos desperdigados por la mesa, el pan acribillado y algunas hojas secas y me dirigí a la cocina con velocidad, directa a la papelera, sobre la que abrí los brazos y dejé caer bruscamente todo lo que había cogido.

—¡A la mierda!

Volví frente al altar, esta vez con una bolsa de basura.

Pasé con brutalidad el antebrazo sobre el estante, arrastrando todo a mi paso para lanzarlo directo a la bolsa.

Despegué la imagen de la divinidad de la pared y la observé unos instantes, con una evidente molestia en la boca del estómago que quería hacerme dudar de lo que estaba haciendo.

—Diosa Mokosh, protectora del hogar contra los espíritus nocturnos, no te lo tomes como algo personal —susurré acariciándole la mejilla. Tragué saliva—. Esto no es un acto contra ti, es contra mi madre. No me maldigas ni nada de esas cosas que dicen que podéis hacer los dioses.

Arrugué la imagen y la metí con brusquedad en la bolsa con todo lo demás. Estuve a punto de susurrar una disculpa, pero me contuve.

Yo no era mi madre, no compartía sus creencias, ni mucho menos iba a seguir fingiendo que los rituales servían para algo más que autocompadecerse y sentir el alivio del perdón sobre los pecados que cometía continuamente.

Su ausencia era la prueba viviente de que su querido altar era una idiotez.

Me dirigí a la cocina haciendo un nudo a la bolsa de basura, que dejé caer junto al cubo de la papelera. La escruté unos instantes, consciente de lo que acababa de hacer. Pero no iba a permitir que la culpabilidad ganara esta vez.

—Si protegieras de verdad, mi madre estaría aquí —susurré, cruzada de brazos y apoyada contra la encimera—. Si protegieras de verdad, nunca se habría acercado a esas bestias sedientas de sangre.

Sonó un golpe en la ventana tras de mí.

Chillé sorprendida y me giré con rapidez, alejándome de la encimera.

Observé el cielo nocturno unos segundos. No parecía haber nada más. Tan solo se oía el viento meciendo las ramas del cerezo de la entrada; supuse que se habría caído alguna cerca.

Suspiré y me froté la cara, agotada.

No me disgustaba trabajar en horario nocturno, me había acostumbrado a descansar cuando los demás empezaban su día y a vivir cuando el sol comenzaba a derretirse tras el horizonte.

Pero la noche era mucho más silenciosa de lo que las personas con vidas corrientes creían, y esa quietud se hacía cada vez más pesada.

Habría gente que se pasaría toda la vida luchando contra el malestar que le provocaba la alarma al despertar, aun llevando años escuchándola sonar demasiado pronto.

Para mí, esa alarma era el silencio de la noche, la negrura del ambiente, el reposo de la vida humana y la soledad que conllevaba vivir a contracorriente.

Aunque compartir el estilo de vida con mi madre lo hacía menos solitario.

Ella también trabajaba por las noches, si bien abandonó la centralita mucho antes de que yo entrara, cuando cumplí la mayoría de edad.

Según ella, no terminaba de encajar en la empresa y quería probar algo diferente.

Pero en cuanto puse el pie en la centralita supe que aquel era un lugar demasiado humano para Aleshka.

Un trabajo demasiado tranquilo y seguro para alguien tan desesperado por adentrarse verdaderamente en la noche y saciar su curiosidad con aquellas criaturas del infierno.

En su lugar, buscó con vehemencia un empleo que le permitiera poder disfrutar de la vida nocturna.

Hasta dejar que esta la devorara por completo.

Mientras metía en el microondas una crema de verduras que preparaba en tandas para varios días oí otro golpe. Miré a la ventana de nuevo. Seguía sin haber nada.

Siseé al quemarme las yemas de los dedos sacando el recipiente de cristal, antes de coger una cuchara y sentarme a la pequeña mesa de la cocina.

La papelera y la bolsa de basura quedaban frente a mí.

Entrecerré los ojos, observando con atención, como si las flores marchitas o la imagen arrugada de la deidad pudieran moverse en su interior.

Sacudí la cabeza, los crujidos rompían el silencio.

—Solo son las ramas —susurré antes de meterme una cucharada en la boca.

Un tercer golpe me hizo levantarme de la silla.

Me dirigí a la ventana a zancadas, con el corazón acelerado.

Exhalé una risa cansada al toparme con aquellos ojos.

—¿Otra vez tú por aquí? —Mi aliento empañaba el cristal—. Al final tendré que hacerte una casita en el árbol si vas a venir a verme tantas noches.

La lechuza me miró tan solo un instante, no parecía muy interesada en la conversación.

—Lo siento, hoy no tengo nada para ti, a no ser que seas vegetariana. ¿Has probado alguna vez el puré de verduras?

Me quedé un rato contemplándola. Aquel animal de apariencia inofensiva ocultaba el verdadero depredador nocturno que era. Sus ojos, negros y opacos, se aferraban a los míos como si estuviera igual de absorta conmigo como yo con ella.

—A Aleshka le habría encantado conocerte —susurré—. Puede que lo haga si no tarda mucho en volver.

En cuanto escupí las palabras quise tragármelas.

Me sentí ridícula, humillada.

Porque mi madre no iba a regresar y lo sabía . Lo notaba en la tripa, en la presión que ejercía el pensamiento de no volver a verla contra mi sien. Me froté los dedos sobre esta en círculos, aliviando el dolor superficial. El emocional solo me quedaba aprender a sobrellevarlo.

Gruñí y mis ojos se dirigieron a la bolsa de basura, atraídos como un imán.

—Voy a sacarte de mi casa, no te quiero aquí.

Ni siquiera me paré a ponerme un abrigo antes de abrir la puerta de casa con la bolsa en la mano y cruzar hacia los contenedores. Todo mi cuerpo tiritaba por el frío. Mis dedos helados levantaron la tapa, dejé caer la bolsa con los restos del altar en su interior y la cerré de nuevo.

Odiaba que aquel acto me hiciera sentir culpable, maligna, como si debiera pedirle disculpas a alguna divinidad por mi pecado. Me negaba a hacerlo, en casa ya no había altar al que suplicarle una protección que nunca iba a llegar…

Al darme la vuelta ahogué un grito.

Aún tenía frío, pero dejé de temblar. La rigidez de cada una de mis extremidades me clavó al suelo como una estatua. Olvidé cómo parpadear, aunque prefería no hacerlo, no perder ni un instante de mi atención.

Porque había alguien parado frente a mi puerta.

Las luces del porche brillaban tras su espalda, perfilando una alta figura.

Desde la distancia pude ver que era un hombre, de pelo negro, hombros anchos y brazos relajados que parecían esconder las manos en los bolsillos del pantalón.

No podía verle con claridad el rostro, pero, aun así, sentía sus ojos incrustados en mí.

—¿Quién eres? —intenté que no me fallara la voz.

El hombre no contestó.

—¿Qué quieres?

Me tensé cuando dio un paso al lado para dejar libre el camino hacia la puerta y, alargando un brazo, me invitó a entrar a mi propia casa sin pronunciar palabra.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —insistí con los pies pegados al suelo—. Lárgate o voy a llamar a la policía.

Su silueta se encogió de hombros antes de dar un paso hacia delante.

Había dejado la puerta entreabierta, sin embargo, no parecía querer adentrarse en casa.

—¡Voy a llamar a la policía! —repetí elevando la voz menos de lo que quería.

Avanzó un paso más, alejándose de las luces del porche y acercándose a la pobre y fría iluminación de las farolas de la calle, con la que pude comprobar que estaba sonriendo.

Retrocedí, olvidando cómo respirar.

El brillo afilado de sus colmillos me subió la bilis hasta la garganta.

Aquel no iba a ser un asunto de la policía ni de ninguno de los cuerpos de seguridad humanos oficiales, sino de la guardia.

—Un vampiro.

No sé si logré pronunciar las palabras o solo se fundieron en mi garganta, ahogadas por los latidos de mi corazón, que me precipitaban violentamente a un desmayo. El silencio de la noche fue sustituido por un pitido ensordecedor que me taladraba los tímpanos.

Porque por primera vez, delante de mí, tenía a un vampiro .

«No, no, no, no, no puede estar pasándome a mí».

Me negaba a formar parte de la lista de víctimas de los monstruos que protagonizaban mis pesadillas, de las criaturas que me habían arrebatado una vida normal, los demonios que habían quebrado a mi madre hasta robarme cada pedacito de ella.

¿Encontraría mañana alguno de mis compañeros mi nombre entre los informes de incidentes registrados?

Iba a ser una presa más para un cazador.

Una víctima más para un asesino.

—No eres bienvenido en esta casa. ¡Vete!

Iba a morir.

Era inútil salir corriendo o intentar atacarle con las llaves de casa, que apretaba en un puño como si de un arma se trataran. Recitar las plegarias de protección que me había enseñado mi madre era la última de mis esperanzas para sobrevivir.

—La noche no te ampara aquí… Mi sangre te rechaza…

Igual que el altar, de nada servían mis palabras, y me arrepentí en cuanto las pronuncié. Odié cómo el vampiro ensanchó la sonrisa, deleitándose con mi desesperación.

La figura se acercó a paso lento, observando sin aparente preocupación cómo mis pisadas hacia atrás se aceleraban, aumentando la distancia que él recortaba.

Apreté los puños hasta clavarme las llaves en la palma, inhalé con frustración por la nariz, sin apartar los ojos de la silueta cada vez más visible.

Ambos sabíamos que no iba a salir corriendo, por mucho que lo deseara.

No pensaba dejarle ver ni un ápice más de mi terror, aunque tampoco podría haberlo hecho.

Perdí el control total de mi cuerpo, ni siquiera lograba gritar, aun cuando la voz me abrasaba la garganta.

El pitido agudo arañándome los tímpanos no me dejaba pensar.

Las lágrimas acumulándose en las cuencas me impedían ver.

Todo mi organismo latía a cada paso con el que él se aproximaba.

—No te tengo miedo —mentí.

Logré parpadear, espantando las lágrimas.

Inspiré por la boca ahogando un nuevo grito al ver cómo las luces de las farolas revelaban la sangre sobre su ropa, sobre todo él.

Estaba empapado de la cabeza a los pies, con la camisa negra pegada al torso.

Las manos tan ensangrentadas que incluso parecían tener heridas propias.

¿A cuántas personas había devorado aquella noche?

No pude pararme a descifrar si los fluidos negruzcos que se entremezclaban con el carmesí eran sangre oxidada o suciedad.

Iba a vomitar.

—No te tengo miedo.

Me paré en seco de nuevo, decidida a dejarme vencer lo antes posible.

No tenía escapatoria y cada segundo hacia mi muerte era una eternidad.

Apreté con más fuerza las llaves y se me escapó un siseo al notar cómo me las había clavado hasta hacerme un pequeño corte.

¿La bestia podría oler mi sangre desde allí?

Si era así, no lo dejó ver; no hizo ningún gesto hacia mi mano herida mientras sus pasos se dirigían a mí con una lentitud irritante.

Por un segundo pensé en apremiarlo, hasta que las sombras que perfilaban sus violentas facciones empezaron a desaparecer a medida que la luz lo alumbraba, como si él mismo las engullera.

Tragué saliva.

—No te tengo miedo.

Cuando me topé por primera vez con los ojos gélidos de aquel depredador, supe que ya estaba muerta mucho antes de que él decidiera matarme.

—Deberías, ternura.

Por unos segundos me olvidé de respirar.

No podía ser cierto.

Si no me mataba él, lo haría la agonía de mi respiración.

Logré retroceder un pequeño paso de nuevo. Y otro. Y otro.

Él dio otro paso hacia delante. Y otro. Y otro.

Mis propios latidos no me dejaban oírme.

—¿Velkan?

Ni siquiera pude percibir cómo se aproximó a gran velocidad los últimos metros que nos separaban. Ladeó la sonrisa, exponiendo los colmillos.

—Un rostro tan dulce como su voz, qué agradable sorpresa. —Me rodeó el cuello con una mano y me acercó a él—. ¿Tenías ganas de conocerme, ternura?

Un jadeo ahogado se escapó de mis labios antes de gritar.