Capítulo 2
Velkan
N os la habían robado.
Con la mirada puesta en las llamas, observé cómo se deshacían los cuerpos de las bestias que minutos antes había amontonado en una zona retirada del bosque con la ayuda de Milo.
—¿Hace falta que te diga que sabía que esto iba a pasar? —murmuró en cuanto apareció tras mi llamada.
—Depende de cuántas ganas tengas de que te meta la cabeza en el fuego.
Resoplé. Él hizo lo mismo.
Había pasado por suficientes experiencias desagradables aquella noche como para tener que aguantar los «te lo dije» de Milo, que, cruzado de brazos junto a mí, clavaba los ojos en la hoguera.
—Huelen horrible, joder —escupió dando dos pasos hacia atrás, agitando las manos frente a su cara para espantar el humo—. Se nos va a quedar el hedor pegado a la ropa.
Me giré para mirarlo con los ojos muy abiertos y la mandíbula tensa. La sangre reseca sobre mi frente se cuarteó al enarcar las cejas. Las heridas de mis manos chillaron al moverlas con brusquedad para señalarme el torso.
—Estoy bañado en vísceras negras . El olor a muerto es el menor de mis problemas ahora mismo.
Milo arrugó la nariz mirándome de arriba abajo. Sus ojos cayeron sobre mis manos y siseó con una evidente mueca de dolor, como si el escozor de los cortes en el dorso de mi mano estuviera arañando su propia piel.
—Está claro que tienes cosas peores de las que preocuparte. ¿Por qué será?
Gruñí, impotente.
¡Me habían robado la puta presa en la cara!
Después de tanto tiempo buscándola, tan solo me había durado unos ridículos minutos entre las manos. Los justos para que me desgarrara la piel, abriéndome heridas que ahora tenía infectadas.
Pero la irritación de los cortes, la supuración negruzca y el tono violáceo que había adquirido la piel que bordeaba las heridas no los habían causado sus colmillos, sino la sangre de aquellos otros monstruos.
—¿Estás seguro de que eran vampiros?
—Ninguna otra criatura sería tan estúpida como para inmiscuirse en esta búsqueda —afirmé, convencido de lo que mis ojos habían visto.
Seguro de lo que mis manos habían sentido en cuanto atravesé el pecho de uno de ellos y su sangre renegrida y putrefacta se adentró en mis heridas como hierro fundido al rojo vivo. Apreté los puños con rabia y siseé al abrirse los cortes con la presión.
Milo volvió a acercarse a la hoguera.
Aquellas criaturas eran desagradablemente extrañas, compartían más rasgos de los que, por lo habitual, adoptaban los vampiros al ser transformados.
Adquirir ciertas conductas pertenecientes a cada uno de los linajes entraba dentro de lo usual, pero no lo hacía el obtener rasgos físicos compartidos, más allá de los comúnmente conocidos incluso para la mayoría de los humanos, que veían nuestra existencia como un simple mito.
Era conocimiento popular que todos compartíamos unos colmillos afilados, tez pálida, piel tersa marcando nuestras facciones con más fuerza, velocidad, vigor y un dolor inaguantable entre las costillas cuando teníamos la necesidad de comer, follar o matar.
A mí me gustaba saciarme de más de una a la vez.
—Eran largos, huesudos y con un tono de piel grisáceo enfermizo. —Entrecerré los ojos recordando sus figuras—. Pero estoy seguro de que eran vampiros, no podían ser otra cosa.
Los ojos de Milo me escrutaban.
—Deben provenir todos del mismo lugar.
—Todos no, mira a este de aquí. O, bueno, lo que queda de él. —Golpeé con la punta del pie el cuerpo que ardía estirado frente a nosotros. Volví a patearlo ligeramente para terminar de meter su brazo entre las llamas—. Había vampiros corrientes entre ellos.
—Lo más probable es que compartan linaje.
Me agaché sobre el cadáver, observando su rostro.
Era corpulento y de baja estatura, nada que ver con sus acompañantes.
Todavía persistía el tono rosáceo de sus mejillas, indicándome que no hacía mucho de su última comida.
Debía de haberse dado un buen festín, porque la sangre le brotaba de las orejas y la nariz.
—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.
Me saqué del bolsillo del pantalón el móvil que le había tomado prestado al cadáver antes de prenderle fuego.
Milo se tensó al verme teclear un número de teléfono y la extensión que decidí memorizar el día que atendió mi primera llamada.
—¿Qué cojones estás haciendo? —Abrió mucho los ojos al comprenderlo—.
¿Estamos quemando los cuerpos para mantener en secreto la existencia de estos vampiros de sangre negra y tú vas a delatar nuestra posición a la humana?
—Se frotó la cara y emitió un gruñido—.
¿Cuántas estupideces te has propuesto hacer esta noche?
Porque estás rompiendo récords y eso es decir mucho viniendo de ti.
Puse los ojos en blanco y sacudí la mano quitándole importancia. Me aparté un par de pasos de él para que no tuviera la tentación de arrancarme el móvil de las manos.
—Los cadáveres serán prácticamente cenizas antes de que se presente la guardia —repliqué—. Si es que se molestan en aparecer.
La llamada sonó unos segundos antes de que la descolgaran.
Sonreí al oír aquella voz tan dulce y correcta.
—Central de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenas noches, ternura.
Percibí una pequeña inhalación ahogada a través del teléfono.
—Velkan.
—¿Mucho trabajo esta noche?
Escuchaba cada yema de sus dedos teclear con velocidad. Era sorprendentemente rápida para enviar la señal de alarma a la guardia en cuanto oía mi voz.
—Ya ni te esperas a que te cuente qué ha ocurrido. —Hice un puchero y Milo negó al verme—. Con lo que disfruto hablando contigo.
Me costaba descifrar la frecuencia cardíaca de aquella humana porque cada vez que la llamaba se le aceleraba el corazón como a una conejita. Pero, entre los segundos de calma que le otorgaba a su pulso antes de hablar y el timbre de su voz, deducía que se encontraba en la veintena.
Pese a la irregularidad de sus latidos provocada por los nervios y la ira al oírme hablar, su ritmo era eficiente; quizá no tanto como el de una persona atlética, pero sí tenía una frecuencia acorde a alguien con un cuerpo lo suficientemente ágil como para tratar de huir al verme.
No lo conseguiría, aunque me lo pasaría bien persiguiéndola durante unos segundos antes de alcanzarla.
Me relamí los labios.
—¿Por qué tienes en tu posesión el móvil de Jakub Havel?
Abrí los ojos a la vez que Milo, que se aproximó y empezó a escuchar la conversación con repentino interés.
—Conque el cadáver que tengo frente a mis pies es el de un tal Jakub Havel, qué interesante. ¿Sabes, por casualidad, de quién desciende?
—¡¿Has matado a un vampiro?! —Hizo sonar el teclado del ordenador con más ímpetu.
Mi sonrisa se ensanchó—. Llevas más de ciento sesenta y tres cazas ilegales en menos de un año, estás en busca y captura, condenado a la decapitación, con más de tres mil cursillos de concienciación pendientes de completar y ahora…
¡¿matas a uno de los tuyos?! ¿Sabes lo que te supone eso?
—Rebufó y pude imaginarme a una desconocida frotándose el rostro con desesperación—.
No sé ni para qué te pregunto, como si alguna vez te hubieran importado las consecuencias.
—Perdona, pero sigues sin dejar que me explique. No te he dicho que lo haya matado yo, te adelantas a los acontecimientos.
—¿Lo has matado tú?
—Sí.
Dio un golpe sobre la mesa y me dedicó otra larga exhalación por la boca, con la que estaba seguro de que había contenido un grito. Me mordí el labio, curvando una sonrisa.
—Es mi deber informarle de que, debido a la gravedad de la incidencia, esta será trasladada a las autoridades de forma directa…
—Prefiero hablarlo contigo, pero con tu voz normal.
—… para su correcta examinación —continuó, ignorándome—.
Le pediría, si es tan amable, que se identificara con su nombre completo y linaje para el registro, ya que este sigue vacío , después de ciento sesenta y tres reportes registrados en los que nunca se ha dignado a identificarse.
—Fue elevando la voz a medida que hablaba—.
Porque es usted un delincuente, un criminal que va a hacer que me quede sin trabajo porque no me permite cerrar correctamente ninguna de sus infracciones.
—Ese tono apasionado me gusta más. Pero creo que te has confundido de términos: no son asesinatos, son cacerías. —Me relamí los labios con burla—. Entiende que como cliente me ofende que me…
—Te estás entreteniendo demasiado con esa cría —murmuró Milo—. Tenemos que largarnos de aquí de una puta vez.
Esta vez, la humana no pudo contener un gruñido.
—Si no está dispuesto a identificarse, derivaré la llamada inmediatamente a…
—Necesito información sobre Jakub Havel —la corté—. Hazme el favor, ternura, y mírame en tus documentitos a qué linaje pertenece.
—¿Te estás quedando conmigo? No pienso darte datos confidenciales.
—Era de esperar. —Suspiré con dramatismo para que me oyera—. ¿Puedes, por lo menos, decirme si forma parte de algún clan criminal del que tenga que preocuparme? Temo haberme puesto en peligro…
—Te lo diré cuando tú me confieses el tuyo.
—No hablemos tanto de mí, no quiero parecerte un egocéntrico.
—Me encantaría poder decirte lo que me pareces, pero por política de empresa me limitaré a ignorarte mientras la guardia se dirige a tu detención.
Reí ante el odio de su tono, lo que la enfureció aún más. Milo me miró con mala cara y, sin dejar de negar con la cabeza, echó a andar hacia la carretera de nuevo, desapareciendo unos instantes entre los árboles que nos habían servido como escondite para prender la hoguera.
—Diles que no se molesten, ya me voy a casa. Ha sido una noche dura, ¿sabes? —Estiré la espalda mientras seguía los pasos de Milo—. Pero me ha venido bien conversar contigo.
—¿Por qué has matado a un vampiro?
Antes de adentrarme del todo entre los árboles, miré una última vez a lo que quedaba de la hoguera para comprobar que cuando llegaran esos humanos a los que llamaban la guardia tan solo se encontraran un puñado de huesos y piel calcinada.
Ningún rastro de rostros putrefactos ni una sola gota de sangre negra.
La misma que ardía en mis heridas al sostener el teléfono.
—Yo tampoco voy a darte datos confidenciales, ternura.
Colgué antes de que respondiera y lancé el teléfono a las brasas al marchar hacia el coche con el que había llegado Milo y donde me esperaba sentado frente al volante.
—¿Pretendías que una teleoperadora te diera la información tan fácilmente? —preguntó mientras me acomodaba a su lado y cerraba de un portazo la puerta del copiloto.
Chasqueé la lengua ante lo absurda que era su pregunta y por poco aullé ante la tensión en la piel de mis dedos al pasarlos entre los mechones que se me pegaban en la frente. No quise pensar en lo lleno de suciedad, sangre y vísceras que estaba cada centímetro de mi cuerpo.
Milo condujo con velocidad. Agradecí que no hiciera ningún comentario absurdo sobre lo manchada que iba a dejarle la tapicería del coche o sobre lo irracional y estúpido que había sido no contar con él para aquella tarea.
Protegiéndolo en contra de su voluntad solo había conseguido cabrearlo a él, arriesgar mi valiosa vida y lo peor de todo: perder a la puta presa.
Exhalé y me apoyé sobre las rodillas con los codos. Con la vista completamente perdida en la punta de mis zapatos, tamborileaba el pie derecho de forma repetitiva.
—No, sabía que no me iba a facilitar nada que le pidiera —negué, incorporándome sobre el asiento—. Pero quería tantear cuánta información tienen en su mano los trabajadores de la centralita.
—¿Esos humanos? Deben de saber demasiado —murmuró con resignación—.
Reciben llamadas de todo tipo. Registran los nombres, linajes, nidos, localizaciones, clanes criminales…
Seguro que saben hasta de qué lado nos ponemos el rabo en los calzoncillos cada uno.
Bueno, de los nuestros sabrán poco. —Milo tenía la capacidad de bromear aun sin mostrar la sombra de una sonrisa.
Si mi corazón latiera como el de los humanos, se habría acelerado.
—Están actualizados constantemente sobre cada uno de los movimientos de los vampiros.
A Milo debió de pasarle lo mismo porque me miró de reojo con atención al oírme.
—Sería toda una ventaja poder contar con la información que recibe la centralita para saber el clan criminal al que pertenecía Jakub Havel, buscarlo y encontrar a los que se han llevado a la presa.
—Soltó el volante con una mano unos segundos para rascarse el tatuaje de la nuca—.
Pero ¿cómo pretendes conseguir esos datos?
Asentí con lentitud mirando al frente, elevando una comisura al sonreír.
—Necesitamos a alguien que tenga acceso a ellos.
Y supe quién era la candidata perfecta.