Capítulo 1
Rina
–C entral de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?
Me erguí sobre la silla al oír unos sollozos. El receptor de llamadas no tardó en mostrarme en la pantalla el nombre registrado junto al número de teléfono.
—¿Hablo con Lucie Klimek, Hija de Lenore?
—Sí, Rina, soy yo.
Relajé la postura mientras abría en la pantalla su historial y un nuevo registro de incidencias.
—Buenas noches, Lucie. ¿En qué puedo ayudarte?
Lucie Klimek, una adolescente desafortunada, convertida al vampirismo por un Hijo de Lenore hacía tres semanas y cinco días.
Su creador le prometió amor eterno e inmortal hasta que descubrió lo que conllevaba tener a una vampira recién nacida a su cargo.
La situación se complicaba aún más cuando la criatura era tan joven como lo era Lucie.
Por ello no se recomendaba realizar conversiones a menores de veintiséis años. Pero, para sorpresa de nadie, muchos vampiros hacían caso omiso a las advertencias del parlamento, como era el caso de su creador.
Para lo joven que era Lucie en edad humana y vida vampírica —si podía referirme a su actual existencia como «vida»—, lograba controlar sus impulsos mucho mejor que la mayoría de los vampiros recién nacidos.
Teniendo en cuenta que, la misma noche que su creador la abandonó, atacó a cuatro personas y a dos gatos callejeros, mis esperanzas en ella eran escasas.
Por suerte, el malnacido que la transformó se dignó a informarle sobre las normativas básicas de la sociedad vampírica antes de marcharse.
Así que Lucie fue lo suficientemente astuta como para llamar a la centralita pidiendo perdón y suplicando ayuda con el sangriento desastre que había dejado en mitad de la vía pública.
—Ha pasado otra vez —susurró—. He sobrepasado el número de presas permitidas.
Inspiré hondo por la nariz antes de responder.
—¿Qué ha ocurrido? —Observé la localización de su llamada y leí en alto la dirección—. ¿Puedes confirmarme que es allí donde te encuentras?
—Sí, aquí estoy, con los muertos… ¡Perdón!, con los cuerpos. Quiero decir, con los… ¿restos? Lo siento, siempre me lío con la forma correcta de identificarlos.
—Lo correcto es «con los restos», pero no te preocupes. ¿Puedes decirme cuántos han sido y en qué estado se encuentran?
—Han sido dos… Lo siento muchísimo. —Su voz sonaba rasposa, tratando de tragarse los profundos impulsos que probablemente seguían controlando sus emociones—.
Hoy es el cumpleaños de una amiga y creía estar preparada para volver a ir a una fiesta.
¡Te juro que lo estaba consiguiendo! Pero entonces su exnovio ha aparecido de la mano con otra chica.
¡Sabiendo que era su cumpleaños y que estaríamos allí!
Lo ha hecho a propósito —escupió con furia—.
Mi amiga los ha visto, se ha ido llorando y yo me he cabreado mucho, muchísimo .
He perdido el control. He intentado recuperarlo con una de las técnicas que me enseñó mi educadora del Programa de Adaptación a Recién Nacidos: «Tira del hilo, Lucie —imitó las palabras con frustración—.
Arrastra las emociones de nuevo a tu interior, puedes hacerlo, Lucie…
». ¡Pero no podía! El hilo era como una cadena atada a un ancla de barco con la que quería reventarle la cabeza y…
lo he hecho. ¡Lo he matado! —gimoteaba entre sollozos—. ¡Soy una asesina!
—Lucie, intenta calmarte, no eres una asesina —no me creía mis propias palabras, pero era mi trabajo pronunciarlas—, eres una vampira en proceso de adaptación, no te sientas culpable —traté de tranquilizarla mientras tecleaba toda la información en el registro—.
Respira hondo y dime dónde ha sucedido todo.
¿El incidente ha sido presenciado por algún testigo?
—Sí, la chica con la que ha aparecido en la fiesta; no te preocupes, también la he matado a ella.
—Se le escapó una risita nerviosa que cortó con rapidez.
Se me revolvió el estómago—. Perdón, también la he cazado a ella.
No era mi intención, pero nos ha seguido hasta el callejón y ya estaba tan cabreada que no podía pensar.
La he estampado tan fuerte contra la pared al ir a morderla que le he partido algún hueso de la columna vertebral y ha empezado a chillar de una forma tan horrible…
He entrado en pánico y la he rematado. ¡No quería hacerlo!
Es que no podía seguir escuchándola, era desgarrador, Rina, no te lo imaginas.
—Se sorbió la nariz, compungida. Aún le quedaban resquicios de humanidad, aunque se disiparían con rapidez—.
Lo siento, lo siento muchísimo. Todavía no sé controlar mi cuerpo, es supercomplicado…
¿Todos los vampiros tienen tanta fuerza o es porque estaba siendo constante con las clases de pilates?
Apreté los labios para evitar sonreír ante el tono cómico de su pregunta, recordándome que no tenía ninguna gracia.
En aquel momento, Lucie estaba experimentando la dualidad emocional que conllevaba su transformación: sufría por oír gritar a sus víctimas, pero esa culpa se helaba poco a poco hasta solidificarse, volviéndose tan insignificante como para bromear sobre el asesinato que acababa de cometer.
A medida que pasaran las semanas, los meses y los años, Lucie dejaría de sentir esa culpa y otras sensaciones mucho más gratificantes y perversas ocuparían su lugar: poder, impunidad, control, superioridad, desinhibición, arrogancia, placer…
Todas ellas la convertirían en otra vampira más, alejada de la frágil adolescente que lloriqueaba a través de los auriculares.
—Rina… ¿me van a condenar a la estaca?
Carraspeé antes de responder, analizando de forma superficial su expediente.
—Como recién nacida, las penalizaciones son más flexibles, así que por el momento estás muy lejos de ese tipo de condenas.
Pero trata de no cometer otra caza ilegal en un periodo mínimo de dos meses, o entonces sí que puede que te metas en un buen lío.
—Respiré hondo mientras derivaba la información a los departamentos pertinentes, con una notificación de urgencia al equipo de limpieza, para que este se pusiera en camino lo antes posible—.
¿Quieres un consejo? La próxima vez, aférrate a esa parte de ti que ha sido lo suficientemente racional como para llevarte a la presa a un callejón sin testigos.
—Lo intentaré —suspiró aliviada—. Gracias, Rina, me estás ayudando mucho a sobrellevarlo todo, de verdad, siempre eres tan buena conmigo…
—Es mi trabajo, estoy aquí para ayudarte.
—Carraspeé de nuevo, intentando deshacerme de la compasión que me provocaban los perfiles como Lucie…
—. Lo estás haciendo cada vez mejor, sabes que puedes llamarme todas las veces que necesites.
—Pero no lo logré—. Confírmame, por favor, si has utilizado dominio para arrastrarlo fuera de la discoteca.
—Sí, le he sugestionado a hacerlo.
—¿Podrías decirme del uno al diez cuánto te ha costado traspasar la barrera de su voluntad?
—Diría que un cuatro, pero porque iba borracho. Me suele costar más, como un siete y medio.
La dominación psíquica era una de las habilidades más complejas de desarrollar y perfeccionar para los vampiros. Que Lucie hubiera tenido tanta facilidad para que funcionara siendo tan primeriza… Era catastrófico, terrorífico. No quise pensar en la peligrosa bestia en la que se convertiría.
Inspiré con profundidad y sonreí de forma automática y protocolaria, aun sabiendo que no podía verme.
—Perfecto, gracias por la información, Lucie. —Tecleé con rapidez, tratando de no prolongar más la llamada—. ¿Has cazado a alguna otra presa en un periodo menor de setenta y dos horas?
—No.
—¿Tienes acceso a algún documento o información identificativa de las presas?
—Sí, espera… —Oí cómo rebuscaba en una chaqueta o bolso—. Tienen el documento de identidad, ¿te los dicto?
—Sí, por favor.
Tras registrar la información de las presas, envié el parte al Área Funeraria, quienes se encargarían de estudiar a los sujetos para poder ocultar o justificar su muerte con una coartada acorde a su perfil: desaparición, fuga con un amante, atropello, retiro espiritual, ajuste de cuentas, naufragio…
—Lucie, como siempre, te pediré que esperes junto a los restos, el servicio de limpieza no tardará en llegar.
El rastreador más cercano a ti está a tres minutos; se llama Colin, él se encargará de todo.
Pero, en caso de que algún posible testigo se acerque a la zona antes que Colin, tienes permitido hacer uso del dominio las veces que sean necesarias.
En cuanto lleguen mis compañeros, podrás marcharte a casa. ¿Cómo lo ves?
—Sí, bien, gracias.
—Perfecto, Lucie. ¿Puedo ayudarte en algo más?
—Sí, esto… —Carraspeó—. ¿Sabes cuál será mi penalización?
Me recliné en la silla y arrugué la nariz frente a su expediente.
—No puedo decírtelo con exactitud porque se escapa de mis gestiones, pero es muy probable que tengas que asistir de nuevo a algún seminario y no creo que te libres de hacer por lo menos tres cursillos de concienciación.
—Bueno, es mejor que la condena a la estaca.
—Sí, sin duda lo es. —No pude evitar sonreír.
Por suerte, no todas las incidencias eran tan graves como las de Lucie y, tras su llamada, recibí unas cuantas más que aliviaron el malestar que me estrujaba la boca del estómago.
No es que tuviera preferencia por ningún linaje en concreto; al fin y al cabo, todos formaban parte de la misma especie.
Eran las mismas bestias con distinta ascendencia.
Sin embargo, debía admitir que mis llamadas favoritas eran las de los Hijos de Morton, porque eran los menos violentos y más torpes.
—Me he alimentado de un repartidor de comida asiática siguiendo el protocolo correcto —se apresuró a aclarar a quien le había abierto un expediente con el nombre de Lukas Svoboda, Hijo de Morton—. Pero no consigo dominarle para que se olvide de lo que ha ocurrido antes de dejarlo marchar.
—Entiendo. ¿En qué situación se encuentra actualmente?
—Con un repartidor de comida atrincherado en el baño, mi lacayo sentado en el sofá engullendo los rollitos de primavera y yo aquí, hablando con usted.
Nada tenía que ver la despreocupación y parsimonia de los Hijos de Morton con la congoja que parecían padecer algunos de los Hijos de Dorian.
—Necesito con urgencia un médico, creo que mi lacaya tiene una enfermedad sanguínea, me encuentro mal, tengo fiebre.
Negué, poniendo los ojos en blanco y esforzándome por no reír.
Los vampiros no podían enfermar, ni mucho menos adquirir una temperatura corporal lo suficientemente elevada como para considerarlo fiebre.
Jamás había tocado a ninguno, pero estaba segura de que debía de sentirse como palpar un cadáver… Me invadió un escalofrío.
—Mantenga la calma, le derivo la llamada al Área Médica, en breves le atenderán —vocalicé robótica antes de deshacerme de su llamada.
Suspiré y le di un sorbo al tercer café de la noche, que reposaba sobre mi escritorio.
—Creo que mis vampiros están a dieta —escuché la voz de Filip desde el cubículo contiguo antes de ver asomarse su cabeza—. Solo he recibido ocho llamadas, la mayoría incidencias moderadas.
—Hoy hay luna llena, supongo que muchos prefieren no arriesgarse a salir. —Me encogí de hombros, girando sobre la silla—. En días como hoy agradezco no trabajar en el Departamento Licántropo.
—Ni que lo digas, sin duda necesitaría unas buenas vacaciones. —Filip rio antes de carraspear—. Hablando de vacaciones, he visto que tienes cogida la primera semana de diciembre. ¿Te importaría dejármela? Tenía pensado prepararle un viaje a mi mujer por nuestro aniversario.
Evité exhalar con molestia para que Filip no notara lo inconveniente que me resultaba aquello, lo mucho que me frustraba que siempre moviera mis tiempos a su antojo porque no era capaz de preparar ni pedir las cosas con antelación. Sin embargo, como de costumbre, no pude negarme.
Nunca me negaba a nada . Por mucho que quisiera, mi sistema nervioso decidía alterarse ante cualquier posible conflicto o malestar ajeno, aun cuando sucumbir a los deseos de los demás me perjudicara a mí misma. Pese a sentir como si una rata me arañara el interior de los pulmones, contesté:
—Sí, no te preocupes, tenía un viaje planeado con mi madre. —Tragué saliva, esta ardió—. Pero, bueno, la reserva del hotel es reembolsable.
«Y mamá tampoco va a venir».
—¡Bien hecho! Qué niña tan lista, no se te escapa una, así no te llevarás disgustos.
—Su sonrisa dirigía la mía—. Y hablando de disgustos, ¿te has enterado del incidente en la Iglesia de Nuestra Señora ante Týn?
—murmuró, sacudiendo la mano para enfatizar la alteración de su voz—.
¡Menuda masacre! Debe de haber sido algún ajuste de cuentas entre clanes, pero lo raro es que solo se han encontrado las víctimas de un bando.
Todavía no se sabe quiénes han masacrado a un puñado de Hijos de…
Una llamada entrando en mi receptor cortó sus palabras.
—Luego me lo cuentas —murmuré en voz baja, sin deshacer la sonrisa tensa.
Filip fingió cerrarse la boca con una cremallera y desapareció tras el delgado biombo que separaba nuestros cubículos. Di un sorbo rápido al café una vez más antes de descolgar.
—Central de Atención a Criaturas Sobrenaturales, Departamento Vampírico, le atiende Rina, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenas noches, ternura.
Dejé de respirar al instante.
Apreté los dientes y dirigí los ojos con rapidez al receptor.
Había un nombre y un linaje vampírico vinculados al número de teléfono que estaba atendiendo, pero sabía a ciencia cierta que no pertenecían a aquella detestable voz.
Los teléfonos con los que siempre llamaba nunca le pertenecían a él .
En mi trabajo lidiaba con todo tipo de vampiros violentos, engreídos e insufribles. Pero él era, sin duda alguna, el peor de todos ellos.
—Velkan.
Hijo de puta.