Capítulo 19 #2
Esperó unos segundos, con el corazón a mil y no por el esfuerzo de haber subido los escalones, precisamente.
A los pocos segundos, Milda abrió la puerta con los tres cuencos de la sopa apilados en una mano.
—¡Mateo! —exclamó feliz, pero no extrañada. Al contrario—: Estaba contando los minutos para que llegaras.
Mateo sonrió con timidez y entonces Maica apareció asomando la cabeza detrás de Milda:
—¡Hola! —canturreó Maica muy emocionada—. Lo sabía. Es que en cuanto he escuchado el timbre… ¡lo sabía!
Mateo sonrió, sin saber qué decir.
Milda agarró a Maica del brazo y le dijo encogiéndose de hombros:
—Nosotras nos vamos.
—¿Adónde?
—A lavar los cuencos. Mi lavavajillas es mucho mejor que este. ¡Dónde va a parar! ¡Y Maica se muere por conocerlo!
—Sí, por lo visto es una cosa de otro mundo.
Las dos desaparecieron escaleras abajo casi corriendo y Mateo no pudo evitar sonreír.
Entró en la casa despacio y, desde el pasillo, vio a Irene que seguía sentada en el sofá.
Llevaba una camiseta vieja, el pelo revuelto y los ojos todavía hinchados de llorar.
Cuando Irene lo vio aparecer, se quedó sin respiración.
Le encontró desmejorado y también tenía pinta de haber llorado bastante.
Los dos permanecieron unos segundos mirándose y fue Irene la que rompió el silencio:
—¿Y las chicas?
—Se han ido a lavar los cuencos.
—Los cuencos…
—El lavavajillas de Milda es una cosa fuera de serie.
Irene, que seguía con la boca abierta, ya no pudo más y rompió a reír.
Mateo también y después mirándola con una cara de enamorado que no podía con ella saludó alzando una mano:
—¡Hola!
—Hola, Mateo.
Mateo tragó saliva, le clavó la mirada y replicó con el corazón en la mano:
—He visto el programa.
—Lola ha estado estupenda.
—Y tú también. Miles de gracias.
Irene carraspeó un poco y luego habló mirándole a los ojos:
—No tienes que dármelas. Solo he dicho la verdad.
Mateo dio un paso hacia ella, porque había una palabra que ya le estaba abrasando en la garganta y necesitaba soltarla como fuera:
—Perdóname.
Irene dio un tirón del bajo de su camiseta vieja y musitó:
—Estabas en shock .
—Eso no me exime de nada.
—Yo también tendría que haberte contado muchas cosas antes —reconoció Irene, esbozando una sonrisa triste.
—Creíste que era lo mejor.
—Es que si el primer día te hubiera dicho que llevaba años convencida de que en un universo paralelo teníamos dos hijos y un perro... habrías llamado a seguridad.
Mateo soltó una carcajada y repitió:
—¿Un perro?
—Sí.
—¿No será uno como Archi?
Irene sonrió.
—Puede.
—Pues ya me llevo bien con él. De hecho, me ha empujado hasta aquí.
—¿Literalmente?
—Literalmente.
Irene soltó una pequeña risa y luego volvió a insistir:
—Lo del universo paralelo es verdad. Y ese era el problema. Por eso no quería contarte nada hasta que llegara el momento. Nunca fui una admiradora normal. Cuando te veía en la tele, cuando leía una entrevista tuya, cuando marcabas un gol, yo no sentía que estuviera viendo a un famoso.
Mateo frunció el ceño y preguntó muy emocionado:
—¿Qué es lo que sentías?
—Sentía una cosa muy rara. Como si ya te conociera. Como si, de alguna manera que no sé explicar, ya formaras parte de mi vida.
Mateo respiró hondo, asintió con la cabeza y replicó:
—Yo ya te dije que siempre intuí que había alguien. Y ahora entiendo por qué nunca me mirabas como las demás.
—Yo sabía que eras tú. No era una fantasía. Ni una obsesión. Ni siquiera un encoñamiento como el que puede sentir una chica por un actor o un cantante —reconoció Irene, bajando la vista al suelo.
—¿Qué era?
Irene volvió a mirarlo y respondió sin ningún tipo de duda:
—Era una certeza. Siempre sentí que tú y yo ya nos habíamos encontrado en algún sitio. Que nuestra historia ya había ocurrido y que, tarde o temprano, volvería a pasar.
Luego, sonrió con cierta vergüenza y Mateo no supo ni qué decir:
—Joder…
—Por eso jamás me atreví a contártelo. Porque ni yo misma sabía explicarlo sin sonar completamente chiflada.
No quería que pensaras que me había inventado una vida contigo.
Lo que pasaba... —hizo una pausa y siguió—: es que, de alguna manera, yo siempre he sentido que ya eras parte de mi vida.
Pero no sabía contártelo sin que te asustaras.
—Lo que me asustó fue otra cosa.
—¿El qué?
Mateo la miró con una sinceridad desarmante y respondió:
—Pensar que te había perdido.
Los ojos de Irene volvieron a humedecerse y confesó tras echarse un mechón de pelo detrás de la oreja:
—Yo también lo he pasado fatal.
—Me puedo hacer una idea.
—Han sido dos días horribles.
Mateo guardó silencio unos segundos y luego le contó algo sonriendo con ternura:
—No he dejado de pensar en aquella foto tuya esperándome a la salida de un entrenamiento.
—Fui tantas veces…
—No entiendo cómo no te vi.
Irene se encogió de hombros y replicó haciendo aspavientos con las manos:
—Siempre se me echaba la gente encima. He sido bastante torpe toda la vida.
Los dos rieron mirándose con complicidad.
—¿De verdad siempre pensaste que esto iba a pasar? —preguntó él, sintiendo que el corazón le latía fuerte.
Irene respiró hondo.
—Siempre.
—Y como parece una locura…
Mateo negó con la cabeza, Irene le miró sorprendida y él aclaró:
—Joder, ¿cómo me va a parecer una locura si también he sentido siempre que había alguien esperándome?
—Dios.
Mateo se acercó un paso más y siguió hablando emocionado:
—Solo que nunca imaginé que fueras tú.
Irene no pudo soportarlo más y rompió a llorar.
—Lo siento, es que pensaba que no me ibas a perdonar.
—Yo pensaba igual, porque en realidad el que se tomó como una traición algo que no era fui yo.
—No tengo nada que perdonarte, Mateo.
—¡Ay, madre! —soltó Mateo, con la garganta tensa.
—¿Qué pasa?
—¡Menuda noche! —respondió con la mirada empañada—. Es acojonante descubrir que uno merece ser querido, protegido y perdonado.
—Lo mereces —susurró Irene, con una lágrima rodándole por la mejilla.
Mateo recortó la distancia que los separaba, le secó la lágrima con el pulgar y descendió la vista hasta la mano de Irene:
—¿Y el anillo?
Ella sonrió entre lágrimas y respondió:
—Como era un secreto, lo tengo escondido en mi mesilla de noche. Pero todas las noches me lo pongo para dormir.
Mateo cerró los ojos un instante. Aquello era, probablemente, una de las declaraciones de amor más bonitas que le habían hecho en toda su vida.
Luego, le pidió con un convencimiento absoluto:
—No vuelvas a quitártelo.
Irene le miró llevándose las manos a la boca y replicó:
—¿En serio?
—Todo lo que te dije aquel día sigue siendo verdad.
Mateo le cogió las manos y ella reconoció también:
—Igual que lo que dije yo.
—Aunque si hace falta, volveré a arrodillarme para pedirte otra vez que te cases conmigo.
Irene no dijo nada. Simplemente lo abrazó y lo besó con todas las ganas que llevaba guardadas desde hacía dos días.
Fue un beso dulce, alocado, intenso…
Cuando por fin se separaron, Mateo apoyó la frente contra la suya y sonrió:
—Menos mal que después de todo no fue un desmoche.
—¿Desmoche? ¿Qué dices?
—Ya te lo contaré. El pobre de Archi estuvo haciéndome un montón de símiles entre el amor y la jardinería.
—Ah.
—Si no es por los Archis, no estaría aquí. Pero estoy.
—Sí.
—Y eso significa que quiero quedarme.
—Sí. Doy fe de que sí.
—Y ya que estamos aquí, se me está ocurriendo algo —dijo Mateo, tras pasarse la mano por la nuca.
—Tú dirás.
—¿Y si en vez de dar los buenos días cada mañana a la foto de la nevera, me los das mí?
Irene soltó una pequeña risa…
—¿Me estás pidiendo que me vaya a vivir contigo?
—A lo mejor te parece un tanto precipitado.
—A lo mejor no.
—¿No?
—No, porque resulta que Milda va a abrir oficinas en Madrid.
—¿En Madrid? —replicó Mateo, abriendo mucho los ojos.
—Me ha pedido que las dirija.
—¡Eso es maravilloso! ¡Enhorabuena!
—¡Gracias! Así que me viene perfecto irme a vivir contigo, porque tú también vas a acabar allí.
A Mateo se le escapó una lagrimilla, luego le acarició la mejilla y musitó:
—Ojalá.
—Ya lo verás. Porque esta noche lo va a cambiar todo.
—¿Por qué estás tan segura?
Ella sonrió como había sonreído siempre, como la primera vez que vio su fotografía, como cuando pegó aquella imagen en la nevera, como cuando aceptó ser su novia falsa, como cuando se puso el anillo cada noche para dormir y respondió:
—Porque sabía que pasaría…