EPÍLOGO
Semanas después…
Los flashes no dejaban de dispararse.
La sala de prensa del Santiago Bernabéu estaba abarrotada.
Micrófonos.
Cámaras.
Fotógrafos.
La camiseta blanca con el número de Mateo descansaba sobre una mesa junto al escudo del club.
Fuera, miles de aficionados coreaban su nombre.
Dentro, el presidente le daba la bienvenida mientras los fotógrafos seguían disparando.
Finalmente le cedió el turno:
—Y ahora os dejo con Mateo Rivelles.
Un aplauso inundó la sala.
Mateo inspiró hondo.
Miró a los periodistas y después buscó con la mirada a los suyos.
Allí estaban en primera fila: su padre, su madre, Lola, los dos Archis, Dani, Sergio fingiendo que no miraba a Maica, Maica fingiendo que no miraba a Sergio y por fin Irene sonriéndole como siempre.
Mateo acercó el micrófono, guardó unos segundos de silencio y empezó a hablar.
—Cuando era pequeño vivía en Rascafría y soñaba con jugar en el Real Madrid.
Este día ese niño ha cumplido su sueño. Pero si pudiera volver a Rascafría, cogería al Mateo de diez años, que iba siempre con un balón debajo del brazo, y le diría: «Tranquilo.
Va a costar muchísimo. Vas a caerte muchas veces.
Pero no dejes de creer. Porque un día conocerás a personas que harán que todo haya merecido la pena».
Mateo entonces miró a su gente y añadió emocionado:
—Me gustaría empezar por mis padres, que forman parte de este sueño que empezó cuando tenía casi tres años.
A esa edad mi padre me compró un balón. ¡En qué hora!
—La sala de prensa se echó a reír—. Desde entonces me pasé las tardes dándole patadas contra la pared de casa.
Rompí unos cuantos cristales, por no decir bastantes.
La gente les decía a mis padres que aquello no podía seguir así.
Que un niño no podía estar todo el día jugando al fútbol, pero nunca me quitaron el balón.
Solo me hicieron prometer que, si rompía un cristal, ayudaría a pagarlo.
Y pagué unos cuantos… Mi padre es carpintero, siempre quiso enseñarme el oficio y la verdad es que lo intentó.
Me enseñó a sujetar una garlopa, a lijar una tabla, a respetar la madera…
Así pagué los cristales, pero siempre volvía al balón. Y a romper más cristales.
La sala se rio. Mateo miró a sus padres y continuó diciendo:
—No sé cómo tuvisteis tanta paciencia. Pero gracias por dejarme intentarlo.
Los padres se retiraron las lágrimas, Mateo les lanzó un beso y siguió:
—Algunos cristales también los pagó mi abuelo.
Fue el que empezó a llevarme a todos los entrenamientos, el que hizo muchísimos kilómetros con el coche, el que pasó frío y calor y el que estuvo a mi lado animándome a soñar en grande.
Mi abuelo siempre me decía: «Si vas a tener un sueño, ten uno lo bastante grande para que merezca la pena perseguirlo».
A Mateo se le quebró ligeramente la voz, tomó aire y continuó:
—Y yo siempre soñé con jugar en este club.
Siempre, incluso cuando solo mi abuelo confiaba en que iba a ser capaz de lograrlo.
Él nunca permitió que dejara de soñar. Todo el mundo me decía que era muy difícil, que había miles de niños que como yo soñaban con ser futbolistas.
Pero él nunca me habló de los miles, solo me preguntaba una cosa cada vez que terminaba un entrenamiento: «¿Hoy has disfrutado?
». Porque mientras yo siguiera disfrutando, él seguiría creyendo.
Hoy él ya no está, pero me gusta pensar que, de alguna manera, ha encontrado un sitio desde el que seguir viendo los partidos.
Y hoy estará diciendo: «Te lo dije». Sin duda, este momento también le pertenece.
La sala aplaudió y Mateo esperó unos segundos para seguir contando:
—Después apareció mucha gente en mi vida.
Entre ellos, Dani Cabrera, mi preparador físico: Gracias.
Tú soñabas con estar dentro del campo conmigo.
Y cuando la vida te obligó a cambiar de camino, decidiste dedicarte a que otros no dejaran de cumplir el suyo.
Este logro también es tuyo. Gracias por levantarme cada vez que me caí.
Porque cuando todos hablaban del futbolista, tú siempre te preocupaste por la persona.
Gracias por no dejar que una lesión acabara con mis ganas de seguir soñando.
Y no dudes de que cuando yo juego, tú lo haces conmigo.
Dani bajó la cabeza y tuvo que tragar saliva para no llorar.
Mateo continuó:
—Luego llegó Sergio Beltrán, mi representante. Lleva tantos años peleando por mí que ya forma parte de mi familia. Gracias por creer cuando las cosas iban bien. Y sobre todo, gracias por no dejar de creer cuando yo mismo empezaba a cansarme.
Maica sonrió sin poder evitarlo.
Lola la vio.
Y levantó las cejas.
Ella disimuló mirando al techo.
Y Mateo tuvo que contener una sonrisa. Después, volvió a ponerse serio:
—Y también quiero darle las gracias a alguien que este verano me enseñó algo que jamás habría imaginado aprender.
Miró a Archi:
—Me enseñaste que los jardines sobreviven porque alguien vuelve a cuidarlos después de la tormenta. Gracias.
Archi asintió con la cabeza muy emocionado y Lola le cogió la mano.
Él no la soltó.
Luego, Mateo respiró profundamente porque sabía que llegaba la parte más difícil.
Miró a Lola y durante unos segundos no pudo hablar. Cuando lo consiguió, le salió la voz tomada:
—Durante mucho tiempo pensé que proteger era hacerlo todo solo. Cargar con los errores, con las críticas, con las mentiras. Creía que querer a alguien era impedir que sufriera, aunque el que acabara destrozado fuera uno mismo.
Hizo una pausa. Miró a su hermana y siguió:
—Este verano descubrí que estaba equivocado.
Comprendí que querer también significa dejar que los demás te ayuden.
Gracias, Lola, por enseñarme que también se puede proteger en las dos direcciones.
Toda la vida pensé que tenía que protegerte y este verano he descubierto que tú también eres capaz de salvarme.
Lola lloraba sin intentar esconderlo y Mateo miró al frente. Bebió un poco de agua y clavó la vista en Irene.
Entonces, todo desapareció. Los periodistas, las cámaras, los fotógrafos…
Solo existía ella. Le sonrió y dijo:
—Y, por último, quiero dar las gracias a una persona que me ha cambiado la vida.
La sala se quedó en absoluto silencio y Mateo continuó:
—Hay personas que aparecen cuando todo va bien.
Y hay personas que aparecen cuando más perdido estás.
Las segundas son las que te cambian la vida.
Y yo tuve la suerte de encontrar a una. Todos soñamos con alguien que nos mire como realmente somos.
Ella llevaba creyendo en mí mucho antes de que yo supiera siquiera que existía.
Irene: gracias por recordarme quién era cuando yo empezaba a olvidarlo.
Gracias por quererme incluso cuando no era fácil hacerlo.
Quiero que sepas que cumplir un sueño es maravilloso, pero tener con quien compartirlo lo hace inolvidable.
Irene ya no pudo contener las lágrimas:
—Hoy cumplo el sueño de aquel niño que rompía cristales en Rascafría.
Hoy visto la camiseta del equipo al que amo.
Pero con los años he descubierto que los sueños nunca los cumple una sola persona.
Siempre hay alguien que te levanta cuando caes, que cree en ti cuando ya no puedes y sigue caminando a tu lado cuando todo parece derrumbarse.
Por eso si estoy aquí no es solo porque el niño de Rascafría no dejó de perseguir un balón, es porque he tenido la inmensa suerte de encontrar a las personas adecuadas para recorrer ese camino conmigo.
Y precisamente por eso, he aprendido que ningún sueño merece la pena si no puedes compartirlo con la gente que quieres.
Muchas gracias a todos por estar hoy conmigo.
La sala entera se puso en pie. Mateo dejó el micrófono sobre la mesa. Bajó del estrado y entonces Irene llegó hasta él.
No dijeron nada.
Se abrazaron.
Después él sonrió y preguntó:
—¿Nos hacemos una foto?
Irene soltó una sonrisa entre lágrimas:
—¿Y esta vez qué contará?
Mateo la besó en los labios, la miró pensando que los sueños más grandes no son los que te llevan más lejos, sino los que te devuelven al lugar al que siempre has pertenecido y contestó:
—La verdad.
Y los flashes volvieron a dispararse…