Capítulo 19
Lo que Irene no sabía era que Mateo estaba viendo el programa desde el salón de la villa.
No estaba solo. Los dos Archis le hacían compañía. Y él lloraba como no recordaba haber llorado nunca. Ni siquiera de niño.
Archi, el perro, se acercó despacio. Lo observó unos segundos y, por primera vez desde que lo conocía, no le gruñó. Al contrario. Le lamió una lágrima que acababa de resbalarle por la mejilla.
Mateo sonrió entre sollozos y le acarició la cabeza.
—Gracias, compañero.
En la televisión seguían aplaudiendo a Irene.
Mateo negó despacio con la cabeza.
—No me lo merezco.
Archi, el jardinero, que había permanecido en silencio todo el programa, dejó escapar una sonrisa y dijo:
—Sí.
—No, te digo yo que no.
—¿Por qué no?
Mateo volvió a mirar la pantalla y respondió entre resoplidos:
—Después de todo lo que desconfié de Michele ha ido a defenderme.
Y hasta ha llevado al tío Genaro. ¿Te lo puedes creer?
¡Con lo mal que me porté con él! Si es que no he parado de llamarle mafioso casi desde el día que lo conocí.
¡Y ahora menuda lección me ha dado! Tenía que odiarme y mira lo que acaba de hacer por mí.
—Porque sabe quién eres de verdad.
Mateo suspiró.
—Y luego está Irene… —Se le quebró la voz y siguió—: Después de ir a buscarla para pedirle explicaciones, después de no creerla, después de hacerle daño... va y sale delante de toda España a hablar así de mí... —Bajó la cabeza—: No me lo merezco.
Archi esperó unos segundos antes de responder y soltó después:
—¿Sabes lo que creo?
Mateo levantó la vista y farfulló expectante:
—Dime.
—Que ella no ha hablado del futbolista.
—¿Entonces?
—Ha hablado del hombre del que se ha enamorado.
A Mateo aquellas palabras le atravesaron el pecho.
—Dios.
—¿Qué sientes por ella? —preguntó Archi, mientras el perro permanecía tumbado a sus pies.
Mateo ni siquiera tuvo que pensarlo y respondió:
—Que he sido un idiota.
—Eso ya lo sabemos los dos.
Mateo soltó una risa entre lágrimas y se las apartó con el dorso de la mano:
—Pensaba que me había traicionado y era yo quien no estaba siendo justo con ella. Tendría que haber entendido por qué me ocultó que era mi fan.
—Ese día acababas de descubrir lo de Julio. No estabas pensando con claridad.
—Da igual. Le hice daño. Y no creo que quiera volver a verme.
Archi señaló la televisión con la barbilla y le preguntó:
—¿Has escuchado lo que acaba de decir delante de toda España?
—Sí.
—Pues deja de pensar en lo que tú crees y empieza a pensar en lo que ella acaba de demostrar. —Guardó silencio unos segundos y añadió—: Ve a verla.
Mateo respiró hondo y confesó con un nudo en la garganta:
—Quiero decirle algo más que gracias.
—¿El qué?
Mateo sonrió con tristeza y respondió:
—Nada, porque me va a mandar a la porra.
Archi le miró fijamente y le contó algo para que reaccionara:
—Una de las cosas que he aprendido como jardinero es que un jardín no se estropea porque llueva. Se estropea cuando nadie vuelve a cuidarlo.
—O sea… ¿todavía estamos a tiempo? —replicó Mateo un tanto desconcertado.
—Ninguna planta florece todos los días. Hay temporadas de lluvia, viento, ramas secas. Lo importante es seguir cuidando las raíces.
—Vamos, que el jardín sobrevive porque después de la tormenta alguien vuelve a sembrar.
—Lo vas pillando —masculló Archi y el otro Archi ladró como asintiendo.
—Y eso que se me dan fatal las plantas —bromeó Mateo.
—Pero sí que sabes que las flores más fuertes son las que aprendieron a florecer después de la tormenta.
Mateo ya no quería seguir hablando de flores ni de tormentas y confesó:
—Estoy jodidamente enamorado de ella. Y tengo un miedo horrible a llegar demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde… Por cierto, bienvenido al club.
Mateo levantó una ceja y murmuró mordaz:
—¿A cuál?
—Al de los jodidamente enamorados.
—Gracias.
—Yo tampoco tenía pensado enamorarme de Lola. Me negué. Me enfadé conmigo mismo. Intenté convencerme de que aquello no tenía sentido. —Se encogió de hombros y añadió—: Pero el corazón es bastante cabezota. Y Lola… es mucha Lola.
—La escuchaba hablar y no podía dejar de admirarla. Lo que ha crecido, joder. ¡Si parecía una abogada!
Archi sonrió con orgullo.
—Es que lo va a ser.
—¡Y qué valiente es! Ha dado la cara por mí delante de toda España.
Insistió en denunciar a Julio. No dejó que me rindiera.
Y fue ella quien tuvo la idea de contarlo todo en televisión.
Sergio solo consiguió la entrevista, pero todo esto ha salido adelante porque ella no ha parado de decirme que ya estaba bien de verme cargar con una culpa que no era mía.
Y tras decir esto, Mateo bajó la cabeza, visiblemente emocionado.
—Ya era hora de que alguien te protegiera a ti —afirmó Archi.
—No sé cómo voy a agradecerle todo lo que ha hecho por mí.
Archi lo miró con una sonrisa serena, hizo una pausa y replicó:
—No tienes que agradecerle nada.
Mateo levantó la vista.
—¿Cómo que no?
—No. Porque ella solo te ha devuelto una pequeña parte de todo lo que tú llevas años haciendo por ella.
—Mateo guardó silencio y Archi continuó—: Toda la vida has sido tú quien ha dado un paso al frente para protegerla.
Quien ha cargado con las críticas. Quien ha preferido que hablaran mal de ti antes que señalarla a ella.
Esta noche simplemente se han cambiado las tornas.
—Aún sigo impresionado por lo que ha sido capaz de hacer —dijo Mateo sintiendo un nudo en la garganta.
—Ahora ha sido ella quien ha salido a protegerte a ti.
—Ha estado sublime. Igual que Irene… Aunque no sé qué pasará con lo nuestro.
—¿Sabes otra cosa importante que aprendí como jardinero? —replicó Archi, enarcando una ceja—. Pero no lo flipes, ¿eh? No siempre doy clases gratis.
—¿Qué?
—Que podar una planta no es hacerle daño. Es ayudarla a crecer —recordó haciendo el gesto de que podaba con los dedos.
—Pero es que lo mío fue un desmoche. No sé. Tengo pánico a haberme cargado la planta.
—¿Tú has escuchado lo que ha dicho Irene? Dice que te quiere con todo su corazón y que sigue ahí. ¿Qué más pruebas necesitas?
—No lo entiendo, te lo juro. Es lo último que esperaba escuchar. Llevo toda la vida protegiendo a los demás y nunca imaginé lo que se siente cuando alguien te protege a ti.
—Pues acostúmbrate. Aunque te entiendo. No sabes cuánto. Lola me está enseñando exactamente lo mismo. Con ella me está tocando aprender que también merezco ser cuidado.
—Pero lo que me descuadra es que Irene lo haya hecho después de que la pifié.
—Porque el enamoramiento es una idealización y el amor es lo que sobrevive a los conflictos y decepciones.
Así que vale que habéis tenido un desencuentro, pero realmente es el camino para descubrir si de verdad lo vuestro era amor.
Porque los vínculos fuertes no nacen de no discutir, nacen de saber volver.
—¿Y tú todo esto lo has aprendido trabajando de jardinero? —quiso saber Mateo, asombrado.
—Y también soy el mayor de cuatro hermanos. Es lo que tiene estar todo el día a la gresca.
Mateo soltó una pequeña carcajada y luego repuso:
—Gracias, de verdad.
—De nada. Y ahora vete con ella.
Mateo no pudo replicar nada porque Archi, el perro, se acercó hasta él y empezó a empujarle la pierna con el hocico.
—¿Tú también?
El perro insistió.
Archi se echó a reír y dijo divertido:
—Hasta él tiene más claro que tú lo que tienes que hacer.
Mateo se quedó unos segundos respirando profundo. Después se levantó, cogió las llaves del coche y salió de la villa con la sensación de que jamás había tenido tan claro hacia dónde quería ir.
Condujo escuchando cómo el móvil no dejaba de vibrar.
Entraban llamadas.
Mensajes.
Notificaciones.
Las redes ya no hablaban del futbolista juerguista que llevaban meses dibujando, sino del hombre que había sacrificado su reputación para proteger a su hermana.
Unos reconocían la injusticia que se había cometido con él. Otros pedían perdón por haberlo juzgado sin conocer la verdad. Muchos resaltaban la lealtad, el amor incondicional que sentía por su familia y la enorme dignidad con la que había soportado en silencio durante tanto tiempo.
Había quien confesaba que nunca había sentido especial simpatía por Mateo Rivelles y que aquella noche acababa de cambiar por completo la imagen que tenía de él.
Otros decían que ojalá sus hijos crecieran con unos valores parecidos a los suyos.
Pero, de todos los mensajes, el que más se repetía no hablaba de fútbol.
Hablaba de amor.
Del amor de un hermano que había preferido cargar con todas las críticas antes que señalar a su hermana.
Y de una hermana que, cuando más lo necesitaba, había hecho exactamente lo mismo por él.
Además, había algo que había emocionado profundamente a la gente.
Nadie esperaba ver desfilar, uno tras otro, a quienes mejor lo conocían.
Su hermana.
Su representante.
Su preparador físico.
Michele.
Hasta el tío Genaro se había subido a un avión con su bastón para hablar bien de él.
Todos coincidían en lo mismo: no sabían si Mateo Rivelles era mejor hombre que futbolista.
Y luego comentaron muchísimo la aparición de Irene.
Las redes se llenaron de mensajes hablando de la forma en que lo había defendido, del amor con el que había hablado de él y, sobre todo, de aquella confesión que había hecho en directo delante de millones de personas.
Se nota que lo quiere de verdad.
Ojalá alguien hable de mí alguna vez como Irene habla de Mateo.
Después de escucharla, ya no tengo ninguna duda de que el amor existe.
Incluso empezó a repetirse una frase una y otra vez:
El yerno perfecto se llama Mateo Rivelles.
Mateo conducía ajeno a todo aquello. Es que ni se lo podía imaginar. Tras meses con la reputación hecha trizas, había bastado una sola noche para recuperar su reputación y la admiración de un país entero.
Claro que, en ese momento, en lo que menos estaba pensando Mateo era en su reputación.
Lo único que quería recuperar de verdad era a Irene.
Al llegar al portal, se encontró con que estaba abierto.
Entró y subió los escalones de tres en tres hasta el segundo M, de Mateo.