Capítulo 18 #3
—Buenas noches. Soy Sergio Beltrán. Represento a Mateo desde que era un chaval.
—Miró directamente a cámara y dijo—: En todos estos años jamás me ha pedido un coche mejor, ni un contrato más alto, ni un favor para él.
Miento. Solo uno —añadió, mientras el plató permanecía completamente en silencio—.
Me pidió que jamás dejara que nadie hiciera daño a su hermana.
—El realizador enchufó a Lola que empezó a llorar.
El público volvió a aplaudir y Sergio continuó—: Y sí.
Le insistí muchas veces para que contara la verdad, la misma que Lola acaba de contar, la única que hay, pero se negó siempre.
—¿Por qué?
—Porque decía que, si la prensa empezaba a seguir a Lola, dejaría de ser libre.
El presentador respiró hondo y Sergio le comentó señalando a Dani que estaba a su lado:
—También está con nosotros Dani Cabrera, su preparador físico, que también puede dar fe de lo que estamos contando.
—¿Qué tienes que aportar al caso, Dani? —preguntó Ernesto.
—Buenas noches. Yo estuve con Mateo después de aquella lesión. Miró a cámara y siguió—: Nunca quiso que se supiera la verdad. ¿Y sabes qué me dijo después?
—¿Qué te dijo?
—Que había merecido la pena. —El silencio volvió a instalarse. —Porque había evitado que se le hiciera mucho daño a su hermana.
Sergio aprovechó para echar un ojo a X que empezó a llenarse de mensajes:
Le debemos una disculpa.
Nos han engañado durante años.
Pobre Mateo.
La opinión pública estaba cambiando, mientras Irene llevaba ya tres pañuelos gastados.
Y en plató, Dani le comentó al presentador:
—También ha venido a dar testimonio otra persona: Michele Vitale es el ex de Lola. Se conocieron en los tiempos que estaban en Italia.
Ernesto le puso el micro delante y este habló del tirón:
—Durante mucho tiempo pensé que Mateo me odiaba por haberme hecho novio de Lola. Me equivoqué. Fui un imbécil. —El público soltó una risa—. Él nunca quiso apartarme de Lola por celos. Solo quería protegerla. Ama y defiende tanto a los suyos que parece napolitano.
—Así es —confirmó Salvatore que estaba sentado a su lado—.
Mateo es un hombre familiar y también tremendamente casero.
No le llevas a una fiesta ni arrastrado.
Buenas noches —se presentó—. Soy el mejor amigo de Michele.
Nunca entendí cómo podían decir que el pobre Mateo era un golfo si es lo más parecido que he conocido a un monje Shaolin.
El plató se llenó de risas y entonces el tío Genaro, que estaba apoyado en su elegante bastón, ese con el que Mateo creyó que le iban a dar matarile, tomó la palabra para decir en italiano y Michele tradujo:
—Mi tío dice que un hombre que protege a su familia antes que a sí mismo solo merece respeto y admiración.
Todo el plató se puso en pie aplaudiendo a rabiar y, en casa, Irene no podía dejar de llorar.
Incluso Milda lo hacía…
Y fue entonces cuando Irene se percató de que había un rótulo en la parte inferior de la pantalla que ponía: «teléfono de aludidos».
Ni se lo pensó y cogió el móvil.
—¿Qué haces? —preguntó Maica, sonándose la nariz.
—Voy a llamar.
—Estás loca. Muy loca. Pero tienes que hacerlo —apuntó Milda.
Irene marcó y comunicaba. Volvió a marcar y nada. Lo intentó una tercera vez y esta vez dio tono.
Las tres dejaron de respirar y una operadora le tomó los datos.
Segundos después, estaba dentro.
El presentador levantó una mano y dijo:
—Tenemos una llamada. ¿Quién es?
Irene cerró los ojos un segundo y los abrió para responder:
—Soy Irene.
Hubo un murmullo general y Lola se echó las manos a la cara de la emoción.
—¿Y quién eres, Irene?
—La novia de Mateo.
El plató entero rompió en aplausos, Michele gritó lanzando un puño al aire y Lola juntó las manos y miró al techo como dando gracias al cielo:
—Adelante, Irene.
Ella respiró hondo, Milda le apretó el hombro para infundirle fuerzas y Maica con un gesto de la cabeza le instó a que siguiera:
—Solo quiero decir que todo lo que habéis escuchado esta noche es verdad.
Miró un instante a Milda y a Maica, y ambas muy emocionadas levantaron los pulgares.
—Hay ocasiones en las que el periodismo destapa injusticias. Y otras... en las que las crea —masculló Ernesto, moviendo un poco la cabeza.
Irene pensó en Mateo y sintió tantas cosas que decidió dejar atrás los miedos y los temores y centrarse en decir solo la verdad:
—Así es. Mateo no bebe. No fuma. No le gustan las fiestas.
Vive para el fútbol. Y vive para su familia.
Si alguna vez habéis pensado que era un golfo, os habéis equivocado.
Porque ha preferido que hablaran mal de él antes que señalar a la persona que más quiere en el mundo—.
Se hizo un silencio enorme. —Y yo... Yo he tenido la suerte de conocer al hombre que hay detrás del futbolista.
Un hombre bueno. Honrado. Leal. Valiente.
Y con el corazón más grande que he conocido nunca—.
La voz empezó a quebrársele. —No se merece nada de lo que le ha pasado. Absolutamente nada.
Lola cerró los ojos y sonrió.
Sabía que Irene acababa de decir exactamente lo que Mateo necesitaba escuchar.
El público volvió a ponerse en pie aplaudiendo enfervorecidos y el presentador esperó unos segundos antes de asegurar:
—Se nota que lo quieres muchísimo.
Irene sonrió entre lágrimas, se llevó la mano al pecho y musitó delante de todo el país:
—Con todo mi corazón. Y si me está viendo... —Todo el plató se quedó en silencio—. Solo quiero que sepa que sigo aquí.
Y tras decir esto, sintió que quizá todavía no estaba todo perdido…