Sabía que pasaría Capítulo 18 #2
91%

Capítulo 18 #2

—Está sentada en la primera fila.

Nicoleta alzó la mano, las luces la enfocaron y Ernesto se acercó a ella con un micrófono de mano.

—Buenas noches —saludó, sonriendo y con un vestido cubierto de lentejuelas plateadas.

Ernesto la miró fijamente y le preguntó a bocajarro:

—Buenas noches, Nicoleta, ¿ese porro era tuyo?

—Sí. Fumo de vez en cuando. Me paso el día haciendo joyas artesanas, se me cargan las cervicales y así las descontracturo un poco.

El público rompió a murmurar y las tres chicas no paraban de comer sopa sin perder ripio.

—Y si era tuyo —siguió Ernesto—, ¿por qué lo tenía Mateo en la mano?

La italiana soltó una pequeña risa y respondió:

—Porque yo estaba poniéndole un collar a Lola y necesitaba las dos manos. Así que le pedí a Mateo que me sujetara el canuto. Eso fue todo.

El público empezó a otra vez a cuchichear.

—¿Entonces Mateo...? —quiso saber Ernesto.

Y no hizo falta que terminara la pregunta porque Lola se lanzó a explicar:

—Mateo no ha fumado un porro en toda su vida. Ni uno. Solo bebe agua. Ni siquiera toma un paracetamol si puede evitarlo.

El presentador volvió a su sofá frente a Lola a la que preguntó:

—Entonces, ¿por qué aparecía siempre en las fiestas?

Lola soltó aire y se puso seria porque sabía que ahí era donde se la estaba jugando:

—Porque yo soy un poco complicada —respondió.

—Define qué es para ti ser complicada.

—Me gusta salir.

El público rio.

—Ya.

—Me gusta divertirme.

Más risas.

—Lola… —masculló Ernesto a punto de que se le agotara la paciencia.

—Y a veces me divierto demasiado. Como el día de la falda que perdí en el Ushuaïa.

Ernesto no pudo evitar una sonrisa y él jamás solía sonreír en una entrevista dura y difícil como esa:

—¿La perdiste?

—Sí.

—¿Cómo pierde alguien una falda?

—Pues... no lo sé.

El público rompió a reír.

—¿Sucedió?

—Me pasan esas cosas. No sé si fue un enganchón o yo que sé. Mi hermano y su novia me trajeron otra y yo por hacer la gracia se la puse en la cabeza.

El presentador se tapó un segundo la cara con las tarjetas para que no le vieran sonreír otra vez, luego preguntó:

—¿Y el gorro de brócoli también se lo pusiste tú?

—También fue culpa mía.

—¿Cómo?

—Me tocó un gorro de brócoli y una botella gigante de corcho en un concurso.

El presentador parpadeó, sin dar crédito, tenía cincuenta años y en la vida había escuchado semejante cosa.

—¿Hay concursos así?

—Hay cada cosa por ahí. Tienes que salir más, Ernesto Manzano.

Las carcajadas llenaron el plató. Ernesto esperó unos segundos y le pidió a Lola:

—¿Y qué pasó después?

—Aquella noche llamé a mi hermano para que viniera a buscarme. Y le fotografiaron con el gorro puesto, porque yo se lo planté en la cabeza mientras intentábamos salir de allí.

El presentador bajó la vista hacia las tarjetas, pasó rápido unas cuantas y atacó con la pregunta del millón:

—¿Y la lesión?

Lola dejó de sonreír y le costó varios segundos responder:

—También fue culpa mía.

El plató quedó mudo.

—Ajá... —murmuró Ernesto, invitándola a continuar.

—Yo había bebido más de la cuenta —reconoció, avergonzada.

—¿Y?

Lola tragó saliva. Ahora le tocaba a ella hacer lo que su hermano llevaba años haciendo por ella: dar la cara. Y solo tenía un arma para defenderlo: la verdad.

—Tropecé en una escalera —dijo Lola, mirando directamente a cámara—. Mi hermano me agarró para que no me cayera. —Hizo una pausa para contener las lágrimas—. Y al hacerlo, se lesionó el tobillo. También fue culpa mía.

El silencio fue absoluto.

El realizador enfocó al público.

Una mujer de la primera fila se secó las lágrimas y un hombre detrás de ella negó lentamente con la cabeza, incapaz de creer que hubiera juzgado a Mateo sin conocer la verdad.

En casa, Irene sintió un escalofrío. Milda dejó el cuenco sobre la mesa. Maica se llevó una mano a la boca.

—Ya os dije que Mateo no es como Rusia —comentó Milda.

—Shhhhhhhhhhh. —Las otras la mandaron callar.

El presentador permaneció unos segundos sin hablar, hasta que inquirió:

—¿Por qué no se supo nunca?

Lola sonrió con tristeza y respondió retirándose una lágrima que no pudo contener:

—Porque Mateo no quiso.

—¿Por qué?

—Porque prefería que pensaran que era un juerguista antes que convertirme a mí en un personaje público.

El plató entero rompió en un aplauso espontáneo y el presentador volvió a hablar.

—¿Hay alguien que pueda confirmar esto?

—Sí. Ellos —contestó señalando un lateral donde apareció Sergio.

A Irene se le cortó la respiración. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho.

Y en el plató, Ernesto se acercó a Sergio y le puso el micrófono delante: