Capítulo 18
Irene llevaba dos días sin salir de casa. Apenas había dormido, ni comido ni vivido.
Estaba hecha un ovillo en el sofá del salón, pálida, con una camiseta de tirantes vieja y con unas ojeras que ni el mejor maquillaje habría conseguido esconder.
Eran casi las diez de la noche.
Maica llevaba toda la tarde con ella y Milda acababa de llegar con un táper en las manos:
—Te he traído un caldo de pollo como el que mi madre hacía en Lituania. Levanta a los muertos.
Irene levantó despacio la cabeza.
—No tenías que haberte molestado.
Milda se encogió de hombros, cogió una silla y se sentó al lado de Maica:
—No es ninguna molestia. Solo quiero asegurarme de que mi mejor empleada está bien alimentada.
Irene la miró sorprendida. Por primera vez desde que le había pedido a Mateo que se fuera de casa, algo consiguió atravesar aquella tristeza que parecía haberse instalado para siempre.
—¿De verdad acabas de decir eso? —preguntó Irene.
—Sí. Pero tampoco te emociones demasiado.
Irene sonrió muy ligeramente.
—Si consigo salir de esta, prometo volver a darlo todo.
—Vas a salir. Porque voy a abrir oficinas en Madrid y las vas a dirigir tú.
Irene se incorporó un poco, miró a Milda con la boca entreabierta y replicó muy sorprendida:
—¿Nos expandimos?
—Vamos a tener que trabajar muy duro.
—¿Me lo estás proponiendo para que me anime o porque de verdad crees que soy la más adecuada para el puesto?
—No te voy a regalar más los oídos —zanjó Milda, mirando para otro lado.
—Qué notición. Te voy a echar mucho de menos —intervino Maica—, pero no sabes cuánto me alegro por ti.
Irene lo sabía perfectamente, luego miró agradecida a Milda y replicó llevándose la mano al pecho:
—Gracias, Milda, por la confianza y por creer en mí. Para mí es un tremendo honor que hayas pensado en mí.
—Ya me dirás cuando empieces a comerte marrones —bromeó Milda.
—Ahí estaré. Al pie del cañón como siempre.
—Como siempre no, que ya llevas dos días sin pisar la oficina.
—No tengo cuerpo para nada. Y me he cogido dos días de vacaciones. Pero te ruego que no me digas que ya me lo advertiste —le suplicó Irene.
—No pienso hacerlo —le informó Milda.
Irene frunció el ceño:
—¿No?
—No. Porque hubo un momento en que hasta yo pensé que podía salir bien.
A Irene aquello la desarmó y negó muy despacio con la cabeza:
—No ha salido bien. Ya no cree en mí —. Se hizo un pequeño silencio y añadió—: He perdido su confianza. Mateo no soporta las mentiras y yo no he sido capaz de contarle que llevo años con una foto suya pegada en la nevera.
Maica giró la cabeza hacia ella y soltó:
—Pero ¿quién le cuenta absolutamente todo a su pareja?
—Alguien muy bobo —respondió Milda, atusándose una ceja.
Irene soltó una risa amarga.
—Esto es distinto.
—¿Por qué? —inquirió Maica.
—Porque era importante.
Milda comprobó que su moño estuviera suficientemente tirante y habló con la serenidad de quien ya había pensado mucho en aquello:
—No se lo dijiste porque no querías que creyera que eras una loca del coño.
Irene la miró, Maica asintió y comentó también:
—Hiciste exactamente lo que habría hecho cualquier mujer con dos dedos de frente.
Irene ladeó ligeramente la cabeza y preguntó, desconcertada:
—¿Qué os pasa a las dos? —Las dos la miraron sin entender—. Pensaba que ibais a echarme la bronca. Que me ibais a decir que nunca debí enamorarme del tío que tenía pegado en la nevera. Que estas historias siempre acaban fatal.
Ninguna respondió. Instantes después, fue Maica quien rompió el silencio:
—Pues no.
—¿No? —repuso Irene.
—No. Porque os he visto juntos. —Irene la observó sin comprender. —He visto cómo te miraba. Esa mirada no se fabrica.
—Pienso exactamente lo mismo —asintió Milda.
A Irene volvieron a humedecérsele los ojos y les preguntó:
—¿Y cómo hago para que vuelva a creer en mí?
Maica suspiró y respondió tras revolverse en la silla:
—Hay hombres que merecen la pena tanto como un mueble viejo y Mateo es uno de ellos.
Irene sonrió entre lágrimas, porque no pudo evitar emocionarse y recordarles también que:
—Hay hombres que son como Rusia. Lo quieren todo.
Las otras dos permanecieron en silencio y Milda finalmente habló:
—Pero Mateo no. Así que empieza por recuperar fuerzas —le aconsejó agitando el táper— y deja que él recupere las suyas.
—No me estáis ayudando nada —dijo Irene, chasqueando la lengua de pura frustración.
—Te estoy ayudando diciéndote la verdad —le aseguró Maica—. Si esto hubiera pasado con un tipo como Sergio, te diría otra cosa.
—Pues bien que te pasas el día hablando con él. En persona, por WhatsApp... —le recordó Irene, alzando las cejas.
—Por trabajo —precisó Maica.
—Claro.
—No busques donde no hay. No lo soporto. Es un estirado arrogante.
Irene soltó una pequeña carcajada y soltó:
—No te lo crees ni tú.
—Pues es verdad. En cambio, Mateo... Mateo es otra historia. Entrará en razón.
—La razón no puede arreglar esto —opinó Irene. Milda y Maica la miraron y ella añadió—: Solo puede hacerlo el corazón.
Milda sonrió muy levemente y le aconsejó alzando las cejas:
—Pues entonces confía en el suyo.
Irene suspiró, porque lo veía muy complicado:
—No creo que me perdone nunca.
—Claro que te perdonará —repuso Maica—. Cuando se calme entenderá que, si el primer día le hubieras dicho que llevabas años con su foto en la nevera, habría llamado directamente a urgencias psiquiátricas.
Irene rompió a reír. Una risa pequeña. Pero risa al fin. Y Maica sonrió satisfecha.
—Mira —señaló Milda—. Es la primera vez que te ríes desde que Mateo se marchó. Luego, se puso de pie y le ordenó —: Y ahora me voy a ir a calentarte la sopa y te la vas a tomar entera.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre.
Irene sonrió resignada porque a ver quién era la valiente de rechazar su sopa y dijo:
—Me la comeré sin hambre mientras vemos la tele.
Maica la miró sorprendida porque llevaba dos días sin querer encenderla. Ni la televisión. Ni la radio. Ni el móvil.
—¿Seguro?
Irene asintió:
—Sí. Creo que me encuentro un poco mejor.
Maica cogió el mando y encendió la televisión. Lo primero que apareció fue la promoción de un programa de máxima audiencia de actualidad y entrevistas.
Una voz solemne anunció:
—Esta noche, por primera vez, Lola Rivelles rompe su silencio. ¿Quién es realmente Mateo Rivelles? ¿Qué ocurrió en las famosas fiestas? ¿Ha mentido la prensa? Esta noche... toda la verdad.
Las tres se quedaron patidifusas y finalmente Maica preguntó:
—¿Apago?
Irene respiró hondo, negó con la cabeza y respondió:
—No. Quiero verlo.
Porque, por primera vez desde que le había pedido a Mateo que se fuera de casa, volvió a sentir algo que creía haber perdido: la esperanza.
Milda se fue a calentar la sopa y, como había hecho tanta, pudo servir tres cuencos bien colmados.
Tras la publicidad, el programa empezó.
Las tres se sentaron en el sofá, tomando el caldo de Milda.
El presentador, Ernesto Manzano, uno de los periodistas más incisivos del país, famoso por no casarse con nadie y hacer las preguntas que nadie se atrevía a formular, se volvió hacia Lola y fue directo al grano:
—¿Por qué has decidido contar ahora la verdad?
Lola respiró hondo, se colocó bien la hombrera del traje de chaqueta blanco y respondió con una sinceridad aplastante:
—Porque estoy cansada de ver sufrir a mi hermano.
—¿Sufrir por qué?
—Porque hay una persona que lleva mucho tiempo haciéndole daño.
—¿Quién?
Lola no dudó ni un instante y respondió sin que le temblara la voz:
—Julio Sanz.
Irene estuvo a punto de atragantarse con la sopa.
Milda y Maica se miraron completamente atónitas.
En el plató se escuchó un murmullo de sorpresa que terminó convirtiéndose en un sonoro:
—¡Uuuuuh!
Ernesto Manzano entornó la mirada y replicó:
—¿Él es el que hizo todas esas fotos que han supuesto un gran daño en la reputación de tu hermano?
—Sí. Él es quien ha ido filtrando todas las fotografías —respondió Lola, con la confianza que le daba saber que estaba diciendo la verdad.
—Es una acusación gravísima, Lola. ¿Cómo puedes demostrar algo así?
—Porque mi hermano le sorprendió hablando con el director del periódico. Estaba negociando nuevas fotografías.
Ernesto no apartó la mirada.
—Eso sigue sin demostrar que él fuera quien las hizo.
Lola asintió.
—Tienes razón. Por eso mi hermano no se quedó solo con lo que escuchó. Al día siguiente, reunió todas las pruebas y presentó una denuncia.
El público volvió a murmurar.
—¿Una denuncia? —preguntó Ernesto.
—Sí. Y, además, el periódico ha entregado toda la documentación relacionada con esas exclusivas. Hay transferencias bancarias, pagos por las fotografías y conversaciones que acreditan quién las estaba vendiendo.
El plató quedó completamente en silencio.
Ernesto respiró hondo antes de hablar.
—Si todo eso se confirma, estaríamos ante uno de los mayores escándalos del periodismo deportivo de los últimos años.
—Se confirmará —respondió Lola con absoluta seguridad—. Porque mi hermano lleva demasiado tiempo pagando por unas mentiras que nunca debieron publicarse.
—En cualquier caso, tu hermano aparece en esas fotos.
—¡Claro que aparece! Porque iba a buscarme a mí.
El plató quedó completamente en silencio y Ernesto le recordó con una mirada implacable:
—La fotografía del porro...
Irene pensó que había que tener mucho valor para plantarse delante de Ernesto Manzano.
Tenía fama de no dar tregua, de poner contra las cuerdas a sus invitados y no soltar a su presa hasta encontrar una contradicción.
Pero aquella noche Lola parecía otra.
Serena.
Segura.
Convencida.
Y sin arredrarse lo más mínimo interrumpió a Ernesto para informarle de que:
—Las fotos que publicaron a través de Julio son de verdad, pero la historia que cuentan son un puro invento. El porro era de Nicoleta. Y ella ha querido también estar aquí esta noche.
Lola sonrió y por primera vez desde que había empezado Derecho Procesal, comprendió que aquellas clases servían para mucho más que aprobar un examen. Una acusación no se desmontaba indignándose, sino rebatiéndola con hechos y pruebas. Y ella las tenía.
—¿Nicoleta está aquí? —preguntó Ernesto.