Sabía que pasaría Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

No lo hizo. Estaba tan desbordado que salió sin decir una sola palabra.

Cuando la puerta se cerró, Irene apoyó la espalda contra ella. Y se dejó caer al suelo.

Mateo condujo de vuelta a casa sintiendo que el mundo se había abierto bajo sus pies.

Abrió la verja de casa sin ganas de hablar con nadie.

Nada más entrar vio a Lola sentada en el césped junto a Archi, el perro. Los dos estaban riéndose mientras el otro Archi intentaba enseñarle a plantar unas flores.

Lola levantó la vista. Nada más verle la sonrisa desapareció.

—¿Qué ha pasado?

Mateo respiró hondo.

—¿Podemos hablar un momento?

Lola miró a sus dos Archis.

—Ahora vuelvo.

Se fueron al porche donde Mateo permaneció unos segundos en silencio. No sabía ni por dónde empezar. Al final soltó:

—Ya sé quién es el topo.

Lola se quedó de piedra.

—¿Quién?

—Julio.

—¿Qué?

—Mientras desconfiaba de Michele, el verdadero traidor estaba sentado a mi mesa, hablaba conmigo por teléfono a diario y me llamaba «amigo».

—Michele no era. Siempre te lo he dicho.

—Julio me la ha jugado, pero bien. Te ha estado siguiendo desde el principio.

Lola sintió un vuelco en el estómago.

—¿A mí?

Mateo asintió.

—Siempre iba detrás de ti. Sabía que, tarde o temprano, acabaría encontrándome.

Lola bajó la cabeza.

—Dios.

—Hoy lo he pillado hablando por teléfono.

—¿Y?

—Se estaba riendo de ti.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué ha dicho?

—Que ayer te pilló besando a Archi. Que eres una tarada. Que siempre la lías. Que contigo siempre hay premio.

Lola se quedó callada. Por primera vez desde que Mateo la conocía no respondió con una broma. Solo masculló:

—Qué hijo de puta.

Mateo le puso una mano en el hombro.

—Lo que no quiero que pienses es que esto ha sido culpa tuya.

Ella tragó saliva.

—Pero lo ha sido.

—No.

—Si yo no hubiera...

—No. —La interrumpió con firmeza—. El culpable es él.

Lola asintió muy despacio. Después respiró hondo y dijo:

—Gracias. Y en cuanto a lo del beso… ¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

Miró hacia Archi, que seguía trabajando en el jardín sin enterarse de nada. Sonrió sin poder evitarlo y le confesó:

—Con él está siendo todo diferente.

Mateo siguió su mirada.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Te gusta de verdad?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Creo que sí.

Mateo sonrió con ternura y le pidió encarecidamente:

—Pues entonces no la líes.

Lola soltó una risa.

—Lo intento.

—En serio. Poco a poco. Ahora mismo tu prioridad son los estudios.

Ella puso los ojos en blanco y replicó llevándose la mano al pecho:

—Puedo estudiar y enamorarme.

—Contigo nunca se sabe.

—Pues esta vez sí.

Lo dijo tan convencida que Mateo decidió no insistir. Hubo un pequeño silencio y Lola volvió al tema.

—¿Y, entonces, ya estaría? ¿Julio se va de rositas?

—No. Claro que no. Hay que desenmascararlo. Lo que no sé es cómo. Las fotos son reales.

—¿Y?

—El porro lo sujetaba yo —le recordó él, resignado.

—Sí.

—El gorro de brócoli lo llevaba yo.

—Sí.

—Las fotos no mienten.

Lola dio un paso hacia él y tuvo claro qué es lo que había que hacer:

—Las fotos no mienten. La historia que cuentan es la que miente. La gente tiene que saber que ibas a buscarme. Que nunca estabas de fiesta por gusto. Que ese impresentable me seguía para llegar hasta ti. Que llevaba meses manipulando todo.

Mateo reconoció tras soltar el aire:

—Estoy cansado, Lola.

—Lo sé. Llevas demasiados años siendo el malo de una historia en la que en realidad eras el héroe.

—No soy un héroe. Solo soy un tipo que hace lo que debe.

—Haces mucho más de lo que debes.

—No voy a discutirlo. Porque estoy jodido, no solo he pillado in fraganti a Julio, sino que además me ha contado que Irene era mi fan. Tiene fotos. Ella no me había contado nada. Me he plantado en su casa y tenía una foto mía en la nevera.

—¿Y qué problema tienes con eso? —quiso saber Lola, sin darle importancia.

—Joder, me ha mentido.

Lola negó con la cabeza porque para ella aquello no tenía nada que ver con mentir:

—No te lo ha contado para que no la veas como una admiradora más.

—Ahora mismo no sé ni lo que estoy pensando —insistió Mateo, agobiado.

Lola le cogió la mano y le aseguró como si la adulta funcional fuera ella:

—Todo va a salir bien.

—Porque ya nada puede ir peor —replicó Mateo.

—Irene no se ha aprovechado de ti, ni nada por el estilo. Ha demostrado con creces que quiere lo mejor para ti. Es una buena tía.

—No sé si seré capaz de volver a confiar en ella —masculló Mateo, muy dolido.

—Mateo cuando te pones así de terco, no te soporto —le regañó Lola—.

Deja de repetirte que Irene te ha mentido y cámbialo por «Irene te quiere».

¡Eso se ve! Yo lo veo y lo ven todos. Y en cuanto a tu carrera, me parece que ha llegado el momento de dejar de esconderte para protegerme. Ahora me toca ayudarte.

Mateo sintió un nudo en la garganta. La abrazó muy fuerte y después se separó de ella.

—Necesito estar solo.

—Pero no tardes demasiado en volver a hablar con Irene. No dejes que Julio gane también esa batalla.

Mateo no dijo nada, se dio media vuelta y Lola lo vio entrar en el gimnasio, del que no salió ni a la hora de la comida…