Capítulo 17 #2
Julio sacó el móvil, buscó unas fotografías y se las enseñó:
—Mírala aquí…
Mateo vio una foto de Irene muy joven, no debía tener más de dieciocho años, con una carpeta pegada al pecho llena de fotos suyas. Su gesto cambió apenas un segundo.
—Esto es un montaje de mierda —soltó Mateo, harto de sus manipulaciones.
—¿Montaje? He hablado con gente de su entorno. Lleva años siguiéndote, por lo visto tiene carpetones llenos de fotos tuyas. Mira, en esta foto que he conseguido está esperando a la salida de un partido para que le firmes un autógrafo. Es de antes de que fueras a Italia.
Mateo apartó el móvil porque no quería saber más y preguntó:
—¿Y qué?
Julio sonrió.
—Que tú piensas que todo ha empezado en Ibiza. Y para ella empezó hace muchos años. No digo que sea mala. —Volvió a guardar el móvil. —Digo que nunca sabes dónde termina una admiradora y dónde empieza una obsesión. Una admiración mal gestionada puede convertirse en un gran problema.
—Tú sí que has sido mi gran problema. Me das tanto asco… —murmuró Mateo, con desprecio.
—Solo te pido que no pierdas de vista una cosa. Irene sabía perfectamente quién eras antes de conocerte.
—¿Y?
—Nada. Que una cosa es enamorarse de alguien y otra muy distinta llevar años idealizándolo.
—No te preocupes por mí.
—Solo te digo que tengas cuidado con una cosa. Tú te has enamorado de la Irene real. Asegúrate de que ella también se ha enamorado del Mateo real y no del que veía los domingos por la tele.
—¿Todavía te atreves a insinuar que Irene es una interesada?
—No digo que esté contigo por interés. Digo que una admiradora lleva años construyendo una imagen de ti en su cabeza. A veces cuesta distinguir al hombre del personaje. Pregúntate una cosa: si no hubieras sido futbolista, ¿se habría enamorado de ti igual?
Mateo le miró detestándole en lo más profundo y le exigió enseñándole los dientes.
—Cállate.
—¿No te has preguntado nunca por qué aceptó el contrato tan deprisa? Yo te respondo: porque era la ocasión perfecta para acercarse a ti.
A Mateo algo se le removió por dentro. Muy poco. Pero por primera vez desde que la conocía, una duda intentó abrirse paso. Y ya no pudo controlarse más.
Se lanzó sobre él, le agarró por las solapas, le zarandeó y le gritó:
—¡No sigas!
Sin embargo, Julio aprovechó para asestarle el último golpe.
—¿Sabes qué tiene en la nevera?
—¿A mí que me importa? —farfulló Mateo, sin soltarle.
—Una foto tuya. Con corazones alrededor.
Mateo recordó, sin querer, la naturalidad con la que Irene había aceptado el contrato desde el primer día. Y algo se le removió por dentro, si bien exclamó:
—¡Qué estupidez más grande!
Lo soltó y lo empujó. Julio trastabilló, cayó al suelo de un modo que no pudo ser más ridículo y desde ahí, tirado como una cucaracha, replicó:
—¿Has subido alguna vez a su casa?
Mateo negó muy despacio. Él había ido a recogerla al portal, pero nunca había subido a su casa. Hasta ese momento no le había dado la menor importancia, si bien Julio insistió:
—Pues sube. No seas idiota. Y luego decide si de verdad la conoces.
Mateo le miró con un desdén descomunal y después le advirtió:
—¡Deja a Irene en paz! ¡No vuelvas a acercarte a mi hermana! Y ahora prepárate, porque esto no te va a salir gratis.
Mateo se dio la vuelta. Y salió de la casa sin mirar atrás.
Necesitaba respirar, necesitaba digerir aquello, pero sobre todo lo que necesitaba era hablar con Irene.
Esa mañana libraba y ni se lo pensó.
Aparcó delante del edificio donde vivía. No había llamado. Ni escrito. Ya no le valía. Tan solo necesitaba verla y que le dijera que Julio estaba mintiendo.
Subió las escaleras casi sin ser consciente de lo que hacía y llamó al timbre.
Irene abrió con una enorme sonrisa.
—¡Mateo! ¿Qué haces aquí?
—Me acordé de que me dijiste que vivías el 2º M.
—M de Mateo. Sí, es lo que te dije.
Él intentó sonreír. No pudo. Tan solo le dio un beso suave en los labios y preguntó:
—¿Puedo pasar?
La sonrisa de Irene se apagó un poco porque le notó raro.
—Claro. Entró.
Era la primera vez que cruzaba aquella puerta. Todo olía a café recién hecho.
—¿Quieres tomar algo? —le ofreció ella, intentando romper la tensión—. Yo es que me he levantado tarde. Me pillas desayunando.
—Si quieres hacerme una tostada. Y si tienes por ahí un aguacate y pavo…
—Claro que sí. Maica está trabajando. Estoy sola.
—Ya.
Mateo levantó la vista y mientras Irene abría un armario buscando el pan de molde, él recorrió la cocina con la mirada.
Y entonces la vio. Su fotografía. Pegada en la nevera.
Rodeada de imanes con forma de corazón. Se quedó estupefacto a la vez que Irene buscaba unas tazas, todavía sin darse cuenta de que él había dejado de moverse.
—También te voy a preparar un café.
—Irene.
—¿Qué pasa?
Mateo señaló la nevera.
—¿Qué es eso?
Ella sintió un vuelco al corazón. La foto. Intentó mantener la calma, forzó la sonrisa y respondió:
—Ah. Es una foto tuya—. Mateo no dijo nada y ella siguió—: Tiene unos cuantos años.
El silencio empezó a hacerse incómodo.
—¿Unos cuantos?
Irene dejó de sonreír, porque la mirada de Mateo no le estaba gustando para nada.
—Sí.
—¿Cuántos?
Ella lo volvió a mirar. Y, por primera vez desde que lo conocía, sintió miedo.
—¿Por qué me lo preguntas?
Mateo tragó saliva y respondió:
—Porque acabo de hablar con Julio.
El nombre cayó como una losa. Irene sintió un vuelco en el estómago y preguntó llevándose la mano al vientre:
—¿Qué te ha dicho?
—Aparte de que he descubierto que era el topo…
—¿Julio era el topo? —preguntó Irene, alucinada.
—Le he pillado hablando con los del periódico de las próximas fotos. El modus operandi siempre era el mismo: seguían a mi hermana. Y todo por dinero, es asqueroso. Menudo palo ha sido descubrir que para él vale más una exclusiva que las personas.
—No me lo puedo creer.
—Lo peor es que después me ha dicho que mi mayor problema es otro.
—¿Cuál?
—Tú.
—¿Yo? —musitó Irene, con un nudo en la garganta.
—Sí. Te ha investigado. O eso dice. Por lo visto llevas años siguiéndome.
Ella cerró los ojos un instante. Y pensó que ya estaba. Había llegado ese momento que llevaba días evitando. Ya no podía ponerse más de perfil:
—Mateo...
—¿Es verdad?
Irene tardó unos segundos en responder. Después asintió muy despacio.
—Sí.
Él dio un paso atrás.
—¿Por qué no me lo habías contado?
Ella bajó la vista.
—Porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que pensaras exactamente lo que estás pensando ahora.
Mateo notó cómo se le encogía el pecho y quiso saber:
—¿Y qué estoy pensando?
Irene levantó la cabeza. Tenía los ojos llenos de lágrimas y sacó fuerzas de donde no tenía para responder:
—Que me acerqué a ti por interés.
Él no contestó. Y ese silencio dolió mucho más que cualquier palabra. Luego le contó tras apretar fuerte las mandíbulas:
—Julio dice que aceptaste el contrato porque llevabas años esperando una oportunidad para acercarte a mí.
—No.
—Dice que todo estaba preparado.
—No —susurró Irene, con unas ganas tremendas de llorar.
—Dice que soy un idiota.
Irene negó una y otra vez.
—No. No. No.
Mateo respiró hondo y preguntó sin entender nada:
—Entonces... ¿por qué no me lo dijiste?
Ella rompió a llorar y respondió con absoluta sinceridad:
—Porque primero quería que conocieras a Irene. No a la chica que un día se enamoró de un futbolista. No acepté ser tu novia falsa porque hubiera un plan detrás. Surgió así. Y me he enamorado de ti como Irene, no como una fan.
—¿Te has enamorado de mí o de la idea que llevas años haciéndote de mí? —replicó Mateo, en un tono duro.
Irene cogió una servilleta de cocina, se enjugó las lágrimas y preguntó apenada por la desconfianza de Mateo:
—¿Cómo puedes preguntarme eso después de lo que hemos vivido juntos?
Siempre he intuido quién eras de verdad.
No me preguntes por qué, pero sabía que no eras un golfo.
Nunca me he creído nada de lo que decían de ti.
Y me he enamorado aún más al descubrir quién eres de verdad.
Me he enamorado del hombre familiar que protege a su hermana, que renuncia a su reputación, que es leal, generoso, trabajador, divertido, vulnerable…
y que me hace sentir bien, comprendida y segura.
O por lo menos así era como hacías sentir.
Mateo tragó saliva, a ver si así se deshacía el nudo que tenía en la garganta y replicó sin molestarse en disimular su decepción:
—Yo creía que eras una chica sincera. ¿Por qué me has ocultado una parte de ti? ¡Julio me ha mostrado una foto tuya con una carpeta llena de fotos mías!
—No quería que me vieras como una fan más, que te idealiza, que te tiene en un pedestal y que no es capaz de ver al verdadero Mateo.
Y en el Parador estuve a punto de contártelo, pero me dio miedo a que dejaras de verme como la mujer de la que te has enamorado y solo vieras a la fan que consiguió acercarse a su ídolo.
Por eso no te dije nada. Quería que me conocieras bien, antes de saber que siempre has sido el hombre del que estuve enamorada.
Mateo sintió que el corazón le iba demasiado deprisa. Quería creerla. Con todas sus fuerzas. Pero acababa de descubrir que uno de sus amigos de su círculo de confianza lo había traicionado. Y ya dudaba hasta de su sombra…
—Quiero creerte, pero ahora mismo ya no sé qué creer.
Irene respiró hondo. Después se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Lo miró fijamente. Y dijo con una serenidad que a él le rompió el alma:
—Si has venido pensando que soy igual que Julio... Entonces, no puedo hacer nada para convencerte. —Abrió la puerta y le pidió—: Vete, por favor.
Mateo se quedó quieto unos segundos, con unas ganas de abrazarla que se moría.