Capítulo 17
Tres días después, no había aparecido aún ninguna foto de la pedida. Ni tenía pinta de que fueran a salir a la luz.
Aun así, Mateo seguía sin descartar a Michele.
A Dani por supuesto que sí.
Es que ni siquiera llegó a sospechar ni un segundo de su lealtad.
Pero ya estaba harto de esperar, de que las negociaciones siguieran paradas y su reputación cada vez más tocada.
Por eso lo primero que hizo después de nadar un buen rato y desayunar fue llamar a Sergio:
—Dime.
Mateo escuchó de fondo el pitido de una caja registradora.
—¿Dónde estás?
—En Mercadona.
Mateo sonrió porque aquello parecía que se estaba convirtiendo en una rutina.
—No puede ser. ¿Otra vez en Mercadona? ¿Qué pasa? ¿Tienes acciones?
—No. Siempre se me olvida comprar alguna tontería.
—Ya.
—Pero hoy vengo a traerle unas fotos a Maica.
—¿Qué fotos?
—De mi abuelo y mías. Necesita varias antiguas para restaurar bien el cuadro.
Mateo soltó una risa.
—Al final te va a gustar Maica.
—¿A mí? ¡Qué horror! —dijo mientras se adentraba por los pasillos del supermercado.
—Pues no haces más que ir a verla.
—Por trabajo. Quiero decir que le he hecho un encargo y la relación es estrictamente profesional.
—Sí, claro —replicó Mateo, sin creerle una sola palabra.
—En serio. Por trabajo y porque hoy me faltaba… —Sergio miró alrededor y dijo lo primero que vio—: Champú. Es la sección donde estoy… Y anda que no hay tipos… ¿Me recomiendas alguno?
—Me parto.
—¡No sé qué tiene de gracioso! No sigas con eso de que me gusta porque no —refunfuñó Sergio.
—No te gusta —repuso Mateo, sin creerlo.
—A ver, la chica es mona. Pero no la soporto.
—Lo digo porque el Mercadona de San Antonio te pilla un poco lejos para ir a comprar champú.
—¡Hoy vengo por las fotos, pesado! Del champú me acabo de acordar.
—Las fotos se las puedes enviar por correo electrónico.
—¡Son fotos antiguas! No hay nada como el original. No hay más. No le des más vueltas que no hay nada entre nosotros. No nos soportamos. Discutimos por absolutamente todo.
—Eso no tiene por qué ser mala señal.
—Es señal de que somos incompatibles. Además, hay algo que sí que tenemos en común y que me encanta.
—¿El qué? —preguntó Mateo, curioso.
—Que los dos pasamos del amor.
—Eso mismo decía mi abuelo y se casó con mi abuela —replicó Mateo, mordaz.
—Yo no soy tu abuelo. A mí no me va a pasar ¡y menos con Maica! Nos repelemos.
—Pero pasas más tiempo en Mercadona que en el despacho.
Los dos rieron. Después, Mateo volvió al motivo de la llamada:
—Mi abuelo también decía que no le iba a pasar. Pero dejemos el tema de momento. Te llamaba para saber cómo van las negociaciones con el club.
El tono de Sergio cambió.
—Paradas.
—Joder.
—Mientras no consigamos limpiar tu imagen, nadie quiere mover ficha.
—¿Y sabes algo de quién puede estar detrás de las últimas fotos? —preguntó Mateo, sin disimular su ansiedad.
—Lo que te puedo contar es que siguen haciendo daño. ¡Te pillaron con un porro en la mano, colega!
Mateo suspiró de pura desesperación y frustración:
—Julio está investigando, dice que le vamos a pillar. Pero todavía no tiene nada.
—Y como tú no quieres salir a hablar, que sería lo más fácil —le recordó Sergio, con retintín.
—Ya sabes lo que pienso al respecto.
Sergio guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar, sonaba cansado.
—Mateo estoy agotado.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Agotado.
Después vino otro silencio más tenso todavía y luego Sergio habló por fin:
—Llevo un tiempo apagando fuegos. Llamando a periodistas. A tu club italiano. Explicando cosas que no tendría que explicar. Defendiendo decisiones que ni yo mismo entiendo.
Mateo bajó la mirada.
—No me arrepiento de proteger a Lola.
—Y yo no te estoy diciendo que la abandones.
Mateo respiró hondo y dijo con una convicción absoluta:
—Es que jamás lo haré.
—Eres tan terco. No sé ya cómo decirte que no puedes sacrificar siempre tu vida por la de los demás.
Mateo no respondió. Fue Sergio el que siguió abriéndole los ojos:
—Cada vez que ella se mete en un lío, ahí estás tú. Da igual lo que te cueste. Da igual si pierdes un patrocinador, un contrato o el fichaje de tu vida.
—Es mi hermana.
—Lo sé. —Sergio apoyó una mano en el carrito de la compra. —Pero también eres mi representado.
—Y te estoy agradecido por todo lo que haces por mí.
Mateo levantó la vista y escuchó cómo Sergio decía en un tono de voz cortante:
—Hago lo que debo, pero sinceramente empiezo a no poder más.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Qué quieres decir?
—Que llevo demasiado tiempo sosteniendo una carrera que parece empeñada en estrellarse.
Mateo sintió el golpe.
—Si piensas eso...
—Déjame terminar. —Sergio negó con la cabeza—. No quiero dejar de representarte. Pero necesito que empieces a ayudarme. Porque, si sigues tomando siempre el camino más difícil, llegará un día en el que no pueda sacarte del siguiente incendio.
Mateo permaneció unos segundos callado, tragó saliva y dijo:
—Confío en que Julio encuentre pronto al topo.
Sergio suspiró.
—Yo también. Porque, si esto sigue así, no sé cuánto tiempo más vamos a poder aguantar.
—Estoy convencido de que ha sido Michele.
—¿Todavía sigues con eso? —replicó Sergio, exasperado.
—Sí. Aparece en todas partes.
—Mateo, aparecer no demuestra nada.
—Pues yo no me creo tantas casualidades.
Sergio dejó escapar el aire. Y Mateo estuvo a punto de contarle lo del Parador.
No lo hizo.
Primero quería esperar unos días más. Si en ese tiempo no aparecía ninguna fotografía de la pedida, significaría que, o bien nadie los había retratado, o que Michele no era quien los estaba siguiendo.
Cosa que le parecía extraña.
Pero había que ser prudente, prefirió no contarle nada y Sergio siguió hablando:
—Escúchame. El que está haciendo esto sabe exactamente cuándo hacerte daño.
—Eso ya lo sé.
—No. Me refiero a que no publica cualquier foto. Publica justo las que más pueden perjudicarte.
Mateo frunció el ceño.
—Pues entonces blanco y en botella.
—No necesariamente.
—¿Qué quieres decir? —replicó Mateo, sin saber adónde quería llegar.
—Que ese tipo de información solo la tiene alguien muy cercano.
—Mateo permaneció callado y Sergio continuó: —Piensa un momento.
¿Quién sabe dónde vas? ¿Quién conoce tus movimientos?
¿Quién sabe con quién quedas o cuándo tienes un entrenamiento?
El topo no necesita seguirte todo el día si ya sabe dónde vas a estar.
Mateo negó con la cabeza.
—No. Es Michele.
—¿Y por qué estás tan seguro?
—Seguridad absoluta no tengo. Pero sí sé que siempre aparece.
—¿Y? —inquirió Sergio, como si aquello no significara nada.
—Demasiada casualidad.
—Haz una lista de toda la gente que sabe realmente cómo te mueves.
Mateo respondió sin pensar.
—¿Qué lista voy a hacer? Tú, Dani, Julio y poco más.
Hubo un breve silencio.
—Pues empieza por ahí —dijo Sergio.
Mateo negó otra vez.
—No. Vosotros no.
—¿Tan seguro estás?
—Completamente.
—Ojalá tengas razón —deseó Sergio.
—La tengo. Ya verás cómo al final todo apunta a Michele.
—Ojalá.
Después de la conversación con Sergio, Mateo se quedó tan mal que decidió ir a ver a Julio.
Estaba en Ibiza pasando unos días en la casa que tenía su tía en Talamanca y se presentó sin más.
Necesitaba presionarlo para que de una vez llegaran al maldito topo que le estaba arruinando la vida.
Se arregló y fue directo a verlo.
Abrió la verja de la casa de la tía, atravesó el jardín y se encontró con que la puerta principal estaba entreabierta. Fue a llamar. Pero antes de que pudiera hacerlo, escuchó la voz de Julio desde el salón.
—Las fotos de Las Dalias fueron buenísimas. Toma, ¡ya sé que son con las que más pasta habéis hecho!
Mateo se quedó alucinado, pero pensó que tal vez estaba tendiendo una trampa al topo. Sin embargo, luego escuchó que decía:
—Sí, yo también he hecho dinero. En nada me compro la Riva como en la que pillamos a este pringado. ¡Es tan previsible!
Julio soltó una carcajada.
Y ahí fue cuando a Mateo se le heló la sangre.
—¿Las siguientes fotos? —siguió hablando Julio—.
Yo creo que mañana o pasado. La tarada de la hermana volverá a liarla.
Ayer la pillamos morreándose con el jardinero.
Esa no falla nunca. La seguimos y, tarde o temprano, siempre hay premio.
En cuanto tenga la siguiente pifiada, te la mando.
Hay que seguir haciendo caja con este gilipollas.
Julio colgó. Y Mateo, que seguía en la puerta, solo dijo:
—Buenos días.
Julio levantó la cabeza, se quedó blanco y el silencio se hizo insoportable.
—¿Qué haces aquí?
Mateo avanzó despacio.
—Descubrir lo canalla, lo cerdo y lo traidor que eres.
Julio tragó saliva.
—Mateo...
—Te tenía por un amigo.
Julio bajó la vista.
—Todo esto... ¿por un barco? —preguntó Mateo, con el rostro desencajado.
Julio tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó extrañamente fría.
—Los periodistas no tenemos amigos.
Mateo sintió un vuelco en el estómago.
—¿Cómo?
—La noticia es nuestro único amigo.
Mateo negó con la cabeza.
—Eso no es periodismo. Es manipular. Es destrozarle la vida a la gente.
—¿Manipular? Tú tenías el porro en la mano. Tú estabas en esas discotecas.
—Y tú sabes perfectamente por qué estaba allí.
Julio no respondió.
—Y no vuelvas a llamar tarada a mi hermana—. Su voz retumbó en toda la casa. —¿Cómo has podido vigilarla durante meses? ¿Cómo has podido utilizarla para llegar hasta mí?
Julio levantó las manos.
—Era la forma más fácil.
—Has estado a punto de hundirme la carrera —le soltó Mateo, con una ofuscación tremenda.
—Todavía no.
Mateo dio un paso más.
—¿Todavía no?
Julio lo miró fijamente.
—Quien de verdad puede destruirte no soy yo.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Créeme. Yo todavía soy el menor de tus problemas.
—¡Estás agotando mi paciencia! ¡Habla!
—Que el verdadero problema se llama Irene.
Mateo soltó una risa incrédula.
—No vuelvas a meterla en esto —le exigió apuntándole con el dedo índice.
—¿Sabes realmente quién es?
—Claro que lo sé.
—No. Conoces a la Irene de Ibiza. —Mateo permaneció callado. Julio continuó—: La he investigado.
—¿Qué?